Fondo azul
ertrude Stein en su Autobiografía de
Alice B. Tocklas se refiere al retrato que le pintó Picasso. Mientras Gertrude
Stein posaba, Fernande le leía las fábulas de La Fontaine. Posó durante ochenta
o noventa sesiones, que son muchas. Parece que el óleo desató una "larga
lucha" en el genio de Picasso. Y que marcó el límite, una sima, entre el
Arlequín y las señoritas de Aviñón. El lienzo hace cosa de un metro de alto. Es
un claroscuro en tonos pardos, con la figura sólidamente sentada, determinada,
pesada y firme. El fondo es un rincón con manchas bermejas, castañas, espacios
lacres y de siena tostado. Picasso lo firmó en el otoño de 1906 en París. Según
la Autobiografía, Picasso reconoció que no se le parecía pero que se le
parecería.
La naturaleza de la identidad del
retrato de Stein y la propia Stein en sí, se manifiesta aún con mayor claridad
en otra anécdota. Se produjo al cabo de unos años, cuando Picasso se enojó
momentáneamente al ver que la escritora se había cortado el pelo. En seguida,
tras comprobar que seguía intacta la inmanencia de su pintura, dijo aliviado:
"Mais, quand même, tout y est".
A mí Gertrude Stein me recuerda a la
corpulenta viuda del contramaestre del western aquel de Wellman, "Caravana
de mujeres".
Posé para un pintor el verano de 1981,
en Finisterre. Garabal tenía 74 años, yo 20. Recibí su propuesta a
través de una mujer que servía en el restaurante donde yo solía reunirme con
mis amigas después de la comida. Pilar me lo mostró a su espalda mesas allá.
Dijo que ya había pintado a muchos pescadores del pueblo. Helena me dijo que
hacía muchos años que veraneaba allí, con su familia de Santiago. Desde antes del
36. Me acerqué a la mesa de Don Manuel y accedí a posar a partir del día
siguiente, por la mañana, en un aula de la escuela del Patronato. "Por la
tarde –me dijo– pinto marinas".
Llegué puntualmente a las once a la
primera sesión. Ya se había puesto un largo delantal azul que le cubría hasta
los pies. Extendía churritos de óleo sobre la paleta. Me hizo sentar sobre una
mesa escolar, a la derecha de un ventanal que daba a un pequeño fondeadero de
ondas plateadas y de ónice blanquinoso. Me hablaba, decía, para mantenerme vivo
el gesto. No era nada difícil permanecer inmóvil. Me contaba cosas de su vida.
Fueron diez días, no más. Eran historias de la guerra, de los siete años que
pasó en un sanatorio de Castilla para vencer la tuberculosis, de su mujer también
pintora que le esperó todo aquel tiempo y con la que hubo de casarse. Notaba yo
que mucho de lo que me iba explicando lo explicaba como si ya lo hubiera
explicado más veces. Yo me complacía en reproducir a mi vez los asentimientos
con los que le reiteraba mi atención no tanto por ponerle en la pista del déjà
vu como por complicidad, para participar en una especie de cumplido a la
memoria. A mí me gusta que me expliquen aunque sea mal hasta películas que ya
he visto, que ya es decir. Lo que no se cansaba de recordar era lo azul que era
el blanco de los ojos de su esposa. Ese rasgo la había sobrevivido en una nieta
que ahora tendrá veintitrés o veinticuatro años. Don Manuel de vez en cuando de
repente dejaba de hablar y se detenía en una pincelada con la boca entreabierta
y la cabeza ladeada. Reprendía el hilo de su relato, tras un instante de
suspensión, con soltura. Su deje era apacible, compostelano aún a pesar de
haber pasado más de media vida en Madrid.
