La madre de Rembrandt aparece en dos cuadros
con un libro. Al acercar la foto vemos que los títulos de los epígrafes parecen
estar en neerlandés y se ve claramente en el segundo la palabra "Evangelium".
El título alternativo del cuadro es "Anciana leyendo un leccionario".
Doy en pensar que cualquier persona ducha en los ciclos de las lecturas de la
misa podría identificar la de ese día, por la página por la que está abierto el
leccionario; para mí entraña una gran dificultad. Y es seguro que Dou se pasó
con el retrato más de un día y más de dos.
Son numerosos los cuadros que hay de mujeres
leyendo cartas y libros. Pienso en Vermeer. En "Las obras acabadas" mostramos la de Fragonard,
una de mis preferidas. Hubo mucho antes de los años de mayor éxito de
Rembrandt, una "moda" castellana de mostrar a las santas con su
libraco. No leyendo, sino con el en la mano como un atributo. Cuando estuve en
Valladolid vi un montón. De ahí tenemos que saltar a la fiebre por las novelas
(saltándonos a Sor Juana Inés de la Cruz y a tantas otras letraheridas) para ir
a parar a una mujer de ficción, Madame Bovary, que aún sigue siendo el
máximo exponente de muchas mujeres cuyo principal trastorno lleva precisamente
el nombre de la heroína de Flaubert, el bovarismo. El
bovarismo es el equivalente femenino del quijotismo, como muy bien dice Agustín
Romero Barroso. Aunque tal vez habría que añadir, como también plasma muy bien
nuestro amigo de Llerena, que las bovaristas van de una cosa a otra sin hallar
satisfacción en ninguna.
La suegra de Madame Bovary pronto se dio cuenta de que la principal
dificultad que tenía Emma para ser feliz y hacer feliz a su marido, o para al
menos no atormentarse ni atormentarlo, era la lectura de perniciosísimas
novelas y noveluchos que la despegaban no ya de la verdad sino incluso de la
realidad.Y de sus obligaciones, podría añadirse. Porque hay un cierto
componente hedonista en Emma Bovary y también algo crucial para que no sucumba
un matrimonio, saber fingir.
Este pesado lastre que nos precede, como
lectoras de ficción, también nos persigue, porque es casi seguro que cuando a
una la ven leyendo un librito invariablemente le preguntarán "¿Qué
novela lees?" (eso si no se lo quitan de las manos, que no sé qué es
peor). Hace 20 años no era raro ver alguien en el metro leyendo El capital,
que es gruesísimo, tan tranquilamente. O un tratado sobre la escritura
cuneiforme. Últimamente veo que la gente lee novelas muy voluminosas, algún
diario gratuito, apuntes de clase o ejercicios de inglés o alemán o francés, y
poca cosa más. Este nuevo año se ven cada día más libros electrónicos, cuya
principal oferta es de novelas, aunque en mi Kindle lo que yo llevo son 7
diccionarios, la Biblia, el Imitatio Christi, el Quijote, toda
Dickinson, Walt Whitman, tres obras de Shakespeare en inglés (un drama y dos
comedias), sus sonetos, el Libro del Buen Amor y uno de Julio Camba, La rana
viajera, además de Doña Perfecta. Esos libros los tengo en versión
de papel y cuando dispongo de tiempo para leer es el formato al que acudo,
porque los tengo anotados y los he hecho míos y por mil razones más.
Tampoco es infrecuente y pronto empezará a ser un atavismo, un rasgo generacional residual, hombres que se dirigen a las mujeres aficionadas lectoras un tanto paternalmente, como a seres letrados pero pasivos y sin demasiado criterio o con el discernimiento atolondrado o desinformado. Como digo, es residual.
Los logopedas y los expertos en lectura, entre quienes creo que hay poco apocalíptico, al contrario, ven con preocupación las dificultades que tienen los más jóvenes en mantener la atención en un texto largo. Y cuando digo "largo" digo simplemente y paradójicamente un relato de los que llamamos breve. No sé, ya veremos.

