15/9/18

Nosotros y los animales que somos

 


al vez he olvidado el nombre de algunas personas, aunque esforzándome es posible que volviera a hacer memoria, y sin embargo nunca olvidaré una tarde que pasé con un perro. El perro era de una familia de mi barrio original, pero solo lo vi una tarde y no lo volví a ver nunca más. No eran los niños y las niñas de aquella familia numerosa tan callejeros como otros lo fuimos. El perro me entregó su amistad como creo que nadie lo ha hecho, desde el primer momento. Mi parte de perro, que es mucha porque soy patológicamente leal, enseguida le devolvió mi amistad. Era un perrillo pequeño, negro con alguna mancha y sin ningún signo en especial, sin raza. En mi niñez era frecuente ver perros callejeros abandonados, que pronto se agrupaban en torno a un líder, hasta que la Perrera hacía su servicio. Creo que los cautivaban por la noche, porque nunca vimos que actuaran de día. Comían lo que encontraban, que no era mucho, y hacían una caca blanca. Los perros con amo también hacían la caca blanca y cuando la pisabas se deshacía como un polvorón seco. En el presente es mejor no pisar una caca porque están todos con dietas que nada tienen que ver. 
Miré ayer gran parte de la película Una amistad inolvidable (Luc Jacquet, 2007), del mismo director que Le marche de l'empereur. La película en francés se titula Le renard et l'enfant y a diferencia de la película sobre los pingüinos de l'Antártida del mismo director es una ficción rodada en Ain, en la Auvernia. Debo decir que no la he llegado ver hasta el final. El que lea este puede saltar al siguiente párrafo su lectura para no recibir ninguna pista sobre el final. La niña consigue domesticar a la zorra, Titou, pero cuando está dentro de su habitación salta por la ventana circular, los cristales le hieren y cae muerta. 
Al parecer hay muchas personas que están consiguiendo domesticar a los zorros, como de alguna manera nos sugiere en Le pétit prince Antoine de Saint-Éxupéry. El zorro es una animal que no falta en las fábulas antiguas y medievales, por su astucia. Los aficionados al chamanismo lo consideran un animal que reúne las cualidades del gato y del perro, pero que es más salvaje, y lo que más lo significa es su capacidad lo mismo para vivir en un bosque, en el Ártico o en un desierto. Su astucia es blanda, como la que se le asimila a las serpientes ("Sed astutos como serpientes y sencillos como palomas"). Otra condición que hay que añadir a los zorros es su hermosura. Aunque no hay un solo zorro, tal vez los más perseguidos por la peletería son los zorros polares más que los zorros rojos. Yo siempre he pensado que los zorros codiciados por los peleteros eran animales que viven en cautividad y en granjas, para que sus pieles no las dañaran los enemigos naturales de los zorros. Solo la idea de "granja de zorros" inspira desesperación. 
Creo que de vez en cuando nos podemos permitir no acabar un libro o no acabar de ver una película, puesto que tampoco nuestra vida es infinita. Podemos elegir en qué lugar dejamos la lectura o el visionado. No condeno el final que le da Luc Jacquet a Titou, puesto que es bastante verosímil aunque sea duro. También nos recuerda en La marcha del emperador que muchos pingüinos son atacados por las focas y aquellos pájaros que aparecen al final de la película cuando ya han nacido las crías. Es normal que un zorro se ponga a correr dentro de una casa extraña y que salte despavorido saltando por la ventana. Lo que nos muestra el director a continuación es a la niña llevando a la zorra ante sus cachorros, en la boca de la madriguera. Y hasta ahí llegué yo, aunque faltaban unos 15 minutos de película. Sea previsible o no, en el fondo tal vez ayer yo tenía un día impresionable o tal vez me resultó fácil imaginar y evitar el desarrollo de cómo la niña ayuda a los cachorros y los guarda de los cazadores. 
Me parece que no es accidental que la niña sea pelirroja como lo es Titou, porque en la amistad siempre se da una identidad entre los amigos. Los animales-guía dicen que nos acompañan y nos conceden parte de sus cualidad, concepto que siempre me ha interesado porque ─en la medida de mis posibilidades─ siempre he observado a los otros animales que no somos para aprender de ellos, especialmente los pájaros: el gorrión que se detiene en una rama por un momento en un fácil equilibrio, el cantor que mide con su canto el espacio que en realidad ocupa más allá de su cuerpo, la paloma que se retira a nuestro paso. 
Sin caer en algunas ideas descabelladas de los animalistas, lamento el maltrato que reciben en general todos nuestros animales, tanto los animales domesticados como los salvajes. La verdad es que mi rechazo a los insultos como "cerdo", "burro", "animal" y otros es instantáneo. En cuanto alguien dice que una persona es un "cerdo" para indicar que es sucio, me sabe pero que muy mal. Aquello que se nos presenta como una carencia, la casi total ausencia de lenguaje en los animales, para mí es una cualidad. En la película de Jacquet, el lenguaje está presente cuando la niña habla o llama, y lo que es sumamente bonito es que lo emplea como todos deberíamos emplear, lo justo y necesario.

