28/2/13

Fechorías bibliográficas



ormalmente se considera que el trabajo en una biblioteca es un trabajo tranquilo, sin sobresalto alguno. Y de hecho suele serlo, a excepción de algún episodio debido a la atracción recíproca que siempre hubo entre la gente rara y las bibliotecas, sobre todo si la gente rara padece alguna enfermedad mental. Pero por lo general, el silencio mismo que mucha gente va a buscar en las bibliotecas, donde otros van a buscar vídeos, suele condicionar ya un cierto sosiego. Un día habrá que escribir, si no se ha hecho ya, una historia sobre los crímenes en las bibliotecas, especialmente los de ficción. Pero mientras tanto solo puedo dar fe de dos casos que podríamos tipificar como: 1) la impostura de una cita y 2) la eliminación de un ejemplar y de todas sus copias.

Primero trataré del segundo caso, el de la eliminación alevosa de un ejemplar. Es muy poco habitual, tanto que yo solo me he encontrado con uno de ellos en toda mi vida laboral, que arranca el año 1982. Fue a finales de esa década precisamente. El autor sobre un artículo de Bioquímica que se acababa de publicar en una revista norteamericana me hizo ver que habían arrancado las páginas correspondientes en nuestro único ejemplar. Le tranquilicé diciéndole que conseguiría de otra biblioteca una fotocopia y que restauraríamos el ejemplar restituyendo el artículo en cuestión. El cuento es que el artículo había sido arrancado de todas las bibliotecas a las que me dirigí, primero en Barcelona y después en el resto de Cataluña. A instancias del autor (Xavier Fuentes-Arderiu) no seguí con las bibliotecas del resto de España, pero fue porque él me consiguió un reprint, que es como ahora les llaman a las separatas de toda la vida. Pero estaba claro para su autor y también para mí que alguien había querido destruír el artículo, cosa que ya entonces era bastante difícil (por no decir imposible) y que ahora directamente no está al alcance más que de algún hacker que sea capaz de vencer todas las barreras informáticas y legales que hay que superar para asaltar una plataforma de publicaciones ciéntificas. 

Es bastante seguro que la persona que así se había ensañado con un artículo de una revista podía estar trabajando entre nosotros, como tantos otros criminales y gente de mal vivir con quienes hay que convivir, pero ni yo le pregunté al autor principal si tenía alguna sospecha ni él me lo dijo, cosa que aún le agradezco.

El primer caso es el de la cita inventada o falsificada, esto es citar una publicación que no existe. De este jaez me he encontrado con 4 casos en toda mi vida profesional, cosa que no sé si tiene valor estadístico. Hubo un tiempo en que me dio por las bibliografías y alguna hice. Les aseguro por la gloria de mi canario que me he llegado a desplazar no ya a Gerona sino incluso a Madrid para comprobar la existencia de un libro y citarlo de primera fuente. De lo cual siempre obtuve prueba fotográfica, aunque para ello tuviera que pedir permisos, etcétera. Así que cuando hoy día algún médico o enfermero jovencito me pregunta -no por malicia, sino por candor- si se puede citar una publicación que no se ha visto les digo que no y que no, que no solo no se puede sino que no se debe. Entramos en el terreno de la duda cuando nuestra información procede de una base de datos acreditada, como Pubmed o Scopus o Web of Knowledge, donde tenemos la referencia rigurosamente citada y muchas veces un resumen, el que lleva el propio artículo por costumbre. Pero no hay tal duda si pensamos que verdaderamente no hemos visto el trabajo sino su cita.

Estos días estuve persiguiendo el artículo que se considera el primero donde se describió la innovación de una técnica quirúrgica cuyo nombre voy a obviar para no dar pistas. Después de perder un buen rato descubrí que el artículo era citado de dos maneras por la pléyade de autores que lo han ido citado, con la variante en las páginas y en el título de la revista, que ya de por sí revelaba una cierta extravagancia como título, habida cuenta de que los nombres de las publicaciones periódicas científicas no dan mucho lugar a las fantasías ni a las excentricidades. Fui a buscar cómo citaba el autor su propio artículo y hay llegué a la hipótesis de que él mismo, un prestigioso cirujano que murió el año 2005 dejando un copioso conjunto bibliográfico de su quehacer, había falsificado la cita. Como la primera cita que él mismo dio del artículo que supuse falso es en una revista muy prestigiosa, donde tal vez también lo notaron, hay una vaga referencia a que la técnica se había presentado por primera vez en un congreso en Orlando, Estados Unidos. Siempre va por detrás o por delante, como una obsesión, la fecha de 1994, que el notable cirujano se empeñó en marcar como la de su innovación. De manera que, conversando con la médica que en la actualidad estaba revisando el tema, llegamos a la conclusión de que tal vez hubo algún conflicto o descuido y nuestro antecesor solo podía demostrar su contribución inventándola. Así como lo leen. La prestigiosa revista que hizo la vista gorda ante una referencia que es inverificable añadió lo del congreso, pero yo me he mirado todos los resúmenes de las comunicaciones que se presentaron en el congreso y no está la de nuestro cirujano. Le podemos conceder el beneficio de la duda y decir que tal vez comentó la técnica fuera del programa, pero en cualquier caso decidimos disculpar su error. Lo que no tiene perdón es toda la recua de médicos que ha ido citando ese primer artículo apócrifo como si lo hubieran visto.

