28/2/09

El efecto mariposa y el efecto fontanero

 A Maite Hernández Seisdedos, con quien finalmente nos pudimos encontrar tras un trayecto mío de taxi, emocionante, para el que no tuve la precaución de tomar biodramina

Al Dr. Agustí Alsina, in memoriam.

 




l "efecto mariposa" es un concepto que hace referencia a la noción de sensibilidad a las condiciones iniciales dentro del marco de la teoría del caos. La idea es que, dadas unas condiciones iniciales de un determinado sistema natural, la más mínima variación en ellas puede provocar que el sistema evolucione en formas totalmente diferentes. Sucediendo así que, una pequeña perturbación inicial, mediante un proceso de amplificación, podrá generar un efecto considerablemente grande (Wikipedia)

El accidente o incidente de la esquina de la calle Llobregós con el Paseo Maragall, ese choque brutal de un automóvil a manos de un conductor descontrolado, estoy segura de que a los que por allí solemos pasar nos recordó otro accidente o incidente que hubo en otoño. El choque no se produjo allí, en esa esquina, pero el camión que colisionó en la esquina que hay delante (en el otro lado del Paseo, en la calle Petrarca) bajaba marcha atrás desde bastantes metros arriba de la calle Llobregós. No he conseguido saber con total certeza si era un camión de BCN neta (Barcelona limpia), pero de lo que sí tengo casi la seguridad es de que se trataba de un camión que no tenía el freno puesto. Al parecer eso mismo ocurre más de lo que parece y aparece. La calle Llobregós tiene una leve inclinación como de 10 º hacia el Paseo Maragall, así que el camión fue cogiendo velocidad hasta que se fue a encastrar en la tienda de deportes de la acera de enfrente. Habían acabado de rehabilitar la cubierta del edificio, pero la esquina quedó deshecha. Eso me recordó a James Dean, que murió maquillado. Ya sé que la relación entre los dos sucesos es muy disparatada o parece cogida por los pelos, pero así estamos. La memoria emocional funciona así.

Mi cuñada (R. Mª), mi hermano y yo estuvimos un buen rato analizando cómo podía haber bajado el camión derechito marcha atrás hasta Petrarca siendo como es que la calle Llobregós no es una calle recta. Llegamos finalmente a la conclusión de que al ser el lecho de una riera, probablemente, cualquier cosa que caiga por esa especie de cauce siempre seguiría el mismo recorrido, como un burro. También coincidimos en ver la masacre que podría haberse producido si el accidente o incidente en vez de producirse a las 16:30 se hubiera producido un poco más tarde, cuando pasan los niños y sus acompañantes a la salida de varios colegios que hay por allí. De hecho, nunca nunca nunca se me ocurre pasar después de las 16:50 por el Paseo Maragall entre Plaza Ibiza y Can Fargas porque es impracticable. La barrera humana que se forma (o inhumana) adquiere dimensiones desalentadoras y no digamos un viernes que se junte con los carros de la compra.

El Señor en su perfecta sabiduría no sé si interviene en este tipo de desastres, sea para evitarlos o para lo que sea, pero lo que sí es cierto es que no dará abasto y que no hubo ninguna víctima y que ni siquiera hubo un ataque de nervios. Por lo tanto todo acabó felizmente, volvieron a rehabilitar el edificio y los niños siguen haciendo sus melés con sus madres o abuelos y sus carros y sus bocadillitos de jamón en dulce. De todas formas, durante mucho tiempo cada vez que la gente del vecindario pasa por la calle Llobregós inevitablemente recuerda esas colisiones. La asociación de ideas no es bien bien el efecto mariposa, se me dirá, pero estructuralmente lo recuerda, especialmente ante reacciones humanas e inhumanas incomprensibles.

En realidad este post tracta del “efecto fontanero”. Se me preguntará, si es que hubiera alguien por ahí, ¿y qué es el “efecto fontanero”? Pues el efecto fontanero es todo aquello que sinérgicamente aumenta el éxito y la bonanzibilidad de nuestras acciones. El otro día le explicaba al psicólogo del personal del Institut Català de la Salut (ICS): “Mira, S., yo siempre he tenido mucha suerte con los profesionales. El fontanero (Albert Español), el electricista (Òscar Español), mis dentistas (Eduard Agustí, q.e.p.d. y Juan González-Caldeiro), mi endocrinóloga, mi costurera (la Sra. Rebollo), la bordadora (Sra. María), mi madre, el administrador que había en mi comunidad de propietarios cuando fui presidenta (Iván Diéguez), etc.” Entonces S., el psicólogo del ICS, me repuso: “¿¡El fontanero!?”. Y le contesté: “Ya lo creo, si hubiera buenos fontaneros, vosotros los psicólogos no tendríais tanto trabajo o las cosas no llegarían tan lejos y las personas estarían más sanas y tranquilas”. En verdad, le dije, tú con quien tendrías que hacer la terapia es con los fontaneros y así cerraríamos los círculos. Y ¿quién nos dice que los psicólogos no se pongan en contacto entre ellos para …”¿sincronizar?” a sus pacientes impacientes? En realidad no sé si eso está permitido en su código deontológico y es una barbaridad.

