28/3/09

Las flores del melocotonero (1)

Daniel Fernández tiene un nombre como los que comentábamos el otro día, en la entrada del viernes. A ver si me encuentro con su madre, que saca a pasear a su perro en el barrio de la mía y le pregunto por el segundo apellido, porque yo no me acuerdo. Daniel tiene mi edad y es de mi barrio de origen, sólo que él era de los niños que no salían a jugar a la calle y tenían Scalextric. Nos encontramos cuando la selectividad en la Universitat Autònoma de Barcelona, en Bellaterra. Desde entonces, en cuanto nos aprobaron y nos matriculamos en Filología, se empeñó en acompañarme cada día en su Seat 850 hasta aquel secarral donde aún no llegaban los Ferrocarriles Catalanes. En realidad él se matriculó en Filología y en Derecho y podría haber hecho tres carreras o más simultáneamente porque tenía una rara inteligencia. Un Seat 850 viene siendo para mí como el Ford Gran Torino para Clint Eastwood, el coche fetiche de la película homónima y de “Dirty Harry”. Mi madrina tenía uno de color café con leche y un celador que estuvo trabajando conmigo algunos años tenía uno idéntico al de Daniel, celeste.

A Daniel me lo he encontrado contadas veces después de aquellos años en que me hablaba de todo cuanto sabía sobre las ratas (por ejemplo), que era mucho, o me invitaba a visitar la piscina de cloroformo de Medicina, donde estaban los cuerpos donados a la ciencia. La verdad es que su trato era más exquisito de lo que dejan adivinar estas anécdotas. Y era de una rara inteligencia, pero era más inteligente que raro, no como otras. Luego le perdí la pista, o él la mía. Hasta que lo vi en la TV en un programa muy prestigioso, “Saló de lectura”. Me llegué a comprar un libro que publicó bajo el pseudónimo de “Ángel Amable”, sobre etiqueta. En realidad fácilmente se situó primero creo que en “L’Avenç”, una revista mensual de historia y ahora no me sorprende nada su posición de director en la editorial Edhasa. Tampoco no es que lo haya seguido mucho, que digamos, aunque cuando encuentro a su madre siempre me dice que Daniel le pregunta por mí. Espero que el Señor en su perfecta sabiduría le haya concedido la posibilidad de corregir el único defecto que tenía, la miopía. Ahora, con el láser, creo que habrá podido perder unas cuantas dioptrías.

No conservo su simpático libro sobre la etiqueta. Trataba de las normas para estar en la sociedad y no cometer torpezas en la convivencia con los demás o en los lugares públicos. Aunque podía resultar un libro anacrónico en el final de los años 80, la verdad es que se publicaron varios y eso me hizo pensar en que habría una razón mercadotécnica de peso para esa proliferación. El último libro que conozco sobre el tema es uno de Bárbara de Senillosa (la hija del también inclasificable Antonio de Senillosa y Cros) titulado El libro de la buena educación: una guía completa de cómo comportarse en sociedad (Barcelona: El Aleph Editores, 2004). A pesar de la cantidad de obras de referencia con las que contamos, las normas elementales de educación encuentran a veces poco espacio en nuestra sociedad. No me refiero a cuestiones como la colocación de los cubiertos en la mesa o a asuntos de protocolo, ni siquiera me refiero a cómo y cuándo hay que tomar asiento, sino a cuestiones tan elementales como el uso del pañuelo para sonarse o para lo que sea. Me sabe mal descender a niveles aborrecibles como el de tener que decir que eso de extraerle los puntos negros de su espalda a alguien en la playa, será muy oportuno y amoroso a juzgar por la cantidad de luz y tiempo que hay o sobra, pero es repugnante y aborrecible para los demás. Eso, que lo hagan los monos para quitarse los piojos u otros parásitos, está bien, pero habiendo, como aquel que dice, un salón de belleza en cada esquina, ¿hay que limpiarse los barros a la vista de cientos de personas?

Yo escribiría un libro enterito sólo sobre esa asquerosa costumbre prematrimonial y sobre otras dos cuestiones:

1)       La fea manía de preguntar por ejemplo por una calle a alguien y a continuación preguntar a la siguiente persona que pasa sin esperar siquiera a que uno se haya alejado. Ese sería el planteamiento general, digamos, como en mi ejemplar de El arte de la guerra de Sun Tzu cuyos epígrafes iniciales dicen cosas tan mnemotécnicas como “renunciar a las flores del melocotonero para conseguir la victoria”.

2)       Eso de ir a visitar a un enfermo y explicarle cómo se murieron otras personas que conociste y hasta otras personas que no conociste.

Respecto a la primera falta de educación y hasta diría que de dignidad, seguro que los que lean esta entrada encontrarían miles de ejemplos. ¿A quién no le han pedido por ejemplo la receta de la ratauille para que después de uno haberse molestado en buscarla le digan que ya la han conseguido por otro lado? De un tiempo a esta parte yo envío a todo el mundo al Google, que es como si le enviara a freír espárragos. "Mira en el Google." Ya se sabe que en el caso remoto de que nos pidan un consejo, será desoído en el acto, pero al menos se cambian impresiones y a cada cual se le mueven un poco los esquemas y los entresijos. Muy poco, pero algo. Pero, ¿la receta de la ratatuille? Ni hablar. ¿Qué gana una? Pues que se vayan al Google.

