25/11/07

Killer Samurai Sudoku

 

“El omne bueno e su fijo eran labradores e moravan çerca de una villa. E un día fazían y mercado, dixo a su fijo que fuesen amos allá para comprar algunas cosas que avían mester, e acordaron de levar una vestia en que lo traxiesen. E yendo amos a mercado, levavan la vestia sin ninguna carga e ivan amos de pie e encontraron unos omnes que vinían daquella villa do ellos ivan. E de que fablaron en uno e se partieron los unos de los otros, aquellos omnes que encontraron conmençaron a departir ellos entre sí e dizían que non les paresçían de buen recabdo aquel omne e su fijo, pues levavan la vestia descargada e ir entre amos de pie” (Don Juan Manuel, Libro de los enxiemplos del Conde Lucanor e de Patornio. Edición de Ignacio I. Sotelo. Madrid: Cátedra, 1989. 13ª ed., exemplo 2)

“Este buen hombre y su hijo eran labradores y vivían cerca de una villa. Un día de mercado dijo el padre que irían los dos allí para comprar algunas cosas que necesitaban, y acordaron llevar una bestia para traer la carga. Y camino del mercado, yendo los dos a pie y la bestia sin carga alguna, se encontraron con unos hombres que ya volvían. Cuando, después de los saludos habituales, se separaron unos de otros, los que volvían empezaron a decir entre ellos que no les parecían muy juiciosos ni el padre ni el hijo, pues los dos caminaban a pie mientras la bestia iba sin peso alguno. El buen hombre, al oírlo, preguntó a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos hombres, contestándole el hijo que era verdad, porque, al ir el animal sin carga, no era muy sensato que ellos dos fueran a pie. Entonces el padre mandó a su hijo que subiese en la cabalgadura”.

Biblioteca virtual Miguel de Cervantes

El texto de la versión más fiel al original, sería que ni pintado para ilustrar la historia de las lenguas ante los politizadores de las gramáticas. Ahora que aún vive gente que escribe lo bastante ortográficamente como para apreciar los rasgos del castellano bajomedieval, es el momento de recordar que esos rasgos perviven en otras lenguas romances peninsulares: el pretérito imperfecto en –va, el pronombre “y” y todas las grafías para representar las consonantes ç/z , j/x.

La pura verdad es que manejo una edición de las llamadas “críticas” porque es la que tengo y a lo que voy es al cuento, que no es poco. De todas maneras, quiero dejar dicho que la prefiero a la de la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes. Sobre todo prefiero “e de que fablaron” al adaptado o modernizado “después de los saludos habituales”. Nos explica en cualquier caso Don Juan Manuel que un padre y su hijo labradores  van al mercado a comprar. Llevan una bestia para cargarla con lo que compren. Alguien les reprende por no aprovechar el animal para trasladarse. Sube el hijo a la grupa de la bestia y le afean entonces el permitir que el padre –siendo viejo- camine. Sube el padre a cambio y les dirán que está mal que camine el hijo siendo más tierno. Se suben los dos y les amonestan por sobrecargar la flaqueza del animal.

El cuento ejemplifica dos hechos: 1) que siempre habrá alguien que no esté conforme con lo que hacemos, hagamos lo que hagamos; y, 2) que criticar es muy fácil. Al cabo del exemplum, Don Juan Manuel da sus consejos, con lo cual nos creemos estar ante una especie de manual de autoayuda del siglo XIV precedido por un cuento como los de Jorge Bucay.

La historia de la bestia, el padre y el hijo es muy esquemática. No admitía más que un número contado de posibilidades: subirse uno, subirse otro, no subirse nadie o subirse los dos. No había más posibilidades dentro de lo razonable y dadas las circunstancias. En muchas ocasiones, sin embargo, las posibilidades que admite un percance son mucho más numerosas. Nos damos cuenta con los años de que hablar apropiadamente no es fácil, y mucho menos lo es actuar apropiadamente. El cuento de Don Juan Manuel es como un sudoku fácil respecto a los killer samurai sudokus con que nos encontramos a veces si no sabemos esquematizar el problema.

Tomo un ejemplo de la realidad inmediata: un cursillo de formación continuada de esos a los que los trabajadores nos tenemos que apuntar para engrasar las ruedas de la subvencionología, para la mayor gloria de la empresa y para el reconocimiento remoto de un complemento salarial nimio como premio a la manera en que una se involucra en los objetivos del ente patronal. El cursillo, de 20 horas, tiene el nombre “Com entendre les diferents cultures” (“Cómo entender las diferentes culturas”) y está dirigido a quienes debemos atender a un vórtice demográfico cada vez más variopinto, plurilingüe y multidescontextualizado. Hala, toma palabros.