Le renard et l'enfant (Luc Jacquet, 2007)

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10/5/18

Blanco y negro


n la primera calle Montsant (Turó de la Peira) había cuando levantaba apenas unos 70 cm del suelo una tienda de hielo donde luego hubo un taller mecánico. De cuando ya tenía yo más conocimiento recuerdo que pasó a ser de Jesús Díaz. A temprana edad ya me enviaban a por la leche, con una lechera de aluminio de litro y medio, y a por el hielo. El hielo se vendía en barras como las que lleva el hombre de la fotografía de Forcano. Los pedazos de hielo estaban en el fondo del local, en la sombra. Y un hombre los manejaba con un gancho largo de hierro y los cortaba para que los pudiéramos usar en las neveras. El bloque se iba derritiendo y entonces se compraba otro. Yo me quedaba en el umbral sorprendida por la frialdad y la blancura del hielo. Ni que fuera la Antártida. Ese recuerdo se quedó encallado en mi memoria siempre y además es del más puro blanco y negro. 

Nací bajo el signo de Cáncer pero a escasas horas de Leo y dicen que me determinó tanto por el Sol como por la Luna, que si nos ponemos a pensar nos afecta a todos, como criaturas de la naturaleza que somos. En cualquier caso admitiré que me atraen aquellos lugares y cosas en que coinciden el elemento agua y el elemento fuego: el rayo, el whisky y el hielo, pero no el agua caliente o un río de lava ni los filtros amorosos varios. Hace tiempo que no bebo whisky pero lo sigo considerando la bebida alcohólica más interesante y ─aunque no esté bien decirlo─ hay que afirmar que es buenísimo para la salud si no se toma en exceso, claro. Solía tomarlo sin hielo. El rescoldo que queda en el vaso, por mucho que se apure, al día siguiente se puede tomar confundido en cuatro dedos de agua y es como resucitar lo más volátil de la destilación. Yo le llamo "agua de whisky", que no tiene nada que ver con el whisky aguado. 

Con el jamón me he llevado muchos desengaños y por eso soy más de chorizo. De hecho creo que será una buena idea hacer un recorrido hispánico haciendo una ruta del chorizo, hecha la salvedad de que tendría que hacerse con mucho tiempo porque no creo que haya cuerpo que aguante una dieta tan choricera. Tal vez solo si se hiciera en dosis homeopáticas o de degustación. El salchichón con pimienta en su interior o con esa capa que lo recuerda a una herramienta de bricolador no me resulta atractivo ni a la vista ni al gusto, aunque sí al olfato. El chorizo es atractivo al olfato y al gusto. El pimentón es ideal y si se pasa por la sartén un pedacito extrae del aceite un aroma y unos matices verdaderamente espléndidos.

Una vez que volví de unas vacaciones en el Estrella de Galicia en la litera superior pasé toda la noche con mi cabeza cerca de un gran paquete de chorizos y a la mañana siguiente exigí que por lo menos me dieran medio chorizo. Me dieron uno. No podía ser menos.

Eugeni Forcano, Barcelona (años 60)

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15/1/18

La vuelta al mundo en 72 días

Bajo la luz de la lámpara, 
el dedo sobre el atlas entretenía al muchacho en ilusorios 
viajes 
y un turbador perfume de aventuras 
salpicaba de sangre el mar antiguos de los corsarios. 
Los galeones, como flotantes cofres de tesoros, 
eran abordados por las naos piratas 
y el yatagán, las dagas, los alfanjes se hundían en los cuerpos cobrizos 
y las manos violentas 
arrancaban la oreja donde el zafiro lucía como Vega en la noche. 