Con respecto a lo de los enfermos, ya nos encontramos ante un caso de juzgado de guardia. No hace falta haber estado enfermo para darse cuenta de que si uno se encuentra mal seguramente apreciará una visita, pero que ésta debe ser breve, cariñosa y leve. Si puede ser no hay que oler a gambas o a fritanguita o a almizcle, porque los pacientes están muy lábiles. Y nada de achuchones. Lo que desde luego no conviene a ningún enfermo (y menos si está grave o es anciano) es que le expliquen más historias de enfermos. Hay una subclase de plastas impertinentes empedernidos que tienen el tema tan cogido por la mano que son capaces de ir enlazando hasta diez defunciones una detrás de otra, con todas las truculencias y complicaciones, sin apenas dar un respiro al pobre convaleciente. Estar ingresado en un hospital te expone a esos riesgos más que a las infecciones nosocomiales o a los fallos iatrogénicos. Es terrible. Una vez leí, hace muchos años, que una tradición árabe que casi se podría considerar una superstición, obliga a quienes van a visitar a un enfermo a hablarle de lo bien que está todo el mundo. En nuestro país nos quedaron fórmulas de la larga dominación o convivencia musulmana como “que Dios guarde a usted muchos años” y otras frases que se han ido perdiendo, pero nunca nos llegó a penetrar la tradición de hablar a los enfermos de lo bonita que es la vida. Hace falta ser bárbaros y cenizos. Una cosa es ser inclasificable y otra es ser impresentable.

Seat 850

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27/3/09

La zeta

“Pero para mí, la Enciclopedia Larousse lo era todo. Cogía un tomo al azar detrás de la mesa, en el penúltimo estante, A-Bello, Belloc-Ch o Ci-D, Mele-Po o Pr-Z (estas asociaciones de sílabas se habían vuelto nombres propios que designaban a los sectores del saber universal: estaba la región Ci-D, la región Pr-Z, con su fauna y su flora, sus ciudades, sus grandes hombres y sus batallas); yo lo ponía con mucho esfuerzo sobre la carpeta de mi abuelo, lo abría, descubría a los verdaderos pájaros, cazaba verdaderas mariposas posadas en flores verdaderas. […] Encontré el universo en los libros: asimilado, clasificado, etiquetado, pensado, aún temible; y confundí el desorden de mis experiencias librescas con el azaroso curso de los acontecimientos reales. De ahí proviene ese idealismo del que me costó treinta años deshacerme”

(Jean-Paul Sartre, Las palabras)



ace unos días ZWEINS hizo un experimento en Google buscando las letras del alfabeto. Antes de hacer la mudanza de *A la flor del berro a aaoiue.blogspot.com, cuando la enciclopedia estaba en mdmngz.blogspot.com, había un post con curiosidades extraídas del feedjit, ese gadget que nos permite ver el tráfico de entradas y salidas en el blog, la ciudad de origen, o ser obviado discretamente. El post desapareció en mi mudanza, pero recuerdo que uno de los hallazgos curiosos era que un buscador o buscadora había llegado a *ALFB buscando “sexo piscinas Vigo” en el Google. Había y siguen habiendo búsquedas muy curiosas. Y me imagino lo decepcionante que debe ser buscar “sexo piscinas Vigo” y dar con esto.

Recientemente publicamos aquí algunos resultados sobre la búsqueda “3 minutos”, una unidad de tiempo muy definida, que debería constituir por sí misma una fracción como lo es la hora o el minuto. Con el tiempo pasa como con el dinero; está estudiadísima la variedad de billetes y monedas. Usar usar yo solo uso la moneda de 1 euro y los billetes de 5, 10, 20 y 50 euros. Las monedas inferiores las acumulo en un vaso de cerámica y los billetes superiores a 50 euros es que ni los veo. Algún metal que hay en la aleación de las monedas de poca monta me da repelús. Debe de ser el niquel.

La letra “zeta” de los apellidos de algunos de nosotros, ha sido repetidas veces desvirtuada y no sólo por la campañas preelectorales de algunos políticos como Rodríguez Zapatero (ZP, un nombre como de insecticida). Hay algunos individuos que incluso alteran el orden de sus apellidos por lo civil para no llevar el lastre y la pena o la vergüenza de llamarse González o López o Ruipérez. En estos casos se da preferencia al apellido materno si es menos vulgar, que es lo que se hace sistemáticamente en los países anglófonos o en Brasil, por ejemplo, por sistema. Entonces yo pasaría a llamarme Senra Domínguez o simplemente Senra, y no Domínguez Senra o Rodríguez, como también (no sé por qué) se me llama. A todo esto, el apellido más vulgar en España es García, y sólo hay que verlo en la página del Instituto Nacional de Estadística para comprobarlo.

