23/4/09

Post 264: Cómo se pasa la vida


ndo estos días un poco atareada disponiendo las cosas que hay que tener en cuenta cuando se tiene en ciernes una intervención quirúrgica. El hipertiroidismo y la enfermedad de Graves Basedow que se me declaró hace más de un año, pero que no fueron diagnosticados hasta finales de julio de 2008, fueron tratados con notable éxito, pero finalmente hay que extirpar la tiroides. La citología y la ecografía ilustran 3 nódulos, dos de los cuales están "vascularizados de forma anárquica" (claro, no iban a estarlo monárquicamente), abultados y con una muestra que parece una pizza capricciosa, con material variado. El protocolo médico indica una tiroidectomía total y me imagino que la semana que viene o pronto en cualquier caso seré intervenida. Mañana conoceré, como diríamos en lenguaje taurino, al "primer espada". El ingreso en mi propio hospital será breve y espero que dos veces bueno, como dijera Gracián. Cuando me den el alta me iré derechita a mi oficina y tan contenta.

Por si las moscas, he tomado una serie de disposiciones. El testamento ya lo tengo hecho hace años y no contiene más particularidades que las que se refieren a mis exiguas pertenencias, todas ellas el fruto de mi trabajo desde los 17 años. Deseo dejar lista mi declaración de la renta para el año 2008, y la casa como los chorros del oro. Ayer tuve el inconveniente de que se me desbarató el sifón del WC, pero esta misma tarde "Hijos de Antonio Español, S.L." me lo ha dejado como nuevo. Ya me imaginé yo, por el efecto mariposa, cuando llegué a casa y vi que estaban abriendo una zanja en la calle para retocar las cañerías, que eso iba a perturbar mi instalación. Hacía días que notaba un sonido diferente en el desagüe, y la entrada de aire tres pisos más abajo tenía necesariamente que afectar mi cisterna. Como así fue. El aire y el agua a la vez son impredecibles.

Además de todo ese trabajo he tenido que dar salida al habitual, a mis deberes para con este blog, al enfado de mi anciana madre (que se ha tomado la operación como una ofensa a su genealogía y está con un cabreo franco y un fastidio supino), y a un largo etcétera de quisicosas que no son al caso.

También he tomado mis disposiciones para dejar por aquí algo programado, cuando aún no tengo como aquel que dice hecha la placa de tórax preceptiva del preoperatorio. Espero que seré dispensada porque la última vez que me hicieron una ecografía, como estaba presente una radióloga en formación, me examinaron desde la tiroides (que está a la altura de la garganta, más o menos) hasta la uretra. "Mira qué uretra más rugosa, típica de una mujer". Y yo, que estaba en ayunas, y que realmente a lo que iba era a descartar algo que estaba mucho más arriba en relación con un enzima hepático alterado, soporté toda la lección anatómica con paciencia y resignación. Verdaderamente la radióloga experta es un encanto de médica, un pedazo de profesional y estuvimos incluso haciendo unas bromas didácticas con mi arteria ilíaca y algún microhemangioma anodino -por no decir "vulgar"- que vio en mi hígado. Lo que ocurre es que el ayuno para mí es un tormento sin paliativos.

Dicho esto, podemos pasar a la foto de la imagen. Creo que es un peón. Servidora no sabe casi nada del ajedrez porque nunca he encontrado a nadie con quien pudiera estar en la proporción de inteligencia óptima para aprender. El único candidato ideal se llama Pepe y está desde el 24 de julio de 2008 fuera de juego, en una clínica de bien morir, impedido, por un derrame cerebral. Como además soy persona obsesiva y que alcanzo unos niveles de concentración paroxísticos, prefiero no entrar en el ajedrez, porque seguramente no saldría. Pero a lo que íbamos era al peón. Y es que mi situación actual como paciente o habría que decir "como enferma" (puesto que mi paciencia es cero), es exactamente como la de un peón. El post anterior, aparte de despejar una serie de temas mundanos e intentar corresponder el valor de Hernán J. González y su modelo moral, pretendía también situar a quien por aquí viene más o menos asiduamente en mi posición emocional como mortal. En resumen lo que digo es que si me muero no pasa nada. Lo sentiría por las personas que me quieren y sobre todo por las que creen que es mejor que me precedan en ese camino que todos, indefectiblemente, hemos de tomar. Por lo demás, no tiene el menor interés. Soy una persona más y puedo ser una persona menos. Es que lo mismo es decir "the game is over" que "alea jacta est", vaya.

Así es que probablemente, en los próximos días igual tendré que dejar de atender el blog, no tanto en lo que respecta a la publicación de entradas (puesto que dejaré alguna programada) como en lo que respecta a los comentarios que queráis dejar. Por lo tanto espero que todo siga como siempre y como si nada, que es como debe ser.

Como a los nueve años fui atropellada y volé 12 metros hasta dar contra un bordillo, y el 1992 atravesé una puerta de vidrio, dos años antes había pasado con un Peugeot 405 entre dos camiones, superé ya dos operaciones con anestesia general, y nunca he tenido miedo, no hay que preocuparse de nada. A lo único que creo que tengo miedo es a los "ambulancieros", puesto que he observado que con altísima frecuencia se les caen los accidentados de las camillas, cosa que es el colmo de Murphy. Pero aparte de eso, que no será mi caso, y de que los desayunos del Hospital son vomitivos, estoy segura de que todo irá razonablemente bien.