Pablo García Baena, Bajo la luz de la lámpara






e recuerda este poema del recién finado Baena a otro de Lezama Lima, no menos barroco, titulado Una fragata, con las velas desplegadas, gira golpeada por la tempestad, hasta insertarse en un círculo transparente, azul inalterable, en el lento cuadriculado de un prismático (Fragmentos a su imán, 1977) (*). 
El mundo al que nos asomábamos en los libros cuando éramos pequeños mi hermano y yo, era tan atractivo, fascinante y prodigioso, que incluso un álbum de cromos como el que hoy reproduzco, estaba cargado de contenido y estímulos. Ya no digamos las enciclopedias. Me sentí en algún momento muchas veces como dijo Sartre que se sintió ante la Enciclopedia Larousse (**). 
Esta semana pasada escuché una entrevista en la radio a uno de los maestros o educadores que están involucrados en la renovación pedagógica. Supongo que tenía algo o mucho que ver con Escola Nova 21 o Escolanova21 y todo un movimiento que preconiza un sistema educativo o formativo que apenas tiene nada que ver con lo que conocemos. Reconozco que soy anticuada y que como yo misma he padecido el entusiasmo de la renovación pedagógica de los setenta, mi escepticismo es bastante acusado respecto a cualquier sistema cuyo fundamento sea triturar las viejas formas. No hay nada tan viejo como la pretensión de cambiarlo todo. Por otra parte me despierta una gran antipatía el entusiasmo con el que se envuelven estas ocurrencias, llenas de la charlatanería del marketing, del coaching y esas cosas. Por otra parte, en todos los reportajes que hay en los archivos de las cadenas televisivas veo que las escuelas que han incorporado la renovación pedagógica son escuelas en las que los niños son blancos, de clase media y demás. Me inspira la mayor pereza tener que referirme a toda la estética que ostentan unas ideas que tampoco es que sean nuevas bien mirado. 
Uno de los ejemplos a que se refería el entrevistado era el de trabajar en clase —donde no hace falta decir que los roles y los espacios también están totalmente renovados— en proyectos como el de organizar la vuelta al mundo en 80 días. Yo diría que aún hay mucha gente que sabe que esa idea proviene de una novela de Jules Verne, La vuelta al mundo en 80 días (1872). Naturalmente los recursos de que disponemos ahora para acceder a los horarios de los transportes no tienen nada que ver con los que tenía Verne. Siguiendo con el ejemplo, que se consumiría en un par de clases o todo lo más en una semana, nos quedarían las 20.000 leguas del viaje submarino y el Viaje al centro de la tierra, no menos interesantes para situarse ante dos expediciones que nos obligarían a recurrir a muchos datos y conocimientos.
Otra posibilidad sería estudiar cómo vivir con 1000 euros al mes, pero parece que lo de viajar es más pedagógico y al mismo tiempo lúdico. De hecho, la vuelta al mundo se hizo aún en vida de Verne en 72 días, 6 horas, 11 minutos y 14 segundos y la hizo Elizabeth Jane Cochran ("Nelly Bly"), una periodista neoyorquina. 
En el fondo las nuevas tecnologías ya no son nuevas, y además los nativos digitales no tienen dificultad en hacerse con sus interficies. Lo que habría que cultivar sería la curiosidad, el respeto y por supuesto el criterio. Hoy —sin ir más lejos— circulaba por whatsapp un meme que se atribuía a Cicerón, pero que en realidad era una recreación de un trozo de una novela histórica de un tal Taylor Caldwell. A mi cuenta ha llegado por la cuenta de una amiga que tiene una licenciatura. Me apena mucho que personas bien preparadas no sepan distinguir una cita falsamente atribuida, o que no reparen en qué es lo que difunden. Se haga lo que se haga con la Enseñanza, el resultado debería ser que se fomentase la curiosidad, el respeto y el criterio. 
Hace un par de años un médico residente me preguntó si podía citar en una presentación que tenía que hacer un artículo que no había leído. Le contesté que no. Le expliqué que por lo menos leyera el resumen y las conclusiones, cosa que no le llevaría mucho tiempo. Que no era honesto ni útil citar lo que no hemos leído y mucho menos lo que ni siquiera hemos visto.





(*) 
Las velas se vuelven 
picoteadas por un dogo de niebla. 
Giran hasta el guiñapo, 
donde el gran viento les busca las hilachas. 
Empieza a volver el círculo 
de aullidos penetrantes, 
los nombres se borran, un pedazo 
de madera ablandada por las aguas, 
contornea el sexo dormilón del alcatraz. 
La proa fabrica un abismo 
para que el gran viento le muerda los huesos. 
Crecen los huesos abismados, 
las arenas calientan 
las piedras del cuerpo en su sueño 
y los huevos con el reloj central. 
El alción se envuelve en las velas, 
entra y sale en la blasfemia neblinosa. 
Parece con su pico 
impulsar la rotación de la fragata. 
Gira el barco hacia el centro
del guiñapo de seda. 
Sopladas desde abajo 
las velas se despedazan 
en la blancura transparente del oleaje. 
Una fragata 
con todas sus velas presuntuosas, 
gira golpeada por un grotesco Eolo, 
hasta anclarse en un círculo, 
azul inalterable con bordes amarillos, 
en el lente cuadriculado de un prismático. 
Allí se ve una fingida transparencia, 
la fragata, amigada con el viento, 
se desliza sobre un cordel de seda. 
Los pájaros descansan 
en el cobre tibio de la proa, 
uno de ellos, el más provocativo, 
aletea y canta. 
Encantada cola de delfín 
muestra la torrecilla en su creciente. 
Hoy es un grabado 
en el tenebrario de un aula nocturna. 
Cuando se tachan las luces 
comienza de nuevo su combate sin saciarse, 
entre el dogo de nieblas y la blancura 
desesperadamente sucesiva del oleaje. 