Aunque pudiera parecer que el curso iba a facilitarnos información básica para no meter la pata con los gitanos, los magrebíes, los subsaharianos, los chinos, los rusos, los rumanos, los bolivianos, los pakistaníes, etc., en realidad el curso nos entrena para poder manejar las situaciones de mala comunicación o conflicto por motivos religiosos, culturales, etc.

En la tercera sesión, la joven profesora (psicóloga) reclamó dos voluntarios. Se prestaron dos mujeres. Les hizo abandonar el aula y a los que nos quedamos nos dividió en dos grupos y nos explicó que cada uno de los grupos iba a ocuparse de conducir a una voluntaria entre un desorden de sillas con los ojos vendados con la ayuda de instrucciones verbales. La monitora también nos indicó que al principio indicásemos la dirección mal a nuestra voluntaria con el objetivo de que se llevara un golpe y desconfiase, pero que a partir de ahí todo debíamos indicárselo a derechas. Llegados a ese punto manifesté mi disconformidad. “Hombre, no me parece bien que le dejemos golpearse la pierna”. Yo me había llevado uno con una de esas sillas de hierro y asiento de formica el primer día de clase. Sabía lo que dolía. La monitora repuso: “Es para que os deis cuenta de que hay gente que ha tenido una mala experiencia previa y tenemos que ganarnos su confianza”. A lo que yo le dije: “No hace falta, de verdad. Ya lo entendemos sin llevarnos golpes”. Mi comentario fue inútil. La voluntaria se llevó un golpe en la rodilla y además la encargada de guiarla le hizo dar más vueltas sobre lo andado de las que eran necesarias. Cuando la voluntaria llegó a la meta convenida, nos explicó que ella no suele sobrellevar con serenidad el hecho de no poder ver.

De todo lo que llevo explicado no sé lo que hubiera dicho Don Juan Manuel. Dejamos de lado que la voluntaria tuviera miedo a la obscuridad o no, y dejamos de lado que su guía abusó yendo más allá del “engaño terapéutico” (el golpe en la rodilla), al enredar más de lo acordado el camino. Dejando de lado todo eso, queda el golpe mondo y lirondo en la rodilla para mostrarnos dramáticamente la génesis de la desconfianza. Y este procedimiento me suscita muchas preguntas. La primera es si es necesario, si no había otra manera de situarnos empáticamente ante un usuario/cliente/loquesea escocido. Mi segunda pregunta es si es lícito que en un curso de formación continuada le sometan a la gente a un manejo psíquico sin su consentimiento. Si en nuestra vida ordinaria le hacemos darse a alguien un trompicón en el puro hueso para que vea lo que duele, probablemente no nos tendrá en buena consideración.

El tema de cada pregunta podría desarrollarse mucho más, pero para mí el interés reside ahora en pensar qué se puede hacer. Presentar mi disconformidad no sirvió de nada, posiblemente porque nadie la secundó. Quedan dos clases. ¿Qué hacer? Dejar un comentario en la encuesta que nos pasan el último día no me convence. Se puede interpretar como algo “personal” o los efectos que podría causar serían indeseables. Al fin y al cabo, la monitora no debe de llevar más de 3 años en lo suyo y la vida ya le enseñará a ser más persuasiva y a no tomarse al pie de la letra los tratados de Psicología. Lo que he pensado es que en la próxima ocasión en que pida un voluntario no me ofreceré. De todas maneras nunca me ofrezco de voluntaria, pero si me dijera que me presentase como voluntaria entonces le podría decir que no, porque no me quiero llevar un golpe.

Y todo es un decir, no porque no vaya a hacerlo, sino porque la vida es tan ella que al final habrá que improvisar y, total, ¿qué importancia tiene un golpe al lado de una lesión grande? Así es que entiendo que hay personas para quienes cualquier acción se desdobla en tantas posibilidades, que hasta el mero hecho de ir a buscar un vaso de agua a la cocina es una montaña y rusa.

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10/11/07

Cuerpo extraño

"Como los erizos, ya sabéis,
los hombres un día sintieron su frío.
Y quisieron compartirlo.

Entonces inventaron el amor.
El resultado fue,
ya sabéis, como en los erizos."

Luis Cernuda



í que hoy las nuevas generaciones están usando el pulgar más de lo que lo usan o usaban las nuestras. Es por la telefonía móvil, los mandos a distancia, los gameboys o gamegirls y las play stations. El dedo pulgar es el dedo que usaban los emperadores de Roma para condenar o agraciar a los gladiadores. Es el dedo de la succión. En los seguros de vida sin particularidades el dedo pulgar de la mano dominante es el que tiene mayor valor si no se estipula otra cosa. El mismísimo sistema arterial privilegia el primer dedo. Es además, por así decirlo, el dedo más evolucionado. Se sabe que hay una directa relación entre la transición a la bipedestación y el uso de las manos, y entre esos dos acontecimientos y el desarrollo de la inteligencia y el lenguaje.