De la misma manera que en el caso del artículo destruído hemos señalado que cada vez es más difícil perpetrar una vulneración del género, también podemos decir que cada vez es más difícil colar citas espúrias, porque los redactores y peer reviewers o revisores pares, verifican las referencias bibliográficas cuando no lo hace el propio sistema donde se hacen grabar los mecanoscritos, conectados a las bases de datos mencionadas. Que la prestigiosa revista dichosa le pasara por alto al notable cirujano su fraude es cosa precisamente de los "pares" o peer reviewers, sus semejantes. Descubrir a un mentiroso nos parece una afrenta.

Sé que ninguno de los dos casos pueden ser tildados de delitos, a no ser que coadyuvara algún agravante. Por ejemplo que algo así decidiera injustamente o no un concurso de méritos para acceder a una plaza de profesor en la Universidad. En realidad cuando hablamos de "crímenes" o delitos bibliográficos se suele pensar en los que se hacen contra la propiedad intelectual. Y sin embargo recuerdo de un caso en Estados Unidos, donde hay tantos abogados, en el que se querellaron porque se había caído una pared a consecuencia del error en un libro de bricolage, y porque alguien había resultado herido con lesiones menores. Desconozco la sentencia, porque el caso simplemente se solía exponer en un manual de ética como ejemplo de que el bibliotecario debe prevenir a los lectores de que no se hace responsable del contenido de los libros.

Tabulae Sceleti e Musculorum Corporis Humani  de B. S. Albinus (Londres, 1749). Grabado de Jan Wandelaar

17/2/13

El valor de las palabras (1)

Hamlet

Ser o no ser, ésa es la pregunta. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ved aquí el grande obstáculo, porque el considerar que sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios? Cuando el que esto sufre, pudiera procurar su quietud con sólo un puñal. ¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la Muerte (aquel país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna) nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan; antes que ir a buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes, así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia, las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan y se reducen a designios vanos. Pero... ¡la hermosa Ofelia! Graciosa niña, espero que mis defectos no serán olvidados en tus oraciones.

Ofelia

¿Cómo os habéis sentido, señor, en todos estos días?

(W. Shakespeare, Hamlet, II acto, esc. IV. Traducción de Leandro Fernández de Moratín)

 


e llega por uno de esos resquicios por donde rezuma a veces la porquería en Twitter un retuit del retuit de un llamésmole post de un tal B. Bimbi titulado "El Papa que huyó por amor (y se fue a vivir con su secretario)". Primero pensé que se trataba de homofobia pero resulta que el autor se presenta en su bio como gay, esto es, homosexual. Dirán ustedes que se puede ser homosexual y homófobo. Y habrá incluso quien diga, y tendrá razón, que todos los homófobos son en cierto modo homosexuales. A nadie le sorprenderá que haya homosexuales machistas o con las fantasías orquestadas en la oscuridad que se reflejan en el mencionado post, manido con las usuales bufonadas del género amarillista, cuyas gracias ríe un coro de memos, cobardes y gente que en general se refocila en su propia ignorancia. Pero cada día más le concedo menos valor a este género, el del infundio onanista y a la maledicencia en general.

Precisamente ayer releía Hamlet, que es sobre todo una obra sobre el eje en el que se moverían lo que se dice y lo que se hace. No es éste el lugar para fundamentar mi punto de vista, que podría ilustrar con la propia frase de Hamlet, "Palabras, palabras, solo palabras", pero que ya arranca desde las primeras apariciones del príncipe en escena, cuando reconoce que solo reza, o cuando el padre de Ofelia la advierte de que las promesas y las galanterías de Hamlet pueden ser simplemente engañosas: "Sopesa lo que puede sufrir tu honor, si prestas oído a sus palabras". No hace falta y no aporta nada a lo que es en sí el drama. Nótese en todo caso que después de uno de los más célebres "monólogos", la frase de Ofelia tiene un candor que no puede más que resonar como una de las perlas del humor shakespeariano. Es, mal comparado, como cuando estás contándole algo a mi madre bla bla bla, bla bla bla, y de repente te pregunta, "oye, ¿tú a como compras los melocotones?". En las tablas la frase adquiere otro tono, pero en cualquier caso siempre Ofelia está como en otro mundo. La versión para el cine de Laurence Olivier (1948) deja ver más claramente la posibilidad del suicidio.