Siento mucho no recordar ahora absolutamente todos los buenos profesionales que he tenido la suerte de encontrarme y cuyos servicios he pagado con gusto y sólo lamento que no puedo recompensarlos con un trueque y poderles ofrecer algo que yo supiera hacer. Y es que yo no sé hacer nada. Yo si acaso sé organizar el desorden material.

El Dr. Agustí, fue mi odontólogo durante muchos años porque a los nueve me atropelló un SEAT 1500 y sólo me golpeó en el fémur izquierdo pero como yo no pesaba ni 30 kilos volé 12 metros y fui a dar contra el bordillo del Paseo de la Muerte (ahora llamado Paseo Pi i Molist). El Paseo de la Muerte o Paso de la muerte era el nombre con que se le conocía popularmente hasta que el número de víctimas hizo recapacitar al Ayuntamiento. Eso llevó años. Muchos años. Si en vez de darme en la boca me hubiera dado un poquito más arriba yo no estaría aquí. Ni aquí ni en ninguna parte, como es natural. La madre del taxista, extremeños los dos, me vino a ver cuando convalecía y me trajo una figurita de Avon que era una dama con su miriñaque cuya cintura se desenroscaba y revelaba una botella de agua de colonia que olía a rosas. Así, digo, yo iba bastante al dentista y casi nunca me hizo daño. La única vez que me hizo llorar fue cuando supe que se murió (*). Una vez, mientras me practicaba una endodoncia observó que me caían unas lágrimas como garbanzos de los ojos. Al acabar la intervención me preguntó si me había hecho daño. Le contesté que no, que es porque sonaba Mozart. Era el andantino del concierto para fagot KV 191.

La primera vez que yo supe de la frase de Adorno (“Tras Auschwitz no se puede hacer poesía”) fue en el prodigioso blog del Aviador Capotado, una entrada con el conflicto milenario en Palestina. Le dejé mi primer comentario en esa entrada precisamente:

"Lo malo o lo bueno o lo que sea que es, es que en el fondo parece que se quieren. No he conseguido entender qué ocurre en Palestina. Eso no quiere decir que entienda lo que ocurrió en Auschwitz, por supuesto. Pero lo que sí entiendo es que Adorno no era poeta ("zapatero, a tus zapatos"), que la poesía no es un adorno y que hay poesía para cuando hay frío. Por eso y no por otra cosa yo diría que fue que Quevedo escribió en el soneto aquel del polvo enamorado "nadar sabe mi llama el agua fría" y que Aleixandre escribió lo de las "espadas como labios".De todas maneras, después de ver el video y de haber sobrevolado tu blog, a ver quien es la guapa que aterriza ahora. "

Ahora me he vuelto a encontrar la frase de los cojones, sí, "de los cojones", en otra novela (¡del año 2003!) y mi legendario mal carácter, mi irritabilidad, que no mi sensibilidad, se me ponen como si me hubiera picado una medusa o una hidra venenosa. Y es que además de no estar de acuerdo con la frase, estoy en contra y no quiero que se repita tanto. A fuerza de repetirla tanto nos la vamos a creer. Por favor, que los filósofos no se pongan a poetas, que los poetas no se pongan a filósofos, que los maestros no se pongan a hacer de madres o de tour-operators . Sólo a las madres de España les está permitido hacer de todo. Y mucho cuidado porque si bien es cierto que ahora hay muchas mujeres que quieren tener hijos no todas quieren ser madres, que es muy diferente. Vale ya. "Zapatero a tus zapatos".

(*) Yo diría que con "se murió" se me ha escapado una gallegada o galleguismo, puesto que lo más correcto hubiera sido decir "se había muerto". Se ve que algo me queda de la total hegemonía del pretérito indefinido en la lengua familiar. Ahí lo dejo, ya que tanto si se murió como si se había muerto, yo lloré.

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23/2/09

La gozosa luz de las estrellas

A Remedios Supervía

"William Butler Yeats nació el 13 de junio de 1865 en Georgeville, cerca de Saymount Castle, en Dublín (Irlanda). Hijo del pintor John Butler Yeats y Susan Poyexfen Yeats, una familia angloirlandesa protestante. Su abuelo, llamado también William Butler Yeats, era rector de la Iglesia Irlandesa, mientras su padre era un nacionalista escéptico y ateo. El carácter del joven Yeats fue una combinación de ambos. El biógrafo Richard Ellmann escribe al respecto: Eligió una fe excéntrica en algún lugar entre las creencias ortodoxas de su abuelo y los descreimientos no ortodoxos de su padre." (Wikipedia)


ste post lo mismo podría ser la tercera parte de "Las bondades" como la segunda de "Mi postura" como podría ser leído independientemente de esas entradas de la enciclopedia, que por eso es una enciclopedia y se puede leer al tuntún.