En otro orden de cosas, parece que las habilidades que requieren más rigor o delicadeza están de alguna manera asociadas al dedo índice, el dedo que indica. El meñique también tiene sus papeles y no solamente en los mudras, en el baile y en la degustación. Los quirománticos lo llaman el dedo de Mercurio. Pero no es el lenguaje visible u oculto de las manos lo que nos ocupa, sino el ceder la atención a cada dedo por separado, a cada falange, a cada yema y a cada surco. La idea es devolver la atención a la evolución de los dedos gordos y más en concreto a los dedos gordos.

No seré yo quien hable del futuro. Sería de mal gusto. Por ignorancia y porque nos podríamos desviar hacia el catastrofismo y a lo que en propiedad es la escatología: el fin del mundo. Por una sola vez, si acaso, podemos aventurarnos a creer que no se va a acabar el mundo nuestro éste mientras las especies más fuertes o más ingeniosas sobrevivan adaptándose como puedan. Una parte de la humanidad, que ni siquiera tiene por qué ser la mejor, podrá sobreponerse al frío y a las calamidades. Una parte de la humanidad podrá aspirar dióxido de carbono, resistir las obras y las reformas sin enloquecer, salir con bien de las hambrunas y de las comilonas, la transgenia, la falta de agua, las temperaturas impetuosas, las catástrofes naturales y la violencia. Tal vez esa parte de la humanidad tendrá otros pulgares, o tendrá un brazo más desarrollado (como los cangrejos). ¿Serán los seres venideros mejores, iguales o peores a nosotros? ¿Es concebible la involución de la especie, la vuelta del rabo? ¿Quién lo sabe? Parafraseando a Pessoa, para quien el recuerdo es una traición a la naturaleza, podríamos creer que los pronósticos son una aberración de la inteligencia, incluso una entelequia embaucadora y agarrotadora.

Pediría para mí tres cuerpos. Uno para estar en el mundo a pesar de todo. Otro estaría, pues eso, como está la luz cuando baila por la mañana en la pared saltándose todos los orificios de las persianas y tocando el arpa del polvo, o como está la luz cuando pace en la tarde en los ojos de las llaves puestas, como pacían los animales de antes de las explotaciones ganaderas, aquellos bueyes bergantiñanos de 1200 quilos y más. Otra estaría haciendo pruebas, equivocándose, conociendo lugares y tiempos, aprendiendo, experimentando.

El cuerpo es extraño. Están los cinco sentidos. Luego hay otras sensaciones que no son las de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Son sensaciones "menores" o menos cultivadas. Reparamos en la sensación del estornudo malogrado. O en el rubor de las orejas, un escalofrío, los diferentes tipos de temblor, el calambre, el latido a destiempo, la sacudida en el primer sueño, el llanto a costa de los otros, el llanto de la rabia, la risa en el llanto, las lágrimas de la risa, la carcajada, el estornudo en salvas, el movimiento reflejo, el suspiro, el bostezo espontáneo, el bostezo contagiado, el santo cansancio, la modorra, el desperezo, la conciliación del sueño, la risa reprimida tonta, la risa tonta reprimida, el bostezo disimulado, la náusea, la sed, el hambre, la saciedad, el entumecimiento, la tos, el estertor, el ronquido, el pito, el miembro fantasma, el miembro dormido, la mano muerta, el tambaleo, el primer paso, la atracción del abismo, el aumento y la disminución de la gravedad en las atracciones, el aumento de las palpitaciones, el cuerpo en sarvangasana, tragar, atragantarse, babear, tirar hacia sí, retroceder, avanzar, pisar, girar, chupar, empujar, morder, mordisquear, sorber, hacer caca, respirar, transpirar, hacerse la boca agua, mojarse, evaporarse el agua en la piel, las cosquillas, el hormigueo en los pies, las ganas de mear, el goteo de la nariz, el estremecimiento del deseo, el sueño, el gustito, el gusto, el abrazo, la ira encendida, el arrebato, perder pie, tropezar, el respingo, la insensibilidad, la incomodidad, haber encontrado la postura, sofocarse, la tiritona, el asco, el castañeteo de los dientes, el chirrido de los dientes, el crujir de las rodillas, el runrún de los intestinos, sacar humo por la boca, alentar, el beso, flotar, andar contra el viento, andar con el viento, el hipo persistente, el pedo intempestivo, el estrujón, el achuchón, la arcada, la regurgitación, la magulladura, el arañazo, el lapo atrancado, el bocado atrancado, la congestión nasal, el agua retenida en los oídos, el aire retenido en los oídos, la somnolencia, el dolor, el cuerpo distinto tras cada forma de tai chi nunca igual, el cuerpo calidoscopio, el cuerpo rendido, el carraspeo, el alarido, el ahogo, el cuerpo extraño en el ojo, el cuerpo extraño, el cuerpo insepulto, el cuerpo gestante, el cuerpo en la matriz, el cuerpo de jota, el medio cuerpo y el cuerpo entero, el cuerpo en equilibrio, el cuerpo encogido, el cuerpo agachado, el "cuerpo escaparate", el cuerpo pesado, el cuerpo viejo, el cuerpo fuerte, el cuerpo aligerado, el cuerpo ligero, el cuerpo prematuro, el medio cuerpo, el cuerpo a tierra, el cuerpo a cuerpo, el cuerpo de rey, el cuerpo presente, el cuerpo sin vida, el cuerpo.