Cuántas veces no pensamos en la vida qué hacer o incluso si no hacer y dejar que nos hagan o hacer como Rajoy, tan pusilánime, esperar una ocasión propicia y no desgastarnos inútilmente ante un enemigo abrumador o veleidoso.  Nuestra sociedad le concede mucho valor a la palabra, pero no tanto a la palabra dada, que esa para mí lo ha perdido en gran parte, sino a la publicidad y la chismología. Nos horrorizábamos en el paraíso catalán del dinero público que gastaba el Tripartit en propaganda, en autobombo bien temperado, en campañas basadas en la imagen y la semiología, en embajadas de buena voluntad o no. Y resulta que la oposición ocupa el poder y lo vacía y usa el dinero también público en el espionaje, una actividad que, además de ser delictiva, socava los cimientos de la democracia. Es darle un uso diferente a los micrófonos, si bien lo pensamos. Ahora altavoz, ahora florero. Y el caso es que mientras tanto no gobiernan. Los demás, los opinionólogos, ya es mucho que podamos atribuírles una cierta robustez mental, que tampoco, como para además exigirles que sean personas de acción, ni siquiera héroes ni audaces ni mucho menos temerarios.

No hace mucho noté un pseudoperiodista opinionólogo alterado e incluso excitado y sofocado como una ama de casa entrada en carnes a la que le acabaran de robar la cartera en el mercado, simplemente porque un bravucón meado de las lides comentaristas le había dejado una rabiosa amenaza en su blog, quiebro que más bien parecía una eyaculación. Un camorrista anónimo de esos que tiran la piedra y esconden la mano ¿puede temerse como sí es de temer una de aquellas cartas que enviaban los terroristas de ETA para sufragar sus fechorías y aberraciones? ¿Quedan hombres y mujeres con valor en España? Pienso que sí, pero no éstos, ni el que se ahoga en sus propias palabras y fosas retronasales cargadas de moco, ni el gallito de red social enmascarado, ni los insultadores telecínquicos, ni por supuesto el terrorista armado.

Las palabras del médico son casi más que un diagnóstico, como la sentencia de un juez, o tal vez la sentencia de un juez suena a diagnóstico, ya nadie sabe. ¿Qué se puede esperar de una sociedad terciarista y cuya máxima aspiración es viajar o, en su defecto, pasar el rato navegando en Youtube? Las hordas retuitean frases cuyo alcance tiene el efecto que le da el marco de una audiencia no menos amilanada.

Las cifras de suicidios del Instituto Nacional de Estadística se detienen en su web el año 2010 no sé si porque es preceptivo publicarlas demoradamente. Pero a diario sabemos de gente que por causas relacionadas con la crisis y los desahucios deciden acabar con su vida y que tal vez la cifra de víctimas ha aumentado. El chófer del autobus que a veces me lleva a casa me dijo el viernes: "En vez de suicidarse no entiendo porqué no pasan a la acción". Uf, "aquí se encarcó mi canto", "como dijera Violeta". Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Verdaderamente si una persona está en su sano juicio en vez de llorar por las esquinas o esconderse en un rincón, autoinculparse, tendría que revolverse, especialmente cuando lo peor que le puede pasar es que le encierren. Y sin embargo, no es así.

Hamlet (John Gielgud, 1964) por Richard Burton


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14/2/13

La

 "La inteligibilidad mutua con el resto de las variedades de lenguas de señas empleadas en España, incluso con la lengua gestual portuguesa, es generalmente aceptable, debido a su gran semejanza léxica. No obstante, la lengua de signos catalana (LSC), la lengua de signos valenciana (LSCV), así como las variedades andaluza oriental (Granada), canaria, gallega y vasca son las más diferenciadas léxicamente (entre el 10% y el 30% de diferencia en el uso de los sustantivos, según cada caso). Únicamente la LSC y la LSCV tienen una semejanza por debajo del 75% de media con el resto las variantes españolas, lo que las sitúa en dialectos especialmente diferentes o, incluso, se podrían considerar como lenguas, según el método filológico que se emplee." (Lengua de signos española, Wikipedia)

 



s sabido que hay dos tipos de cerumen, el seco (oscurito)  y el húmedo (clarito), dicho así para el público general. Desde que yo observé que mi cerumen era del mismo color que el de mi padre y no el de mi madre, me di cuenta de que tenía muchos números para padecer sus deficiencias auditivas. Seguramente esto no tendrá para ustedes -además de interés- ninguna consistencia científica, pero cuando les diga que el color del cerumen tiene una base genética y que incluso ha merecido estudios paleontológicos, entonces tal vez me concederán más crédito. Y, siempre según la Wikipedia,  es posible determinar la edad de una ballena por el número de capas de cera, de manera similar a lo que ocurren en la dendrocronología con los anillos de los árboles.

