20/4/19

Dos fotógrafos: los vivos retratos



igo "dos fotógrafos" donde otros dirían "un fotógrafo y una fotógrafa". O "una fotógrafa y un fotógrafo", porque el orden de los factores aquí sí altera el producto. También podría decirse "August Sander y María María Acha-Kutscher" o sus variantes. Pero lo que me interesa remarcar es que son dos fotógrafos o dos formas de hacer fotografías. Está claro que August Sander (1876-1964) yMaría María Acha-Kutsher (1968) simplemente por trabajar en épocas tecnológicamente tan separadas, ya solo por eso nos tienen que mostrar fotografías bien diferentes.

En el Palau de la Virreina se han hecho coincidir entre marzo y junio dos muestras de ambos fotógrafos. Las fotografías de Sander son copias modernas de gran calidad realizadas a partir de los negativos de cristal originales en gelatina de plata, con aquellos tonos que tanto nos gustan a los aficionados al material gráfico de principios del siglo pasado, tanto para el cine como para la fotografía. En el folleto de mano se nos explica: "El método de trabajo de la artista [Acha-Kutscher] consiste en resignificar numeros imágenes de archivo procedentes de fuentes muy distintas para, después, introduciren ellas sutiles modificaciones formales. En este sentido, como en la fábula cinematográfica de Agnès Varda, odríamos sostener que María María Acha-Kutscher se convierte enuna "espigadora" delos detritus deglutidos poresa hegemonía cultural masculina, heteresexual y de raza blanca que, entre finales del siglo XIX y principios del XX, confeccionó estereotipos visuales, literarios y públicos de la mujer".

La comparación con Agnès Varda, a quien hemos perdido recientemente a su muerte el pasado 29 de marzo, está bien por cuando sí es cierto que Acha-Kutscher recoge elementos del archivo de los cachivaches humanos. Pero en mi opinión la acción de Varda siempre los absolvía y les daba una segunda vida que hablaba de una reintegración, rompiendo la barrera entre objeto nuevo o deseado y basura. Los collages fotográficos digitales de la fotógrafa limeña nos dejan una cierta amargura en la mirada de las imágenes que coloca en contraste con las imágenes vamos a decir "reales". Muestran degradación o absurdo. El trabajo meticuloso del fake o bulo visual ─que debo admitir que yo no hubiera advertido de no haber sido prevenida por el folleto y la explicación al principio del recorrido de la exposición─ no está en la estela de los trabajos de Varda, que contaban con un efecto mayor o menor de sorpresa, de hallazgo, de ocurrencia en la que la cineasta quedaba modestamente por detrás.

El trabajo de Acha-Kutscher es muy interesante y el de August Sander me interesa mucho desde hace años, cuando empecé a descubrirlo gracias a internet. Su ausencia de sentimentalismo y su "penetración e imparcialidad" ─volviendo a otro folleto─ son todoun legadoque ha sido muy estudiadoy analizadoporque obedecían además a un proyecto amplio, el de "Gente del siglo XX". La paradoja de que la ausencia de la emotividad y del narcisismo, de la neutralidad formal, nos dejen sin embargo retratos tan vivos, aunque estén impregnados de los condicionamientos sociales (oficios y clases) estereotípicos, es lo que ha mantenido en boga al fotógrafo alemán. 

La labor de composición que hay en cada una de las fotografías de la artista feminista peruana es muy notable, sea cuando representa una ruina o cuando representa un espacio cerrado con una reunión de elementos que ya sabemos que ella ha colocado por el arte delcollage. En la imagen que incorporamos hoy al álbum Témporas hay dos planos, otras son más complejas aunque siempre es fácil apreciar el eje que las vertebra. Casi siempre hay un contraste en el que las figuras femeninas del fakeseñalan sunaturaleza al servicio de la hegemonía machista. La composición en Sander apenas va más allá de agrupar de forma convencional los personajes, cuando son dos o tres, pero también cuando siendo solo uno aparece en un espacio que siempre nos recuerda un medio en el que hay algo hostil, algo en el que la tensión es la supervivencia. El retrato de los niños ciegos o el del banquero relatan a pesar de su distancia social la misma dureza de la vida, pero sin retóricas sentimentaloides y (como en Diane Arbus) sin juzgar a la persona.

