12/2/25

La primera piedra

o es fácil elegir una única fotografía de Félix Thiollier. En la página web del Musée d'Orsay se muestran 70 imágenes. Gracias a la fotografía y a los registros sonoros es posible tener una documentación bastante más ajustada a la realidad de lo que nos dejan ver a veces los documentos textuales, sin que descartemos que todo puede ser manipulado. 
Ayer entrevistaron en "El ojo crítico" a Jordi Puntí, cuya novela Confeti, que obtuvo el Premi Sant Jordi el año 2023, trata sobre Xavier Cugat. En la entrevista el escritor explica algunas anécdotas sobre la imaginación de Cugat para adornar sus recuerdos. Es curioso porque seguramente la verdad era igual o más interesante de lo que podían ser estas fantasías. Y hasta más inverosímil. Llegó a decir que tenía cinco estrellas en el Paseo de la Fama de Hollywood.
Recuerdo que cuando Xavier Cugat se vino a vivir (o a acabar de vivir) a Barcelona vivía en el Hotel Ritz, que desde hace unos años se llama El Palace, pero que mucha gente seguimos llamando "Ritz". A finales de los 80 yo bajaba por el Passeig de Gràcia y él bajaba de un coche de lujo ─que no era el Rolls Royce Silver Cloud II─ en la intersección con Gran Via. Me miró como diciendo "¿No me conoces?" y debo confesar que me inspiró algo de pena no saber corresponder su popularidad un poco... ¿pueril? Hoy día le hubiera saludado, entonces yo no estaba por estas cosas. Lo de los chihuahuas y su mecenazgo de Nina, que luego dirigió Operación Triunfo, ya me resultan unas historias atractivas per se. Pero lo definitivo fue cuando admitió no solo haber trabajado para la mafia sino que eran buenos patrones, en el sentido de que pagaban puntualmente y bien, me figuro. Muy formales.
Las fantasías de Cugui supongo que tienen alguna explicación desde el plano psicológico, cosa que no me interesa gran cosa. Sí que me interesa reparar en que tal vez el hecho de salirse del lugar de origen mueve a la mentirijilla. Es fácil que cualquiera tenga buenos ejemplos de bocachanclas que cuando van al extranjero hablan de España como si fueran grandes conocedores de su Historia, Geografía, Literatura, Música, Gastronomía y del sexo de las gárgolas. También ocurre al contrario, es decir, cuando alguien que ha estado en otro país y habla de ese destino, lo adorna con unos conocimientos cargados de un crédito que nada ─ni siquiera la experiencia─ les concederá. El prestigio del viajero ya sabemos que está sobrevalorado. Impostores como Tania Head o Enric Marco se valen de que su escenario está lejos de donde se les conoce bien. Lo sant com més lluny més miraculós.
Como tengo aún buena memoria puedo recordar bien muchas cosas que se me han dicho e incluso las que mi interlocutor no recuerda haberme dicho, por lo que me veo en situaciones en las que prefiero ser clemente y pasar por alto lo que sé. La tendencia cuando se miente es la de pretender quedar uno mejor de lo que podría parecer, o inspirar fascinación, y queda peor. No sé si me explico.
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El otro día intervine en X por un comentario denigrante que recordaba que le había hecho Coque Malla a Mary Santpere en una entrevista de TV. Hace unos años la busqué pero no la encontré, pero el domingo se encontraba por búsqueda directa en internet, tanto en Youtube como en el podcast de RTVE, en un programa de 1990. Me vi las dos gravaciones (por si hubieran sido editadas) y no encontré nada que pudiera resultar ni denigrante ni molesto para Mary Santpere, con lo que tengo que lamentar mi error y que la memoria me hubiera traicionado de la manera más censurable. Coque Malla tenía 20 años y Mary Santpere 71, por lo que ella adoptó un papel de artista experimentada y hasta le daba consejos, pero él ya estaba conociendo el éxito y la fama y además es hijo de actores. Así que más bien podría haberse sentido él víctima del edadismo, más que ella.
Por alguna razón que no sé interpretar el año 1990 al ver el programa, conducido admirablemente por Mercedes Milá, me dejó una impresión equivocada que se mantuvo erróneamente en el tiempo. Hay que reconocer los errores y es algo que, aunque me produce un cierto disgusto, no eludiré. Cuando se hace algo mal o nos equivocamos lo mejor es admitirlo.