Lo que sería imposible es obviar aquí uno de los dos grandes poemas significativos de Yeats ("Sailing to Byzantium" y "The two trees"). Podríamos decir de Yeats infinidad de cosas , pero lo fundamental sería una ampliación de la “fe excéntrica” a la que se refiere Richard Ellmann, en la que cabían el Tarot y la independencia de Irlanda, y "Los dos árboles" (The two trees). Lo que en cualquier caso no puedo dejar de decir antes de decir cualquier otra cosa es que Inglaterra fue la Mrs. Danvers de Irlanda y que Yeats fue uno de sus primeros senadores.

Otra cosa que no me inhibo de incluir en ésta entrada es la obsesión de Yeats con la prolongación de su vida y su vigor sexual y lírico, los dos. Yeats andaba preocupado por una mala racha o gatillazo andropáusico y poético. Otros poetas, como R.M. Rilke por ejemplo, por el contrario distinguen entre los dos campos de batalla. Una parte nada despreciable de los que se dedican a la poesía y hasta algunos profesores de Literatura declaran que los logros poéticos están reñidos con los logros amorosos y viceversa. Yeats en cualquier caso se sometió, como Sigmund Freud, Aristóteles Onassis y hasta su Santidad el Papa Pío XII, aunque con diferentes resultados e indicaciones, a tratamientos opoterápicos (1) y a la operación de Steinach, que es una especie de vasectomía que obraba maravillas. Por cómica y esotérica que pueda resultarnos hoy día la opoterapia realizada a partir de testículos de conejo, es el precedente de la terapia celular con células madre. Yeats quedó muy satisfecho en todos los sentidos. Para mí todo esto no deja de ser algo tremendo. Mis conocimientos científicos no pasan de distinguir el olor de una tortilla francesa del de un huevo frito y ver en ello alguna razón química. De ahí no paso.

Vamos a lo que íbamos. He colgado en *A la flor del berro el poema "Los dos árboles" en su integridad, con la versión en inglés de 1893 por un lado, y con mi traducción de 1996 por otro lado. Además está la canción de Loreena McKennitt, que yo escuché incansablemente durante algunos días, y desconozco si existe otra versión.

“Los dos árboles” es un poema sobre el poder que tienen algunas influencias (los cuervos (2) deliberantes, los espejos del cinismo) para apartarnos de nuestra verdadera naturaleza (“tus tiernos ojos exageran todo cuando no es bueno”). El debate o la lucha no está en mi opinión entre dos voces como las que existen en el tópico del ángel y el diablillo que nos susurran al oído buenos y malos consejos, sino en que tenemos que mirar en nuestro propio corazón (“Gaze in thine your own heart”). No debemos mirar a los espejismos que se nos tienden para asustarnos, para amedrentarnos, para desmoralizarnos, para minarnos, para infundirnos dudas, animadversiones, inseguridad, dependencia, etc. En este sentido, este post es la tercera parte de “Las bondades” ya que pretendo prevenir contra las Mrs. Danvers de la película que estamos viviendo.

Ya los griegos, que de engaños e ingenios sabían mucho, decían que las cosas son según la opinión que de ellas tenemos. Invariablemente, sin embargo, servidora tiene la costumbre de preguntar a su alrededor y escuchar con tiernas orejas cuanto se me pueda decir sobre cualquier tema acerca del cual recabo información y pareceres. No obstante, una cosa es informarse y otra es dejarse llevar y estar a la merced de los intereses de quien sea. Eso no. Ni hablar, vamos.

Precisamente el otro título alternativo de este post (“Mi postura 2/2”) proviene del post precedente sobre el Yoga, puesto que las dos dificultades que presentan los asanas o posturas para nosotros los occidentales son básicamente dos: la falta de elasticidad por un lado y por otro lado la falta de la concentración suficiente para permanecer en la misma postura y adoptarla manteniendo la presencia pero también un cierto abandono confiado. El hecho de que en la postura del loto las rodillas alcancen la altura de las axilas en vez de caer a peso sobre el duro suelo, no es una dificultad tan engorrosa como nuestra incapacidad para pasar a estados de quietud, sosiego y silencio. Normalmente, cuando la gente empezamos a meditar lo que nos suele venir a la cabeza es que tenemos que poner dos lavadoras cuando regresemos a casa, que se nos ha acabado el queso, que esto que lo otro. Servidora ha conocido, ya saliéndonos del yoga (si es que habíamos entrado) personas que suelen atender el teléfono mientras planchan, miran la correspondencia del Banco, se bajan un vídeo del e-Mule y preparan la cena de toda la semana. Para este tipo de casos lo mejor es empezar por un programa de entrenamiento físico con máquinas y bastante desgaste calórico, supongo. El yoga sería contraproducente. Luego estaría una reeducación de la conducta, pero con esto me pasa como con la química (que sólo sé que nada sé) o aún lo veo muchísimo más difícil.