Hostiles o gentiles

 A Cristina Mendes Ribeiro, de Estado Sentido



engo de leer
Un ratito con los hostiles en el blog de Hernán J. González, el cual ilustra muy bien la sensación que tenemos algunos católicos practicantes ante la hostilidad creciente que nos rodea. También se refiere a la lengua de la misa, dado que el blog es argentino y ya sabemos que el español es la segunda lengua más hablada del mundo, ya que la hablan vernacularmente o no unos 450 millones o 500 millones de personas humanas, pero con una gran variedad lexicográfica y también de algunas formas pronominales y verbales, de entonación, de fonética y hasta de la gestualidad asociada al lenguaje hablado.

Servidora sostiene que la palabra con la que hay que referirse al segundo idioma más hablado del mundo debe ser “español” por paralelismo con el “inglés” y el “francés” o el “chino” y el “italiano”, pero sin que ello adquiera ni gota de connotación imperialista ni nada que se le parezca. Por otra parte, en la Facultad de Filología Hispánica de la Universidad de Barcelona, se nos enseñaba que la palabra “castellano” hay que reservarla para el substrato del cual proviene el español oficial contemporáneo, para la variedad dialectal del español que se habla en Castilla y para el gentilicio. En mi pueblo les llaman gharabansos o garbanzos castellanos a las judías secas, pero ese es otro cantar.

Servidora, digo, siempre aclara que es incapaz de hablar castellano porque me alejo bastante de los rasgos propios del castellano que se habla en Valladolid, en Salamanca, en Palencia o hasta en León, variantes todas ellas bellísimas y en las que intento hacer de vez en cuando alguna inmersión para volver al llamado genio de la lengua. Y es que una ha pasado por el gallego, por el catalán, por el inglés, por el francés, y por el portugués pero a costa de descolocar mis fundamentos en la lengua que elegí como propia. Abandoné el estudio del gallego porque no solo me removía mis bases de español, es que me removía hasta la ortografía del catalán. Son lenguas demasiado parecidas entre sí para mi pobre cabeza.

Estuve cosa de 4 años para decidir cual sería la lengua en la que yo iba a escribir la mayor parte de lo que escribo: si el catalán, el gallego o el español. Intervenían muchos factores, demasiados para querer aquí exponerlos todos. Lo que es definitivo es que mi competencia lingüística mejor o mayor es la del español y que el hecho de ser una lengua no minoritaria, me proporciona dos ventajas:

1) Una comunicación con un espectro territorial más amplio, con más gente de otros paises y otras culturas y otros saberes.

2) Una presión normativista menor, ya que la presión normativista y terminoloca (que no terminóloga) que padecen las lenguas minoritarias es inviable para una hablante de mi naturaleza. Mi natural es independiente, recreativo y saussuriano chomkysta-tusonianista (por Noam Chomsky y por Jesús Tusón).

Una de las cosas que más ilusión me hacía cuando practicaba taichi en grupo es la de que la tabla que yo conocía se practicaba idéntica en varios países de todo el continente americano, del europeo y de Australia incluso, sin descontar el país de origen de Moy Lin-shin, el monje taoísta que la llevó a Toronto. El hecho de poder practicar una tabla de taichi sin problemas de idioma, es una experiencia bonísima. Es una sensación que conocen los músicos cuando se reúnen y pueden tocar el segundo movimiento del concierto para violoncello de Dvorak sin mediar palabra. La leche, che.

Por eso, cuando Hernán J. González comenta los voseos en la liturgia, alternados con un “ruega por nosotros” del todo exótico en una parroquia argentina, yo me acuerdo de un cura que teníamos en la nuestra que –como había estado mucho tiempo en México y hasta en California- decía: “la paz esté con ustedes” (cuando lo natural sería oír “la paz esté con vosotros”). Este cura hacía unas homilías muy adornadas, sin llegar a las famosas prédicas y panegíricos del culterano Hortensio Félix Paravicino. Nuestra parroquia, que es de lo más tranquilo y en cuyo confesionario no se ha murmurado ningún pecado que merezca ser subrayado, se vio durante algunos días perturbada por las homilías de este sacerdote, que había sido incluso exorcista y por lo tanto se salía del perfil medio de nuestro párroco y sus suplentes.

El sábado hubo una misa jubilar por San Pablo –estamos en pleno año paulino- en la iglesia homónima del hospital homónimo (Hospital de la Santa Creu i Sant Pau), el cual es muy bonito y no en vano ha sido merecedor de pertenecer al patrimonio cultural de la UNESCO [enlace roto] como monumento del Modernismo. La misa fue prácticamente toda ella en catalán, excepto por algún canto en español y un 20% de la homilía de uno de los curas que la oficiaron. Al final se cantó el antiguo “Regina caeli”, el cual es en latín. Fui plenamente consciente de que hay 2 cosas que presentan para mí una enorme dificultad si no las hago en español:

1) Participar en una misa.

2) Realizar operaciones aritméticas o tomar nota de un número de teléfono.


Yo no puedo seguir bien una misa en catalán o en francés. Pierdo pie, me descoloco. Y tampoco puedo multiplicar 4 por 3 en catalán o en inglés pero sí puedo hacer operaciones matemáticas de mayor complejidad si hago el cálculo en la lengua que tengo “instalada”. Esta sensación de perder pie y descolocarse es desagradable y algo irritante. Por lo tanto puedo comprender creo que perfectamente que un catalanoparlante se sienta incómodo en una misa en español (dejando de lado las motivaciones políticas, los años de represión, etc.). Y también puedo entender que el Papa y toda la curia sigan la liturgia en latín, que es la lengua oficial –por anacrónico que resulte- del Estado Vaticano que, por definición, pretende ser universal.