Nota: Este textillo lo publiqué por error en una página de internet cuando aún no habían blogs y ahora estoy segura de que tiene que estar aquí. Decía Chesterton que había en la vida dos cosas seguras –la muerte y los impuestos- pero yo creo que tengo otra cosa segura, que Cuerpo extraño tenía que estar aquí. Incluso digo que no tendría que estar allí (enlace roto). Sólo añado a la versión primitiva  el “cuerpo sin vida” y la “c” a “arraspeo”. Es el primero de una trilogía que iré colgando como pueda, como siempre.

Fotografía de internet

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9/11/07

Pintores con amor

 Fondo azul


ertrude Stein en su Autobiografía de Alice B. Tocklas se refiere al retrato que le pintó Picasso. Mientras Gertrude Stein posaba, Fernande le leía las fábulas de La Fontaine. Posó durante ochenta o noventa sesiones, que son muchas. Parece que el óleo desató una "larga lucha" en el genio de Picasso. Y que marcó el límite, una sima, entre el Arlequín y las señoritas de Aviñón. El lienzo hace cosa de un metro de alto. Es un claroscuro en tonos pardos, con la figura sólidamente sentada, determinada, pesada y firme. El fondo es un rincón con manchas bermejas, castañas, espacios lacres y de siena tostado. Picasso lo firmó en el otoño de 1906 en París. Según la Autobiografía, Picasso reconoció que no se le parecía pero que se le parecería.

La naturaleza de la identidad del retrato de Stein y la propia Stein en sí, se manifiesta aún con mayor claridad en otra anécdota. Se produjo al cabo de unos años, cuando Picasso se enojó momentáneamente al ver que la escritora se había cortado el pelo. En seguida, tras comprobar que seguía intacta la inmanencia de su pintura, dijo aliviado: "Mais, quand même, tout y est".

A mí Gertrude Stein me recuerda a la corpulenta viuda del contramaestre del western aquel de Wellman, "Caravana de mujeres".

Posé para un pintor el verano de 1981, en Finisterre. Garabal tenía 74 años, yo 20. Recibí su propuesta a través de una mujer que servía en el restaurante donde yo solía reunirme con mis amigas después de la comida. Pilar me lo mostró a su espalda mesas allá. Dijo que ya había pintado a muchos pescadores del pueblo. Helena me dijo que hacía muchos años que veraneaba allí, con su familia de Santiago. Desde antes del 36. Me acerqué a la mesa de Don Manuel y accedí a posar a partir del día siguiente, por la mañana, en un aula de la escuela del Patronato. "Por la tarde –me dijo– pinto marinas".

Llegué puntualmente a las once a la primera sesión. Ya se había puesto un largo delantal azul que le cubría hasta los pies. Extendía churritos de óleo sobre la paleta. Me hizo sentar sobre una mesa escolar, a la derecha de un ventanal que daba a un pequeño fondeadero de ondas plateadas y de ónice blanquinoso. Me hablaba, decía, para mantenerme vivo el gesto. No era nada difícil permanecer inmóvil. Me contaba cosas de su vida. Fueron diez días, no más. Eran historias de la guerra, de los siete años que pasó en un sanatorio de Castilla para vencer la tuberculosis, de su mujer también pintora que le esperó todo aquel tiempo y con la que hubo de casarse. Notaba yo que mucho de lo que me iba explicando lo explicaba como si ya lo hubiera explicado más veces. Yo me complacía en reproducir a mi vez los asentimientos con los que le reiteraba mi atención no tanto por ponerle en la pista del déjà vu como por complicidad, para participar en una especie de cumplido a la memoria. A mí me gusta que me expliquen aunque sea mal hasta películas que ya he visto, que ya es decir. Lo que no se cansaba de recordar era lo azul que era el blanco de los ojos de su esposa. Ese rasgo la había sobrevivido en una nieta que ahora tendrá veintitrés o veinticuatro años. Don Manuel de vez en cuando de repente dejaba de hablar y se detenía en una pincelada con la boca entreabierta y la cabeza ladeada. Reprendía el hilo de su relato, tras un instante de suspensión, con soltura. Su deje era apacible, compostelano aún a pesar de haber pasado más de media vida en Madrid.