En mi quietud yo podía reparar en cosas
así, en las manchitas de sus mangas, en una grieta en el marco del ventanal, y
en el crujido de una puerta lejana. Y entonces podía darme cuenta de qué
diferente podía ser lo que él miraba de lo que yo veía. Sobre todo teniendo en
cuenta que yo no me veía a mí ni veía la cara oculta del caballete. Por
discreción y timidez no vi mi retrato hasta el último día. Por discreción o
timidez Don Manuel no me animó a hacerlo antes.
A media tarde andaba hasta la playa
para tomar un baño. En Corveiro las aguas flameaban al atardecer. En San Roque
había pleamar de azul prusia. Un par de veces, de camino, distinguí a Garabal
pintando. Su traje cruzado negro y la cabellera blanca y crespa destacaban
entre las zarzas y las matas de hinojo. "Por la tarde –decía– pinto
marinas".
La ancha vista se prestaba al escorzo
para revivir cómo había sido Finisterre en el albor del siglo. En la miranda de
una casa abandonada aún resistía el palomar podrido. El muelle y la fortaleza
le sirvieron al pintor de encuadre para rescatar del olvido escenas que se
erguían prodigiosamente en ese territorio sin ley que hay entre la imaginación
y la memoria. Casi hubiera podido volverse a avistar en la sierra, en la
blanquísima ensenada, a algunas mujeres de luto recorrerla con un cesto en la
cabeza, descalzas y al fresco de la orilla.
Cuando vi mi retrato acabado, allí
estaba todo. No sabría decirlo de otra manera. Había pasado diez mañanas detrás
del caballete, y me había dado cuenta de que lo único que había colorido era la
luz, claro, y las manchitas de pintura en el delantal de Don Manuel. Así que
fue el color del retrato lo que primero me impresionó. Y ver que ese color
estaba hecho de playa, de sierra, de hinojo, sardinas, palomas fantasmas y
mujeres marineras, y de algo que aún no sé que era pero que debía de ser yo.
Solo lo vi una vez. El fondo era azul. Como el del cielo de "Cap
d'Antibes" de Monet, un azul alegre.
La última vez que vi a Garabal me pagó
y me dijo lo prometido, que me enviaría desde Santiago una fotografía del
cuadro. Sabía yo que no alcanzaba a comprarlo y tampoco me atreví a pedir a
cambio de lo convenido, doce mil pesetas, una sanguina o un carboncillo. El
caso es que pasaron algunas semanas y el correo no llegaba. Me parecía
impensable que Garabal faltara a su palabra o que se hubiera descuidado. Y lo
que pasaba es que en realidad se había muerto. Se excusa decir que si no me
había atrevido a pedir un apunte al pintor, menos iba a decidirme a preguntar a
sus hijos por el paradero del cuadro. Los primeros días por no resultar apremiante
y después por no inoportunar.
No sé donde está mi retrato.
Seguramente fue el último retrato de Manuel López Garabal. Y lo cierto es que
su ventura lo une más a mí, la buscadora, más de lo que pudiera hacerlo el
parecido. Y hasta me gusta pensar que está comprado y que quizás alguna vez
alguien se habrá preguntado por esa mujer, por la verdadera. Y es que,
pensándolo bien, igual no es lo mejor que me podía haber pasado pero -no sabría
como decirlo- me pertenece más aún de lo que me pertenece mi sombra o mi imagen
en un espejo o todos esos espejismos en los que vemos astutamente reflejarse
nuestros deseos.
Este texto autobiográfico fue acogido
hace unos años en la página de Conciencia
sin fronteras (enlace roto). Recientemente hice unas averiguaciones sobre el paradero de
mi retrato y os las voy a participar en un próximo post, en cuanto haya
encarrilado otro misterioso caso que aún me intriga mucho más: el de unas
tumbas en la sección judía del Cementerio de San Andrés de Barcelona, muchas de
las cuales indican la primavera de 1956 en sus lápidas.