Además de entender que la liturgia vaticana sea en latín, debo admitir que es algo que me chifla, porque si hay algo que me gusta en este mundo –además de los percebes, la tortilla de patata, los árboles, el cielo y cuatro cosas más- es el latín. Yo oigo un Virgilio o un Horacio o un Ovidio bien pronunciados y me pongo como aquellas fans que tenían los Beatles o los Rolling Stones, que acababan desmayadas o entre espumarajos de gustirrinín.

Lo que ocurre es que el latín, entre que fue lengua del Imperio Romano y que lo es de la Iglesia, tiene una mala prensa terrible. Se considera fascista y recibe apelativos que parecen extraños al ámbito de lo que es una lengua. ¿Cómo puede haber una lengua “fascista”? Se dirá que el italiano es más atractivo que el alemán, que con el francés es imposible ser desagradable, pero todo tiene un límite. Vale ya de estereotipos, jolín.

Hablando de hostilidades, que es lo que era el tema central del post de Hernán, se refiere él al desprecio que reciben los creyentes y practicantes católicos durante las manifestaciones populares de algunas tradiciones como las procesionales. No sé si sabe Hernán que la mayor parte de los hostiles incluso desconocen que las procesiones la mayor parte de las veces por no decir todas están organizadas por cofradías que nada tienen que ver con la liturgia y con la Iglesia como institución. Son manifestaciones populares de la fe.

Otra forma de hostilidad a la que Hernán no dedica un espacio pero que yo tengo presente es la hostilidad que se mete dentro de las iglesias, de los templos católicos. A veces entra en mi parroquia un grupillo de gamberretes envalentonados que desparraman los libros de los cánticos, o que vituperan a la Virgen o simplemente blasfeman cagándose en Dios o cosas por el estilo. Son pruebas iniciáticas propias de la adolescencia que se soportan con resignación y una cierta inquietud. Otra forma de martirio que padece el católico practicante es la de las miradas de desdén, odio y asco que percibe desde la fila de un grupo que están ahí, en la misa, con el único objeto de celebrar un aniversario por un difunto. Van por compromiso con la familia, pero para ir así, sería mejor que no fueran. Indefectiblemente siempre ocurre lo mismo: no participan en la misa porque ignoran (en los dos sentidos de la palabra ignorar) la liturgia, miran a los creyentes con hostilidad, desprecio y repugnancia y aprietan las quijadas como si en realidad lo que les pidiera el cuerpo fuera cortar cabezas. También ignoran, a pesar de que algunos de ellos hicieron la Primera y Última Comunión, que lo que allí ocurre es la transubstanciación de Jesús ni más ni menos. Y si no lo creen, se les pide que lo respeten y que se vayan a reír de su madre.

Curiosamente los mismos que consideran que el latín es “fascista” y los católicos también, sólo consideran que el budismo y el taoísmo y el hinduísmo son en el mejor de los casos una pamplina, una estupidez o una chorrada para débiles mentales y actores que van de guay. Hay por ahí una barbaridad de gente que es incapaz de percibir que las procesiones son un fenómeno cultural previo al franquismo e incluso al cristianismo, y que sobrevivirán la recesión económica, el zapaterismo y la OCDE y el Producto Interior Bruto. Esta barbaridad de gente –son cientos, millares- realmente cree (¡“cree”!) que una procesión es un vestigio del franquismo y sin embargo el fútbol, que es una de las otras y escasas manifestaciones masivas que habían en tiempos de la dictadura y la dictablanda, no lo ven franquista.

Me ha gustado mucho el título del post de Hernán, Un ratito con los hostiles, porque parece remitir a los "gentiles" y tiene su gracia. Muy lindo y bien templado post, Hernán, bien templado como la espada del arcángel Miguel y la que yo hoy levanto porque no me ha quedado más remedio.

Mosaico cenital de la Sala hipóstila (Parc Güell, Barcelona), de Josep Maria Jujol
Fotografía de Marta Domínguez Senra

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7/4/09

Estamos en el aire

 Idir ("A vava inouva") en Youtube








ue así, en los estíos de mi primera infancia, entre bordadoras, cantantes, odaliscas jóvenes o viejas de aquella ciudad encerrada en sí misma, donde sólo el laúd podía lamentarse en voz alta, recibí, como un pequeño alimento, aquel vacilante fulgor que había atravesado cuatro siglos y había perpetuado la luz de la Al-Andalus de las mujeres”
Assia Djebar, Fugitiva y sin saberlo.

En marzo de 2000 fui a un cursillo en la Facultad de Filología, durante cuatro tardes creo. Incidentalmente puede por lo tanto oír el programa de Ramón Trecet de tres a cuatro de la tarde en Radio 3. A las primeras notas de la emisión distinguí “A vava inouva” y corrí a grabarla. Era una versión new age de Idir con Karen Matheson [enlace roto], la cantante escocesa, y no con la acompañante de la versión que yo había conocido, unos treinta años atrás. La canción de Idir la había traído de Orán, junto con un montón de discos sencillos de vinilo de 45 r.p.m., la abuela de mis amigos Liliam y Jaume, hermanos que se llevaban un año. Música pre-raï. Jaume había logrado trasladar los primeros compases en su guitarra. Liliam y yo la cantábamos más o menos. Estábamos fascinados por la canción. Tiene una cierta melancolía y después de haber amado tanto “A vava inouva” una no sabe si los bereberes influyeron en la nouvelle chanson o si fue la nouvelle chanson la que influyó en los bereberes. Estoy más decantada hacia la primera hipótesis. Prefiero pensar en confluencias que en influencias. Yo me había enamorado de Liliam y luego de Jaume (¿o fue al revés, primero de Jaume y luego de Liliam?). Lo que sí recuerdo bien es que todos nos enamoramos de la canción. Creo que la abuela de Jaume y de Liliam se llama o se llamaba Carme. Parecía argelina pero era mallorquina.