En mi quietud yo podía reparar en cosas así, en las manchitas de sus mangas, en una grieta en el marco del ventanal, y en el crujido de una puerta lejana. Y entonces podía darme cuenta de qué diferente podía ser lo que él miraba de lo que yo veía. Sobre todo teniendo en cuenta que yo no me veía a mí ni veía la cara oculta del caballete. Por discreción y timidez no vi mi retrato hasta el último día. Por discreción o timidez Don Manuel no me animó a hacerlo antes.

A media tarde andaba hasta la playa para tomar un baño. En Corveiro las aguas flameaban al atardecer. En San Roque había pleamar de azul prusia. Un par de veces, de camino, distinguí a Garabal pintando. Su traje cruzado negro y la cabellera blanca y crespa destacaban entre las zarzas y las matas de hinojo. "Por la tarde –decía– pinto marinas".

La ancha vista se prestaba al escorzo para revivir cómo había sido Finisterre en el albor del siglo. En la miranda de una casa abandonada aún resistía el palomar podrido. El muelle y la fortaleza le sirvieron al pintor de encuadre para rescatar del olvido escenas que se erguían prodigiosamente en ese territorio sin ley que hay entre la imaginación y la memoria. Casi hubiera podido volverse a avistar en la sierra, en la blanquísima ensenada, a algunas mujeres de luto recorrerla con un cesto en la cabeza, descalzas y al fresco de la orilla.

Cuando vi mi retrato acabado, allí estaba todo. No sabría decirlo de otra manera. Había pasado diez mañanas detrás del caballete, y me había dado cuenta de que lo único que había colorido era la luz, claro, y las manchitas de pintura en el delantal de Don Manuel. Así que fue el color del retrato lo que primero me impresionó. Y ver que ese color estaba hecho de playa, de sierra, de hinojo, sardinas, palomas fantasmas y mujeres marineras, y de algo que aún no sé que era pero que debía de ser yo. Solo lo vi una vez. El fondo era azul. Como el del cielo de "Cap d'Antibes" de Monet, un azul alegre.

La última vez que vi a Garabal me pagó y me dijo lo prometido, que me enviaría desde Santiago una fotografía del cuadro. Sabía yo que no alcanzaba a comprarlo y tampoco me atreví a pedir a cambio de lo convenido, doce mil pesetas, una sanguina o un carboncillo. El caso es que pasaron algunas semanas y el correo no llegaba. Me parecía impensable que Garabal faltara a su palabra o que se hubiera descuidado. Y lo que pasaba es que en realidad se había muerto. Se excusa decir que si no me había atrevido a pedir un apunte al pintor, menos iba a decidirme a preguntar a sus hijos por el paradero del cuadro. Los primeros días por no resultar apremiante y después por no inoportunar.

No sé donde está mi retrato. Seguramente fue el último retrato de Manuel López Garabal. Y lo cierto es que su ventura lo une más a mí, la buscadora, más de lo que pudiera hacerlo el parecido. Y hasta me gusta pensar que está comprado y que quizás alguna vez alguien se habrá preguntado por esa mujer, por la verdadera. Y es que, pensándolo bien, igual no es lo mejor que me podía haber pasado pero -no sabría como decirlo- me pertenece más aún de lo que me pertenece mi sombra o mi imagen en un espejo o todos esos espejismos en los que vemos astutamente reflejarse nuestros deseos.

Este texto autobiográfico fue acogido hace unos años en la página de Conciencia sin fronteras (enlace roto). Recientemente hice unas averiguaciones sobre el paradero de mi retrato y os las voy a participar en un próximo post, en cuanto haya encarrilado otro misterioso caso que aún me intriga mucho más: el de unas tumbas en la sección judía del Cementerio de San Andrés de Barcelona, muchas de las cuales indican la primavera de 1956 en sus lápidas.

Autorretrato de Manuel López Garabal (1907-1981

El subconsciente y el consciente, el fondo azul, la conjetura y el olvido,  la mancha de humedad y el lienzo de cara a la pared

Ya he hablado antes por ahí de mi afición por las frases al vuelo. Hay un clásico entre ellas. Hay, digo, un grupo de frases muy bien delimitado que me han acompañado a mí y a cualquiera toda la vida y que he descartado siempre de mi colección porque son invariables. No cambian. Una sería: “Te volverás a caer”. Otra: “Cuando lleguemos a casa, verás”. Pertenecen a la fraseología de las madres de España cuando se meten a vaticinar. Otras, como por ejemplo “Mira cómo te estás poniendo” o “¿No pensarás salir así a la calle?” las tenemos –quien más, quien menos- grabadas en el subconsciente, en el consciente y en el cero-al-cociente-y-paso-la-cifra-al-siguiente.