Sabemos de algún caso en que simplemente el patronímico en –z es eliminado o exterminado con el encono de un genocidio clásico. La inquina contra los apellidos acabados en zeta no sé si viene de una teoría o leyenda por la cual son de origen judío, teoría descabellada y rancia donde las haya en la que no me voy a molestar ni en reparar. Cada vez que alguien dijera "origen judío" habría que regalarle una muñeca pepona. Parece más sensata o verosímil la explicación que recoge de Alfonso Irigoien la Wikipedia, pero tampoco es que tengamos gran interés por la heráldica, la etimología ni la limpieza de sangre o el justo sentido. Precisamente me acuerdo a este respecto y respeto de una anécdota que me explicó una médica forense cuando empezó lo de la cosa de las pruebas de paternidad en Barcelona. Un buen hombre, harto de las comidillas de que era objeto en el mercado de abastos en que tenía su puesto de verduras, quiso comprobar la paternidad sobre su tercer hijo. Resultó ser el único que era verdaderamente suyo. Lógicamente como este señor no había cuestionado la de los otros dos (no se le ocurrió), no le dieron más información que la que pidió. Esto es como lo de los niños: ¿a qué explicarles de donde vienen antes de que lo pregunten?

También me acuerdo de que en el colegio nos llamaban por el apellido y de que desde los 3-4 años coincidíamos niñas que teníamos no sólo apellidos en zeta sino que eran kilométricos: Rodríguez, Hernández, Domínguez. Me figuro que debía de ser desesperante y disuasorio tener que llamarnos al orden con unos apellidos tan largos. Yo le he tomado gusto últimamente en deletrearlo cuando me lo preguntan, incluso en España. Je, je. Sobre todo si lo hacemos con el código internacional, aburre a las ovejas: Delta, Óscar, Mike, India, November, Golf, Uniform, Echo, Zulú. Cuando llego a “zulú” es que ya es la repanocha. ¿A ver si “zulú” no es una palabra como una catedral?

Ya escribimos una entrada sobre "Marta erre", pero faltaba la entrada de la "zeta" y dejamos para otro día la palabra senra. La zeta es la letra de los cómics para el ronquido apacible, para el dulce zumbido de las abejas embriagadas de sol y néctar, es la letra que representa el burbujeo de anhídrido carbónico de los peta-zetas en la boca y es la última letra de nuestro alfabeto pero no la peor. Si es que hasta le dan a una ganas de bailar con la zeta y la Susheela Raman cantando "Maya" (la Ilusión) en plan sakti.


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22/3/09

La selección de las especies


l gorila de la fotografía pone un poco la mirada de Clint Eastwood en “Gran Torino” (Clint Eastwood, 2008) cuando se enfrenta a la banda de hmongs que amedrentan a sus vecinos vietnamitas. Gran película, “Gran Torino”, de la que apenas se ha remarcado la interpretación del actor principal, que nació hace cosa de 80 años, además de la peripecia. La película alcanza el ciclo vital que va desde la muerte de la señora Kowalski a la muerte del señor Kowalski y se mueve entre las dos capas de emigración cuyo epicentro está exactamente en la fabricación del Gran Torino de la Ford en los años setenta. Kowalski es de origen polaco, su barbero es de origen italiano y también sale un contrastista de obras de origen irlandés. Esa es una capa de emigrantes, la de los emigrantes más integrados al país de acogida, Estados Unidos. Después está la otra capa de emigrantes: bandas de latinos, bandas de negros, bandas de hmongs, la consulta del médico (una china) con indios, afroamericanos, etc., llegados en una segunda oleada. No es una cuestión baladí, sobre todo a la vista del contraste con la familia que Kowalski (Clint Eastwood) consiguió formar. Como siempre ocurre con este director, la sobriedad de elementos es muy elocuente y, como ya dijimos hace algunos días, sabe moverse en la delgada línea que separa lo que está bien, lo que está mal y lo que está con un pie en cada lado. La impecabilidad e implacabilidad de los planteamientos de Eastwood quedó demostrada en “Million dollar baby” (2004), una película en la que no se parte de prejuicios, una película que no se refuerza en un aparato moral ni obedece un dogma o una ideología de base. Era una película sabia.

No se ha dicho gran cosa de que el “Gran Torino” podría considerarse un coche fetiche para Eastwood, ya que es el coche del asesino en serie de otra película suya, “Harry el sucio” (1971). De tal manera podría decirse que “Gran Torino” es el final de un ciclo que empezó con “Harry el sucio”, de la misma manera que “Gran Torino” empieza con una misa in corpore presente y acaba poco más o menos con otra misa in corpore presente. Ese Ford, perfectamente encerado, pero en el que no se recrea la cámara en ningún momento, es un poco como la rápida imagen en la que nos da tiempo de distinguir apenas una foto en blanco y negro de pareja en la cartera de Kowalski cuando la abre en un momento dado.

Cuál no sería mi sorpresa ayer, al volver de ver la película en el cine Boliche, y leer una pequeña reseña de Salvador Llopart que apareció el 18 de marzo en “La Vanguardia”. Leo: “Y también [es] una historia de redención personal, la propio [sic] Kowalski, dispuesto a pagar por sus pecados. Tiene, además, un aspecto evidente de exaltación patriótica con la renovada fe en las esencias democráticas yanquis. Ese Kowalski avinagrado y triste reconoce que hizo cosas inconfesables en Corea, como Estados Unidos las ha hecho en Vietnam y otras guerras. Pero es capaz de rectificar y, en la medida de lo posible, de enmendar sus errores. Y si es necesario, de expiarlos”.

