ardiel
Poncela que yo sepa no ha sido lectura obligatoria ni voluntaria en ningún
plan de enseñanza de los últimos años. Tiene mucho que ver en mi modesta opinión el hecho de que
Jardiel como Mihura como Álvaro de la Iglesia se podrían considerar "de
derechas", etiqueta que en nuestro país no es un mero cartoncito como el
que le cuelgan a los difuntos en las morgues del dedo pulgar de un pie o a los
regalos de Navidad, sino que es como una losa de iridio con incrustraciones de
plomo y cemento armado.
La
disociación con la que vivimos todo yo la percibí por primera vez en toda su
absurdidad cuando aún vivían y estaban más que bien Tip y Coll, porque le oí a alguien decir que Tip era de derechas y
Coll de izquierdas. Y sin embargo una de las tres veces que yo me he reído más
en mi vida fue cuando estrenaron en televisión un programa que se abría
con "Dame la manita Pepe Lui" (CBS, 1974). Me
acuerdo que cenábamos en la casa familiar mis padres y mi hermano y yo, todos
hijos de su padre y de su madre y que aunque en el caso de mi hermano son
coincidentes los suyos con los míos eso no ha garantizado ninguna afinidad.
Como no tengo ninguna duda sobre nuestra filiación tengo que pensar que el
Señor en su perfecta sabiduría quiere que exista la variedad. Pues nos reímos
como no recuerdo que nos hubiéramos reído nunca, todos juntos y de lo mismo.
Incomprensiblemente nos repiten y nos vuelven a repetir muchas series humorísticas de la BBC ("Sí,
ministro", "Benny Hill", "Mr. Bean", "Los
Ropper", etc) pero hace años que no vemos los programas de Luis Sánchez
Polack y José Luis Coll.
Con
lo poco que sé de humor no tengo ni para hacer un tuit, pero pienso que algún
día habrá que tomarse el humor como algo verdaderamente serio y ver si hay un
humor diferente según la latitud, según la clase social, según el nivel de
colesterol HDL y según la edad o la cosa generacional. Seguramente también
encontraríamos un humor universal,
que puede ser comprendido en cualquier lugar porque no está basado en el juego
verbal o en situaciones de aprieto que no lo son para todo el mundo igual. La
clasificación por colores no alcanza toda la gama; es decir, no hay un chiste
verde tiffany's ni un chiste azul, cosa que tendría que retar a los que
hacen monólogos, que en la pura
teoría improvisan mucho y badean tanto como surfean los litorales de la risa y
la sonrisa. Qué diferentes, Casto
Sendra Barrufet "Cassen" y Joan Camprubí "Capri", siempre tan serio
-especialmente cuando hacia de Dr. Caparrós- cuando ambos cada uno en su estilo
hablaban sin parar, de Eugeni Jofra i Bafalluy "Eugenio" o Miguel Gila, cuyos mutis de telefonía, calada, sorbo de copa larga
o estupor eran tan elocuentes y agudos como la mejor gracia.
Jardiel
como Mihura tiene un estilo muy económico, sin cháchara, donde ni siquiera hay
rastro de aquella leyenda por la cual los comediógrafos y los novelistas de la
postguerra cobraban por línea publicada. Los diálogos que hojeo en mi ejemplar
de Jardiel Poncela descargado de internet, con Los ladrones somos gente honrada, son todo texto,
apenas hay espacios blancos. La gran mayoría de las líneas van de una punta a
la opuesta cargadas de letras, cuando Poncela tal vez -siempre de acuerdo con
la leyenda- hubiera cobrado más con diálogos donde al saludo -"Hola"
le siguiera la pregunta-"¿Hola?" y, tercera línea, otra vez
-"Hola, sí". Y a pesar de todo, como dije en un post anterior,
Jardiel como Mihura resultan ligeros. No como otras.
Me
ha impresionado mucho en el ejemplar que menciono todo un preámbulo donde se
explica la gestación de la comedia, que luego fue
llevada al cine, el año 1956. Cuenta Jardiel que el 16 de agosto de 1936 fue llevado a declarar a una checa en
Madrid por la falsa delación o si quieren mera delación de un odiador. Fue
sometido a un interrogatorio que reproduce y parece que gracias a que ni los
nervios ni el miedo le traicionaron pudo salirse con bien del trance. Pero su
interlocutor le avisó: "Mañana
irán otra vez a buscarle para nuevos interrogatorios". A lo que
Jardiel Poncela repuso: "Pues
le agradecería, para evitar un nuevo susto allí, que no fueran a mi casa. Que
vayan al café "Europeo", donde estaré trabajando".
Explica
E.J.P. que en cuanto lo dejaron libre sintió miedo, sintió todo el miedo que
estando en la checa no había sentido. Y que al día siguiente, cuando estaba en
la cafetería era incapaz de escribir una línea: "Pero, naturalmente, no trabajé absolutamente nada, ni creo que nadie hubiera
sido capaz de trabajar en mi caso: sentado en un café, en el verano de 1936, en
Madrid, y aguardando la llegada de unos milicianos para ser llevado por segunda
vez a la "checa" de Medinaceli...". En cuanto Jardiel vio
aparecer a los milicianos en un coche, probablemente de los duques o bien de
una marquesa que también se menciona, se puso a escribir como un poseso
grafómano. Después de deliberar un algo los milicianos se fueron por donde
habían llegado y Jardiel pudo dejar de escribir lo que estaba escribiendo que
no era otra cosa que "Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de
Herminia, en Madrid", tantas veces como le permitió el rato que fue
observado desde afuera. Esa frase, típica de una acotación teatral, años
después, el año 1941, cuando se puso a escribir por fin nuestra comedia, está
encabezando el acto primero.
No
sé si la anécdota es para reír o para llorar, pero tras conocerla vuelvo a contraatacar la desacertada frase de Theodor
Adorno: "Tras Auschwitz no se puede hacer poesía" y pienso que aunque
el bombardeo de las estupideces de políticos como Maria Badia o Alejo
Vidal-Quadras o Raül Romeva, no nos dejen oír la quinta sinfonía de Mahler,
eso no quita para que reconozcamos su melodía como un contrapeso y la
resistencia a la folie à plusiers (locura
colectiva). Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en
Madrid.