En su día grabé la canción con una grabadora de aquellas que lo grababan todo: el rugido de un coche en la calle, la aguja, la música, los sonidos de la casa en el Paseo Palma de Mallorca (ahora Passeig Ciutat de Mallorca). Sin embargo, por aquel entonces sólo tenía una cinta magnetoscópica y con los años acabé sacrificándola para grabar otras canciones. Al final la cajita se descompuso. Hasta marzo de 2000 no la volví a oír, digo. Fue muy emocionante. Y el caso es que al día siguiente, cuando me dirigía (después de escuchar el programa de Ramón Trecet), también casualmente me fui a tropezar con Jaume. Yo me iba sonando la nariz e iba apurada de tiempo. Creo que él no me vio. Yo no hice nada porque me viese. Digamos que no me sentía ni fina ni segura. ¡Qué tonta! ¡Qué casualidad!

Busqué el disco de Idir, un disco compacto que empieza con “A vava inouva” intacta, tal y como yo la recordaba. Que después de 30 años diese a la vez con “A vava inouva” y con Jaume, adquirió un sentido. Otra cosa es que yo quiera o lo sepa interpretar. No sabemos interpretar los sueños, ¿cómo vamos a poder interpretar las cosas maravillosas que nos pasan a veces?

Yo estuve muy cerca de estudiar Semíticas al creer que lo que me gustaba era el árabe, y lo que en realidad me gustaba era esa canción, que además no es en árabe. Tuvo que pasar mucho tiempo para que yo fuera capaz de darme cuenta del error descomunal en el que estaba. Dicen los wind-surfistas que van por el mundo en busca de olas, y de la ola aquella que les parte la espalda y los mata (la verdad). Pues yo voy de error en error y/o de canción en canción. Fue un milagro para mí recobrar la canción de Mohammed Benhammadouche “Idir” intacta, en toda su pureza original, tal y como embriagó a los argelinos, brillando como sólo puede brillar algo precioso, guiándome entre las interpretaciones que nos obstinamos en hacer de la realidad, de las peliculitas, de los peliculones y las estantiguas.

Encontré la letra de “A vava inouva” en la red de redes, transcrita en bereber a nuestro alfabeto, y hasta encontré una traducción al francés (*):

“Tsxilek Illiyin tabburt
A vava inouva
Tchcen Tchcen tizzebgatin im A yelli Ghriba
Uggadegh lwahch Ighaba
A vava inouva
Uggadegh ula d nekkini A yelli Ghriba
Amghar yetssel bernus
Di tesga la yezzizzin
Mmis yetshabbir i Iqut
Usan degw qerrus tezzin
Tislit deffir uzzetta
Tessalay tijebeddin
Arrac zzind I temghart
As n tesgher tiqdimin
Adfel yessud tibbura
Tuggi cements ihlulen
Tajmaat tetsargu tafsut
Aggur d yitran hegben
Ma d aqegmur n tasaft
Idegger akkin idenyen
Mmlalend akw at wexxam
It maccahuts ad sslen”

Pido perdón si hay algún error de transcripción. Una de las pocas veces que me he sentido ofendida en mis más internos fueros fue cuando medio leí un librito de Josep Maria Espinàs, en el que pretendía en un paseíto a pie por la Costa de la Muerte (A peu per la Costa de la Mort) transcribir el dialecto de los lugareños. La negligencia o displicencia con la que lo hizo aún me llena de indignación y prometo que no le disculparé nunca jamás. Sé que a él mi santa indignación le debe resbalar como el agua fina que mulle el humus de aquellas tierras, y sé que el libro fue muy bien recibido allí, de la misma manera que también allí fue muy bien recibido y alimentado Camilo José Cela. Pero ese es otro tema.

Ya me había yo olido que vava tenía que ser “padre”, porque casi es un universal del lenguaje, aunque no sé qué diría Comrie y toda la legión de lingüistas tipólogos. El texto de la canción tiene que ver pues con el terruño, la escena familiar ante el hogar con leña de encina, marmita incluida, y con una anciana que enseña a los niños las viejas historias de Kabilia. Es sobre la pervivencia, vaya. La música de los grupos e los países bárbaros tiene que ver más con la destrucción y la droga. Lo que no acabo de saber es si todo queda integrado en la misma escena (la escena de la miedosa Ghriba y la escena del hogar) o si, como en nuestro cancionero tradicional, hay retazos que además quedan perfectamente contrastados por su melodía. La alternancia es bonita y vivaz.

Dejo “descansar” la canción. No hay nada fijo. Ahí está. Todo lo más la Coca-cola, pero parece que han variado la fórmula, que antes era más excitante de lo que lo es ahora. También está el Colgate normal y el desodorante Bili de tubo o los lápices Johann Sindel. Todo lo van cambiando. Igual que lo del río que no pasa dos veces (¿Heráclito?), no podemos volver a comprar nada. No podemos volver a leer nada. Cuando volvemos a leer un texto, aunque sea idéntico, ya forma parte de nuestra forma de ver las cosas, ya nos lo hemos incorporado. No es lo mismo. Por eso, cuando me encuentro con una canción intacta, vuelvo a arder en ella.

