"En ninguna parte estaba reunido todo lo que ponía a la muerte delante de los ojos tan patéticamente como en el Cementerio de los Inocentes, de París. En él apuraba el espíritu hasta el fondo el horror de lo macabro. Todo cooperaba a prestar a aquel lugar lúgubre el carácter sagrado y el estremecimiento pintoresco de que tanto gustaba la última Edad Media. Ya los santos a quienes estaban consagrados la iglesia y el cementerio, los Santos Inocentes sacrificados en lugar de Jesús, provocaban con su lastimoso martirio la intensa excitación y la emoción sangrienta que paladeaba aquella época. Justamente en aquel siglo estuvo muy en primer término la veneración de los Santos Inocentes y se poseía más de una reliquia de los niños de Belén. Luis XI regaló a la iglesia de París consagrada a ellos un Innocent entier, encerrado en una gran urna de cristal. Aquel cementerio era el lugar donde se prefería reposar, mejor que en ninguna otra parte. Un obispo de París hizo poner en su sepulcro un poco de tierra del Cementerio de los Inocentes, porque no podía ser sepultado allí. Pobres y ricos descansaban en él unos junto a otros, aunque no por mucho tiempo, pues el espacio para enterramientos, en el cual tenían derecho de sepultura veinte parroquias, estaba tan solicitado que al cabo de algún tiempo desenterraban de nuevo las osamentas y se vendían las lápidas sepulcrales".
Si
los cronistas e historiadores coinciden todos en el trajín de muertos y vivos
que había en el cementerio medieval parisino, mucho habrá de verdadero. El
hecho de que tuviera reliquias de
los niños betlemitas ejecutados por orden de Herodes, lo hacía particularmente
santo y milagrero. Pero ni siquiera está demostrado que hubiera habido tal
matanza, con lo cual lo de las reliquias ya sería más que filfa. La idea de que
los difuntos pasaran allí apenas diez días porque había otros que querían
aspirar al efecto purificador de la necrópolis, teniendo en cuenta que estaba
al lado del mercado principal de París (Les Halles), nos permite recrear la
animación del recinto. La fiesta
navideña de los locos del principio de Notre
Dame de Paris, ambientada en 1482, no es menos pintoresca.
Que
la celebración de los Inocentes y la de la fiesta de los locos coincida con las
romanas saturnales no es casualidad,
claro. Pero yendo a lo que iba, la noticia [enlace roto] atroz del asesinato atroz de la bebé secuestrada por Jonathan Moya González, no
es una broma. Y no sé si es una sensación, pero últimamente hay ya
demasiados casos de hombres escarnecidos que matan a los inocentes, sean
propios o ajenos. La pequeña Miriam era inocente y su madre es en el mejor de
los casos ingenua. Y es curioso como lo que tendría que ser la fiesta de los
inocentes se ha ido transformando en la fiesta de la ingenuidad, de manera que
se persigue engañar al incauto con bromas y chacotas y hasta colgarle una llufa que señala su candor.

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