Cuando releí este comentario me dio la sensación que hacía tiempo que no tenía de que el crítico no había visto la película. Si es que Salvador Llopart ha visto “Gran Torino” no puedo creer que haya captado el mensaje de la película, que es esencialmente que la violencia no sirve para nada. Kowalski, en vez de dejarse llevar por los deseos de venganza, hace un sacrificio para que la violencia sea de alguna manera útil, porque él sabe bien que no lo es. Pero no hay expiación de los pecados como pretende el señor Salvador Llopart. Cualquiera que vea la película puede verificarlo. No hay un análisis moral de las peleas de las bandas y de la manera de integrar a sus miembros a través de la violencia. El planteamiento es un poco como el de “My beatiful laundrette” o “Mi hermosa lavandería” (Stephen Frears, 1985). La violencia genera violencia y todo va de mal en peor. Por lo que respecta a lo de la “exaltación patriótica” también refleja un análisis muy ingenuo. Pero ese es otro tema.



Al tema al que nos dirigimos, por poco que lo parezca, es a la manía de analizar desde la moralidad (no hace falta decir cual, cualquiera) todo cuanto de nuevo nos va surgiendo en este mundo que no sabemos bien bien hacia adonde va. Por ejemplo, si abordamos el disparate de Nadya Suleman, la "octomom" que después de haberse practicado una operación de cirugía plástica para parecerse a Angelina Jolie pasó por unas sesiones de inseminación artificial para darles ocho hermanos a sus sextillizos previos, es mejor que nos circunscribamos al asunto desde el punto de vista de su viabilidad. Cuando le preguntan cómo piensa mantenerlos contesta que "con exclusivas".

Vamos por partes: Angelina Jolie adoptó un niño camboyano, una niña etíope y tuvo naturalmente aunque por cesárea una niña a la que le dio ciudadanía namibia. El gusto por las familias multiétnicas –como un anuncio de Benetton- por los scuppies (Socially Conscious Upwardly-Mobile Person) es un subtema consolidado. Nadya Suleman (la “octomom”) se sometió a una cirugía plástica para parecerse a Angelina Jolie, quien a su vez se ha retocado para parecerse a algo que está entre Vivien Leigh, una cheer girl y una mujer de foto de parada de autobús. La Jolie tiene recursos económicos para mantener a sus niños y además ha conseguido la manera de blanquear o reinvertir lo que saca de las exclusivas de sus criaturas en fundaciones “sin ánimo de lucro” (*). Los hijos de Angelina Jolie y Brad Pitt son los niños más fotografiados del mundo. La Suleman también ha encontrado la manera de recobrar lo que se ha gastado en cirugía plástica y en inseminación artificial: las exclusivas. Obviamente esta señora no tenía acceso ni posibilidad alguna con la adopción. Yo no me quiero imaginar las dificultades no sólo económicas de criar una camada de sixtillizos con otra de octillizos. Ya no entramos en la falta de una figura paterna (¿?), cuando tampoco es que se pueda hablar de una figura materna (¿?). ¿Se puede hablar de familia uniparental? ¿De familia? Por esos derroteros nos perderíamos sin quererlo en apreciaciones de índole moral.

A lo que yo voy es que tanto desde mis creencias, como desde el puro determinismo darwiniano, el pilar de la sociedad y de la evolución se van al carajo. Si la selección natural no funciona y puede procrear cualquiera por poco dotado que esté por su naturaleza, nuestra especie se va al fin. Que conste que tampoco se pierde nada, creo. Que conste también que no es que me despreocupe del tema del aborto, que lo tengo muy presente y que se ha tratado en blogs amigos. Lo que me preocupa hoy es que se traigan al mundo niños cuyo entorno familiar parece un videojuego o una tertulia de Telecinco. Eso por decir algo benigno.

Ab imo corde espero y deseo que estos 14 hermanitos se salgan con bien de tamaño berenjenal. Y si puede ser que haya alguno lo suficientemente listo para exigirle a su madre su parte de lo ganado con las exclusivas. Pero no será así.


(*) “El 27 de mayo de 2006 Jolie dio a luz a una niña, a la que llamó Shiloh Nouvel Jolie-Pitt, en Swakopmund, Namibia por medio de una cesárea programada. Pitt confirmó que su recién nacida tendría ciudadanía de Namibia, mientras que Jolie decidió ofrecer las fotos a través de Getty Images por su propia cuenta, en lugar de permitir que un paparazzo las tomara y cobrara gran recompensa por ellas. La revista estadounidense People pagó más de 4.1 millones de dólares para obtener los derechos legales de las fotos sólo en Norteamérica, mientras que la revista británica Hello! obtuvo los derechos internacionales con una cifra de 3,5 millones de dólares; el derecho legal total de venta de las fotos valió más de 10 millones de dólares en todo el mundo. Todos los beneficios fueron donados a la fundación sin ánimo de lucro de Jolie y Pitt. En 2006, se volvió amiga de Gwen Stefani al unirlas la meta de eliminar la desnutrición del planeta; los hijos de las dos artistas son los más fotografiados en Estados Unidos” (Wikipedia)

