Básicamente podría intentar captarlos para la lectura de ¿QEES?
asegurando que queda bien demostrado que hay reproducción sin sexo y que
también hay sexo sin reproducción. Pero, como ustedes comprenderán, un
libro de unas trescientas páginas, aunque lleva alguna ilustración siempre
oportuna e inmejorable, tiene mucho más contenido que ese mero planteamiento. Y
lo que lo hace, como decía, muy atractivo para mí es el hecho de que los
protistas o protoctistas eucariotas no sean una especie de microorganismos
aislados de otras realidades, sino que Margulis y Dorion Sagan se mueven
incluso entre factores que pensamos que pertenecen al dominio de la
Antropología. No son los típicos pijocientíficos que desprecian cuanto no
saben. Pasa con Margulis como, mal comparado, con nuestro paleontólogo Juan
Luis Arsuaga, o con el lingüista Noam Chomsky, que son científicos
que se puede manejar muy bien en una disciplina del saber pero que se mueven
bien en otros dominios y eso porque tienen un interés lleno en lo que indagan.
No hará falta, supongo, que aclare que este tipo de investigadores no tienen
nada que ver con los divulgadores natos o gente que por lo que sea se
dedica a dar conferencias sobre la mística de los protones. La diferencia no es
tanto el medio en que se mueven y el número de seguidores en el Twitter como el
hecho de que lo que investigan y lo que declaran es útil y es verdaderamente
una aportación real para el progreso de la humanidad.
En mayo se reeditó un libro precioso que junto con ¿QEES?,
algunos libros de la escuela inglesa de historiografía, algunos libros de
lingüistas como Jesús Tusón, Steven Pinker y otros, me reconcilian con la
edición. El libro se titula America's other Audubon y su origen
es el proyecto de Genevieve Jones (no la diseñadora de Nueva York) de reparar
las carencias del llamado Audubon, un libro de Ornitología del autor
homónimo donde no se habían representado los huevos y los nidos de los pájaros.
Genevieve Estelle Jones tuvo la idea el año 1876, según podemos leer en
la ficha de Amazon. Lo que hace más valiosas las ilustraciones científicas
de G.E. Jones y su amiga Eliza J. Shulze es la originalidad de la idea y no
tanto las dificultades para conseguir que se publicaran las láminas. Sus padres
consintieron en el proyecto, a pesar de su débil salud, y sufragaron los costes
de las litografías, de las que no llegó a hacer más que quince porque
se murió de fiebre tifoidea. A los 29 años Jones quería dibujar todos los nidos
y huevos de los pájaros de EEUU y su padre la convenció para que se
entretuviera con las 150 especies de Ohio, así que quince litografías son muy
poco para lo que ella hubiera querido pero mucho si tenemos en cuenta su salud
nefasta. El libro o las láminas se tenían que vender por subscripción. Los
padres lo completaron en su memoria y eso fue hacia 1886, aunque del libro
solo se hicieron 90 copias y se han localizado en realidad 20. La explicación
de Joy M. Kiser, autora de la edición de 2012, pormenoriza en
la web de las Smithsonian Libraries la contribución de otras mujeres de la
familia y amigas.
Siempre que voy al Cosmocaixa nunca veo a nadie admirar o ni
siquiera mirar los nidos que tienen expuestos. A mi se me saltan las
lágrimas porque todos ellos revelan un cuidado en los materiales y en las
formas que no pueden dejarnos indiferentes. ¿De qué tamaño es el cerebro de un
mirlo? Todo el empeño que ponemos los seres vivos, protoctistas o no, en la
perpetuación de cada cual, es una de las cosas más conmovedoras y
sobrecogedoras que se me ocurren en este momento. La actividad que desplegó el
otro día una motacilla alba en los tejados del Hospital Vall d'Hebron era tan
entregada que no podría más que envidiar su ardiente presencia en cada uno de
sus actos. Si hasta le puse una galleta de ácido fólico machacadita y extendida
en el suelo, y eso a riesgo de ser percibida por las cámaras que vigilan el
terrado. Y para nada, porque las motacillas albas ni los petirrojos comen
cualquier cosa y porque se las eches.
En esos encuentros que a veces imagino, quisiera ver a Emily Dickinson y a Genevieve Jones hablar de petirrojos, o a Anaïs Nin y Lynn Margulis hablar de QEES, pero eso, como cuanto persigo, además de que no puede ser es imposible.
The Robin is the One
That speechless from her Nest
Submit that Home—and Certainty
And Sanctity, are best
Emily Dickinson
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