e me podrá olvidar el mambo-taxi de Mujeres al borde de un ataque de nervios (Pedro Almodóvar, 1988). Se me podrá olvidar a la asesina del anuncio del jabón Ecce homo. Pero lo que no creo que olvide en la vida es la vieja del telediario. Es toda una declaración de principios o de intenciones, cuando ya empezaba a ser evidente que para ser presentadora de las noticias había que tener como mucho unos 35 años o ser Rosa Mª Mateo hasta que se convirtió en una figura incómoda no por su madurez física sino por su madurez psíquica.
Ayer
fui a por un cable a la nueva tienda del Apple en Plaza de Catalunya en el
edificio donde estuvo si mal no recuerdo RNE. El día antes de su inauguración
hubo una cola en la que "El mundo" destaca la presencia de gente desde la
noche anterior e "incluso de algunas personas de la tercera edad"
(!?)
Esas
puntualizaciones las empiezo a recibir con un cierto cansancio, sobre todo
porque algunas de las personas a las que seguramente se nos percibe como
"de la tercera edad" ya usábamos ordenadores personales cuando el
personal de la tienda de Apple no había aún nacido. Esto me infla tanto las
narices que por primera y única vez en mi vida voy a decir algo que por otra
parte se puede comprobar: mi colega I.A. y servidora trajimos a finales de los
80 a Barcelona el primer lector de CD-ROM que entró en España. Nos lo
hicieron llegar desde los EEUU los de Ebsco en su sede en Holanda. Wim
Luijendijk me proporcionó varios CD-ROM con la base de datos de Medline (ahora
Pubmed) y el lector, que estuvo a prueba unos meses en mi hospital. Los
lectores de CD-ROM que había en Europa se podían contar con los dedos de una
mano.
Pero
está claro que no llevamos en la frente esa serie de cosas y que la gente no
sabemos la mayor parte de las veces con quien estamos hablando. Cuando
ayer estuve en la tienda de Apple noté enseguida que todo el personal tenía
entre 25-30 años, tal vez hasta menos. De manera que cuando me asaltó el
primero que me vio y le dije que quería un cable así y asá me dijo: "Baje
las escaleras, están a la izquierda en el estante tal y cual al lado de esto y
lo otro". Creo que me dio demasiadas indicaciones. Es decir, que con
decirme que estaban a la izquierda de la escalera ya hubiera sido suficiente.
Tanto por mi experiencia de bibliotecaria como por mi experiencia de dependienta
desde temprana edad sé que es mejor invitar a la gente a que curiosee. Pero
está claro que son unos jóvenes preparados de una forma que produce esa
sobreactuación, esa tensión de una precisión innecesaria. Las maneras
comerciales de las grandes superficies y demás estarán ustedes de acuerdo que
no dan pie a la flexibilidad ni a la ductilidad. Por lo demás, son trabajos a
mi parecer alienantes, para temporadas, nada más.
Que
todos los empleados fueran de la franja de edad mencionada me recordó a esas
novelitas de ciencia-ficción en que se repara en que por ejemplo no hay viejos
o no hay niños, que todo el mundo tiene una eterna lozanía, aunque es una
lozanía que no tiene las turgencias de lo que verdaderamente se ajará y por eso
no goza de una plenitud y de un esplendor verdaderos.
En
la tienda -espacios diáfanos, mesas donde probar todos los productos del
monstruo Apple- advertí a primer golpe de vista que no había donde sentarse,
a excepción de uno de los puntos cerca de la entrada, donde había una serie de
personas que tenían toda la pinta de ser turistas que se estaban
apalancando para consultar sus cuentas. Como en un locutorio pero con
manzanitas. No hay una caja, los empleados -a los que se les distingue porque
van un con polo rojo y porque si llevan gafas son de pasta- llevan una
bacaladera móvil inalámbrica y allí las tarjetas de débito o crédito son
mordidas y devueltas después de hacer una de esas transacciones que son la
verdadera razón de ser de tanta pantalla de Dios. Como el de las gafas de pasta
de arriba me había dicho que mi cable tenía que ser de 75W creo, pero la chica
de las gafas de pasta de abajo me dijo que con 60 era suficiente, aún pregunté
a un tercer empleado para salir de dudas. En realidad el problema es que ni con
las gafas yo era capaz de leer las especificaciones de la caja, impedimento que
me hace parecer más torpe de lo que soy.
Admito
que la presbicia lejos de agudizar mi interés por la letra pequeña ha
extremado mi descuido. Incluso a veces creo que la presbicia es una bendición y
que me permite prescindir de mucha información que en realidad no necesito. Y
para lo que realmente me interesa llevo en la cartera una lupa plana donde
cribo los precios abusivos, las grasas saturadas, el E330 y cuatro cosas más de
que sí me cuido.
Almodóvar,
que está en todo, le puso a la vieja unas gafas como de cura jesuita y un
vestido como de pata de gallo, cuando ya sabemos que la pata de gallo de trama
pequeña daba muy mal por lo menos en la televisión analógica de luminóforos.
11 de agosto de 2012
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