Como sé lo que es una torsión ovárica (que me imagino que debe de ser lo más parecido a una torsión testicular), como sé lo que es una extracción de un molar accidentada, como un par de veces me golpearon las espinillas sin querer con attachées Samsonite y como una vez me quemé con leche hirviendo, puedo decir que eso todo incluso a la vez no es nada comparado con un buen dolor de oídos. Un dolor de oídos es enloquecedor. Tuve un dolor de oídos a mis 6-7 años y el único que parecía entenderme fue mi padre. Lo que no sé es si era porque por su natural le resultaba más fácil compadecerse por el sufrimiento ajeno o porque lo conocía en propia carne. Nunca lo sabré.

La verdad también de la buena es que no me volvieron a doler los oídos, pero desde hace unos días les advierto que no oigo el tono del teléfono si pongo la oreja izquierda. Tengo entendido que el tono siempre es un La y me figuro que esa nota, por sus características cromáticas, estará en un punto de la escala que por sus características será más clara que otras. Otra cosa que no sé. Con la oreja derecha aún oigo el La, pero es como chisporroteante, lleno  de crepitaciones que además se me acoplan en la concha del pabellón y resultan desagradables. Si alguien me habla, lo más posible es que oiga mejor lo que se dice en el espacio que está dos puertas más al fondo, aunque más bien debería decir que lo distingo, que lo oigo, pero no lo entiendo. Es decir, que oigo voces, pero no como las que creo que les hablan a los enfermos esquizofrénicos. La música grabada me suena mucho peor de lo que ya me venía sonando (pero ahora por cuestiones físicas) porque estoy en un umbral auditivo en el que percibo vayan ustedes a saber qué. Lo de las psicofonías de mi lavadora ya es viejo. Las voces de mis seres queridos también me llegan mal y esto me apena mucho porque debe de ser un umbral más bajo y entonces lo que me llega parece en un tono menor, más triste, más apagado y hueco. Es decir que más que de música callada podría hablar de soledad sonora.

La relación del sonido y el espacio es tan disociable que incluso una vez la experimenté con tanta nitidez, al oír un canario en el patio de mi casa, que me dio la medida exacta del hueco del bloque. Dicen que los mirlos se apostan a intervalos equidistantes y que se van repitiendo un mismo mensaje que trata sobre el alimento y la comida de la zona cubierta. Y es cierto, su canto es además de bonito, útil, como debería ser. Y cuando yo tenía el oído más fino llegué a distinguir ese quehacer, de mirlo en mirlo, de ir cantando "aquí no hay agua", "hay una mujer que me está haciendo una foto", "viento no hace" o cosas así que yo me figuro y aventuro.

Entre mi deterioro auditivo y que parece que este verano tampoco vamos a cobrar los funcionarios la paguita doble, que no extraordinaria, veo más claro que nunca que tengo que dedicarme a aquello que sí puedo hacer. Mal comparado: de la misma manera que María Moliner se dedicó a su DUE, yo también me he de dedicar a aquello para lo que aún sirvo y que no cuenta con grandes impedimentos. Lo bueno, porque siempre todo tiene un lado bueno, es que las orejas me van bien para soportar las gafas. Y que a lo mejor es un simple catarro.

 

Detalle de la oreja de Danae (Parque del Laberinto, Horta, Barcelona) 
Fotografía: Marta Domínguez Senra


11/2/13

Juzgados por la ley de Murphy (2)


"People who see a drawing in the New Yorker will think automatically
that it's funny, because it is a cartoon. If they see it in a museum,
they think it is artistic,
and if they find it in a fortune cookie,
they think it is a prediction."

Saul Steinberg (*)