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Yeats retratado por su padre el año 1900

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(1) "Opoterapia (de "opo-" y "-terapia") f. Med. Tratamiento de las enfermedades con extractos o partes de órganos animales o con las secreciones u hormonas de las glándulas endocrinas" .

(2) Lamento la metáfora de los cuervos, por ser una especie muy querida para mí y uno de los animales de la mitología irlandesa, pero calculo que por los graznidos y su negritud, la longevidad, su manera de agruparse, era el pájaro más oportuno al caso.

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12/2/09

Las respuestas sin pregunta y las preguntas sin respuesta

Esto es, que mi vida está reducida a querer decir lo que otros no quieren oír

La vida de Madrid, Mariano José de Larra



aya por delante que de tenerme que situar en algún lado del título, cosa de todo punto imposible, estaría más bien entre
las respuestas que esperan una pregunta.

Dicho esto, pasaremos al siguiente punto directamente, a las encuestas. Ya en un post reciente dedicamos alguna atención a las encuestas, y Manolotel tuvo a bien proporcionarnos su visión desde ese privilegiado panorama atlántico de la Andalucía occidental y nos acercó a las verdades estadísticas. Por supuesto, a mi entender, desde mi punto de vista de respuesta sin pregunta, si hay algo mucho peor que las encuestas, eso son las patéticas encuestas de satisfacción. Las preguntas de los referendos tienen también su qué y su cómo. A servidora le llevó unos años ver que ante un exámen lo que había que preguntarse es qué esperaba el profesor de una y, más concretamente, por qué preguntaba lo que preguntaba. Una vez que di con esa clave salvífica, y evidentemente poniendo los codos, conseguí sin excesivo esfuerzo avanzar en mis estudios. Los profesores son muy previsibles, supongo que tan previsibles o más como para ellos lo son los alumnos, pero nunca menos.

Hablé recientemente de dos profesores de los que guardo un bonísimo recuerdo (Mª del Carmen Gea y Josep Català), ambos de mi Primaria o lo que se llamó E.G.B. En la secundaria o B.U.P. guardo un bonísimo recuerdo de Francesca Prats Tur, de la que luego fui amiga. Cesca, como la llamo, había estudiado entre otras cosas, en Toulouse, Lectura de la imagen, especialidad vinculada a la Historia del Arte y que lo mismo sirve para disfrutar del cine, de un brocado chino que de un cromo de “Vida y color” o del Pokemon. Estaba en Toulouse alejada de Barcelona y escondida. Allí mejoró una de las muchas cosas que hace bien, cocinar. Pues de la misma manera que tengo grabado en mi alma a fuego las ecuaciones de primer grado que nos enseñó el profesor de Matemáticas Josep Català, tengo grabada en mi memoria una de las frases de Cesca en una clase de Filosofía. Nos explicó lo importante que eran las preguntas. Eso desencadenó en el tierno alumnado un alud de preguntas en los días consecuentes, cosa que se hizo aborrecible y pedantesca. Otra cosa que nos explicó es que generalmente los alumnos que se sentaban al fondo de las clases tendían a pretender llamar la atención de los otros alumnos, mientras que los que se sentaban al principio de la clase lo que pretendían era llamar la atención del profesorado. Yo sé o yo me imagino que la cosa es más compleja que todo esto, pero que como planteamiento inicial es impecable.

A parte de los referendos, tenemos los tests psicológicos (con unas preguntas que presentarían dos respuestas, la que atendería al principio de la exposición de la pregunta y la que atendería al final de la exposición, y otras lindezas). La oralidad (o verbalidad, mejor dicho) y esa forma de comunicación basada en pregunta-respuesta rige los juicios, los exámenes orales de las oposiciones y las anamnesis o, vulgo, los interrogatorios de los médicos y el personal sanitario para establecer el historial de sus pacientes. Nótese que esa forma de comunicación de pregunta y respuesta exige la convención de que hay una cierta superioridad del que realiza la pregunta sobre el que está de alguna manera impelido a contestarla. Será por eso por lo que de natural una es refractaria a las preguntas, ya no digamos a las impertinentes e indiscretas, que esas me las ventilo con toda la elegancia posible pero sin pestañear. Aparte de ese natural rebelde al que no puedo ni quiero ni debo renunciar, está mi natural de ocho bisabuelos gallegos. Se rechaza por ahí a veces el tópico del gallego que no se sabe si sube o si baja, pero todo tiene una base fundamentada en la costumbre y en el idioma, apenas evolucionado desde el latín. Nada tan odioso como el mito del RH y otras majaderías.