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21/3/09

Post 243: Cóncavo, convexo y complejo

Ball reflection (Fotorafía de Arkadi Golod)

El otro día leí una entrada de un blog que no había por donde cogerla y que sin embargo era celebrada incondicionalmente por sus comentaristas con el regocijo de cuando de niños reíamos la frase “caca, pedo, pipi”. Hace unos días ya escribí aquí en mi blog un “Antes y después” que señalaba una nueva época en la que “no se iban a confundir las churras con las témporas, el culo con las merinas, las churras con las merinas, el culo con las témporas, la velocidad con el culo, el tocino con la velocidad, la literatura con la filosofía o la filosofía con el onanismo”. Perdón por citarme a mí misma, pero ésto es una enciclopedia. Lógicamente esta frase entrecomillada es muy drástica, y hasta admitiría que arrogante, pero antes había agotado otras posibilidades más corteses y más abiertas. Al lado de mi actitud, o por encima, es igual, he observado un cierto recrudecimiento de las ideas o ideologías (que no es lo mismo) que circulan en la blogosfera y alguna participación acérrima, montaraz y cerril (no en *A la flor del berro, desde luego). La violencia verbal creo que tiene una relación directa con la involución económica en la que hemos entrado y, como me ha explicado una amiga mía, con el miedo. En cualquier caso mi decisión personal ha sido la de alejarme de todo este panorama de pobreza ideológica por un lado y de profusión de descalificaciones por otro. Aunque a veces se dan las dos condiciones a la vez, hay que saber distinguir porque no siempre ocurre así.

¿Por qué cerrarse a esa pobreza y a esa profusión? Porque hay blogs y libros y prensa que leer, música que escuchar, películas que ver que verdaderamente valen la pena. A mí además no me importa quedarme sola, que no me voy a quedar. Hace poco le comentaba a Víctor González que los “cambios de registro” siempre son interesantes y en mi caso son además algo identitario puesto que mi destino está marcado por la regeneración y el enciclopedismo. Por eso tampoco no me fío de las ideas preconcebidas ni repetitivas –sean fóbicas o fílicas- ni de lo de las estatuas vivientes, que cambian de postura cuando le echan una moneda. No sé si creo en lo que hago, pero hago lo que creo.

Curiosamente, quien en el Arte nuevo de hacer comedias (1609), escribió los dos famosos versos de “porque, como las paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto”, Lope de Vega, fue un gran escritor y prolífico, pero se dice que fue un delator del Santo Oficio por lucro. Su figura como poeta y como comediógrafo se ve radicalmente puesta en cuestión por haber sido un sicofanta, vileza que sólo se le atribuye también a Camilo José Cela (gran escritor y prolífico), que al parecer delató (por lucro) a otros intelectuales y escritores en tiempo del franquismo.

La verdad y la realidad son complejas. Hace unos días me acordaba de una de las pocas veces en que mi intervención me ha parecido ser crucial en el desenlace o enlace de una situación. Debo decir de antemano que prefiero no decidir en nada. Es terrible tener que juzgar un caso o tener que por ejemplo, que sé yo, hacer algo para acabar con el terrorismo o el tabaquismo o con la vida de una persona. Por eso creo yo que los médicos tienen sus actos tan sujetos a protocolos exhaustivos. La decisión del acto médico rara vez depende de un solo médico o cirujano, sino que se discute entre varios o está predeterminada por un documento consensuado que fija un modelo de decisión. Si cada caso clínico se tuviera que decidir individualmente y por separado, sería terrorífico y probablemente se llegaría a más errores. Incluso está algo estudiado que en Europa, según la nacionalidad de los médicos, hay dos tendencias: en una domina la opción de que ante la duda lo mejor es no hacer nada y en otra domina la opción contraria.