Paysage de mine, Saint-Étienne (Félix Thiollier, 1895-1910)


Sous-bois en fôret (Félix Thiollier, 1842-1914)

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7/2/25

La providencia

"La mediocridad es la incapacidad de apreciar, aspirar y admirar la excelencia. El primer grado es el simple, que ni le importa ni la entiende, y es feliz con la satisfacción de sus necesidades básicas. El segundo es el fatuo, que quiere ser excelente, aunque no entiende en qué puede eso consistir, por lo que sólo puede imitar, copiar o fingir. No es dañino, aunque, si tiene un puesto importante, puede agobiar a los demás con exigencias burocráticas que sólo pretenden dar la impresión de que está haciendo algo importante. El verdaderamente peligroso es el mediocre inoperante activo, ser maligno incapaz de crear nada valioso, pero que detesta e intenta destruir a todo aquél que muestre algún rasgo de excelencia"

Luis de Rivera





a cita es de "La contra" de La Vanguardia de algún día de 2016 y sé que el psiquiatra Luis de Rivera ha acuñado el término Síndrome de Mediocridad Activa Inoperante (M.I.A.), que ha tenido su reconocimiento o eco en los medios. Se me escapa bastante todo cuanto la Psiquiatría consigue etiquetar, aunque admito que ayuda a entender un poco los resortes de algunas conductas. La primera frase no es propiamente una definición de la mediocridad o el verbo ser no le calza. Yo soy mediocre y sin embargo soy bien capaz de apreciar y admirar la excelencia e incluso tengo mis aspiraciones por ir un poco más allá de mis posibles.

Lo más interesante y acertado de la cita es la tipología de los mediocres: el simple, el fatuo y el M.I.A. Y sin embargo creo que se puede ser mediocre sin desarrollar la indiferencia ante la excelencia, o las triquiñuelas de los impostores o sin llegar al grado máximo de malignidad o agresividad del mediocre activo narcisista. Tal vez Luis de Rivera se refiera a los tipos patológicos de la mediocridad.

En pleno invierno me uní a un grupo reducido de clases de dibujo. Una joven tiene un notable talento para cualquiera de las técnicas en las que nos introducen. Usa la presión ideal en los carboncillos y e los pasteles, una precisa suavidad, pero consigue una gran fuerza expresiva. Cuando nos miramos los resultados de cada cual a la propuesta de la profesora, el desnivel entre lo que ella consigue y lo que conseguimos los demás es grande y notorio. Y, lo mejor de todo, fácilmente.

Mi trato con el material es bastante torpe. Debo decir que me cuesta más o igual que los demás aprender, en la mayoría de las disciplinas (no en todas). Pero también debo decir que una vez que aprendo y mis "alas" se despliegan no me faltan ni la creatividad ni la destreza.

El hecho de que haya personas que tienen un talento natural para adquirir una técnica me descorazona por la distancia que sufro sobre lo que quiero conseguir y lo conseguido, pero no entre lo que quiero conseguir y lo que consiguió la persona con talento. Serían los tres anclajes del punto de vista, siendo el segundo vórtice un nido seguro para la envidia. El primero sería un buen lugar para desarrollar la propia capacidad. Pero sin la mística o la épica del esfuerzo ("Work, work, work").

Me acordé estos días de una vez en que vinieron mis tíos de Brasil (mi tía Lito, su marido y su hijo). Mi tía se fue a São Paulo cuando los otros hermanos emigraron desde Betanzos a Madrid y a Barcelona. Visitaron a mis padres de forma imprevista y se quedaron a cenar. Mi madre había hecho aquel día o la noche anterior unas sardinas en escabeche y mi tía Lito hacia muchos años que no las había comido. No me llegan las palabras para expresar la emoción de mi tía. Y eso que cada vez la entiendo más, porque las sardinas en escabeche no son una tontería, porque fue de imprevisto, porque revivió su juventud más temprana. Como me dijo una vez un gallego ya anciano en La Habana: "El lugar donde uno nace es muy importante".