a dado la vuelta al mundo la historia de Joshua Bell, famoso violinista que tocó durante apenas una hora 6 piezas de Bach en una estación del Metro de Washington. A pesar de que al ver el vídeo tenemos la impresión de que fue en el mejor de los casos ignorado, también hay que decir que recogió 43 dólares, que no está nada mal. Parece que el artista incluso bromeó con sus ganancias puesto que eran netas, sin tener que pasar un porcentaje a su representante o a quien fuera. De hecho, si hubiera escenificado un poquitín la actuación o si hubiera cuidado algo su imagen yo creo que podría haber obtenido una mayor atención. También habrá que decir, sin caer en prejuicio alguno, que dada su juventud y su buen aspecto, podría haber atraído con un par de sesiones la afición de una pandilla de chicas incluso más jóvenes que él mismo. 
La frase de Steinberg, uno de mis dibujantes favoritos, me gusta porque lejos de amargarse ante algo que podríamos tomarnos como inconsistencia del público, abre la posibilidad de que una obra que bien podría ser la suya,  porque publicó muchas viñetas en "The New Yorker" (tengo la frase fuera de contexto), lo mismo sirve para un roto que para un descosido. No voy a hablar de las publicaciones que difunden predicciones de galletas de la fortuna ni de aquellas viñetas que son mejores que muchas obras de arte, aún en su simplicidad. Hablaría, si supiera y si tuviera ganas, que no tengo, de lo injustas y adocenantes que son las modas. No me sugiere demasiadas ideas el hecho de que el Ulises de Joyce se publicara el año 1922 gracias a que Sylvia Beach se arriesgó a editarlo. Esa historia y otras se repiten con diferentes editores, novelistas y novelas miles de veces. 
La supervivencia de los libros a través de las calamidades, las guerras, las depuraciones y los saqueos de la historia, explican en parte su fortuna, pero ¿cuántos libros de gran valía no han quedado para siempre perdidos o de los cuales apenas se tiene una mención? Y al revés, hay libros que perduran sin que nadie sepa con qué méritos. Parece entonces que la herencia cultural es lo que ha resistido el olvido, la barbarie, la degeneración y las injusticias.
Una vez oí decir que el amor era la suprema mentira y yo vengo a considerar que lo que es más bien es la suprema injusticia. Hace poco volví a ver El tercer hombre (Carol Reed, 1949). No es cierto como dice nuestra Wikipedia que el guión fuera de Graham Greene. En mi edición de Greene pude leer, y lo recuerdo bien, que el autor revelaba que no sabía hacer guiones, y yo lo creo, porque no es fácil. Él escribió la novela. De hecho la escena más aclamada de la película, el final, con Alida Valli en el peor fotograma de toda su larga y espléndida carrera, pasando de largo a Joseph Cotten en su papel de Holly Martins, no está en la novela. Ni lo estuvo. Ni lo estará. Es una película de una gran belleza y que resuelve bien no ya el triángulo de la peripecia sino el triángulo amoroso, que ni siquiera llega a formarse porque Alida Valli prefiere mil veces a Orson Welles (Harry Lime), aunque vendiera penicilina en mal estado y se metiera en otros asuntos degradantes, aunque se hiciera el muerto, aunque estuviera perseguido por la justicia, a Holly Martins -dicho sea de paso- un escritor mediocre. El gesto de desdén al final de la película es porque Alida Valli (Anna Schmidt) tiene la certeza de que Holly Martins ha delatado a Harry Lime. No lo delata fácilmente, puesto que ambos habían sido amigos. Pero una visita a un hospital pediátrico de niños afectados por la penicilina adulterada -en compañía del Mayor Calloway si mal no recuerdo- le convence de que lo mejor es capturar al malhechor. Obviamente lo bonito de esta película es que sus personajes están perfectamente justificados y sin líneas burdas. Otro día habrá que hablar de la fascinación de algunas mujeres por los chicos malos y de algunos hombres por las mujeres malísimas de la muerte.
Pero me dejo de libros y de películas, porque la suprema injusticia a veces se ve sorprendida en situaciones inconcebiblemente horrendas, tan horrendas como irrevocables. ¿O acaso se han olvidado del caso de Sandra Palo, discapacitada psíquica, violada y golpeada y carbonizada y atropellada por 4 menores? Fue el año 2003 y los cuatro monstruos recobraron bien pronto su libertad. Recuerdo especialmente la que le concedieron a Ramón Santiago, para casarse, dos años después. Incluso creo recordar que se casó con la asistente social del internado donde estaba recluido ¿Quién lo diría? La gente sometiéndose a ortodoncias, tratamientos de liposucción y de todo tipo para resultar atractivos y luego resulta que no, que el amor es la suprema porquería, un cenagal de pasiones que le revolverían el meconio abyecto a Jack el Destripador y hasta el calostro de su madre. Cuestionarse que una Infanta de España resista al lado de un señor que está no ya en el ojo de la noticia, sino incluso en el del huracán, es un pasatiempo. Eso es amor, "quien lo probó lo sabe".

 

"In/on a box" (Saul Steinberg, 1951)

 

(*) La gente que ve un  dibujo en el New Yorker pensará automáticamente que es divertido, porque es una viñeta. Si lo ve en un museo, piensan que es artístico y si lo ven en una galleta de la suerte, que es una predicción. 

