Francesco di Assisi
Mi dibujillo de los gallos perseguidos
por el gato es lo más parecido a una escena que vi en mi calle el otoño en que
derrumbaron las casas que quedaban de cuando Horta era un pueblo segregado de
Barcelona. En apenas una mañana derrumbaron la casa donde había el corral donde
estaban las aves. Todo por los supermercados. Todo por la pasta. La casa del
corral era de una vieja. Le darían un justiprecio y se ha ido a vivir con un
hijo. El corral hacía tiempo que estaba de la mano de Dios. Me lo dijo una
vecina que a su vez les lleva de comer a los gatos callejeros. “Els dóna de
menjar però no els menja” (“Da de comer [a las aves] pero no las come”). Le
expliqué que un gallo cantaba por la madrugada.
El agosto de 2003 inauguraron el
supermercado y cercaron el solar del aserradero abandonado, con una verja tan
nueva y perfilada que no podía más que avejentar más aún el cobertizo. Todos
los cachibaches quedaron de un día para otro a la vista. A la vergüenza. Había un carro. Y un
Gordini.
La tarde del derrumbe pasé ante el
solar pelado. Habían dejado las palmeras y los cipreses. Me recordó Jerusalén,
que hubiera palmeras y cipreses. Aunque yo no estuve nunca en Jerusalén. Los
gatos y el corral andaban desorientados. Los gatos de la frontera sin
conciencia llevaban ya tres demoliciones, por no decir nada de las mencionadas
rehabilitaciones de fachadas. No sé si comprenden su situación pero, eso sí,
siempre resultan fotogénicos.
Cuando tiraron la torre con huerto y
tomateras que había enfrente de mi portería también fue un visto y no visto.
Bajé a la calle cuando todo acabó y había un gato al borde de un socavón con su
silueta perfectamente recortada ante el derribo. Un gato no pierde la
compostura. Tengo un video de Fred Astaire en donde te das cuenta de que
soportaría la cámara rápida, la lenta y la pausa en cualquier fotograma. Sin
que se descomponga su figura. Así pasa con los gatos, siempre están comme il faut.
Mi dibujo no es nada fiel a lo que vi.
Si acaso la composición. Vi el gato, y los gallos o gallinas huyendo en tropel
despavoridos. Pero no he sido capaz de reproducir el rojo intenso de las
crestas y cómo el resplandor del atardecer teñía las imágenes de dorados de
montilla y de tornasoles.