(*) El enlace [enlace roto] ya no me devuelve el texto en francés, por eso lo transcribo tal y como lo copié en su día: “Je t’en supplie ouvre-moi la porte, mon petit papa, mon petit papa. Fais tinter tes bracelets, ô ma fille Ghriba. J’ai peur du monstre de la forêt, mon petit papa, mon petit papa. J’en ai peur moi aussi, ô ma petite Ghriba. Le grand-père emmitouflé dans son burnous se réchauffe près du foyer. Son fils s’inquiète pour la nourriture. Les jours tournicotent dans sa tête. La bru derrière le métier à tisser. Met en place les tendeurs métalliques. Les enfants entourent la grand-mère qui leur apprend les vieilles histoires. La neige tapisse les portes d’entrée. La marmite se remplit des mets d’hiver. Le groupe (des hommes) rêve des printemps. La lune et les étoiles sont voilées. Quant à la bûche de chêne verte ll prend la place des claies de séchage (près du foyer) et tous les membres de la famille se rassemblent pour écouter le conte merveilleux”.

En español: “Te suplico, ábreme la puerta, padre”. “Haz tintinear tus brazaletes, hija mía Ghriba”. “Tengo miedo del monstruo del bosque, padre”. “Yo también, mi pequeña Ghriba”. El abuelo se arrebuja en su albornoz y se calienta cerca del hogar. Su hijo se preocupa por la comida. Los días giran en su cabeza. La nuera teje. Coloca los tensores metálicos. Los niños rodean a la abuela, que les enseña viejas historias. La nieve tapiza las puertas. La marmita se llena con los alimentos de invierno. El grupo de hombres sueña la primavera. La luna y las estrellas están veladas. El tronco de encina verde reemplaza las zarzas secas en el fuego y todos los miembros de la familia se reúnen para escuchar el cuento maravilloso."

Josef Sudek


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6/4/09

Arriba y abajo


stos días, entre otras cosas, me propongo volver a ver El padrino (Francis Ford Coppola, 1972) en Youtube, donde la he encontrado distribuida o segmentada en 18 partes. Cuando se estrenó en Barcelona me llevó precisamente mi madrina a verla, pero creo que no entendí gran cosa porque era una niña. He empezado a ver el primer vídeo y verdaderamente apenas recordaba la atmósfera del despacho de Don Corleone recibiendo a su particular “familia”, familia en un sentido muy extenso, como el del círculo sobre el cual ejercen su protección y su dominación los patriarcas gitanos. Evidentemente no me acordaba de que esas visitas que Don Corleone (Marlon Brando) va recibiendo, mientras en el jardín se desarrolla la fiesta de la boda de su hija, tienen que ver con una antigua tradición siciliana por la cual tal acontecimiento nupcial implicaba que el padre concediera todo lo que le fuera planteado por los miembros varones de la “famiglia”.

Estos atavismos aparentemente lisonjeros para las mujeres a mí me resultan, además de algo primitivos, el reflejo del mantenimiento de un orden en el que las mujeres son las primeras sometidas. O las segundas, tanto da. Hay o había en la Cataluña rural la costumbre ancestral de darle a comer a la pubilla ("heredera") la cresta de las aves de corral cuando se las sacrificaba. Se decía que comer la cresta las hacía o haría más guapas, por lo tanto era un privilegio. El parecido de la cresta con el tocado masculino rural (la barretina) [enlace roto], una especie de gorro frigio de lana roja o morada, sería el regocijo para el aparato teórico freudiano del que hablábamos días pasados. La familia, en sentido amplio o en sentido estricto, es una unidad económica y de control, sea cual sea su tamaño o su organización. Por el patio de mi casa, que como el de la canción de corro, es particular cuando llueve y se moja como los demás, campan unos perrillos. Son pequeños como chichuahuas. Al principio eran 3 y ahora yo diría que hay más de 10 pero esos perros, a juzgar por lo que van esparciendo a lo largo y a lo ancho del patio, nunca han salido de ese espacio y se reproducen entre ellos incestuosamente y de mutuo acuerdo (no como “el monstruo de Amstetten”, Josef Fritzl). La presencia de esos animalitos y sus excrementos y costumbres apenas llega a mi vivienda, ya que vivo en el ático y por allí ahora hay alguna urraca, algún mirlo, dos parejas de tórtolas que se llegaron hace una semana y algún gorrión. Por la noche, en verano, se ven estorninos y algún murciélago, y aunque –como es natural- se relacionan entre ellos, todo resulta más integrado en el escenario de toldos, barandas, terrados de fondo. Alguna vez alguna gaviota intenta atacar a una paloma pero, contrariamente a lo que podría pensarse, las palomas son más listas que las gaviotas. Si acaso desde mi tranquilo retiro reparo en una familia “desestructurada” cuyo núcleo central es una madre y su hija. Sus respectivos maridos no son ni los padres de los pequeños ni de nadie y creo que el más joven ha sido substituido recientemente por otro señor. La verdad es que se parecen mucho. Nada interesante, en cualquier caso.