(**) 

"Mais le Grand Larousse me tenait lieu de tout: j'en prenais un tome au hasard, derrière le bureau, sur l'avant-dernier rayon, A-Bello, Belloc-Ch ou Ci-D, Mele-Po ou Pr-Z (ces associations de syllabes étaient devenues des noms propres qui désignaient les secteurs du savoir universel: il y avait la région Ci-D, la région Pr-Z, avec leur faune et leur flore, leurs villes, leurs grands hommes et leurs batailles); je le déposais péniblement sur le sous-main de mon grand-père, je l'ouvrais, j'y dénichais les vrais oiseaux, j'y faisais la chasse aux vrais papillons posés sur de vraies fleurs. Hommes et bêtes étaient là, en personne: les gravures, c'étaient leurs corps, le texte, c'était leur âme, leur essence singulière; hors les murs, on rencontrait de vagues ébauches qui s'approchaient plus ou moins des archétypes sans atteindre à leur perfection: au Jardin d'Acclimatation, les singes étaient moins singes, au Jardin du Luxembourg, les hommes étaient moins hommes." (Les mots) [“Pero para mí, la Enciclopedia Larousse lo era todo. Cogía un tomo al azar detrás de la mesa, en el penúltimo estante, A-Bello, Belloc-Ch o Ci-D, Mele-Po o Pr-Z (estas asociaciones de sílabas se habían vuelto nombres propios que designaban a los sectores del saber universal: estaba la región Ci-D, la región Pr-Z, con su fauna y su flora, sus ciudades, sus grandes hombres y sus batallas); yo lo ponía con mucho esfuerzo sobre la carpeta de mi abuelo, lo abría, descubría a los verdaderos pájaros, cazaba verdaderas mariposas posadas en flores verdaderas. *…+ Encontré el universo en los libros: asimilado, clasificado, etiquetado, pensado, aún temible; y confundí el desorden de mis experiencias librescas con el azaroso curso de los acontecimientos reales. De ahí proviene ese idealismo del que me costó treinta años deshacerme” (Las palabras)]


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11/1/18

Pregones y mazmorras

No existe vergüenza ahora en eso; la hipocresía es un vicio de moda, y todos los vicios de moda se consideran virtudes. El personaje "hombre de bien" es el mejor de todos los personajes que pueden representarse. Hoy en día la profesión de hipócrita posee ventajas maravillosas. Es un arte cuya impostura es siempre respetada, y aunque la descubran, no se atreven decir nada en contra de ella. Todos los demás vicios de los hombres están expuestos a censuras, y cada cual tiene libertad para hacerlos abiertamente; más la hipocresía es un vicio privilegiado que, con su mano, cierra la boca de todo el mundo y goza descansadamente de una soberana impunidad. Forma uno, a fuerza de muecas, una estrecha agrupación con todos los miembros del partido. Quien ofende a uno, los tiene a todos encima; e incluso aquellos que se sabe que obran de buena fe y que a todos les consta que están realmente convertidos, esos, repito, son siempre víctimas de los otros; caen ingenuamente en el lazo de los hipócritas y apoyan ciegamente a los menos con sus actos. ¡Cuántos, puedes creerme, conozco, que, por medio de esa estratagema, han enmendado hábilmente los desórdenes de su juventud y que, utilizando como escudo el manto de la religión, disfrutan, bajo esa vestidura respetada, la licencia para ser los hombres más perversos del mundo! Por mucho que se conozcan sus intrigas y lo que ellos son, no dejan por eso de tener crédito entre la gente, y cualquier inclinación de cabeza, un suspiro apenado y unos ojos en blanco compensan, ante el mundo, todo cuanto puedan hacer. 

Molière, Don Juan, Acto V, Escena II

El pasado domingo protesté por un tuit de Cayetana Álvarez de Toledo : "Mi hija de 6 años: "Mamá, el traje de Gaspar no es de verdad." No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena. Jamás." Dejé entonces para otro día desarrollar mi desagrado ante la mala costumbre de invocar a los hijos menores de edad para defender esto y aquello o atacar lo de más allá. Es una costumbre que no solo utilizan los periodistas sino que está muy generalizada. Aunque el ejemplo no es el mejor ni el más representativo, sirve para el caso porque se desenvuelve en un entorno en el que lo que se quiere hacer prevalecer es la inocencia. 

Considero que lo mejor es que cada cual hable de lo suyo y no de lo que dicen los demás, pero me parece particularmente aconsejable dejar que los niños vivan ajenos a esa caja de resonancias que son las redes sociales, por lo menos mientras podamos. 

A veces se recurre a los niños para sustentar un argumentario en el que en el fondo y en la superficie lo que cuenta es que la validez de un argumento o refutación descansa en la madurez y respetabilidad que adquiere a los ojos de la sociedad el que ha procreado. A nadie que sea cabal se le ocurre reprender a un padre ante su hijo ni a un hijo ante su padre, es casi (casi, repito), un tabú. Por lo tanto, cuando un padre o una madre dicen que hacen o dicen algo por su hijo bla bla bla, todo el mundo tiene que decir "amén" o casi. 