Autorretrato de Manuel López Garabal (1907-1981
El subconsciente y el consciente, el fondo azul, la
conjetura y el olvido, la mancha de
humedad y el lienzo de cara a la pared
Ya he hablado antes por ahí de mi
afición por las frases al vuelo. Hay un clásico entre ellas. Hay, digo, un
grupo de frases muy bien delimitado que me han acompañado a mí y a cualquiera
toda la vida y que he descartado siempre de mi colección porque son
invariables. No cambian. Una sería: “Te volverás a caer”. Otra: “Cuando
lleguemos a casa, verás”. Pertenecen a la fraseología de las madres de España
cuando se meten a vaticinar. Otras, como por ejemplo “Mira cómo te estás
poniendo” o “¿No pensarás salir así a la calle?” las tenemos –quien más, quien
menos- grabadas en el subconsciente, en el consciente y en el
cero-al-cociente-y-paso-la-cifra-al-siguiente.
Las madres son seres mitológicos que
han sobrevivido la edad de oro, la edad de plata, la edad de hierro y lo que
les echen. Y todo porque son los llamados “pilares biológicos”. Nos parece que
que sigan repitiendo incansablemente los mismos presagios, como un I Ching
pasado de rosca o el oráculo de las sibilas, debe de ser el secreto de su
pervivencia. Los padres, que –en el terreno exclusivamente biológico- pueden
ser perfectamente substituidos por un buen frigorífico de –80ºC, no sé yo que
tengan un fraseo equivalente. Repetirnos nos repetimos todos. Los unos a los
otros y nosotros con respecto a quienes fuimos. Y sin embargo no recuerdo yo en
mi colección de frases al vuelo ninguna que pudiera clasificarse bajo la
etiqueta “Padre”. Con mucho gusto admitiré cualquier propuesta que desdiga mi
experiencia.
Pues cuando le expliqué a mi madre que
había escrito a un hijo del pintor que me retrató hace tantos años, me dijo:
“Deja ya eso”. Y lo dijo abriendo las manos como si fuera la Pantoja o como si
estuviera diciéndome: “Mira cómo te estás poniendo”. Eso que cuando me decía de
verdad “Mira cómo te estás poniendo” ella era una cría comparado a quien yo soy
ahora.
Como diría un “yonky”, lo estoy
dejando. Con todo, antes quise cerrar el tema sin dejarlo en Fondo azul e hice unas averiguaciones
que voy a intentar resumir. Escribí en junio pasado a uno de los hijos de López
Garabal, uno que es profesor de Historia del arte (creo) en la Universidad de
Santiago de Compostela. José Manuel López atendió mi mensaje y su respuesta
incluía además un anexo. El corazón me latía con fuerza cuando fui a abrirlo.
Pero no era yo, Reproducía un cuadro de una jovencita en el muelle y era de
cuerpo entero. El mío era de medio cuerpo.
Después de cruzarnos un par de mensajes
más, J.M.L. consultó a su hermana, que es la hija con quien el pintor vivía.
Garabal murió el 9 de septiembre de 1981 a los pocos días de despedirnos. En
resumidas cuentas lo que he conseguido averiguar es que cuando Garabal murió
estaba pintando a otra joven en su finca de Gondelle. Y por lo tanto –aunque el
cuadro de Gondelle quedó inacabado- el mío no fue su último retrato. Por otro lado,
todo apunta a pensar que mi retrato lo dejó en Finisterre. Don Manuel tuvo que
marchar precipitadamente hacia su casa en las afueras de Compostela. Reproduzco
las palabras de J.M.L. pero lo hago en lenguaje indirecto por razones de
elemental discreción: Es muy posible que Garabal se lo dejara a alguien allí en
Finisterre. En tal caso la persona más probable sería Lourdes Muñoz, la
fotógrafa, persona a la que él quería mucho, porque había una gran amistad con
su familia desde los años 30, y además era su padrino de boda, por lo que no es
extraño que se lo regalara como recuerdo. Desgraciadamente Lourdes está muerta,
aunque su marido, Agustín, que tenía una zapatería en la plaza, sigue vivo. Si no lo tuviera él, la otra
posibilidad sería don Luciano, el párroco de Santa María de las Arenas y el
dueño del Patronato donde fui retratada, aunque esto parece más raro. Desde
luego, el cuadro no lo vendió y tuvo que dárselo a alguien en Finisterre. Aquél
verano fue muy extraño, porque Garabal se quedó sólo pintando allí, lo que
nunca había hecho desde que había quedado viudo en el año 1972 y luego volvió a
Santiago precipitadamente porque el marido de su hija tenía que marcharse en un
viaje a Madrid, y para que ella, con la que vivía, no se quedara sola en la finca
que poseía en las cercanías de Santiago, con sus hijos pequeños y un tío, que
aún era mayor que el pintor. Y fue el
pintor quien murió inesperadamente unos días después.