El año 1988 Gary Wray McDonogh publicó Las buenas familias de Barcelona. Yo ahora no sé si este estudio es el que tuvo eco en la prensa por aquel entonces o después, sobre las creo que 40 familias más influyentes de mi ciudad. De hecho, la mayor parte de las veces en Barcelona es posible explicarse muchas carreras y muchas cosas si se conoce la genealogía del personaje en ascenso o expansión. Y la relación de parentesco con otras familias. Me imagino que esto es lo mismo en Zaragoza, en Calatayud y en Kentucky. Días atrás, en la enciclopedia, nos referíamos a las lavadoras y a las peloteras que se formaban en los patios de luces cuando no las había y se tendía la ropa y chorreaba: “la vecina del ático tendió la ropa en el patio y goteó una poca de agua. No era mucha, pero la suficiente como para que la vecina del sotano saliera como un basilisco y una de las cosas que dijo fue: "Tú, que tienes un hijo en la cárcel...". Esa frase al vuelo me dolió a mí y yo creo que me llegó tan directamente como frase al vuelo en toda su magnitud porque clamaba al cielo. ¿Qué culpa tiene una madre de que el hijo esté en la cárcel? ¿Y qué culpa tiene un hijo que esté en la cárcel de que se madre moje el patio de la vecina del sotano? Ninguna.” Por la misma razón, de la misma manera que defiendo que la filiación no es garantía de la probidad de nadie ni de su solvencia profesional, el hecho de ser el hijo de alguien poderoso tampoco es óbice para permitirle desarrollar sus habilidades si las tiene. Hablando en plata: ser un fill de l’amo ("hijo del amo") no es un mérito pero tampoco debe ser un impedimento. O al revés: ser el hijo del amo no debe ser un impedimento pero tampoco debe ser un mérito. Lo curioso de los “hijos de familia bien” es cuando se dedican a otro negocio diferente al del padre o el abuelo pero, habiéndose abierto camino gracias a su posición privilegiada, la soslayan o disimulan. ¿Modestia? Con todo, hay apellidos muy evidentes en la genealogía de mi ciudad. El hecho de que el periodismo amarillista nos despiste con el viaje a África de Benedicto XVI, o con la Duquesa de Alba, una Fitzgerald, una Grande de España donde las haya, o con Penélope Cruz, que lo mismo te hace publicidad de Mango, que de L’Oréal, que de lo que haga falta, no nos debe apartar de otros nombres que no son tan famosos pero que tienen mucho peso en nuestra sociedad. Los banqueros, por ejemplo. No hay narices de meterse con los banqueros, por eso se habla tanto de la Duquesa de Alba y de Benedicto XVI. Es más fácil.

Tuve por breve tiempo de profesora en Biblioteconomía y Documentación a una biznieta de Josep Espasa, el fundador de la borgiana Enciclopedia Espasa, que por aquel entonces (en los ochenta) la constituían cosa de 120 tomos gruesísimos. Curiosamente la web de Nuria Amat, ahora dedicada exclusivamente a su labor como escritora, se refiere al bisabuelo como a “Josep Espasa Aguilera”. En otros lugares de internet viene referido como “Josep Espasa Anguera”, el cual tenía por cuñado a Salvat, el propietario y fundador de otra gran editorial. Por una autobiografía novelada o “autoficción” de Nuria Amat (La intimidad, 1997) sabemos que en su infancia la escritora vivió en en una casa enfrente de un sanatorio mental, en la Avenida Espasa (!): “La casa de infancia de la protagonista y la clínica psiquiátrica situada justo enfrente, dos espacios que se observan uno a otro a través de sus ventanas o a través de unos ojos -los de la narradora- asimilados, a través de una relación metafórica, a esa ventana: “Todo mi mundo formaba parte de ese pequeño cuadrilátero llamado mi ventana” (10) recuerda la narradora de sí misma y de la casa de su infancia al principio de la novela, ventana desde la cual “espiaba todo lo que podía ocurrir, y muchas veces ocurría, en el edificio de enfrente” (9). Ambos espacios, sin embargo, fueron ya en la infancia y seguirán siendo después en la mente de la narradora uno solo:

“Estaba convencida -escribe cuando ha dejado de ser ya una niña- de que nuestra torre era una ramificación de la clínica donde vivían los enfermos dados por imposibles” (148). No solo es ella misma quien lo reconoce; la doctora Cohen que, andando el tiempo, es la que la atiende cuando ingresa como trastornada (255) en esa misma clínica le dirá: “No es una casualidad que ahora estés aquí. Para ti nunca existió la línea que separa las dos casas” (258). La identificación plena, no obstante, entre los dos edificios no se produce hasta el final de la novela, cuando la clínica se pone en venta y la narradora, junto con su actual marido, decide comprarla convirtiéndola en su nuevo hogar; es entonces cuando la narradora se asoma a esa ventana que veía desde la casa de su infancia, la ventana de la clínica que ya no es clínica, y desde ella observa la ventana de enfrente, la ventana de la que fuera su casa de infancia habitada ahora por nuevos inquilinos: lo que ve es a una niña asomada a esa ventana y es esa niña la que recibe el nombre de Nuria” (Virginia Trueba Mira. La escritura de la intimidad. Duoda 2000; 19)

El término “autoficción” se lo debemos a Manuel Alberca y sugiere una mezcla inextricable y como espuria y un poco nausebunda entre lo literario y lo autobiográfico. Una trasposición. Verdaderamente, o realmente, la escritora catalana vivió en la Avenida Espasa. La madre padecía una enfermedad mental o una cardiopatía severa (no queda claro) y murió cuando Nuria Amat tenía 3 años o poco más. Una vez vio precipitarse una mujer desde la ventana de la clínica y la identificó como su madre. Con los años supo que era otra mujer (v. artículo en "El País" de Arcadi Espada) . La clínica Fuster que Nuria Amat veía desde su casa era casualmente del padre de Valentín Fuster, el famoso cardiólogo. El abuelo materno de Valentín Fuster Carulla, el Dr. Carulla impulsó el año 1906 el actual Hospital Clínico y de hecho fue rector de su Facultad de Medicina hasta que murió, el año 1923.