Mucho gallego normativo, mucho gallego normativo, pero yo sé que es más genuino un gallego castrapo o “ghalegho” que estructuralmente evade las respuestas. Mi abuela materna hablaba prácticamente un gallego del siglo X. La buena mujer, no sólo no había visto nunca la televisión, sino que tampoco mostró nunca el menor interés y eso que mi abuelo le explicaba con todo lujo de detalles lo que había visto en algún bar o en casa de mi primo Pepucho, que se llamaba como él (José María Senra). Sobre todo le hablaba de los niños de África que pasaban hambre (luego ha habido otros) y pensaban en cuidar uno y hasta en llevarlo a la Sastrería Emiliano para hacerle un trajecito y comprarle jerseys. Mi abuela sólo tenía una imagen del Sagrado Corazón de Jesús y alguna fotografía. Pues ella -gracias a no haberse contaminado con la TV- hablaba como se hablaba en el siglo X y terminaba los infinitivos en –ere y palabras como mujer (lat. muliere) en –e (mullere). Evidentemente, por el genio de la lengua que hablaba jamás dijo “sí” o “no”. La pureza de su romance sólo se veía realzada por algún arabismo ya desaparecido de nuestra península, como "alsifate" (cesto). El que habla gallego correctamente, como el que habla inglés correctamente o el que hablare latín correctamente, nunca contestarían a la pregunta “¿Has comido?” con un “sí” o un “no”. Eso, independientemente de que el pretérito indefinido no existe en gallego. Si alguien pregunta “¿Comiste?” la respuesta es “Comín” o “Hei comer” o algo por el estilo. Si un niño en una guardería le pregunta a la pedagoga o lo que sea que hubiera “¿Puedo ir al lavabo?” la respuesta genuina (enxebre) en gallego de toda la vida es "Podes" (“puedes”).

Que además todos estos frenos estructurales se vean rebasados por otros daños colaterales, como la conciencia de la imprecisión de nuestros alcances, con la certeza de que nadie nos va a dar un duro a cuatro pesetas, etcétera, no nos debe despistar de que “sí” o “no” también son convenciones lingüísticas. En inglés se considera very rude contestar “yes” o “not” a secas, por mucho que nos empeñemos en nuestra idiosincrasia carpetovetónica o salgamos de una victoria del Barça, del Madrid o de cualquier equipo de Primera División.

Cuando yo trabajaba en el Hospital de Bellvitge (debería de decir “trabajé”, que no es tan ambiguo, pero ya está dicho), pues allí conocí a un médico lucense, Xan Corredoira. Entonces aún había megafonía y a veces se le llamaba para culminar la anamnesis difícil y accidentada de algún gallego que no se dejaba interrogar. “¿Cómo se encuentra? ¿Le duele?”, “Dolerme dolerme no me duele” “Depende”. El Dr. Corredoira era paradigmático. Ya su saludo era un encogimiento de hombros, que tanto expresaba su disponibilidad, como su modestia, como ese remanso de dudas y ese temporal de certezas en que duerme la Galicia eterna. Un día Xan me invitó a cenar y cuando íbamos a ordenar la cena me dijo “que no te sepa mal, pero voy a pedir tortilla de patatas, porque ¿qué quieres que te diga?, a mí es que es lo que más me gusta”. Espero que ahí donde esté esté bien y que siga con esa autenticidad que inspiraba una confianza que no tiene precio. Y que ya casi no se encuentra.

Luego no hay que dejar de recordar también a Caperucita Roja, cuando llega aquello de “¿A dónde vas, Caperucita?” y responde el clásico “A ponerme rulos en el coño, no te jode”. Perdón al respetable, pero es que tenía unas ganas de alguna vez responder a algo que no me han preguntado nunca…

P.S.: Este post está dedicado a la limpia memoria de El Pobrecito Hablador, que murió el 13 de febrero de 1837.

Ilustración de Kost Lavro

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7/2/09

Sweet home

 "Eu quero ir onde as miñas dores foron"

Rosalía de Castro


Emily Elizabeth Dickinson (Amherst, Massachusetts, Estados Unidos, 10 de diciembre de 1830 - íd., 15 de mayo de 1886) fue una poeta estadounidense, cuya poesía apasionada, ha colocado a su autora en el reducido panteón de poetas fundacionales norteamericanos que hoy comparte con Edgar Allan Poe, Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman. Emily Dickinson pasó gran parte de su vida recluida en una habitación de la casa de su padre en Amherst, y, excepto cinco poemas (tres de ellos publicados sin su firma y otro sin que la autora lo supiera), su ingente obra permaneció inédita y oculta hasta después de su muerte” (Wikipedia)

Rosalía de Castro (Santiago de Compostela, 24 de febrero de 1837 - Padrón (A Coruña), 15 de julio de 1885) poetisa y novelista española en lengua gallega y castellana. Se trata de la figura central del rexurdimento de la literatura gallega en el siglo XIX, autora de Cantares gallegos (1863), obra fundacional del mismo al ser uno de los primeros libros enteramente escrito en gallego de la Edad Contemporánea” (Wikipedia)

Remarco de los dos epígrafes extraídos de la wikipedia dos coincidencias entre Emily Dickinson y Rosalía de Castro. Primero la de su casi coexistencia en el tiempo y segundo la de ser consideradas “fundacionales” cada una en su ámbito. Además, en otro orden de cosas, estas poetas ocupan sendos lugares en mi galería de escritores (y un músico) del blogrolling de *A la flor del berro, y por lo tanto ocupan también un lugar en mis preferencias o afinidades.

