“Oíd y entended. No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre”.
Evangelio según San Mateo 15,10
En la enciclopedia ya dedicamos un post a “El Bulli” y “The
Fat Duck” y en general a las complejidades e ironías de la gastronomía
molecular, en Como
como, donde si no recuerdo mal también “condené” los biocombustibles:
"En la cocina de Blumenthal [el chef de “The Fat
Duck”], además de mezclar el reino animal y el vegetal y el mineral
promiscuamente, se da la presencia de elementos que ni siquiera son
comestibles. El plato más famoso (después del helado de tocineta ahumada con
nitrógeno líquido) nos propone, dije, un iPod, que no es comestible. También
los llamados alimentos funcionales o con suplementos nos alejan de la materia
prima o nos la hacen irreconocible. Es una especie de enajenación o
enajenamiento. La manipulación y enajenamiento de la comida, nos ofrece la
comodidad pero nos quita la autenticidad. El corolario son los biocombustibles
como el biodiésel o el bioetanol. Y lo peor son sus consecuencias en el medio
ambiente, en la sostenibilidad, en los pastos, y en el sector alimentario. Es
previsible que Indonesia, que ha talado el 70% de su selva [para hacer muebles
de teka para las terrazas y jardines europeos], la dedique a la plantación de
biocombustibles. "
Al lado de este panorama de jeringas y emulsiones, está el
desenfreno de la tomatina de Bunyol y la
raimà del Poble del Duc (Valencia) (*). La brutalidad de la tomatina ya fue
tratada en Jueves
lardero, cuando servidora desconocía la existencia de otra fiesta algo
parecida. Se parecen en la gran cantidad de alimentos que la gente se echa en
una especie de catarsis multitudinaria. Sin embargo la fiesta del Poble
del Duc, que se celebra en 28 de agosto procede de los cabrerots (de
echarse encima lo que sobraba de las cepas de uva, que de otra manera se lo
hubieran comido las cabras), mientras que la fiesta de Bunyol es directamente
una de las actividades lúdicas o festivas salvajes de nuestras latitudes. No
tiene un antecedente folklórico con fundamento rural. Me repugna profundamente
que se juegue con la comida, que se tire, que se maltrate. Y si lo que hace
Blumenthal en “The fat duck” o lo que se hace en Bunyol se considera
cultura, pues entonces me repugna la cultura, puesto que aquí no vamos a
discutir de palabras. Al fin y al cabo, con perdón, ya sabemos lo que va de una
papada a una mamada, como para concederle el mínimo crédito al
significado que se le quiera dar a las palabras.
“Pero el mercado japonés ofrece claroscuros. Constituye una dura batalla elevar el consumo de vino per capita, que se sitúa escasamente en los 2 litros anuales, y atraer a un consumidor joven, en su mayoría masculino, que no se siente atraído por el vino y prefiere bebidas con menor graduación alcohólica, como la cerveza, expuso Bansho. Estas tendencias de consumo pueden encontrar explicación bioquímica: la ausencia o pobre actividad en buena parte de la población asiática de la enzima aldehído deshidrogenada que contribuye a metabolizar el alcohol, lo que conduce a una actitud más prudente respecto al vino.” (El catavinos)
Vamos, es que sólo debo añadir que de las dos urgencias
médicas importantes que representa el alcohol (su privación en alcoholicos
y la ingestión por parte de asiáticos), no sé cual es más grave. A mí me
explicaron el jamacuco que le dio a una japonesa tras tomar una sola copa de
vino aquí en Barcelona y la verdad es que me parece poco menos que un asunto de
estado precintar una tienda como “Vinidiana” por el peligro que representa.
De todas maneras, como suele ocurrir en *A la flor del
berro, al lado de la prudencia que aconsejamos también tenemos que advertir
contra los remilgos. De ahí la cita del Evangelio según San Mateo, porque
servidora está hasta las narices de algún exceso que como la tomatina se da
pero por la vertiente de la pureza, la macrobiótica, el veganismo y la cosa
guay de los
scoopies. Y sin embargo el punto de vista de Pitágoras, por lo menos
expuesto por Ovidio, es muy convincente (**).
Entre atiborrarse de comida basura y “pringles” a troche y
moche y no comer absolutamente ni gota de según qué alimentos hay una enorme
gama de escuelas, tendencias, modas. Decía Álvaro Cunqueiro que los gallegos
se parecían a los chinos en que prácticamente se lo comían todo. Debo decir
a nuestro favor que no comemos ni perros ni ratas. De momento. Pero sí,
alejándonos paganamente de lo que estipula el Levítico, se comían en la
Galicia mariscos y cefalópodos (pulpos, vaya) incluso o sobre todo cuando era
un alimento para los pobres. Y es que, por extraño que parezca, hubo un tiempo
en que mis antepasados sólo comían, cuando comían, mariscos, alguna patata,
berzas, judías y todo lo que se puede comer del cerdo (que es mucho). Los
peces, el pescado blanco, era para los ricos.
(*) No sé cómo se referiría el señor Juan Carlos Moreno, si es
que aún sigue bien y va vendiendo sus libros, a la naturaleza de la palabra
“raimà” (del cat. raïm, "uvas"). No sé si de acuerdo con sus
principios lingüísticos y no la emparentaría al catalán oriental, al
valenciano, o a qué. Salvador Espriu en Les roques y el mar, el blau,
propuso el término “rosalbacavà”, una especie de acróstico de las palabras
rosellonés, alguerés, balear, catalán y valenciano, que por razones que se me
escapan no ha tenido ni la mitad de la mitad de la mitad de la mitad de éxito
del término propuesto por Agustín García Calvo para el espofcont
o español oficial contemporáneo. Es difícil.
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(**) “Absteneos, mortales, de mancillar vuestros cuerpos con
manjares nefandos. Hay mieses, hay frutas que con su peso inclinan las ramas, y
turgentes uvas en las vides, hay hierbas exquisitas, hay plantas que con la
llama son susceptibles de madurar y ablandarse; tampoco se os quita el lácteo
líquido ni las mieles que exhalan el aroma de la flor en sazón, y os ofrece
manjares sin matanza y sin sangre. Con carne aplacan las fieras su hambre”
(Ovidio, Metamorfosis, XV: 75-80)