Recientemente también, los exconsejeros de Territorio y de Presidencia de la Generalitat de Cataluña, Josep Rull y Jordi Turull, visitaron a Oriol Junqueras en la cárcel de Estremera. Rull y Trull al finalizar su visita señalaron que las Navidades habían sido "muy duras" y "especialmente para el expresidente Junqueras" ya que tiene "niños pequeños". El día de Reyes fue "especialmente duro sin poder estar en este momento tan mágico con tus hijos". Insistieron en que el día de Reyes sin los hijos era "de un nivel de crueldad extraordinario" y denunciaron que había una "desproporción en estas medidas de cárcel" que era "incomprensible". Estas declaraciones se repitieron en varios medios y las transcribo en el idioma en que fueron hechas, con lo que no se nos escapa ni superpone matiz alguno espurio. No seré la única persona que al oír estas declaraciones pensara "pues que no se hubiera metido en camisa de once varas". O incluso, más aún, que no se hubiera metido en planes secesionistas y de sedición que en el mejor de los casos sólo han conseguido desestabilizar la paz social, la seguridad económica, la Sanidad y el bienestar de tantas familias. 

Curiosamente lo que se ha señalado estos días es que Oriol Junqueras, en quien todos reconocen a una buena persona, apelara a su sentido cristianismo o a sus convicciones religiosas como prueba indeleble de su honradez o su rectitud moral. Su buen comportamiento será algo a tener en consideración como para todos los reos que cumplen pena de prisión en firme o preventiva. Como católica me asquea que base su defensa en su fe. De verdad no pienso que haya en Junqueras una especie de chantaje burdo por el cual se nos pretenda hace creer que hasta es un mártir. No lo veo capaz de algo así, pero sus creencias religiosas no entran en consideración ante el delito que ha cometido. En todo caso, en esas creencias encontrará la fortaleza que no le asiste a veces cuando ha hecho comparecencias entre sollozos. 

El secuestrador y asesino de Diana Quer, José Enrique Abuín Gey "El Chicle", tiene una hija menor, creo que de 14 años. Esa paternidad lejos de ser un atenuante de la causa criminal, simplemente nos hace compadecernos de la chiquilla y pensar en que la justicia garantice su paz, la manutención, y que preserve la confidencialidad. Muchos criminales tienen hijos, todos los criminales han tenido más o menos un padre y una madre. ¿Pensaba El Chicle en que Diana Quer tenía una madre o que ya no podrá ser madre ni nada que se le parezca? ¿Ha pensado de verdad Oriol Junqueras en toda la gente que la lista de espera de la asistencia sanitaria ha retenido desde el año 2010 por culpa de sus ideas cristianas independentistas? ¿Se ha acordado de los hijos o de las madres? 

*** Estas Navidades, por una torpeza deliberada o no de una monja, me vi envuelta en un mailing abusivo que iba a dar a una cadena de oración a la Virgen de Montserrat por el Procés. Además de condenar a medio hilo que se pusiera mi dirección-e a la vista en una cadena que parecía infinita, protesté vivamente por ver mezclada la Virgen en cosas que no son de Su dominio ni disposición y que mezclándolas no sé si son sacrilegio o simplemente una estupidez como una catedral.

The three stooges (Los tres chiflados)

Post scriptum: Recientemente Manuela Carmena ha respondido a Cayetana Álvarez. Una respuesta medida, benigna, justa:


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9/1/18

La boca amarga de Umbral

"Whilst I was looking at her, I saw that her depressores anguli oris became very slightly, yet decidedly, contracted; but as her countenance remained as placid as ever, I reflected how meaningless was this contraction, and how easily one might be deceived. The thought had hardly occurred to me when I saw that her eyes suddenly became suffused with tears almost to overflowing, and her whole countenance fell. There could now be no doubt that some painful recollection, perhaps that of a long-lost child, was passing through her mind. As soon as her sensorium was thus affected, certain nerve-cells from long habit instantly transmitted an order to all the respiratory muscles, and to those round the mouth, to prepare for a fit of crying. But the order was countermanded by the will, or rather by a later acquired habit, and all the muscles were obedient, excepting in a slight degree the depressores anguli oris. The mouth was not even opened; the respiration was not hurried; and no muscle was affected except those which draw down the corners of the mouth"