Yo no sé si mi ejemplar de Pasqual Maragall: el hombre y el político, de Esther Tusquets y Mercedes Vilanova es la versión que ya censurada por Ernest Maragall, el hermano de Pasqual Maragall y el actual Conseller de Enseñanza de la Generalitat de Cataluña. Nada lo indica. En concreto las páginas que se retiraron fueron las que hacen mención al papel del padre de los dos políticos en la Guerra Civil. No sé si en el libro también habrá sido censurado que el padrino de Pasqual Maragall fue no Don Corleone pero sí Porcioles, alcalde franquista de Barcelona. También me preguntaba, ¿si se meten con Esther Tusquets, una intelectual prestigiosa y una amiga de la familia Maragall, qué no harán con los demás, con los aficionados?

Servidora no pudo acabar de leerse la biografía no oficial de Maragall, nieto del poeta Joan Maragall, exalcalde de Barcelona (1982-1997) y expresidente de la Generalitat de Catalunya (2003-2006). Y no pude no porque mi alma no pudiera metabolizar tanta información de la red de las familias influyentes de esta ciudad, el cruce de parentescos inverosímiles. No fue eso, sino porque era fácil captar que el libro tenía que leerse también entre líneas y de alguna manera se movía campo a través entre la ingenua fascinación por el poder y la contradicción que hay entre ser guay e influyente. Uf.

Al lado de estos ensayos, es llamativo el apagón informativo que se cierne sobre algunas figuras que en un momento determinado de nuestras vidas jamás salieron de la primera plana de los diarios (Antonio Hernández Mancha, Jorge Vestringe, José Rodríguez de la Borbolla, etc.). La última señal de vida que tengo de Antonio Hernández Mancha es que montó una oficina de consulting en Bagdad el año 2003. Parece un chiste, pero es cierto. Es difícil, por no decir imposible, encontrar la pista de algunos cesados, como por ejemplo la del exconseller Antoni Comas, que dejó la Conselleria de Benestar Social del gobierno catalán el año 2002. Tal vez la encontraríamos en el Diari Oficial de la Generalitat de Catalunya (DOGC), pero una búsqueda simple no devuelve ningún resultado y además no nos proporcionaría la razón del cese. Como estamos en un país en que parece que nadie dimite, un cese adquiere muchos matices. Demasiados.

Es digno de dedicarle un pequeño comentario al hecho de que la palabra omertà ("silencio mantenido") de la Italia meridional tiene un incierto origen en la humilitas ("humildad") romana, ya que precisamente cuando yo líneas arriba estaba intentando situar el “silencio genealógico” de algunos hijos de familia bien que se dedican a otros negocios diferentes al de sus antecesores, me he decantado por la “discreción” más que por la “humildad” o la modestia, a pesar de pasárseme por la mente.

Soy consciente de haber tocado un tema difícil, agrio y tabú, antipático, pero como lo que nos tenemos entre manos es una enciclopedia general, como la Enciclopedia Espasa, no podemos saltarnos nada. Recuerdo el artículo de la Enciclopedia Espasa dedicado a la bicicleta y era glorioso, excesivo, enorme, borgiano (repito) y una tenía la sensación de que todo, absolutamente todo, estaba ahí, en la enciclopedia del bisabuelo de Josep Espasa Anguera o Aguilera:

“Todo, la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basílides, el comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito” (Jorge Luis Borges, “La biblioteca de Babel”, Ficciones)

Ante todo el aparato de familias y famiglie servidora escora hacia algo que defendió una de las sirvientas de la película "Gosford Park" (Robert Altman, 2001), Elsie (Emily Watson), que además de sirvienta es una de las amantes Sir William McCordle. La película, para quien no la haya visto, es una especie de “Arriba y abajo” ("Upstairs, downstairs"), serie setentera sobre los “felices 20” que transcurría a dos niveles, el del servicio y el de los amos. Elsie, la sirvienta un tanto descarada de "Gosford Park" le dirá a Mary Maceachran (la sirvienta escocesa de la señora Trentham, una altiva condesa muy venida a menos) algo así como “no podemos estar siempre pendientes de lo que hacen los de arriba, tenemos que tener nuestra propia vida”. Por eso, al final de la película vemos a Elsie alejarse en el coche de los americanos camino a la meca del cine. ¡Final perfecto donde los haya!

P.S.: Esta entrada es un tercer intento (y último) de lo que pretendí explicar en las entradas previas (Cherchez les femmes y de Quienes somos, de donde venimos) sobre la extracción social de los escritores. Lo he intentado.