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4/2/13

La B mayúscula

 


arcelona aún tendrá varias funciones de El diccionario de Manuel Calzada en el Teatro Romea  hasta el día 10 de febrero,  y pienso que aún están a tiempo de conseguir alguna entrada. La inminencia del domingo me empuja a escribir ya unas líneas con mi opinión sobre la representación de la obra, con Vicky Peña en el papel de María Moliner, de quien hablé el sábado. Su interpretación es tan rematadamente fidedigna que se diría, sobre todo al final de la sesión, que Vicky Peña está poseída por la diccionarista. Además de esta obviedad podría añadir otras más, que serán el cuerpo de la página de hoy. Pero primero quisiera que vieran en la foto de la escena de María Moliner con su marido que está la lámpara verde a que me referí el sábado, así como el atril y la máquina de escribir, aunque ésta última no se ve muy bien. De un tiempo a esta parte estoy mirando las cosas que me rodean en casa a la vista de saber que me van a sobrevivir. Esto ocurrió sobre todo a partir del día en que le presté espacial atención a una llave de hierro del baúl de mi bisabuela Carmen. Primero se murió ella, después el baúl sucumbió a la humedad y de su contenido apenas resistió el tiempo su diploma como celadora de los primeros viernes de mes, consagrados (por si no lo sabían) al Sagrado Corazón de Jesús, que guarda mi tía en otro baúl cuyo olor a naftalina es abrumador. Una vez esta tía mía me dio un dinero que había tenido guardado en ese baúl y no lo pude usar en un año. Lo tuve a ventilarse todo ese tiempo. Lo que no sé es si mi tía está dispuesta a creer que la naftalina podrá con la polilla pero no con la carcoma, que en el pueblo llamamos sanantonios. Mi primer ejemplar de las Novelas Ejemplares llevaba las huellas características de estos insectos y en cuanto las descubrí lo sacrifiqué. La llave es de hierro, forjada a mano, como esas llaves que a veces traen los judíos americanos cuando visitan Toledo, intentando encontrar la que fue la casa de sus antepasados y su puerta.

Me estoy acordando que cuando estuve en el monasterio de Santa Ana en Ávila, en el nuevo, a las afueras de la ciudad, las monjas me mostraron la puerta que se habían hecho llevar de la casa antigua, un monasterio cisterciense del siglo XIV que -como diría María Moliner- no se lo salta un gitano. Es decir, que habían comenzado el monasterio nuevo por la puerta del viejo. También se llevaron la campana, creo que con nocturnidad, pero me temo que eso fue sin la aprobación del obispo, que finalmente (como también diría María Moliner) "se haría el sueco" en contrapartida a la conformidad con la caca de justiprecio que les darían a las monjitas por un edificio que -siguiendo con los modismos- quita el hipo y hasta el sueño. Ésto último porque los días que yo pasé en Santa Ana, les acampañaba en el rezo de las completas que al menos por aquel tiempo se centraba en el salmo 91, aquel que asegura que el Señor "te protegerá con sus plumas", y cerraban la hora canónica diciendo algo así como "El Señor nos de una muerte santa y una noche tranquila". ¿O era "que el Señor nos de una noche santa y una muerte tranquila"? Vaya, ahora no lo sé bien, pero sí recuerdo las palabras "noche", "muerte", "santa" y "tranquila".

El diccionario de María Moliner, el María Moliner, es una cosa, también, pero que tiene a la vez el mérito de haberla hecho prometeicamente una sola persona a partir de algo que aún no es demasiado tarde para afirmar que se hace entre todos los hablantes, una lengua. Eso es algo que resplandece en las tablas por lo menos en dos ocasiones, cuando Vicky Peña-María Moliner dice dos veces que el Diccionario tenía que servir para todos. Y esto hay que recalcarlo porque demasiadas veces se emplean los diccionarios como si fueran algo así como el código civil o penal de una lengua, o como un objeto arrojadizo con el que se imponen no ya las formas sino los significados. Otro día les conté mi quijotesco encontronazo con el gol ultrasur del Institut d'Estudis Catalans, que aprobó en comité la palabra "sinologia" para referirse al estudio de las mamas, siendo ese término el que la mayor parte de las lenguas modernas reservan para el estudio de China.

De la misma manera que en la casa nueva de las monjas de Santa Ana había la puerta de la casa vieja, nuestras vidas a veces no "son los ríos que van a parar a la mar que es el morir", sino que algo permanece hasta como si eso recurrente fuera el cauce, símil que nos llevaría a esas alegorías marineras de Mas en las que acaba una con mareo, esto es, "mal de mar", o a la deriva. Por eso la obra que vimos ayer representada en el Romea se ancla en el momento en que en María Moliner se declaró el diagnóstico de arteriosclerosis cerebral y ya sufría pérdidas de memoria, especialmente verbales. Su demencia le permite al autor sobriamente introducir entre los recuerdos y los delirios todo aquello que constituyó su personalidad y su trayectoria: ser represaliada por el régimen franquista, haber perdido a su padre -que los abandonó a su suerte- de niña, y luego haber perdido una hija que apenas había nacido, su tenacidad para resistir todas las adversidades y su recto criterio para saber qué hacer ante un diccionario en el que trabajó 15 años.