C. Darwin, The expression of the emotions in man and animals, VII, 196



los músculos conocidos como depresores del ángulo de la boca (por oposición a los músculos depresores del labio inferior) a los que se refirió Darwin en 1872, ya se había referido Charles Bell el año 1806 en su libro titulado Essays on the anatomy of expression in painting. Bell nos asegura que el músculo no existe en los otros animales, por lo que sólo tendría una función expresiva (*). Y la cita de Darwin es tan preciosa que he querido darle preferencia y en su lengua. La vuelvo a reclamar ahora en la traducción de Eusebio Heras. El libro se encuentra digitalizado en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla como La expresión de las emociones en el hombre y los animales (Valencia: F. Sempere, 1852): "Me encontraba un día en un compartimento de un wagón, frente á una señora anciana, cuyo rostro tenía una impresión, aunque absorta, serena. Observé, mirándola, que sus músculos triangulares se contraían ligera, pero clarísimamente. Sin embargo, como su fisonomía conservaba siempre la misma apariencia de calma, púseme á pensar que aquella contracción no debía tener ninguna especie de sentido, aun cuando hubiera sido fácil engañarse respecto á ella. Apenas se me había ocurrido tal idea, cuando ví sus ojos humedecerse súbitamente de lágrimas, que parecían prontas á correr por su rostro, mientras que éste expresava el abatimiento. Verdad es, que cualquier triste recuerdo, tal vez el de un hijo perdido en otra época, debió atravesar en aquel momento su espíritu. En cuanto en ella el sensorio fuera de tal modo impresionado, ciertas células nervosas habían transmitido instantáneamente, á consecuencia de una costumbre inveterada, su orden á todos los músculos respiratorios, así como á los del rostro, a fin de disponerles para un acceso de llanto. Pero la voluntad, ó más bien una costumbre posteriormente adquirida, interviniendo entonces, habían dado otra orden en contra de ésta; y todos los músculos habían obedecido á este último mandato, excepto los triangulares, los únicos que habían entrado ligeramente en acción, bajando un poco las comisuras de los labios. Por otra parte, la boca no se habían ni aun entreabierto y la respiración había subsistido tranquila como en el estado normal." (págs. 252-253)

Esta cita me trajo al recuerdo dos cosas. Una, la primera, es mi desconcierto al haber conocido tantos psicólogos (por mi trabajo y porque abundan) que no usan al menos para sí los conocimientos más elementales de la expresión de sus emociones y la comunicación no verbal. Ese tema nos llevaría muy lejos (Mens sana in corpore sano) y nos aparta de la admiración por las observaciones de Bell y Darwin.

El segundo recuerdo que me devolvió la observación de Darwin fue sobre la boca de Francisco Umbral, cuyo músculo depresor oral izquierdo era muy marcado y que —como la señora del ejemplo— había perdido un hijo. En Mortal y rosa (1975) su autorretrato (**) nos habla de su boca amarga, que aparece hendida en las fotografías y retratos que le han sobrevivido. Además del depresor marcado, en sus intervenciones en la TV pudimos ver que no abría mucho la boca cuando hablaba.

Los anglófonos les llaman a esas bocas cuya comisura va hacia abajo "downwards mouths" y les conceden una gran importancia porque indican un ánimo triste. Los rostros que tienen muy adiestrado por la sonrisa el cigomático mayor y el orbicular palpebral, tienen las comisuras de los labios hacia arriba, no hacia abajo.

Albert Camus escribió en La Chute (1956): "Après un certain âge, tout homme est responsable de son visage" ("Después de cierta edad, cada hombre es responsable de su cara"). En cierta manera esta gran verdad ya la había preludiado Johann Caspar Lavater (1741-1801) al afirmar que todo rasgo reproducido múltiples veces, todo cambio reiterado, se convierte al final en una impresión permanente en las partes blandas del rostro. 

*

Estuve cosa de 7 años sin ver a un psicólogo que conocí por mi trabajo. Cuando lo volví a ver me sorprendió que su tórax hubiera aumentado mucho, pero no como suele ocurrir por los resultados del deporte aeróbico intenso (correr por ejemplo), sino como el resultado de un desequilibrio entre la apariencia de su cuerpo (la parte de cintura para arriba mucho más desarrollada que la de cintura para abajo, atrofiada por el sedentarismo tal vez). Además del tamaño de su tórax, la impresión era de coraza abombada. A decir verdad me recordó una especie de tortuga. Además hablaba con la barbilla ligeramente elevada, cosa que forzaba que su mirada descendiese bajo la línea de la visión natural y en conjunto presentase un gesto algo amenazador, nada compasivo, muy duro y especialmente compacto. Parecía que llevaba hombreras de rugby. Me bastó verlo para sacar la impresión de que Camus olvidó decir que cada cual también es responsable de sus actos.