Está una acostumbrada a tres cosas para las cuales nunca me asiste la suficiente paciencia ni presencia de ánimo:

1) a la más corriente, que la poesía se considere como algo marginal, ajeno o inferior o extraño, cosa de gente lunática, menesterosa, excéntrica o cuando menos extravagante con poco vigor mental para establecer operaciones lógicas;

2) a que se la pretenda someter a la batería de pruebas a las que se sometería un argumento filosófico o una fuente histórica o el informe de un perito en seguros; y

3) a los happenings y performances de homenaje a la memoria de un poeta muerto.

De la misma manera que no se sabe qué fue antes, si la gallina o el huevo, tampoco se sabe si los profetas decían sus profecías versificadamente o sí los poetas son propiamente profetas. Es decir no se sabe si los poetas son profetas o si los profetas son poetas, lo que sí está todo el mundo dispuesto a aceptar es que nadie es profeta en su tierra.

Emily Dickinson tiene, además de la cosa de la fundacionalidad y la cosa decimonónica, otras dos peculiaridades que me producen ambas una gran perturbación. La primera es la del escalofrío que suelen arrancar sus primeros versos siempre (“The heart asks pleasure first”, “The soul selects her own society”, “How dreary to be somebody”, etc.). La segunda es la de su aislamiento social, que la tuvo confinada en su casa familiar de Amherst sin apenas establecer algún contacto epistolar. E. Dickinson sentía una timidez y una vulnerabilidad extremas. Rosalía de Castro anduvo dando tumbos con un marido bastante tarambana y que estaba a la merced de los turnos de poder del XIX. Su vulnerabilidad se mostraba más bien en la ira, por bendita que fuera.

La casa tomada del Bestiario de Julio Cortázar hace reír comparado con la casa y el caso de alguien que decide confinarse. Luego está lo de los hikikomoris. Precisamente el domingo El "Magazine" de "La vanguardia" contenía un reportaje sobre las hikikomori. Es un síndrome de aislamiento social que se está dando en el Japón en 1 de cada 10 adolescentes o jóvenes que no soportan la sociedad japonesa. O habría que decir "1 de cada 10 adolescentes o jóvenes, que no soportan la sociedad japonesa". No es tanto por lo que siempre la ha dominado, la rigidez de las normas de convivencia y conducta, sino porque “para las personas que son ligeramente diferentes, la vida [en el Japón] es muy difícil”, dice un hikikomori que “ha vuelto a la sociedad”. Reproduzco así las palabras de este joven, que se pueden oír en la segunda parte del vídeo de 30 minuts (documental de la BBC, parte 1) (“Un milió de desapareguts”, Un millón de desaparecidos). Entre la tercera parte y la segunda parte se nos muestran las “escuelas intensivas”, donde niños de unos diez años se pasan las horas de sol a sol en(j)aulados. A eso de las 10 de la noche se les somete a un examen que –si no pasan- se irá reproduciendo hasta que consiguan superar la prueba. Esto puede producirse a la medianoche o bien a las dos de la mañana. Por tanto, muchos de los hikikomori proceden de las escuelas intensivas. No pueden soportar tal presión. Se refugian en los videojuegos, en la televisión, en internet, se confinan en una pieza de su casa y no salen ni para comer ni para asearse ni para nada. Sus familias tienden a sufrirlo en la intimidad, más cuando se trata de chicas, y en muchos casos el padre se inhibe de la situación, que pasa a ser manejada en su práctica totalidad por la madre.

Me atrevo a hablar de los hikikomoris desde mi admiración por la poesía, el ikebana, los oficios y los artes del país del sol naciente (y no tanto por el karaoke, el harakiri, los tamagotchi), y desde mi conocimiento directo de algunos japoneses que he podido conocer en Barcelona todo lo que ha permitido cada situación y ocasión. Aunque nada más hubiera un hikikomori entre cada 100 adolescentes japoneses, en vez de entre cada 10, el fenómeno no dejaría de ser ensordecedor.

La habitación de Emily Dickinson

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3/2/09

"La piel es lo más profundo"

 “Ojo por ojo, diente por diente, y todos ciegos"

Gandhi

"Lo que os haga amar, eso haced"

Teresa de Ávila

*


n mis primeros pasos en la blogosfera leí en pantalla los consejos de un internauta que lucía en su contador de visitas una cifra de siete números. Me dejó impresionada, pero después he sabido que la cifra de los contadores –como la de los cuentaquilómetros, pero al revés- es algo que se puede retocar. Eso por un lado, por otro lado he visto que el número de visitas no es un indicador de calidad por sí mismo.

