If you cannot engender
A genius like Mozart,
neither can you
plague the earth
with briliant silies like Hegel
or clever nasties like Hobbes.
W.H. Auden, “Address to the beasts”, Thank you, fog*
El mes pasado también me sorprendió el alud de insultos que recibió Juan Cruz a cuenta de un comentario que hizo sobre la universalidad de Delibes. Al final la costumbre nos hará ponderar a qué vienen esos insultos y de donde vienen, con una agresividad poco compatible con la cultura de que presumen sus cuentas. No conozco a Juan Cruz y no he leído más que algún artículo de él y eso en el pasado lejano. Sus palabras me recordaron las de Eugeni d'Ors, cito de memoria, cuya contribución ensayística está casi en el olvido por culpa de que con el franquismo se hizo falangista, condición que en según qué cabezas es más execrable que ser, por decir algo, pederasta. D'Ors decía que hay un arte popular, un arte burgués y un arte ─para el que no recuerdo que apelativo uso─ pero que podemos dejar en distinguido. Y según él el arte popular y el "aristocrático" tenían una gran identidad, mientras que el burgués era filisteísta y la mediocridad encarnada. El enraizamiento de Delibes a Castilla ilustraría muy bien su autenticidad exenta de constructos regionalistas sensibleros y por lo tanto una desnudez que lo coloca en la universalidad y en la eternidad. ¿Se puede ser universal con una literatura tan caracterizada por Castilla? Claro que sí. De hecho hasta podríamos considerar que cuanto más cosmopolita pretende ser un autor es más fácil que pase por cosmopaleto.
Hace unos meses leí Agua y jabón (Marta D. Riezu, 2021) y pronto me di cuenta de que sus lecturas eran en su mayoría del mundo anglosajón y masculino, incluso podría decir que eran de una época muy determinada. Naturalmente fue una impresión, no un análisis. Reparo en esto porque yo misma hacia los años 90 me lamenté de haber leído de una forma monstruosamente desproporcionada a los autores masculinos. Y esto fue cuando empecé a leer con interés lo que escribían otras mujeres, con las que sentía una identidad diferente a la que hasta entonces me había proporcionado la lectura que dominaba el cotarro "cultural".
No sabemos qué pasará con la literatura de Miguel Delibes en cincuenta años, tal vez en menos. Ya nadie se acuerda de Álvaro de la Iglesia, escritor humorístico que fue redactor jefe de la legendaria La codorniz (1941-1978), y que en los setenta aparecía mucho en la TV en los magacines y sacaba libros que recibían por encima de las 10 ediciones (o habría que decir "tiradas"). No estoy queriendo comparar a los dos autores, que son incomparables, más bien estoy reparando en el tópico de la fama.
Creo que el olvido de autores como Eugeni d'Ors tiene que ver con el hecho de haber simpatizado con el falangismo, cosa que ha invalidado toda su obra. Y los tuiteros dados al insulto se mueven mucho por las clasificaciones y los colores. No sé, por acabar con este tema, si algún día sabremos la verdad sobre Federico García Lorca, cuyo mito se ha superpuesto sobre el poeta y el hombre y ya es imposible saber quien era. Me quedo con lo que es su obra poética y teatral y ya no quiero saber nada de todo lo demás, al fin y al cabo tan cruel y que pasa de boca en boca mezclado de popularidad y maledicencia.
Contemplo con los mismos ojos a los tontos como Hegel como a los monstruos de Freaks, pensando que nacieron así y que todos tenemos algún defecto o malformación, aunque sean compatibles con la vida normal. Y si alguna vez me aparto de ese sentimiento es porque algunos tontos son despreciativos.




.jpg)