l pasado 5 de diciembre falleció mi madre, después de haber soportado a lo largo del año cuatro ingresos en el hospital. Como había venido haciendo desde hacía unos años, siempre estaba a su lado procurando su mejoría, incluso a veces alimentándola y teniendo el cuidado de su higiene. Los últimos meses de su vida
los pasó en una residencia de ancianos, porque yo ya no podía atenderla ni tanto ni por tanto tiempo. La visitaba cuanto podía, teniendo en cuenta que por algunas semanas se les confinó en sus habitaciones o las visitas estaban restringidas y condicionadas por el resultado de los tests de antígenos que todos conocemos.
Casi siempre pude distinguir entre lo que fue mi incomodidad y mi desaliento ante su aislamiento, y las condiciones en las que tenía que vivir y ella sufría. A pesar de que no puedo hablar más que bien de la residencia en la que se pasó los últimos 17 meses de su vida (Residencia Barcelona), fui plenamente consciente de lo anómalo de que mi madre viviera en una institución.
Mi madre había tenido poco trato con las instituciones porque apenas fue al colegio y siempre trabajó por cuenta propia excepto cuando de joven sirvió en la casa de un diputado en La Coruña, o en Barcelona en casa de los Tardà. Nunca tuvo interés en participar en ninguna organización y, por decirlo de una vez, iba por libre. Así que su adaptación fue penosa, aunque pronto adoptó una actitud de resistencia pasiva que yo creo que fue lo más inteligente porque nos exasperó lo justo para darnos cuenta de la dignidad que consiguió sacarle a la situación.
La pena que me inspiraba cada vez que me decía que se quería morir solo se vio corregida o suavizaba porque yo hice todo lo que pude por conseguir su bienestar. A veces sólo podía peinarla, cortarle las uñas, acariciarle la cabeza, rellenarle la botella del agua, cepillarle las zapatillas, cosas así. Pero como apenas hablaba ya, yo encontraba ahí una forma de comunicación y un consuelo para las dos.
Uno de los primeros días de diciembre, una enfermera me dijo: "¿Tú cómo la ves?". La pregunta me cogió porsorpresa y me indujo a pensar, de una forma muy delicada, que a lo mejor me estaba mostrando lo que yo no veía o hacía como que no veía. Otra persona sin su profesionalidad y su sensibilidad podría haberme dicho: "¿Es que tú no ves que está mal?". Yo había ido viendo que cada vez estaba más pálida, más frágil, que tenía los tobillos inflados, que respiraba poco y mal, que su maravilloso pelazo estaba debilitado, muchos signos más. Pero seguía al pie del cañón pensando que se produciría una vez más ─como habia pasado durante otras convalescencias─ el milagro de la mejoría, siempre abrupta y acompañada de buen ánimo. La enfermera se llama Esther y es una excelente profesional.
Es cierto que me daba cuenta de su anemia, aunque no sabía que todo venía de minúsculas pérdidas de sangre a causa de un tumor intestinal. Y nadie más la veía. Debo decir que me sorprendió saber que otra persona de mi familia no había advertido que tenía los pies inflados, tan inflados que no se podía calzar bien. Sin embargo no es la primera vez que me doy cuenta de que no vemos lo mismo y que situaciones que a veces se nos ofrecen con la mayor claridad son totalmente imperceptibles a otras personas.
Sería el año 2007 cuando acudió un médico de familia a casa de mis padres porque habíamos visto que mi padre estaba obnubilado y con algo de fiebre. Tan pronto como llegó nos dijo que tenía una infección de orina, extendió una receta y se fue a otra visita domiciliaria sin apenas detenerse. Una semana después apareció en LaContra de La Vanguardia,y ahí quedaba claro que era peruano, que allí en Perú cuando acaban la carrera de Medicina se ve que los envían a hacer atención rural a zonas de la selva o de la montaña donde es improbable que haya un laboratorio bioquímico o un gabinete radiológico. Es decir, que tiene uno que basarse en el llamado ojo clínico.
Todo el armamento tecnológico y de pruebas de imagen, de laboratorio y demás es algo impresionante, escalable y muchas veces incruento, aunque está claro que el diagnóstico no puede descansar solo en esos medios. Y lo mismo aplica para cualquier profesión y oficio.
Estos primeros días de duelo ante la ausencia de mi madre, aunque creo (estoy segura) de que la volveré a ver, están aún impregnados por las sensaciones de los últimas horas en el hospital. Gracias a que pude pasar mucho tiempo con mi madre y a que tuvimos muchas vivencias juntas, mis recuerdos alcanzan muchos años y a pesar de que prevalezca la tristeza de este año, también puedo revivir muchos recuerdos de nuestra intimidad.









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