Lo que prevalecía en los consejos del mencionado internauta avanzado era que nunca nunca bajo ningún concepto había que dar pistas sobre otros blogs, y menos sobre los potencionalmente rivales. Que si tomábamos una idea de otro blog, aunque fuera para criticarla, jamás de la vida había que enlazarlo “ni de broma”. Esta recomendación me desazonó un tanto por estar además teñida de un cinismo que me resisto a juzgar y a reproducir, y que por otra parte no sabría ni siquiera esbozar. Ya nos hemos referido en la enciclopedia a las dos perversiones opuestas: el proteccionismo amiguista y el clásico asinus asinum fricat (“el asno se rasca con otro asno”). Sin embargo, no podemos abandonar dos convenciones de la convivencia tipográfica: la cita y la remisión.

A veces en *ALFB me he visto tentada de recrear una yincana enciclopédica y hacer dar tumbos a sus sufridos lectores campo a través entre post y post, de enlace en enlace hasta entrar en un bucle o solipsismo del tipo “PROSTITUTA. Véase Ramera” “RAMERA. Véase Prostituta”. Pero doscientas y pico entradas no dan para tanto y de momento me tengo que conformar con las citas directas e indirectas y con las remisiones a otras fuentes o archivos. Prometo que no tengo manera humana de citar el blog que aconsejaba ningunear otros blogs, porque no conservé los datos.

La única razón de ser que tendría ahora marear la perdiz y hacer una yincana por la enciclopedia, sería la de llevaros a un lugar menos visible que el actual esas historias que como todo el mundo tengo, que tienen el mayor interés pero que –como afectan a terceros- hay que guardar en la mayor discreción. Cuanto menos se hable de los demás, mejor. Para explicarlas, porque ganas no me faltan, podría recurrir a aquello de que hablábamos el otro día, la técnica tipo “lacuñada del padre del novio de la peluquera de mi vecino”.

Lo que ocurre es que después de haber visto el vídeo trampa del Gran Wyoming de la Sexta a Intereconomía (una cadena rival que hace oposición al PSOE) y, más aún, después de haber visto la risa del humorista al revelar el fake, se me han movido un poco mis referentes de lo que está bien y lo que no está bien. De la misma manera que Paul Valéry, un poeta, dijera que la piel es lo más profundo, yo sostengo que el humor es lo más serio del mundo. Para quien no conozca la historia, el señor Gran Wyoming de la Sexta quiso hacer creer a Intereconomía que durante la grabación de un programa maltrataba verbalmente a una becaria:

"¿Cúando estás tú trabajando abajo voy a ver qué coño haces?"

"Ni 300 euros coño. Como si gana 300 millones, joder."

"Al final resulta que como no cobra un puto duro, no tiene porqué hacer su puto trabajo. Y no tiene ni puta idea, coño."

"Que traigan gente cualificada, que haga su trabajo y no toquen los huevos."

"Es que ya está bien, coño, la tía ésta de los cojones. Es que siempre son las mismas."

“El público”, que es uno de los diarios que se han hecho eco de la broma, ha lanzado una encuesta (“¿Te parece adecuado el método usado por el Gran Wyoming para poner en evidencia a Intereconomía?”) que hoy a las 19:43 habían respondido 14.861 personas, de las cuales un respetable 83% había votado que sí.

El fake o impostura tuvo un éxito relativo puesto que Intereconomía tenía el vídeo en cuarentena. A pesar de todo, el humorista de la Sexta se refociló con una cierta zafiedad, como se puede apreciar en el vídeo del enlace, diciendo poco más o menos que “se la había metido” a Intereconomía, insistiendo en el lenguaje metafórico de toda la broma. Dice “El público: “Para ayudar a Intereconomía TV a distinguir entre realidad y ficción la próxima vez, la periodista aclaró que “Di Caprio no se ahogó en el Titanic”. Evidentemente, pero para mí las frases del fake tienen exactamente el mismo valor que si fueran verdaderas porque no me remito a ninguna categoría moral (como sería la de la verdad o la mentira) sino a la de la realidad.

Creo que desde aquello de Tip y Coll de “dame la manita Pepeluis”, allá por los ochenta, no ha habido ningún humorista español que me haya conseguido arrancar ni una sola sonrisa. Ni Chiquito de la Calzada, ni su homónimo Miki Calzada “Miki Moto”, ni Andreu Buenafuente, ni aquel de las gafas de culo de vaso, nadie. Tal vez Los Morancos haciendo el caldo con un jamón colgado de una polea, siempre el mismo, o su personaje de la "tía,Jenny", o Martes y Trece imitando un call center. No sé si hay alguien ahora en la tele que esté a la altura de Jacques Tati.