Las madres son seres mitológicos que han sobrevivido la edad de oro, la edad de plata, la edad de hierro y lo que les echen. Y todo porque son los llamados “pilares biológicos”. Nos parece que que sigan repitiendo incansablemente los mismos presagios, como un I Ching pasado de rosca o el oráculo de las sibilas, debe de ser el secreto de su pervivencia. Los padres, que –en el terreno exclusivamente biológico- pueden ser perfectamente substituidos por un buen frigorífico de –80ºC, no sé yo que tengan un fraseo equivalente. Repetirnos nos repetimos todos. Los unos a los otros y nosotros con respecto a quienes fuimos. Y sin embargo no recuerdo yo en mi colección de frases al vuelo ninguna que pudiera clasificarse bajo la etiqueta “Padre”. Con mucho gusto admitiré cualquier propuesta que desdiga mi experiencia.

Pues cuando le expliqué a mi madre que había escrito a un hijo del pintor que me retrató hace tantos años, me dijo: “Deja ya eso”. Y lo dijo abriendo las manos como si fuera la Pantoja o como si estuviera diciéndome: “Mira cómo te estás poniendo”. Eso que cuando me decía de verdad “Mira cómo te estás poniendo” ella era una cría comparado a quien yo soy ahora.

Como diría un “yonky”, lo estoy dejando. Con todo, antes quise cerrar el tema sin dejarlo en Fondo azul e hice unas averiguaciones que voy a intentar resumir. Escribí en junio pasado a uno de los hijos de López Garabal, uno que es profesor de Historia del arte (creo) en la Universidad de Santiago de Compostela. José Manuel López atendió mi mensaje y su respuesta incluía además un anexo. El corazón me latía con fuerza cuando fui a abrirlo. Pero no era yo, Reproducía un cuadro de una jovencita en el muelle y era de cuerpo entero. El mío era de medio cuerpo.

Después de cruzarnos un par de mensajes más, J.M.L. consultó a su hermana, que es la hija con quien el pintor vivía. Garabal murió el 9 de septiembre de 1981 a los pocos días de despedirnos. En resumidas cuentas lo que he conseguido averiguar es que cuando Garabal murió estaba pintando a otra joven en su finca de Gondelle. Y por lo tanto –aunque el cuadro de Gondelle quedó inacabado- el mío no fue su último retrato. Por otro lado, todo apunta a pensar que mi retrato lo dejó en Finisterre. Don Manuel tuvo que marchar precipitadamente hacia su casa en las afueras de Compostela. Reproduzco las palabras de J.M.L. pero lo hago en lenguaje indirecto por razones de elemental discreción: Es muy posible que Garabal se lo dejara a alguien allí en Finisterre. En tal caso la persona más probable sería Lourdes Muñoz, la fotógrafa, persona a la que él quería mucho, porque había una gran amistad con su familia desde los años 30, y además era su padrino de boda, por lo que no es extraño que se lo regalara como recuerdo. Desgraciadamente Lourdes está muerta, aunque su marido, Agustín, que tenía una zapatería en la plaza,  sigue vivo. Si no lo tuviera él, la otra posibilidad sería don Luciano, el párroco de Santa María de las Arenas y el dueño del Patronato donde fui retratada, aunque esto parece más raro. Desde luego, el cuadro no lo vendió y tuvo que dárselo a alguien en Finisterre. Aquél verano fue muy extraño, porque Garabal se quedó sólo pintando allí, lo que nunca había hecho desde que había quedado viudo en el año 1972 y luego volvió a Santiago precipitadamente porque el marido de su hija tenía que marcharse en un viaje a Madrid, y para que ella, con la que vivía, no se quedara sola en la finca que poseía en las cercanías de Santiago, con sus hijos pequeños y un tío, que aún era  mayor que el pintor. Y fue el pintor quien murió inesperadamente unos días después.

De acuerdo con las sugerencias de J.M.L. seguí las dos pistas: la del viudo de la fotógrafa y la del párroco. Sucesivamente. Le confié la investigación a una amiga que vive en Finisterre, que por haber sido además muchos años corresponsal de prensa conoce el terreno y tiene mano izquierda. Supe que el viudo de Lourdes Muñoz se había vuelto a casar. Con otra viuda. En primera instancia supe que se conservaban intactos y en buen orden los clichés. Pero en definitiva a la hora de la verdad se disipó toda posibilidad real de comprobar si había alguno con la fotografía prometida. Despejada esta pista (o no), mi amiga se dirigió a la beata o monja profesa que me había presentado a Garabal el año 1981, Pilar. Pilar sigue al cuidado de los negocios de Don Luciano, que tendrá sus noventa años o hasta más. De Don Luciano sólo quiero decir que si me excomulgara –facultad que creo que ya no posee- me haría un favor porque me iría derecha al cielo. Pilar le contó a mi amiga lo que ya sabemos todos: que pintaba marinas, que veraneaba en Finisterre desde antes de la Guerra Civil, que el viudo de Lourdes contrajo segundas nupcias con una de la aldea cuyo marido se había muerto en el mar, que si patatín que si patatán. Y que hablase con la hija de Garabal, porque seguro que ella sabría. Así que la pista eclesiástica, por así llamarla, me devolvía al principio, como suele ocurrir con las gestiones mal llevadas y mal traídas .