Y sin embargo, en nuestra vida tenemos que tomar muchas decisiones y determinaciones. Cuando digo que tuve que intervenir en una situación, fue precisamente en un asunto de un niño enfermo. La madre le había tratado unas anginas con homeopatía. Por cierto, qué palabra más mal resuelta etimológicamente. No quise preguntarle si lo había visto el homeópata, porque como me dijo que lo habían tenido que ingresar en el hospital me enfoqué en ese punto. Le pregunté en qué hospital estaba y resultó ser en el hospital en que mi prima estaba haciendo su formación como pediatra. La telefoneé y en cuanto le planteé el caso resultó que lo llevaba la persona que se encargaba de su formación. El niño, de 3 años, había ingresado con una fiebre altísima y muy mal. Le hicieron las pruebas de rutina y le instauraron el tratamiento también acostumbrado, con lo que el niño a pesar de todo experimentó una mejoría espectacular en pocas horas. La pediatra que lo trató se indignó mucho cuando supo que el niño había sido tratado homeopáticamente porque se trataba de una infección que llegó desde la faringe a la sangre, para generalizarse, y que podía haber llevado al chiquillo al otro mundo en nada. Esto me lo explicó mi prima y que la pediatra estaba pensando en ponerles una denuncia a los padres por negligencia o por incapacidad como responsables de un pequeño. Le pedí a mi prima que no lo hicieran, que eran buena gente, que ya le explicaría yo también a la madre que la homeopatía no sirve ni contra la infección ni contra el cáncer. No los denunciaron y el niño está vivito y coleando. No obstante, cuando el niño ya estaba restablecido pude oír como el entorno de esa familia hablaba mal de los médicos en general y de los que trataron al niño en particular. No se habían enterado de nada, no se habían enterado de que lo que le había pasado al niño era por culpa de tratar la infección homeopáticamente, no se habían enterado de que les habían querido poner una denuncia por ineptos y no se habían enterado de que yo había intervenido para que no la pusieran. Ni se enterarán. Por mi no se enterarán. Seguramente si lo supieran aún atacarían la medicina mal llamada alopática con más encono desde esa sutil línea que separa la ingenuidad de la malicia. No sé si hice bien en intervenir, creo que sí, pero espero no tener demasiadas ocasiones como esa.

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11/3/09

Libre

"Alguien dijo que la primera película que se rodó fue una película política, la de la salida de los obreros de la fábrica de la familia Lumière en Lyon; pero voy a estar convencido de que ésa es más bien una película poética, lo verdaderamente político hubiera sido filmar a los obreros cuando entraban a la fábrica."

Javier Pérez Andújar. Los príncipes valientes.


"De mi tío Ginés voy a aprender que si un carnet de 
conducir le da independencia a la gente, el no tenerlo la hace libre."
Javier Pérez Andújar. Los príncipes valientes.

(Citas de Esta no es mi vida)



l escritor barcelonés Javier Pérez Andújar no lo he leído todavía. Lo conozco del “Saló de lectura”, un programa de la televisión municipal (BTV), en el que participaba asiduamente siempre aportando su prodigiosa memoria y una vasta cultura libresca, y no tan libresca, bien digerida. Lo he visto alguna vez también en el metropolitano, en la línea roja. Desde que no trabajo en el Hospital de Bellvitge y abandoné mis clases de guitarra apenas cojo el metro, por lo que me estoy perdiendo un montón de experiencias. Lo sé. En el metro hay cosas que no pasan en ningún otro sitio, de la misma manera que hay cosas que sólo pueden pasar y pasan de noche.

Como cuando yo trabajaba en L’Hospitalet de Llobregat (desde el año 1985 hasta el año 2005) tenía un trayecto bastante largo, lo aprovechaba estudiando inglés, haciendo meditación trascendental o leyendo. Sobre todo a la ida. A la vuelta ya iba una un poco más zarandeada por la realidad y acelerada por la jornada. Mis idas y mis vueltas no sé si coinciden con las que tan bien define Pérez Andújar con respecto a los orígenes del cine, pero eran bien diferentes. Por decirlo de una vez, yo a la vuelta –si es que iba sola- me dedicaba a escuchar. No es que no escuchara cuando iba acompañada. Me refiero a que si iba acompañada, focalizaba la atención en mi acompañante, pero no en lo que se hablaba en los asientos de delante o de los lados ¡Se enteraba una de cada cosa! ¿Qué es lo que le hacía pensar al personal del Hospital de Bellvitge que no me conocía (porque eran nuevos) que podían hablar de terceras personas como si allí en el vagón no pudiera haber alguien más que las conociera?

La verdad es que estas locuciones nunca me violentaron, más bien corroboraban lo que yo ya sabía. Pero una vez, en la Horchatería Valenciana de Aribau oí una conversación que fue definitiva en mi trayectoria profesional y laboral. Yo estaba allí en la barra, hambrienta, tomando un chocolate deshecho con “fartons” que me metí encima de una botella de Biomanán de fresa con efecto saciante que me había engullido tras una abundante comida. Cuando tengo apetito, tengo apetito. Pues en los asientos de al lado, en la barra, había dos altos cargos de la Universidad de Barcelona (UB), cuyo decanato tenía su sede en el edificio próximo. Se sentaron a mi lado y empezaron a hablar de lo que iba a pasar en los próximos años en mi Hospital.

Tal caudal de información privilegiada (*) no dejó de recordarme una anécdota de las crónicas de América. Los supervivientes del intento de una escabechina de mayas o aztecas, no recuerdo, pudieron explicar para la posteridad el ridículo que hizo un conquistador español en concreto. Quiso el pobre hombre impresionar a uno de estos dos pueblos, no recuerdo cual, con el pronóstico de un eclipse que se había de producir aquella misma noche. Mientras los lugareños, poniéndose en su lugar (o en el del conquistador) lo torturaron con los métodos propios de su refinadísima civilización, un astrólogo le recitó a él y a otros como a él la relación exacta de los eclipses que se iban a producir en los próximos quinientos años. Todo ello con una precisión que nada ha desmentido.