Después de pensarlo y pensarlo creo que es legítimo, desde mi punto de vista, afear la actividad del Gran Wyoming y de otros tantos como él, por sus malas artes. Hay personas (ante ese relativo 83%) que creemos en el fair play o “juego limpio” y no creemos en el “todo vale”. Precisamente recuerdo la “enciclopedia” de Montaigne, sus Ensayos, cuando se refirió al prestigio que tenía en la Grecia clásica el engaño, siendo considerado en Roma todo lo contrario, algo indigno. Estoy dispuesta como mucho a admitir que es tan válido el engaño como el juego limpio. Nada más.

Dicho esto, paso a mis inofensivas historias de terceros, que finalmente no he enterrado bajo un montón de posts o un berenjenal de enlaces, pero que he introducido de una manera bastante disuasoria. La primera anécdota es sobre mi vecina de rellano. Un día me encontré su marido en la calle. Abrió la puerta principal y me cedió el uso del ascensor porque iba él con su bicicleta. Arriba estaba ella, con la puerta abierta de par en par y un deshabillée fulgurante. Yo, al abrir la puerta del ascensor hice como si nada, pero tuve que aguantar la respiración, que conste.

Otra historia de humor blanco y real es la del protésico donante de semen. Yo daba mis primeros pasos como bibliotecaria, como ahora estoy dando los primeros pasos como blogger. Trabajaba dos tardes a la semana en la Biblioteca Cambó del Hospital de Sant Pau con una beca, y otras tres tardes en la Biblioteca del Colegio Oficial de Odontólogos y Estomatólogos de Cataluña. Una de esas tardes vino un estudiante de Prótesis para pedirme libros sobre materiales. Volvió otro día a por otro libro, me dijo que tenía sed y me explicó que era donante de semen. Le di agua. El tercer día ya sólo vino a por agua. Podríamos decir que la historia de este usuario de mi iniciación se correspondía en sus tres días con el esquema aristotélico canónico de introducción, nudo y desenlace, siendo la introducción el libro de materiales dentales, el nudo los libros, la donación de semen y la sed, y el desenlace la sed. Yo no sé si aquel estudiante era capaz de tamaño poder esquemático también para avanzar en sus estudios (verdaderamente creo que no), pero parecía tener un cierto despiste vital o atolondramiento. Se le veía un poco como flipado. Tal vez se gastaba lo que ganaba en el banco en maría, no sé. Y lo que extraje con bastante perspicacia para lo nueva que era es que: primero, yo no estaba allí para dar agua y, segundo, obviamente, que la gente que se exponía a la inseminación artificial no sabían con quien. Luego, con los años, conocí a una técnico de laboratorio que me explicó que uno de los centros barceloneses pioneros en la reproducción asistida hacía parte del proceso en un laboratorio diferente al del banco puro y duro y al de la inseminación. Entre paja y paja, con perdón, la persona encargada de transportar las probetas era una mujer, iba en moto y las llevaba en la raja del escote. El lugar más seguro del mundo. Pero todas estas cosas no se pueden explicar mucho, claro.

Para acabar, una tercera anécdota también muy corta es la de un vecino que enviudó y luego se volvió a casar. Mi madre me aseguró que la segunda mujer llevaba la ropa de la difunta. No me digáis que no es un relato digno de Segundo Piloto.

Ahora ya están muertos. No digo el protésico donante, ni mis vecinos de rellano, digo Tati, el viudo y sus mujeres. A mí esto me ha hecho recordar hoy a Juana de Valois, santa cuya canonización se celebra hoy, y cuya historia –verdadera o no- encoge el corazón. Santa Juana de Valois era hija del rey de Francia Luis XI (con el que yo le encuentro un notable parecido) y la reina Carlota de Saboya. La desilusión del rey ante su nacimiento, en vez del esperado delfín, la fealdad de la criatura y las deformidades que se revelaron cuando no tenía ni 5 años, hicieron que su padre la apartara de la corte con fastidio y vergüenza. Excusamos la historia de su matrimonio convenido apresuradamente ya en temprana edad y vamos directamente al fin de sus días:

"Juana de Valois en 1499 se traslada a Bourges y luego funda una congregación femenina para ayudar a los enfermos y celebrar la Anunciación y la Encarnación. La regla de la nueva orden de la Anunciada fue aprobada por el papa en 1501. En el monasterio construido por ella pronuncia sus votos en 1503. Desgastada por el ayuno continuo al que se sometía murió el 4 de febrero de 1505, tenía apenas 40 años. Se encontró sobre su cuerpo lacerado un singular cilicio: un trozo de laúd, había clavado en él cinco clavos de plata, en recuerdo de las cinco llagas de cristo, y lo mantenía fijo a su pecho por un círculo de hierro. Su esposo que la había humillado y rechazado tantas veces hizo celebrar en su honor grandes funerales, fue beatificada en el siglo XVIII y canonizada el 28 de mayo de 1950." (Wikipedia).

Se non è vero, è ben trovato.

Fotograma de Mon oncle (Jacques Tati, 1958)


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