Recapitulando: Garabal no llevó el cuadro consigo a Santiago sino que lo dejó en Finisterre. Allí pudo dejarlo en el Patronato de Don Luciano, que es donde me había pintado, en un aula destartalada sobre la Riveira, o pudo dárselo a la fotógrafa puesto que había dicho que me enviaría un fotografía. En mi opinión el cuadro sigue en Finisterre. Todo lo demás pertenece al ámbito de las conjeturas. Ése que se acaba definiendo más por las propias suposiciones que por la realidad. El que escribe puede, si quiere, moldearla a su gusto y abocar sus frustraciones y colmar sus carencias. No digamos si el que escribe se deja llevar por la experiencia y saca conclusiones de lo poquito que sabe de economía eclesiástica, de la condición de viudo rural y en general del hermetismo asociado a estrategias paradójicas (“Excusatio non petita, accusatio manifesta”). Y si los que escriben, el que escribe, la que escribe, se dejan llevar por sus creencias, la cosa es mucho peor y encima es cursi.

Y sin embargo, aunque la realidad y la verdad son matracas de diferente naturaleza, son cualquiera de las dos suficientemente crueles como para tener el cuadro de las narices abandonado contra una pared húmeda entre la Soneira y Xallas, en el Finisterre gallego. Crueles e indiferentes. ¿Qué más da? Cumplí yo con mi deber. Caso cerrado.

Gertrude Stein junto a su retrato por Picasso

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1/11/07

Otra vida por vivir

Que precisamente el día del officium defunctorum me encuentre ante una novela sobre la vida por vivir, tiene su qué.



No recuerdo cuando leí la última novela. Antes del 2005, que es cuando se publicó Otra vida por vivir. Eso seguro. De todas maneras leí tantas novelas antes que creo que bien puedo dejar ahora mi atención en otros libros, singularmente en las gramáticas, en los de poesía y en los de historia. Otro factor que me invalida como una buena lectora de novelas es que la novela en cuestión trata sobre la vida. Se me dirá que las novelas tratan sobre la vida. Sí, en general las novelas tratan sobre la familia, sobre el dinero y sobre lo que antiguamente se llamaba adulterio, sobre la vida. Sobre lo perdido también. Yo ya sólo pienso en la muerte. Decían los griegos que los dos grandes temas del pensamiento eran eros y thanatos. De la misma manera que hay una cita célebre sobre que la muerte es aquello que le pasa a los demás, yo podría decir –sin ser celebrada- que la vida es lo que le pasa a los demás. Yo no vivo, yo estoy ahí en el mejor de los casos como público, como espectadora. Yo estoy en la vida de algunas personas, pero eso no es vivir.

Cuando se estrenó La vida de los otros, la última película que vi y también la última que no vi –porque me fui a los 10 minutos de haber empezado- pude observar que el policía secreto de la Stasi era presentado entre otras cosas como un mirón. Puede ser que haya por ahí (entre los nuestros) voyeurs, pero no hay curiosidad ni fruición alguna. Puede ser que haya entre los nuestros quien esté interesado en la vida de los “demás”, pero los que no vivimos no estamos interesados en la vida de los “otros”. Los que no vivimos somos los primeros sorprendidos en que un espejo nos devuelva nuestra propia imagen, porque –como decía Carmen Martín Gaite- “lo raro es vivir”. Nuestra propia imagen nos produce tanta extrañeza como incomodidad.

Sin embargo, no quisiera apenar a quien se aventure por A LA FLOR DEL BERRO: no vivo pero sin embargo tengo un destino y tengo mi buena suerte. Digo “mi buena suerte” con la misma pura exaltación gozosa con la que Walt Whitman dijo “yo soy mi buena suerte” en su Song of the open road. La existencia no hay que olvidar que de momento se compone de: vida, destino y buena suerte.

Decía Maragall, el abuelo de Pasqual Maragall: “Si esta sensación de pureza que me da el cielo y esta sensación de alma que me da el hombre, las encuentro también en el libro, diré que el libro es bueno; pero si no las encuentro, si me son enturbiadas por las terribles filas de las letras de molde, o si llego a olvidarlas y el libro me deja descontento de la vida y agitándome en el vacío de su negación, entonces diré que el libro es malo”. Si Joan Maragall, que murió si mal no recuerdo el año 1911, hubiera coincidido en el tiempo con José Saramago, sabría lo que es el vacío de la negación de la vida.

Otra vida por vivir me recuerda mi fatalidad sin hurgarla, me habla de la vida de los otros y me confirma mi buena suerte. Es una buena suerte que L. Cuerda viva, que escriba, que luche.