_______ 
(*) "The peculiarity of human expression is in the triangularis oris, or depressor anguli oris, a muscle which I have not found in any other animal; which I believe to be peculiar to the human face, and for which I have been able to assign no other use than belongs to an organ of expression." 
(**) "Mi rostro en el espejo. El pelo deshecho. El tiempo subió sus hilos a tu pelo, dice el poeta. Canas, hilvanes blancos por donde nos vamos deshilvanando, deshilachando, y se ve lo mal hechos que estábamos, lo de prisa que nos cosieron las costureras. El pelo se va, se irá, se cae, poco o mucho, pero se cae. 
Me gustaba llevarlo en melena rebelde, sobre la frente, como los héroes infantiles, cuando niño, pero la abuela me pelaba al cero, en los veranos tórridos, y se me filtraba la brisa morada de la tarde por la cabeza desnuda, dejándome aterida la imaginación. Luego lo he llevado como me ha dado la gana, peinado hacia adelante, hacia atrás, enmelenado, con patillas o sin patillas, y he jugado a hacerme una peluca con el propio pelo, que es a lo que juega todo el que se hace una cabeza, eso que se llamaba antes «hacerse una cabeza», del mismo modo que los calvos juegan a hacerse un pelo propio con el peluquín. La filosofía occidental —Hegel, Marx, Descartes— es una filosofía de raya al medio, y la filosofía oriental es pelona, de cabeza rapada. Yo, que no soy filósofo, he cambiado de peinado como de sistema mental y de concepción del mundo, cuando me ha dado la gana, pero los peines salen cargados como carretas de heno, algunas temporadas, cargadas de pelo, y es cuando hay que volver al dermatólogo, ponerse turbantes de espuma, como un fakir de los espejos del baño, o frotarse, locionarse, refregarse. Eso es bueno, porque el pelo se cae de todas maneras, pero se acelera el riego periférico del cerebro, y quizá también el otro, de modo que un lavado de cerebro no es una metáfora soviético-germánica, sino que efectivamente se tienen las ideas más claras o más escasas el día en que se ha lavado uno la cabeza. 
Se pierde lo rubio del pelo como se pierde lo rubio del alma, el estofado de oro con que nos decoró la vida en un principio. El pelo duda hasta quedar en un castaño mediocre, a los ojos, todo marrón corriente, que es el color de los que no vamos a llegar nunca a nada. Era mi pelo rubio trigal por donde pasaban palomas femeninas como manos, vientos de primavera, ráfagas, y hoy sólo pasan peines tristes, y el rastrillado de las ideas, que un día me alborotó la cabellera de metáforas, y que hoy me va dejando la cabeza como un campo sembrado, roturado, hasta que vuelva a ser jardín salvaje. Porque uno empieza queriéndose hacer un peinado ideológico irreprochable, y se tarda en llegar al saludable abandono de la peluquería y la jardinería. Con un jardín salvaje por cabeza es como más libre se va por la vida. 
Mas todavía me doy lacas, champúes, lociones, colonias, y así me va. El pelo era el penacho de la imaginación, y a medida que tenemos menos imaginación vamos teniendo menos pelo. La frente entra profundamente en la cabeza, como si yo pensase más que antes, aunque la verdad es que pienso menos. Todo lo que antes hacía nido en mi pelo —sueños, aves, bocas, cielos, fuegos— pasa ahora de largo, me sobrevuela, y sólo en muy raros días se siente uno la cabeza poblada, habitada, y piensa que algún pájaro raro ha hecho nido en ella con mimbres de pelo y de amor. 
Da miedo mirarse al espejo, peinarse, siquiera sea con los dedos, porque no se vaya el pájaro raro de la idea, de la cosa. Es el momento de ponerse a escribir, porque el pájaro picapinos me picotea en la prosa como yo picoteo en la máquina, el pájaro carpintero quiere construir algo, no se sabe qué, hasta que de pronto, en un cambio de folio, en un cambio de párrafo, comprende uno que el pájaro ha volado, que ya no está. 
O sea, que estoy escribiendo solo, a solas, que me ha dejado aquí, convertido en un mecanógrafo. Que ya no hay pájaro o nunca lo hubo. Inútil seguir tecleando. Tapo la máquina y leo lo escrito, o lo rompo. Y a esperar que venga otra vez el pájaro, que no es la inspiración, desde luego, ni tampoco el Espíritu Santo, sino realmente eso, un pájaro de vuelo e idea. Algo raro que se posó en mi frente la noche anterior, cuando me asomé al tempero, que ha dormido en mí toda la pesadilla y que por la mañana está callado y no rompe a cantar, porque espera a que rompa yo. Y cuando yo voy y canto, él se vuela, quizás porque le ha asustado la máquina de escribir con su caligrafía de ametralladora. Bueno, pues uno teme quedarse sin pelo y quedarse sin pájaro para siempre, y será el momento de darse el tiro en la sien limpia, porque cuando la vida nos retira el pelo de la cabeza, parece que nos invita a darnos el tiro limpiamente. 
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El pelo, el pelo. El pelo era antorcha que lucía en la noche lírica de mi adolescencia. Ahora es una antorcha apagada que queda triste y estoposa en la claridad diurna de la lucidez adulta. Por mi pelo han pasado mareas y épocas. Un pelo es como un mar, una cabellera es un océano, una melena es agua que pasa, río en el que no se bañarán dos veces las manos desnudas de la mujer. El pelo era música, y ahora salen del peine largos hilos de cabellos dejando en el aire un arpa deshilachada. 
Hay que cuidarse el pelo. Todo yo me convierto en un guardapelo, en un guardabosques del bosque raleado de mi pelo. Pero el pelo se irá y tendré que convivir con un calvo desconocido, silencioso y feo.
¿Cómo he llegado a tener esta cara? Veo un niño rubio y ceñudo, en la litografía amarillenta del pasado. Veo un colegial de rostro blanco y como plano, en aquella foto escolar ─posguerra, frío, escuela pobre, niños tatuados por el salvajismo de la miseria, la bola del mundo, el patio desconchado─, veo un adolescente presuntuoso, de pelo alto y ojos tristes. Ahora, el pelo que huye, la mirada rota, la nariz que se va redondeando y alargando al mismo tiempo, en la prematura avaricia de la muerte, la boca amarga, el rostro pentagonal, la sombra de la barba, los pómulos, todavía altos. Es como si la vida hubiese querido tener primero un niño chino, y luego un adolescente pálido, y después, cambiando de idea, un hombre miope, amargo y duro, porque hay una mano de sombra que va remodelando mi cara, moldeando mi expresión, haciendo y borrando bocetos sucesivos del que fui, del que soy, del que seré. 
Al final, como la muerte tiene mal gusto, se quedará con mi peor gesto, con el más estúpido, torcido y loco, y lo perpetuará para siempre, aunque esto es un decir, pues en cuanto te entierran la vida sigue su tarea por dentro de la muerte, y te pueblas de otras vidas menores, y evolucionas hacia la esbeltez del esqueleto o la peguntosidad del légamo, hasta quedar hecho un dandy de hueso o un sapo de tierra. No es cierto que nada se detenga con la muerte. Sólo que se cierra la carpeta de apuntes de la vida y tu rostro deja de ser tu rostro, porque no somos sino una sucesión de esbozos, y tras el último esbozo viene la máscara, la calavera. 
¿Hay algo más falso que una calavera? Es lo que mejor nos disfraza. Por dentro de la calavera está el personaje mirando el mundo, y la calavera nos mira con ojos de antifaz, porque la calavera no es la verdad de un rostro, sino la máscara última. «Rosa, sueño de nadie bajo tantos párpados», escribe Rilke. La calavera es máscara de nadie bajo tantas máscaras. Lo que nos aterra de la calavera es descubrir que es también una máscara, la máscara que se pone la nada, el disfraz con que nos mira nadie. Que no me conoces, que no me conoces. Y no hay a quién conocer. La calavera se ha utilizado mucho como máscara en el carnaval y en la pintura. Llevamos la verdad por fuera, la carne, y la máscara por dentro, como no queriendo dar la cara en el más allá. Todo cementerio es una reunión de enmascarados. El esqueleto tiene cara de ladrón, usa antifaz y por eso no nos inspira ninguna confianza. Los muertos no son de fiar, y los esqueletos son muy de temer.
Mi cara, de momento, no es esquelética, y busco en ella al niño que pasó por aquí, pero ya no lo encuentro. Busco al muerto que seré, al anciano que querrá creerse glorioso, y tampoco lo veo. Es inútil forzar el destino, violentar los catalejos del tiempo. Uno ve lo que ve y nada más. A veces, cuando menos lo esperas, te encuentras cadáver en los espejos de un salón o descubres en las grandes damas la descarnadura del futuro, pero si trata uno de hacer eso metódicamente, a voluntad, la carne se cierra y sonríe, se hace compacta y presente; hay como una autodefensa del hoy, nuestro cuerpo ignora su mañana y asume actitud de rosa cuando queremos hacer metafísica con él. La carne no se deja literaturizar. A veces, si la cogemos distraída, es transparente y permite ver el hueso y la nada. Pero si hacemos esto con premeditación y miramos de reojo nuestra carne o la de otro hombre o mujer, se cierran filas, se armoniza la figura, se espesan los colores. La vida es opaca para la muerte. Gracias a eso vivimos" 
(Francisco Umbral, Mortal y rosa, Madrid: Ediciones Destino, 2001: 12-16) 

