30/1/26

Helen Levitt y yo


ún se puede visitar la exposición de fotografías de Helen Levitt, que permanecerá en el centro KBr de la Fundación Mapfre en Barcelona hasta el domingo 1 de febrero. Después se podrá ver en Madrid a partir del 19 de febrero. No quería dejar de hacerle mi pequeño homenaje en este diario a una fotógrafa tan espléndida. Helen Levitt (1913-2009) más o menos coincidió en el tiempo con el fotógrafo inglés Roger Mayne (1929-2014), también street photographer y con muchas escenas de niños. 
Helen Levitt hizo un buen trabajo en Ciudad de México, pero toda su obra está centrada en Nueva York y la naturalidad con la que capta a los niños creo que en parte se debe a una personalidad discreta y a su visor de ángulo recto, que le permitía hacer las fotos mirando a un punto diferente del objetivo. Pero también se debe a su propia manera de ver la realidad y, no en menor medida,  a que los niños de los barrios obreros y de inmigrantes no estaban resabiados con las cámaras por aquel entonces.
Cuando estaba en la acmé de la exposición apareció un grupito de adolescentes acompañadas por un profesor joven que les estaba explicando que el hecho de que los niños jugaran con armas era reprobable pero que en aquella época era así y asá y, en fin, una retahíla de sandeces presentistas y canceladoras de estirpe woke. Hay que decir que yo solo vi una fotografía con un niño empuñando un revólver (que hemos de pensar que sería de juguete o inservible) y esa imagen representaría el 0,4 % de la muestra o menos. Precisamente en ese momento en que el grupo irrumpió yo me daba cuenta de la libertad de la que gozábamos los niños antes de esta época, en la que viven encerrados o sujetos a actividades guiadas y organizadas por adultos con pretensiones pedagógicas totalitarias.
Me pasó un poco como a Woody Allen en la película Annie Hall, cuando hace aparecer a Marshall Macluhan para contradecir a alguien que en la cola de un cine (para ir a ver Le chagrin et la pitié) ridiculiza a Federico Fellini y al filósofo de la comunicación. A mí me hubiera gustado que ayer, cuando el profesor de secundaria denostaba la imagen de niños armados o jugando a matar y a morir, que apareciera Helen Levitt. Pero algo me dice que no le hubiera dicho nada. 
Una lástima que en vez de aprovechar la abundancia de imágenes de niños neoyorquinos en las calles, en vez de ilustrar las escenas y darles un contexto histórico como el que tenían, el profesor de secundaria se pusiera a criticar sus costumbres o su educación. 
Cuando yo era niña pasábamos muchas horas en la calle jugando a las gomas, a la comba, a correr, a saltar, al escondite, a corre-corre que te pillo, a la "charranca" (rayuela), a picar cromos, al "churro, media manga mangotero" (denominación murciana para el cavall fort). Recuerdo que en uno de los juegos con gomas se cantaba "Guamerú, guamerú, llamando a campamento guamerú, guamerú". Y si hiciera memoria me acordaría de muchas más cosas, como cuando hacíamos pequeñas representaciones donde éramos vendedoras, princesas o cualquier otra cosa. Lo más bonito es que estábamos a nuestro aire. Seguramente siempre había por allí algún adulto que nos veía (aunque también teníamos escondites), y no creo que las madres nos dejaran totalmente sueltos, pero era lo más parecido a gozar de completa libertad. 
Mis amiguitos de juegos eran tremendos: en la bòbila ya por entonces tapiada se dedicaban a meter gatos o ratas en un saco y los quemaban vivos. Eso se lo cuentas a uno de Betevé y te cancelan de por vida. De hecho los de CSI Las Vegas o CSI Los Ángeles y los de Mentes criminales, regularmente nos recuerdan a sus seguidores que la pulsión infantil de atormentar a los animalitos es un signo de psicopatía asesina. A ver, yo creo que si lo haces una vez (yo o lo hice nunca) no es para tanto. Que lo alarmante sería que a un niño le diera por jugar a eso repetidas veces. 
Había niños pendencieros y niños con complejos, pero nuestro pequeño sistema era bastante nivelador y favorecía lo que supongo que ahora se conoce como "socialización del niño". Soy de un barrio barcelonés donde nos juntamos gente de muchas procedencias (Galicia, Andalucía, Extremadura, Murcia, etc.) y eso también nos dio un bagaje.
En fin, como en todo cambio de época, hay un choque de generaciones y en la forma de tomarse casi todo lo que nos rodea, que ya es de por sí complejo y aún lo hacemos más.