Desde mi butaca en la fila 13, un poco alejada del escenario, esa lámpara verde cobró una nitidez como la que solo tienen los fanales de las noches bien oscuras o de los que velan. Que se sepa que no todo el mundo sirve para velar. Qué bien le pilla el tono la actriz a la lexicógrafa y bibliotecaria, a su forma de hablar, con precisión y claridad, esa templanza que advertimos en muchos aragoneses, pueblo que lo es sufrido y heroico, terco acaso por noble y escarmentado. Qué buenos ratos nos proporcionó el aplomo con el que la enferma seguía el interrogatorio  de un neurólogo algo presuntuoso, armado de palabras que en su origen habían sido tan simples como no olvidemos que lo fue glándula ("bellotita") o isquemia ("detención de la sangre" tal cual). Qué acertado dejar para el final un discurso que nunca oyó la Real Academia de la Lengua, cuya letra B mayúscula hubiera tenido que ocuparla nuestra diccionarista, a propuesta deL Profesor Pedro Laín Entralgo, también aragonés. Que Laín no viera ocupar la B a María Moliner pero tuviera que ver ingresar con bastantes menos méritos o por méritos inapreciables para alguien tan embrutecido como yo, a un señor en un sillón de una vocal minúscula es algo que se le notaba en la cara. Era difícil no torcer el gesto ante Felipe González y el joven candidato de frac, que parecían dos camareros "haciendo bolos".

No obstante Manuel Calzada, el autor de El diccionario y José Carlos Plaza, que dirige el montaje escénico, tuvieron a bien no invocar la justicia, ni la divina ni la humana ni tan solo la murphica, ni toda la manida artillería de las lágrimas despechadas socialdemócratas y nos muestran los hechos con la desnudez acostumbrada del buen teatro, en su -ahora sí- justa proporción. Ya les dije que lo que iba a aportar eran obviedades.

 

Vicki Peña como María Moliner en El diccionario

Discurso de Carmen Conde en su ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, 1979: «Vuestra noble decisión pone fin a una tan injusta como vetusta discriminación literaria».


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2/2/13

El tres de oros

"Gitano, -a (de egiptano, por declararse los gitanos originarios de Egipto). 1 adj, y n. Se aplica a los individuos de cierto pueblo errante esparcido por el mundo y a sus cosas. Tienen características raciales y costumbres propias; tradicionalmente se dedicaban a oficios típicos como son la cestería y el tráfico de caballerías y a veces a cantar, bailar o dar otros espectáculos callejeros, y las mujeres a echar la buenaventura; en algunos sitios de España viven establemente; especialmente en Andalucía, donde están muy mezclados con el elemento popular. Θ m. Ese pueblo. => Bohemio, calé, calorro, cañí, cíngaro, egiptano, flamenco, romanó ➢ Conde. ➢ Caló, gernanía, romaní, romanó. ➢ CANTE flamenco, CANTE jondo. ➢ Aduar ➢ Agitanado ➢ Payo. 2 adj. y n. (n. calif.) Se aplica cariñosamente a una persona, especialmente a niños o mujeres, que tiene gracia para *atraerse la voluntad de otros. · También se dirige a las mujeres como *requiebro. 3 ant. Egipcio. 4. Inf. (n. calif.) Se aplica a la persona que actúa con engaño, particularmente en los tratos comerciales.

que no se lo salta un gitano inf. Frase con que se pondera lo buena, grande o *extraordinaria en cualquier aspecto que es una cosa"

(María Moliner, Diccionario de uso del español, 3ª ed.)

 



a máquina de escribir [enlace roto] de María Moliner que se expuso en la Universidad Politécnica de Madrid el año pasado yo diría que es una Hispano Olivetti Pluma 22. Aún conservo mi Olivetti Lettera 32, una máquina portátil con la que pasé o perdí muchas horas y que solo abandoné cuando conseguí un ordenador portátil de segunda mano. Un portátil que pesaba casi 8 kilos. Se parecía mucho a un ejemplar de Unibit que he encontrado en internet, pero no estoy segura y el caso es que a los dos años de tenerlo lo revendí a un ginecólogo colombiano para comprar un portátil de la siguiente generación. Sí, confirmo ahora en el minuto 20:52 del programa que le dedicaron en RTVE en "Mujeres en la historia", que escucho mientras escribo, que era una Olivetti Pluma 22.