Los de la UB hablaron del desembarco que iban a hacer en nuestro hospital, poco más o menos como habló Rodríguez Zapatero en su lapsus con los rusos y las rusas de la Rusia. Sus despachos estaban a unos cien metros de la Horchatería Valenciana. Hace unos años la horchatería se mudó un chaflán más arriba, dejando su lugar a unas oficinas de Banesto, si no me equivoco. Si se quiere tomar un buen zumo de naranjas no hay otro sitio mejor en toda Barcelona que la Horchatería Valenciana (C/ Aribau, 16).
Normalmente los turistas sólo tienen contacto con los barceloneses a través de los taxistas y de los camareros. También se podría decir que hay barceloneses que sólo tienen contacto con la gente a través de los taxistas, los peluqueros y los camareros. Pero el tema de los taxistas, los camareros y los peluqueros lo trataremos próximamente, porque eso se merece un blog.
Taxi de Barcelona (fotoggrafía de internet [enlace roto])




(*) Por estas cosas es indecente que Miguel Boyer pasara directamente de ministro de Economía a consejero del Banco Exterior de España, por la cantidad de información privilegiada que tenía y porque es ilegal.

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9/3/09

El sentido común


yer el Día de la Mujer Trabajadora o de las Mujeres Trabajadoras y se habló mucho de la única revolución en la que tal vez no ha habido derramamiento de sangre y otros horrores, que es la de la emancipación de las mujeres.

Yo ya tenía “uso de razón” –frase tan habitual a mis nueve años como lo es ahora “efecto bifidus” o “presunto asesino”-, y también era de lo más normal que una mujer no podía comprar una motocicleta. Por poner un ejemplo. Y no porque no la pudiera conducir o no fuera capaz de juntar o ganar el dinero para comprarla. Simplemente, una mujer en España en los años 60-70 no podía ser propietaria de una moto a no ser que estuviera “más sola que la una” (otra frase habitual acuñada en género femenino) y no hubiera un padre, un marido, un hermano o un hijo que la representaran. Esto recuerda un poco el Derecho romano y aquella ley por la cual un hombre podía convertirse en el pater familias de un hijo póstumo (aunque el niño naciera diez meses después de su muerte) mientras que una madre no lo era hasta que se demostraba lo contrario. Las mujeres fuimos consideradas mucho tiempo como algo inferior a una persona pero algo un poco superior a un animal doméstico.

Ahora se podría abortar sin permiso paterno a los 16 años, cuando sin embargo el derecho al voto o la mayoría de edad empieza legalmente a los 18 años. Si las sufragistas más moderadas levantaran la cabeza no sé cual sería su conclusión, su parecer ni su análisis. Es algo a lo que mi imaginación se resiste dentro de sus limitaciones.

El futuro, ya lo hemos dicho en alguna entradita de *ALFB recientemente, es algo que no tiene gran interés para mí. Y eso que, recientemente también, le he aconsejado a mi venerable anciana madre que en vez de apuntarse al Casal en un Cursillo de Memoria, que más le valía apuntarse a uno de Imaginación, a ver si nos íbamos poniendo un poquitín al día. Y es que su tatarabuela estaba más à la page que ella. Y sin embargo afirmo o sostengo que la imaginación tiene tan poco que ver con el futuro como la memoria con el pasado.

A servidora lo que más le importa o interesa (y eso esforzándome mucho) es el presente, aunque no sea en su forma pluscuamperfecta. Eso no significa que me deje seducir o vencer por la perentoriedad y que le conceda más valor a una llamada telefónica inoportuna que a una carta que recibí hace un año. Intervienen otros factores, como el sentido común.

El sentido común creo que se le llama común por estar asexuado a diferencia de la intuición, que a veces parece que se le va acabando por llamar la “intuiciona” a fuerza de ser un don o una potencia que es todo lo más que se le reconocía a una mujer cuando era capaz de hacer algo difícil y no se quería admitir sencillamente que lo que le pasaba era que era inteligente, hábil, o que lo tenía todo “controlado”.

Tanto el principio de Gertrud (K.T. Dreyer, 1964), como el principio de Eyes wide shut (Stanley Kubrick, 1999) nos muestran la típica escena del atardecer, de una pareja que se arregla para salir a una cena formal. El motivo común es el espejo y Bendt Rothe y Tom Cruise pidiendo respectivamente a Nina Pens Rode y a Nicole Kidman la billetera o una cartera. Un señor que está a punto de ser ministro y otro señor que siempre se está referiendo a sí mismo como al Dr. William Harford (un médico), incluso al presentarse enmascarado a una ceremonia secreta masónica, son incapaces de saber donde tienen ¡sus propias carteras! En las dos obras maestras las antagonistas femeninas, sin apartar la vista de sendos espejos, les dirán distraídamente, con exactitud, el lugar donde la habían dejado. Esta habilidad suele como mucho reconocerse como “intuición”. Intuiciona.