Helen Levitt (Nueva York, 1942)

Helen Levitt (Nueva York, 1940)

Roger Mayne (Bath, 1961)

(c) Marta Domínguez Senra. Todos los derechos y los reveses reservados.

28/1/26

Late shift: héroes y mártires



a película Late shift (Petra Biondina Volpe, 2025) se llama Heldin en la versión alemana original, que quiere decir "Heroína". La versión española es Turno de guardia y me parece desacertada porque el turno que cubre la enfermera protagonista, Leonie Benesch en el papel de Floria Lind, no es el de la mañana o el de la noche sino un turno que parece cubrir la última parte del día. Es el turno de tarde. Cuando ella acaba su jornada los pacientes que ha atendido aún no duermen, pero ya acabó la actividad sanitaria vamos a decir normal. Por eso me parece más acertado lo de último turno, aunque en nuestro idioma adquiera connotaciones añadidas.

Cada turno de enfermería tiene su qué y el de Floria le supone atender a personas que están en el postoperatorio y en el preoperatorio en una planta donde parece que los pacientes son del área de Gastroenterología o Cirugía Digestiva, también llamada Cirugía General en algunos casos. Es un tipo de pacientes que puede exigir cuidados ante una hemorragia, fiebre, dolor, desasosiego, medicación, etc. La directora muestra muy bien  la diversidad de tareas y el hecho de que se presentan simultáneamente, cosa que ya encaja con el cliché femenino de poder estar en varias cosas a la vez. Sin embargo hasta el cinéfilo más bien predispuesto va a poder creer que ese espíritu de entrega, eficiencia y amabilidad se podría mantener por mucho tiempo. Es trepidante y agotador. Tal vez el turno de mañana lo acribillan las pruebas y los teléfonos, pero el turno de tarde y el de noche están más desasistidos.

He vivido la vida clínica del personal de enfermería como paciente, como familiar y como compañera en mis 40 años de trabajo en la Sanidad pública, cosa que me permite señalar dos cuestiones de entrada: una, que la enfermería en España se distribuye en la realidad o a la práctica entre los enfermeros, los TCAI y los celadores. Deliberadamente me refiero al personal de enfermería o a los enfermeros, pero no utilizo ─como se decidió en el Colegio oficial de Barcelona─ ni el plural desdoblado "enfermeras y enfermeros" ni lo que se preconizó anteriormente, el "Col·legi Oficial d'Infermeres de Barcelona". Y dos, que, también en España por lo menos, el trabajo se ha visto en los últimos años muy sobrecargado por la necesidad de rentabilizar los ingresos (acortarlos) y por la obligación de consignar todos los actos clínicos en el sistema de información.

En los servicios bien supervisados y con un equipo bien rodado, las funciones de enfermeros, TCAI y ─celadores se engranan maravillosamente e incluso los turnos, que se intenta que rueden por más de una unidad, se pueden llegar a reforzar ante un episodio que lo requiere. En un momento dado pueden o deben acudir enfermeros de una unidad a otra sin abandonar la suya. Es una organización compleja que no tiene que tropezar con la de los médicos y que en muchos casos depende de sus órdenes. La complejidad de la organización y la exigencia de que sea eficiente no es ajena al hecho de que además no es una cadena de producción de teléfonos móviles (aunque sobre ésta recae un control de calidad, por supuesto). Están tratando personas que además se encuentran mal ante su enfermedad, la incerteza y el temor a que algo falle o falte.

La única vez que yo hice amago de protestar durante los ingresos de mi madre fue una vez que le quisieron administrar ácido fólico en Urgencias, que aunque era inicuo a mí me indicaba un error. Y otra vez en que estaba aislada (!) en una habitación pero compartiéndola con una enferma inmunodeprimida. No hubiera dicho nada, aunque me sabía muy mal por la señora, pero una supervisora de Enfermería me llamó la atención por cómo iba vestida. No tuve más remedio que indicarle que el letrero que había en la puerta con las indicaciones de seguridad y aislamiento no coincidía con el E.P.I. (equipo de protección individual) que colgaba del arbolito que había al lado. Por lo demás, la prueba que había determinado la infección de mi madre era un PCR, cuyo mismísimo inventor ha puesto en duda para diagnosticar de forma fiable o incuestionable la gripe A o el covid. De eso no protesté, porque no iba a poner en duda el saber médico. La enfermera que atendía a mi madre ─repito: aislada─ llevaba una larga melena hasta la cintura, suelta.