El vídeo que "escucho" me confirma también que su dedicación a su famoso  Diccionario de uso del español (1966-1967) se produjo como contrapartida -después de la guerra- a que ya no podía seguir desarrollando su labor como bibliotecaria, al menos a la altura de la que había llevado a cabo en sus misiones pedagógicas o en sus textos de biblioteconomía dirigidos a las personas que se hicieron cargo de las bibliotecas llamadas populares. Había sido expedientada y depurada como su esposo por el régimen franquista, pero encontró por así decirlo un resquicio por donde canalizar su vigor intelectual y ser útil. De su Diccionario se han hecho muchas consideraciones, algunas bastante exóticas, como las que se pueden encontrar en el artículo que le dedicó Gabriel García Márquez en "El País"; otras, dentro del abotargamiento anóxico de alguna celebridad de la lingüística. Se le retraen por ejemplo procedimientos considerados hoy en día poco "científicos", cuando en realidad a mi entender quedan plenamente justificados por su utilidad y por responder a un método sistemático, no a una manía errática y voluble, inconsistente. Seco ("María Moliner: una obra, no un nombre") acierta cuando pregona el sentido práctico de la lexicógrafa bibliotecaria.  No es un minucia tener un buen sentido práctico, un sentido de la obra bien organizada y, repito, útil. La inclusión de muchas voces botánicas en el DUE, por las razones que los lectores de este Álbum conocerán, lejos de parecerme una desviación enciclopédica impropia de una labor lexicológica, me lo hacen mucho más atractivo, útil y estimable.

Mañana voy a tirar la casa por la ventana y voy a asistir  a la representación de "El diccionario" en el Teatro Romea. Por alguna fotografía que he visto me ha parecido reconocer en el atrezzo la lámpara de la foto de hoy, con la pantalla verde, y el enorme atril sobre el que apoyaba su material de trabajo María Moliner. No son muchos los libros que son designados o conocidos por el nombre del autor (el Kempis por Imitatio Christi, el Harrison de Medicina Interna, el Catón de lecturas, el Dioscórides de plantas, el Czerny de estudios de piano). Y hasta donde yo recuerdo ahora no se me ocurre de ninguna autora ni escritora cuyo título haya cedido a su nombre. Paradójicamente, o tal vez no, su entrega al DUE fue no diremos que total pero sí entera y cabal, con el pulso sostenido de una labor fina de aguja, que no puede variar según tenga una el día o sople el viento. Fue metódica y tenaz.

Reparo en la máquina de escribir de María Moliner y también en la lámpara por lo mucho que han cambiado las mesas de trabajo y los medios para documentar un corpus lexicográfico, que ahora se hace con la ayuda de las tecnologías de la información y miríadas de asalariados recién salidos de las universidades pero con escaso recorrido vital.


María Moliner

Cerámica (baldosa) con cestero

No soy una nativa informática, por mi edad, pero el año 85 del siglo pasado ya trabajaba con un ordenador que era capaz de zarpar a un host situado en Colonia (DIMDI) a la velocidad de 300 baudios por minuto y consultar sus bases de datos con un lenguaje de comandos muy minucioso. Cinco años después tuve un módem de 3200 baudios, cuando ya se empezaban a hablar de las autopistas de la información, las ventanitas, un correo-e primitivo e internet.

En general todo me parece muy bien, especialmente lo que resulta gratis, a excepción de la ergonomía infame del ratón y el empeño de los que hacen cursos a distancia en hacer participar a la gente como sea. Ahora que se están poniendo de moda los MOOC (Massive Online Open Courses) que ofrecen muchas universidades a través de plataformas como Miríada o Open Culture, me veo atraída por algunos cursos y por la facilidad de inscribirse, de conectarse a la conveniencia de cada cual, y (¡sobre todo!) la de borrarse. Sin embargo me arredra de la forma más terminante toda la quincalla y matraca de chats, wikis, vídeos absolutamente obviables, fórums de opinión, blogs y demás que conforman el llamado campus virtual y su animación ya que para mí el estudio siempre ha ido asociado al silencio, la quietud, la concentración o a la escucha de alguien que se expresaba muy bien sobre un tema que conocía. Admitiendo que donde mejor encontraremos cómo cambiar las cuerdas de una guitarra es en Youtube (a falta de un luthier que nos lo explique en vivo y al lado), el abuso del multimedia me desazona. Especialmente porque tal vez ese despliegue va en detrimento de los buenos textos.  Todo no puede ser.

Me acordé hoy de la cartomancia para el 3 de oros, el naipe que encarna la unión de la voluntad, el conocimiento y la acción (lo que se desea, lo que se sabe, lo que se hace, en las palabras de J. A. Portela). Será o no será así, pero la sensación de escribir exactamente lo que se piensa o la concentración que se tiene cuando se trabaja con las manos, o se dibuja o se haga lo que sea, no puede ser mejorada. Al menos por ahora.

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