Volviendo al principio, desconozco si el uso del blanco y negro en Acha-Kutscher es una cuestión estilística o si para el collage digital resulta más viable prescindir del color.

Woman kind / Serie 4/2 (MaríaMaríaAcha-Kutscher, 2013)


Maestras de escuela primaria (August Sander, 1920)

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13/4/19

Quejas, excusas, paradojas, sonrisas, lágrimas

"El pensador sin paradoja es como el amante sin pasión"

Søren Kierkegaard

El tema de la lactancia materna/artificial en los años setenta fue paradigmático de lo que preocupa a Teresa Forcades y a tantos. Recuerdo la lluvia de regalos e incentivos de Nestlé a los pediatras, y cómo promocionaban sus productos en África con el inconveniente de que eran eso, promociones, y que cuando a las madres se les retiraba la leche ya no había tampoco de la que ellos pretendían imponer.

Igual que El Pobrecito Hablador (Mariano José de Larra) escribía en el siglo XIX que todo Madrid era un cementerio, ahora se puede decir que todo es una paradoja: la leche que se da y la que se compra, el independentismo en una sociedad donde sólo cuenta la cantidad y las muchedumbres, el Brexit para una potencia que tanto ha hecho por la mundialización de las finanzas. 

Se manifestaron hace unos días en Madrid quienes llevaban por delante una pancarta donde se leía "La España vaciada" para referirse a la España rural, la España abandonada, interior, sin turismo ni perro que la ladre. Pero le concedemos más valora un chip que a una naranja y el éxito se mide por clics. Las ciudades de todo el mundo se van concentrando en los litorales y son lugares ideales para el consumo, para votar y para todo género de experimentos sociales. Se fomenta el individualismo pero a nadie importamos (es un decir) y todo me recuerda un poco a lo que cuentan de la doma del caballo, que contrariamente a lo que se cuenta que hacían los indios norteamericanos, enloquece a las bestias porque se les somete cuando van a escape y se les educa con miedo. Son animales de proverbial nobleza y entran en una contradicción tan áspera que se les deja en un estado de agitación del que cuesta sacarlos.

España ha pasado de estar cerrada a cal y canto durante la dictadura franquista, y a ser país de emigrantes, a ser país (también) de acogida. Claramente no se drena bien la afluencia y es difícil que se integren las diferentes culturas. Ya se ha visto en Francia, donde nos llevan unos 30 años de ventaja y donde la banlieue resentida ha reaccionado a la segunda generación. Creo que muchos de los emigrantes y refugiados que llegan no se quedan, que aspiran ir a Alemania (cosa más que improbable). El español medio ve los contingentes que llegan desde África o, por decir algo, Georgia, como una amenaza al estado del bienestar y a los recursos públicos. Y no parece que nos haga falta mano de obra y menos de forma que no sea temporal y eso por días.

No sé si es leyenda urbana pero sedice que las familias magrebíes nos envían cada una un hijo, de forma parecida vamos a decir a cuando las familias "buenas" consagraban un hijo a la Iglesia. Les llaman, en la jerga sociosanitaria, MENAS (menores no acompañados). Estos adolescentes se reúnen, van a la última moda, salen en pandilla, no se les ocurre nada bueno, a veces realizan asaltos sexuales como hemos visto. Los he visto a muchos de ellos inhalar cola en los aledaños del metro cuando vuelvo a casa. Los institucionalizan para rehabilitarlos y educarlos pero al lado de eso ─que cuesta mucho dinero y que a veces no funciona─ tenemos el destartalamiento o desmantelamiento de la Sanidad pública y geriátricos muy justitos o habría que decir injustitos.

Asisto a las paradojas intentando que predomine la ecuanimidad y sin revolverme como dicen que las pasa a los caballos en la doma, con aquel brío de quien quiere librarse de ser sometido bajo tanto desatino. Tampoco quisiera caer en lo que veo que tantos caen: las quejas y las excusas. Nada me parece más reprobable. Qué pesados quienes siempre se están quejando y excusándose.


Agnes Martin, Gratitude, 2001


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