"Las manos, mis manos, una mano más oscura y la otra más clara, como si yo hubiera tenido un abuelo marqués y otro metalúrgico. Las manos tienen todavía el molde de la mano cainita, la estructura de la mano asesina y depredadora del antropoide, del primer hombre, del último homínido. De modo que no hay manos inocentes. Manos blancas, que no ofenden. Quizá son las que más ofenden. Mi mano derecha está más trabajada, ha vivido más, tiene como mayor biografía. Mi mano izquierda es más femenina, más sensible, posa y vuela. Marta y María, las manos. No hay igualdad en la vida. La discriminación la llevamos en nosotros. Una mano es siempre más aristocrática que la otra. Y la otra mano es más laboral, más violenta, más sufrida. ¿Cómo superar eso? Hay que llegar a un mundo de ambidextros. Los obreros trabajan con las dos manos, han conseguido la paz y la reconciliación entre sus manos, que quizás es la mayor y mejor paz que el hombre puede conseguir en sí mismo. El intelectual, el burócrata, el que escribe, el que habla, tiene una mano pública, activa, laboriosa, y la otra mano —generalmente la izquierda— como muerta, amortajada de blancura, momificada, posada. Eso revela el desequilibrio de nuestra vida, el desnivel de nuestra alma" 
(Francisco Umbral, Mortal y rosa, Madrid: Ediciones Destino, 2001: 23-24)

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