Se me preguntará ¿y qué tienen que ver el pasado, el futuro, la intuición, el sentido común? Muy sencillo: con un poco de sentido común es fácil adivinar con bastantes probabilidades de acierto el propio futuro. A poco que uno piense con un poco de calma, ya ve lo que le puede ocurrir y qué es lo que puede esperar especialmente de una situación que ya se ha originado. Por lo demás, a servidora, no le haría ninguna gracia saber cómo va a acabar algo. Perdería gran parte de su gracia. Si es que alguna vez la tiene.
Ahora hay mucha gente que se dedica a la adivinación, de la misma manera que hay gente que se dedica a la prospección y a la modelización de evidencias. Las páginas publicitarias de tonos para móviles se han visto suplantadas por la oferta de lecturas infalibles de Tarot. Yo no me estoy refiriendo ahora a las evidencias, sino a la videncia al estilo de Casandra. Hay que ver lo que yo me llegué a reír con la Casandra de Jean Giraudoux, en La guerre de Troie n’aura pas lieu, en su papel de gafe inveterada y patética. No me he reído tanto hasta que Terenci Moix explicó su historia de cuando siendo niño se tragó una peseta.

A finales de los años 80 quise conocer la bruixa de la comarca del pueblo de mis abuelos maternos. Por entonces, tradicionalmente había una bruja por comarca, de la misma manera que hay un juzgado por demarcación o una farmacia o un estanco por no sé qué regla de tres, una parroquia, una diputación o un buzón. Se entiende bien: una bruja por comarca iba que chutaba y además se evitaban conflictos de competencias, de intereses, etc. Eso además explica porque la existencia de una bruja no era incompatible con la de una curandera o un componedor de huesos. La bruja de nuestra comarca vivía en Baíñas, en las afueras, por lo que me tuvo que acercar en coche particular una amiga. Me presenté ante María Domínguez sin previo aviso y me recibió en una habitación del primer piso en la que había infinidad de paquetes envueltos con papel de regalo. Era agosto de 1988 si mal no recuerdo. Me hizo sentar ante ella en torno a una mesa camilla en la que había un teléfono, un libro encuadernado en pergamino que sería del siglo XVII o XVIII, y desde donde se podía ver un establo y como el sol se iba poniendo en las tierras de la Soneira.

Una amiga de la familia me había advertido de que no la mintiera. Hice el deje de darme levemente por ofendida y ella me explicó que María de Baíñas en cuanto te veía entrar ya sabía lo que te pasaba. Yo le expliqué a la amiga de mi familia lo mismo que le dije a María cuando me encontré ante ella, “sólo quisiera conocerla”. Yo tenía la intuiciona de que sería la última meiguiña de la comarca (bisbarra). La madre de la de Baíñas había curado a un bisabuelo mío. En realidad o en verdad, debo rectificarme, lo que le dijo es que no tenía curación.

Mientras pasé con María cosa de dos horas fue atendiendo llamadas de Madrid, de Buenos Aires, de Ciudad Real, de Valencia, etc. Tomó su libro, me preguntó mi nombre y a través de un cálculo cabalístico somero sobre la fecha de mi nacimiento, me leyó per sortes virgiliniae un párrafo que para mí no tenía sentido alguno. Mejor dicho: gramaticalmente era correcto, pero no conseguía fraguar ni una sola idea. Era como el discurso de un político escurridizo o una evasiva de Isabel Preysler. Entonces la bruixa se puso a “leer entre líneas” (no en el sentido comercial, sino en el recto sentido). Siguió con su dedo índice cada renglón y me fue descifrando mi pasado. Mi pasado. ¡Eso sí que es videncia, adivinar el pasado!

Como advertí que anochecía, me acordé de mi amiga en el coche, y me despedí de María Domínguez. Lo que me dijo de mi pasado no lo sabe nadie más que yo. Conversamos de varios temas sin ninguna profundidad esotérica y hasta me enseñó las piernas e hizo unas pocas flexiones para demostrarme lo bien que le habían ido para el reuma unos días en el balneario de A Toxa. El caso es que murió a los 20 días, más o menos, o en otoño. No mucho más. Eso y que unos años antes también se había muerto Manuel López Garabal a los pocos días de yo conocerlo, me han valido un cierto respeto entre mis conocidos y mis desconocidos. Esas dos coincidencias o reincidencias y que María no me cobró ni un duro. Mi amiga, la conductora, me aseguró que nunca nunca había dejado de cobrar sus servicios, aunque fuera arbitrariamente. Interpreto que vio que le decía yo la verdad, que “sólo quería conocerla”. O eso o que yo, como Alicia después de ir al País de las Maravillas, pasé a través del espejo.

Con los años también he sabido qué eran aquellos misteriosos paquetes envueltos con papel de regalo, cosa de ochenta o más. Eran los regalos para el ajuar de unos novios que adivino que se casarían en septiembre, cuando las vírgenes encontradas. Pero esa es otra tradición comarcal, la de los paquetes que no se abren hasta que se acerca el día de la boda o himeneo, y creo que no se ha perdido aún. Lo que no sé bien es a quien trasmitió María Domínguez, la bruixa de Baíñas, sus poderes. Le pregunté por el futuro una sola vez, por el futuro de su “negocio”, y me contestó por toda respuesta que el nieto iba para médico.

Fotografía de Marta Domínguez Senra


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Rodríguez" se deletrea Romeo Óscar Delta Romeo India Golf Uniform Echo Zulú.


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