En fin, aparte de esos percances sin demasiada importancia, mi satisfacción con la atención recibida durante 5 ingresos en un año supera el 10. Sin embargo, soy consciente del desgaste que sufre el personal de planta, por no decir que tienen que "lidiar" con personas que a veces son difíciles. Por la barrera lingüística, por la barrera cultural, por la senilidad, por lo que sea. Como se advierte al final del largometraje, las bajas de salud mental en la profesión son con toda claridad un indicador de la precariedad laboral.

Cuando yo empecé a trabajar en la Sanidad, una operación por piedras en la vesícula biliar implicaba unos 7 días de ingreso, hasta que el drenaje salía limpio. Las técnicas no invasivas han supuesto una mejora en los tiempos de hospitalización pero también ha acelerado la actividad a los ingresos y a las altas, con todo lo que ello supone. Yo llegué a estar en un breve temporada (porque no lo aguanté) en una unidad donde coincidían 14 equipos de médicos y se suponía que teníamos que coordinarnos para que desde Admisiones nos llegaran nuevos ingresos. Cuanta más gente interviene en un proceso a veces es más enredado. 

Años después, y es a lo que iba, en otro destino un día vi a un enfermero irse llorando a media mañana. Tuvieron que reclamar a toda velocidad una substitución, cosa que no es fácil. Era nuevo. Los primeros días, como a todos los enfermeros nuevos, se le confió una consulta muy ligera y repetitiva. Pero en cuanto se le metió en el engranaje y con una médica que era más mala que pegar a un padre, implosionó. Colapsó. Esto mismo pasó por lo menos con otras dos enfermeras, y todos ellos a mis ojos parecían muy capaces. Pero dada mi experiencia en estas situaciones pude interpretar que sus propias compañeras le estaban saboteando. De alguna manera ellas incidían si no en la selección del personal nuevo, sí en que no se sintiera bien y sin embargo las dejara a ellas como a unas campeonas. 

El trauma ante el acoso laboral (vamos a llamarlo por su nombre) es duradero, deja una herida grande e inconsolable. Por eso uno de los puntos que cuida Heldin es al apoyo entre compañeros: la doctora que tranquiliza a Floria cuando tiene un error de medicación frente a la doctora que la desafía y no se puede esperar a irse y así poder hablar con un paciente angustiado; la compañera de enfermería que se ríe cuando sabe que le ha tirado por la ventana un reloj a un paciente exigente (·demandante" en el argot enfermero), la estudiante en prácticas que es un eslabón tan frágil en una cadena tan tensa.

La preocupación de Floria por sus enfermos tiene su correspondencia en el interés que muestra una de ellos por su situación después del anterior ingreso. Y esto demuestra cómo las relaciones humanas son eso, un tejido de correspondencias y reconocimientos.

Naturalmente, incluso una persona como yo de quien no dependía más que indirectamente el estado de salud de nuestros usuarios, la mayor parte del tiempo tiene que encontrar su equilibrio en una actitud profesional pero empática, o empática pero profesional. De hecho la profesionalidad ayuda mucho a aguantar a las personas difíciles o maleducadas.

Ahora que ya me he retirado y mi vida laboral se acabó, me queda ser una usuaria. Entiendo un poco de qué va toda la trama y los circuitos de la atención sanitaria porque estuve trabajando en las cuatro esquinitas de la docencia, la investigación, la gestión y  la asistencia, pero mis conocimientos a veces me arrojan a la ignorancia y son irrelevantes. Al final la comprensión pasa por un camino de compasión.

Según la película en el año 2040 habrá en Suiza un déficit de 40.000 enfermeros. La fecha coincide de lleno además con la tercera edad de los boomers...

Heldin (Petra Biondina Volpe, 2025)

(c)Marta Domínguez Senra. Todos los derechos reservados.