No recuerdo cuando fue la última vez que mi madre preparó sardinas en escabeche, pero para mí no tenía menos arte que una ciaccona de Francesco Corbetta. Se reunieron ahí aquella noche oportunamente varios factores.

El hombre propone y Dios dispone.

Betanzos, 1926 (Ruth Matilda Anderson)

(c)SafeCreative 2502080820731

1/2/25

Ad calendas graecas

Éstas son las últimas cosas ─escribía ella─. Desaparecen una a una
y no vuelven nunca más. Puedo hablarte
de las que yo he visto, de las que ya no existen;
pero dudo que haya tiempo para ello. Ahora todo ocurre tan rápidamente
que no puedo seguir el ritmo.
Paul Auster, El país de las últimas cosas



l lado de las distopías contemporáneas, las tragedias griegas y los melodramas rusos son hasta alegres. Casi prefiero leer libros sobre Historia, aunque algunos están pésimamente escritos y al fin y al cabo no dejan de ser otra forma de ficción, la del relato superviviente y triunfante. 
Con los memes del cambio de año me llegó el de que 1969 es un año idéntico a este. Me costó mucho conseguir un calendario de mano de 2025 pero ayer me dieron uno al cambiar la pila de un reloj. Me cuesta creer que veré muchos más y no porque me vaya a morir, que también pudiera ser, sino porque estamos todos amorrados a los móviles  y usando las agendas electrónicas. Cada soporte cuenta con sus ventajas.
Lo que no he conseguido nunca es leer libros como el de El país de las últimas cosas, y me estoy acordando de uno de José Saramago en concreto, pero hay infinidad, ni leer con un dispositivo electrónico. Aparte de la Biblia, que la consulto a retazos, no le he encontrado el gusto a leer sobre una tablet o en la aplicación de Kindle. Y mira que llevo años intentándolo. El primer desistimiento fue porque se me comía la batería de la tablet, pero luego me di cuenta (en 1999 si no me equivoco) de que mi atención en el papel era mejor.
Sin embargo admito que la situación que encabeza la novela de Auster resulta familiar y hasta describe con exactitud mi visión del momento, a lo que solo podría añadir que se añaden sensaciones de que hay un trajín de falsedades y entelequias inextricable.  Ha sido todomuy rápido, como le dijo la tortuga al caracol del chiste, cuando le explicaba un accidente que había tenido.
A veces la rapidez es una forma de imponer cambios en algo que estaba muy parado, inerte, tal vez de forma deliberada. Y cualquier oposición se traduce como una respuesta reaccionaria y necia. De hecho en los trabajos se ha introducido cada vez más el modelo del cambio continuo. Incluso se previene la costumbre de ocupar siempre el mismo puesto de trabajo, para no adquirir hábitos viciosos y para dejar al trabajador al albur de una ronda que aparentemente es igualitaria e invoca el conjunto como bien supremo. En realidad lo que prevalece en esa medida es que el empleado se va convirtiendo en un títere intercambiable y en que no se reconoce el buen trabajo.
Naturalmente la ventaja de ir cambiando a la gente en su puesto de trabajo por turnos es que se pueden alterar las funciones y así nadie se encastilla en su pequeño dominio ni se hace reacio a nuevos procederes o técnicas. Pero las jefaturas se apoyan en ese sistema para que las ausencias sean inapreciables, a no ser para quien las cubre. Podría desarrollar más este punto pero lo dejaré ahí colgando porque entonces tendríamos que referirnos al nepotismo, etcétera, y no son horas. 
Uso también un almanaque de pared en la cocina y me gusta que lleve los ciclos lunares y el santoral, y que se lea bien, sin extravagancias gráficas que hagan difícil distinguir las letras. Estos impresos tienen su gracia, junto con las servilletas de papel de la hostelería, los recordatorios de difuntos, las hojas volanderas y otras muestras gráficas de la vida civil. Dicen que ahora los ilustradores están encontrando una fuente de ingresos en el packaging de empresas pequeñas que tienen el negocio por internet. Esperemos que les dure.


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