De acuerdo con las sugerencias de
J.M.L. seguí las dos pistas: la del viudo de la fotógrafa y la del párroco.
Sucesivamente. Le confié la investigación a una amiga que vive en Finisterre,
que por haber sido además muchos años corresponsal de prensa conoce el terreno
y tiene mano izquierda. Supe que el viudo de Lourdes Muñoz se había vuelto a
casar. Con otra viuda. En primera instancia supe que se conservaban intactos y
en buen orden los clichés. Pero en definitiva a la hora de la verdad se disipó
toda posibilidad real de comprobar si había alguno con la fotografía prometida.
Despejada esta pista (o no), mi amiga se dirigió a la beata o monja profesa que
me había presentado a Garabal el año 1981, Pilar. Pilar sigue al cuidado de los
negocios de Don Luciano, que tendrá sus noventa años o hasta más. De Don
Luciano sólo quiero decir que si me excomulgara –facultad que creo que ya no
posee- me haría un favor porque me iría derecha al cielo. Pilar le contó a mi
amiga lo que ya sabemos todos: que pintaba marinas, que veraneaba en Finisterre
desde antes de la Guerra Civil, que el viudo de Lourdes contrajo segundas
nupcias con una de la aldea cuyo marido se había muerto en el mar, que si
patatín que si patatán. Y que hablase con la hija de Garabal, porque seguro que
ella sabría. Así que la pista eclesiástica, por así llamarla, me devolvía al
principio, como suele ocurrir con las gestiones mal llevadas y mal traídas .
Recapitulando: Garabal no llevó el
cuadro consigo a Santiago sino que lo dejó en Finisterre. Allí pudo dejarlo en
el Patronato de Don Luciano, que es donde me había pintado, en un aula destartalada
sobre la Riveira, o pudo dárselo a la fotógrafa puesto que había dicho que me
enviaría un fotografía. En mi opinión el cuadro sigue en Finisterre. Todo lo
demás pertenece al ámbito de las conjeturas. Ése que se acaba definiendo más
por las propias suposiciones que por la realidad. El que escribe puede, si
quiere, moldearla a su gusto y abocar sus frustraciones y colmar sus carencias.
No digamos si el que escribe se deja llevar por la experiencia y saca
conclusiones de lo poquito que sabe de economía eclesiástica, de la condición
de viudo rural y en general del hermetismo asociado a estrategias paradójicas
(“Excusatio non petita, accusatio manifesta”). Y si los que escriben, el que
escribe, la que escribe, se dejan llevar por sus creencias, la cosa es mucho
peor y encima es cursi.
Y sin embargo, aunque la realidad y la
verdad son matracas de diferente naturaleza, son cualquiera de las dos
suficientemente crueles como para tener el cuadro de las narices abandonado
contra una pared húmeda entre la Soneira y Xallas, en el Finisterre gallego.
Crueles e indiferentes. ¿Qué más da? Cumplí yo con mi deber. Caso cerrado.
Gertrude Stein junto a su retrato por Picasso
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