Me imagino yo que es mucho trabajo escribir una novela. Pienso en algún explicit  de algún volumen manuscrito de la Alta Edad Media, en donde al cabo de tantas penalidades como habían se concluía la copia y el amanuense las enumeraba: frío, molestias en los ojos, horas de rigidez, calambres, etcétera. Imagino que una novela es algo así, esfuerzo, a pesar de la delicia de ver como se van encarnando los personajes y como el argumento acaba por crecerse autónomamente y por cuajar. Tiene el argumento de Otra vida por vivir cuajo y cohesión, sentido, fuerza, gracia.

Una vez hice una larga meditación sobre el arcano de La Fuerza del Tarot. La meditación sugerida por el tarotista Portela, era de que de alguna manera la fiera del naipe velara nuestro entorno. Pues al cabo de un cierto tiempo, semanas, me di cuenta que tras mi meditación me había retenido la idea más allá del tiempo estipulado. Me di cuenta que iba por la calle con el león por delante caminando regiamente y con el ángel de la Templanza por detrás. Les pedí que me dejaran seguir sola, que es como hay que hacer estas cosas, pero de vez en cuando me doy cuenta que el león o la leona me precede.  Osi la leona, Lucha, es definitivamente genial. Es un desencadenante perfecto, impecable, nada disparatado contra todo lo que pudiera parecer en un planteamiento de contracubierta.

Como tu libro me ha acompañado estos tres días, a veces lo abría per sortes vergilianae y siempre, indefectiblemente, se abría en un párrafo que por sí solo tenía chispa, solidez, significado y, en una palabra, vida. Tu poder sobre los nombres, sobre las palabras y sobre el encadenamiento de escenas me admira. Frases como “Cuchulainn fue un imbécil”  o “Yo chingué con Picasso” brillan por su hibridez y contemporaneidad, por su brusquedad o vivacidad y por estar tan bien colocadas por todo el libro. Hasta hay por ahí una (“¿Un harén? Ostras, qué guapo...”) que suena magnificada al haberse producido el silencio de una reunión tumultuosa. 

·Así como tengo entendido hay quien colecciona citas de libros, yo colecciono frases al vuelo.  Hoy pillé una muy buena con voz bronca: “¡Japoneses! No me extraña que les tirasen una bomba. Otra bomba les tiraría yo...” Creo que quien la profería se refería a las matanzas de los delfines para comérselos crudos.

Paradiso, la gran novela del poeta José Lezama, está llena de joyas como tus frases por sorpresa. Estoy deseando volver a leer la novela sólo para volverlas a encontrar. Otro estilo el del cubano, muy paladeado, criollo, pero un cuidado por el lenguaje equivalente al tuyo. La manera que tiene Lezama de introducir las intervenciones de sus “personajes” me llama aún hoy la atención, tanto como años atrás las acotaciones de Valle-Inclán. Son claves donde se cifran recursos metaliterarios de lujo y además hay en ellas un detenimiento que demuestra la pasión de escribir. En algunas novelas los personajes hablan como sólo se habla en las novelas. Claro está que no descartaremos que habrá gente que habla así, pero será porque imitan a los personajes de las novelas.  La atención de Proust y Lezama hacia el lenguaje de sus personajes podría traducirse como su receptividad hacia la materia con la que trabajan y, sin embargo, habría que añadir que produce ventajosamente un efecto equiparable al del teatro en el teatro. Añaden una dimensión, más profundidad. El ejemplo más ilustrativo o que me gusta una barbaridad es el de la voz de Florita que sobresalta a Rialta que está sobre la rama de un nogal soñando despierta. Sé que no molestará en absoluto que lo incluya aquí, junto a una frase de Cuerda:

“Rialta sintió que las nueces deshaciéndose en rocío se volvían su planeta inasible, la voz de Florita, alambrada y de hierro colado, la colocó de nuevo, con tres o cuatro saltos, al lado del tronco de las nueces, y súbita, la luz comenzó a invadir su contorno, guardándola de nuevo en su segura levitación terrenal.” (Paradiso, cap. III)

“La voz de sor Ágata proyectó a Nico de su asiento, y las cuartillas saltaron de la mesa y se esparcieron por el porche de la casa de Franz-Johnny, algunas de ellas en franca retirada hacia los árboles donde un vientecillo ascendente las hacía bailar hacia las ramas más bajas”. (Otra vida por vivir, cap. IV,I)

Lo precioso es que al lado de la profusión de voces de Otra vida por vivir hay también una gran variedad de situaciones y conciencias masculinas y femeninas que nos hacen percibir una disparidad o complementariedad prodigiosa. Las Lomas de Arroyoseco y África. Puri y Santi. Santi y Chechu. Sor Ágata y Aretta Gerardhsen. La pareja de guardias y sus suplantadores. Javier sin Almodis. Almodis y Osi. Almodis y ella misma. La pelea o el desencuentro y la introspección. El irlandés suizo. Un largo etcétera que no tengo la pretensión de consumir, de analizar hasta desposearlo de un cierto protagonista coral que sería la gana de vivir.

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