Maggie Smith en el papel de "Condesa Constance Trentham" y Kelly MacDonald en el de su sirvienta, "Mary Maceachran" ("Gosford Park", Robert Altman, 2001)


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1/4/09

"All together now"

“The real story of the "Crocodile" dates back to 1926. René Lacoste liked to talk about how his nickname became a world famous symbol. “The American press nicknamed me “The Crocodile" after a bet that I made with the Captain of the French Davis Cup team. He had promised me a crocodile-skin suitcase if I won a match that was important for our team. The American public stuck to this nickname, which highlighted my tenacity on the tennis courts, never giving up my prey! So my friend Robert George drew me a crocodile which was embroidered on the blazer that I wore on the courts.” (René Lacoste) (*)



l origen de la marca Lacoste tiene una cierta gracia. Sobre todo para mí, ya que
los cocodrilos me resultan simpáticos. Es un animal carnívoro y eso de que coma piedras para moler lo que ha digerido es un signo inequívoco de sus procaces hábitos gastronómicos. Luego está lo del tercer párpado, un excedente que lo hace particularmente raro. Es curioso (al menos para mí), porque la membrana nictitante está también en los pollos, y esos animalitos también ingieren gravilla para facilitar su digestión en la molleja. El cocodrilo que le bordaron a René Lacoste, tan visible, luego fue minimizado. Otra variación es la de las imitaciones falsas y las imitaciones auténticas, que de las dos clases hay, puesto que a veces se ve al cocodrilo mirando hacia el lado opuesto. La distinción entre imitaciones falsas e imitaciones auténticas la leí una vez en una Sabatina intempestiva de Gregorio Morán para “La Vanguardia”, pero eso es canela fina.

El tamaño del cocodrilo, el tamaño de las cosas en general, es algo con lo que se encontró Alicia cuando estuvo en el País de las Maravillas, y con lo que me encontraba yo de niña cuando iba y venía de G-alicia. Las tijeras de mi abuela eran más pequeñas que las de casa, pero la palangana era más grande. Eso por no decir que usaban el alisador de pelo de mi tía-abuela Avelina para darle la vuelta al pescado en la sartén. Eran y son unas pinzas planas de yerro que ni pintadas. Y aquellas diferencias de tamaño las acusaba mi tierna mirada y mi desconocimiento del mundo. Para mí Zaragoza, Morón de la Frontera y Kentucky estaban en un mismo espacio difuso al que yo no alcanzaba ni con la imaginación. Encima, mi hermano, que me llevaba una ventaja de 2 años en todo, excepto en Dibujo técnico y artístico y en fregotear, me llevaba a la confusión y a la maravilla cuando me explicaba cosas como que habían pedos “zaragoza” y pedos “calatayud”. Y me ponía ejemplos onomatopéyicos. Mi hermano, además de hacer chasquidos con los dedos pulgar e índice de los pies, puede echar ventosidades a voluntad. Esa extraña habilidad también la tenía mi abuelo materno. Cuando iba “á chouba” (sardina que se pescaba a media noche), también llamada “parrocha”, le pasaba a buscar otro marinero por la casa. Desde abajo le saludaba con una ventosidad y mi abuelo le contestaba desde el primer piso de la casa con otra. Quiero hacer constar que aparte de eso, no le conozco ninguna otra excentricidad ni ordinariez por el estilo. De hecho era de los pocos del pueblo que usaba servilleta y pañuelo de bolsillo. Si mi abuela le zurcía la rodilla de un pantalón, le tenía que zurcir también la del otro lado simétricamente para que no se viera diferente. Pero aparte de eso era un hombre corriente y de muy buen trato.

El otro factor importantísimo en la niñez, además de situarse en los tamaños y en el espacio en el que vivimos, es el de nuestra relación con respecto a los demás. A nuestros “iguales”, a nuestros “superiores”, y a los demás en general como grupo. Estos días me acordaba de un campamento que tuve por Semana Santa o en verano en Vidrà, en Gerona. Yo tenía unos 11 o 12 años y fuimos cosa de 25 niñas (yo era de las mayores) además de 3 adultos. Pues, llegado un momento, allí todo el mundo estaba con gastroenteritis. Estábamos en un refugio de madera, cercano a una fuente por donde cada tarde pasaban unas vacas que llevaban a pastar. Todo el mundo fue cogiendo gastroenteritis, menos yo. Yo fui la única que estaba bien, si descontamos mi malestar porque me hinché a lavar pijamas y a hervir arroz y zanahoria. Fue mucho. Demasiado. Llegado un momento, me pregunté “¿Por qué yo no?”. Esa pregunta es la pregunta opuesta a la que se hacen algunos enfermos graves cuando se preguntan “¿Por qué yo?. Tampoco es que me sintiera como Bruce Willis en “Unbreakable” o “El protegido” (M. Night Shyamalan, 2001), pero es como para mosquearse. Luego la vida me ha puesto en situaciones diversas, pero nunca me he sentido parte de ninguna masa. Me ha gustado mucho trabajar en equipo y como equipo, cantar en un grupo, pero nunca me he sentido parte de una masa. Qué raro.



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(*) La verdadera historia del cocodrilo se remonta a 1926. A René Lacoste le gustaba explicar cómo su mote se convirtió en un símbolo mundialmente famoso. “La prensa americana me puso el alias de “El cococrilo”, después de una apuesta que le hice al capitán del equipo francés de la Copa Davis. Me había prometido un maletín de piel de cocodrilo si ganaba el partido que fue más importante para nuestro equipo. El público americano mantuvo este mote, que remarcaba mi tenacidad en las pistas de tenis, el hecho de no abandonar jamás mi presa. Así que mi amigo Robert George dibujó para mí un cocodrilo, y luego fue bordado en la chaqueta que yo vestía en las pistas. (René Lacoste)

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