a historia de Eco y Narciso donde
mejor está explicada y es más sugestiva es en las Metamorfosis de Ovidio. Se encuentra en el libro tercero y sigue a
la historia de Tiresias.
Disputaban Juno y Júpiter sobre quien
consigue mayor placer, los hombres o las mujeres. Decidieron consultar a
Tiresias, que había sido hombre y mujer y otra vez hombre. Como el Orlando de Virginia Woolf o el Quim/Quima de Maria Aurèlia Campmany.
Ovidio explica que Tiresias aprobó la opinión de Júpiter (que la mujer consigue
mayor placer) y se ganó la ira de la diosa. Lo condenó a la invidencia. Júpiter
intervino como pudo (ya que no es posible contradecir la obra de un dios)
concidiéndole como contrapartida a la invidencia la clarividencia. El primer
augurio que le dio fama fue el de que Narciso llegaría a viejo únicamente si no
se conocía a sí mismo. Nada de Sócrates.
Sigo. Un día, cuando Narciso tenía 16
años (exactamente igual que mi Carmona
buxiforme enana, pedazo de bonsai adolescente), un día, fue visto por la
ninfa Eco. Mientras él perseguía ciervos. Hago notar lo de los ciervos para que
nos demos una idea fugaz del entorno, de un lugar en donde no sólo había
ciervos sino que además podían correr. Eco vio a Narciso y no podía decirle
nada. Solamente podía repetir las últimas palabras que pronunciase alguien. Y
eso era debido a un castigo de Juno a causa de que Eco la había entretenido con
su charla para despistarla y hacer que la diosa no sorprendiera a Júpiter
persiguiendo ninfas. Narciso, alejado del grupo de jóvenes que lo seguían
siempre, notó la presencia de Eco y preguntó: “¿Hay alguien?”. De esta manera,
sin proponérselo, dio pie a que Eco pudiera repetir: “Alguien”. Después de una
especie de diálogo posible porque Narciso estaba intrigado y Eco enamorada, la
ninfa fue desdeñada. Se escondió y fue a vivir a las grutas llena de vergüenza.
Su cuerpo insomne se disipó y sólo pervivió su voz. Dice Ovidio: “Omnibus
auditur”. Todos la oyen. Bueno, yo diría que no todo el mundo la oye, pero eso
ahora no interesa y no tiene nada que ver con el mito.
Repasemos: Juno perseguía a Júpiter,
Júpiter perseguía a las ninfas, la ninfa Eco perseguía a Narciso y Narciso
perseguía a los ciervos que a su vez corrían.
La historia sigue. Un muchacho de
tantos que Narciso despreció pidió a los dioses que le concediesen que Narciso
amara y que no consiguiera el objeto de su amor. Juno, que ya hemos visto que
estaba siempre presta a impartir castigos, le concedió su petición. Narciso un
día bebe de una fuente cristalina, descubre su propia imagen y se enamora de sí
mismo. Dirá: “Al mismo tiempo provoco y padezco las llamas” (flammas moueque
feroque). Y todo lo que iba diciendo Eco lo repetía y lo hacía suyo. Según el
mito, el cuerpo de Narciso se convirtió en la flor.
***
Incomprensiblemente o no, la historia
de Narciso ha recibido mucha más atención que no la historia de Eco. No me voy
a dedicar a probar mi afirmación. Es lo que tiene un blog. No es mi intención
instigar una investigación del motivo o los motivos por los cuales se utilizan
unas fuentes “literarias” tan pésimas.
El libro deMcLuhan, La galàxia Gutenberg, podría aclarar una
de las posibles razones o explicaciones sobre el predominio de Narciso. En mi
ejemplar en catalán del libro hace años que subrayé un párrafo que por lo menos
a mí sí que me justifica la permanencia de Narciso (la vista) sobre Eco (el
oído) en la memoria occidental. Transcribo el dichoso parágrafo porque calculo
que es difícil de encontrar a estas alturas precisamente de la película:
“Pero
las culturas no alfabetizadas experimentan una tiranía tan avasalladora del
oído sobre la vista que cualquier interrelación equilibrada de los sentidos es
totalmente desconocida para los extremistas auditivos, de la misma manera que
este equilibrio es extremadamente difícil a partir del momento en que la
imprenta acelera el componente visual de la experiencia occidental hasta la
intensidad más alta.”
(H.M.
McLuhan, La galàxia Gutenberg: la formació
de l’home tipogràfic. Barcelona: Edicions 62, 1973: 39)
Al lado de este fragmento de la
historia del libro que cada día que pasa sabemos apreciar más, está el hecho de
que incluso se conoce más el narcisismo que a Narciso. Ya pasa.
El mito de Eco y Narciso fue tratado
por Sor Juana Inés de la Cruz y por nuestro Calderón de la Barca. El divino Narciso (1690) de la monja
mexicana es una alegoría cristiana donde Narciso es el redentor y Eco el
demonio. La ninfa se expresa en verso y parece un trasunto de Sor Juana, tan
ingeniosa y redicha, empequeñeciéndose ante las magnitudes colosales de la
Creación verdadera. En el drama de Calderón, Liríope (la madre de Narciso)
envenena a Eco. Me gustaría ser capaz de exagerar este desplazamiento
escenográfico de la diosa a la pre-suegra. Tiene un no sé qué monoteísta.
Calderón deshace la estructura de espejo o geminaciones de Ovidio y forma una
estructura centrípeta, jerarquizante y
con el centro en la familia. Parece una teleserie de esas americanas que pasa en
torno a un sofa o a una nevera gigante. El mito ovidiano se expresaba en
parejas: Juno y Júpiter, Tiresias hombre y Tiresias mujer, invidencia y
clarividencia, Eco hablando por los codos y Eco que no puede hablar, Narciso
que no puede amar y Eco que no puede ser amada.
Llega un momento en que a fuerza de
apreciar esta estructura pendular, que culmina y acaba cuando Narciso se ve
reflejado en el agua, una se queda absorta y embobecida. Es así como
resplandece la escena VII del acto III del Cyrano de Bergerac, cuando Cyrano
primero dicta y luego suplanta a Cristiano en una escena de balcón y jardín.
Las palabras de Cyrano enardecen a Rosaura, que quiere bajar al jardín o que
Cyrano-Cristiano suba al balcón. Dice Cyrano:
“No, dejad que aprovechemos así esta ocasión
que tenemos de poder hablarnos dulcemente sin vernos”.
El Narciso de Caravaggio (1597-1599)
[El post transcribe del catalán
substancialmente una colaboración con “Via fora!” de 1997]
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