Se dirá que tratar estos días de este
tema tan marginal es poco menos que una impertinencia y una inmoralidad o
amoralidad. Pero a la vista de que una de las pocas cosas que consiguieron
movilizar a este país últimamente, además del fútbol, ha sido por ejemplo la
edad de jubilación, ¿a qué andarse con remilgos? Ando preocupadísima porque a
pesar de que estoy dosificando mi consusmo de cilindritos Saila a uno en días
alternos, veo que se me está acabando mi "contingente" y no veo cómo
voy a poder reponerlo. Todo lo más que he conseguido, además de patear media
Barcelona como alma en pena, y darme cuenta de lo poco diversificada que está
la oferta (tema que también será tratado en el momento oportuno), es descubrir
en internet tres grupos de fans en Facebook y gente desesperada por
encontrar Saila en ciudades como Nueva York. También he descubierto que Leaf
compró la empresa propietaria de Saila enl año 2006, y que Leaf ha potenciado
más las pastillas de menta Saila que los tradicionales cilindritos a los que
todo el rato me voy refiriendo. Excuso decir que he escrito a Licorice
International y que una tal Elizabeth me correspondió en pocas horas para
decirme que no me podía ayudar. Sí distribuyen o tienen en nómina los productos
de Amarelli, una liquirizia que se encuentra por doquier en Italia y que
está omnipresente en los tabaccai. Las latitas de Amarelli no están mal.
Bien cuidadas. Muy primorosas y como modernistas, pero servidora prefiere el art
déco (aún no me he recuperado de la visión del edificio Chrystler en N.Y.)
y aquel momento de entregeuerra en que la buena tipografía se divorció
definitivamente de lo que ahora conocemos como "diseño gráfico" y
que es la rotulación de toda la vida. Principios verdaderamente gloriosos
fueron los del diseño gráfico. Si una tuviera días de 48 horas estudiaría un
instrumento musical y tipografía. Por un decir. La lata de la foto no sé si
está en el tipo Futura Script o si está emparentada con la Bauhaus o
el futurismo, o si es una reprodución de la lata original o qué, pero me
vuelve tarumba. Oh. Y en el interior hay un papel que se desdobla delicadamente
como antes los de las cajas de bombones o de las corbatas de los altos
ejecutivos. ¿Hará falta decir que si alguien me consigue alguna cajita de
Saila, aunque no sea de latón, aunque no sea conmemorativa, le pagaré los
portes y que se la pagaré mejor que bien?
27/2/10
Perdedores y buscadores
Tan dulce como su boca
Las orejas de Augusto
Los retratos romanos siempre eran de hombres y además de la clase patricia, aunque se conservan algunos retratos en efigie de mujeres patricias. Retratos excepcionales. Hay muchos de Julia Domna (Iulia pia felix Augusta mater nostri et castrorum et senatus et patriae), con su particular peinado:
"En el 193, año en que Septimio
Severo es proclamado emperador por las tropas de Panonia, Julia Domna obtiene
asimismo el título de augusta, llegando incluso a acuñarse monedas con su
efigie. [...] Entre el 202 y el 205, el papel ocupado por la emperatriz
motivará las envidias del prefecto del pretorio, Cayo Fulvio Plautiano,
consejero muy influyente en el emperador, y que le convenció de que Julia había
sido adúltera, con el consiguiente proceso y la retirada de ella de la vida
pública. Este alejamiento de la corte le permite dedicarse intensamente al estudio
de la filosofía y la religión, formándose alrededor suyo un círculo de figuras
intelectuales importantes, entre los cuales se encontraban el filósofo
Filóstrato y el médico Galeno." (Wikipedia)
La verdad es que aparte de que el peinado es muy patricio y preciosista, yo sospecho que las orejas no las tendría la emperatriz Julia Domna nada agraciadas.
Damnatio memoriae
En la Wikipedia también, por cierto,
encontramos una lista de emperadores condenados, sujetos a la damnatio memoriae.
Cuando el Senado decretaba la damnatio memoriae, se procedía a eliminar todo
cuanto recordara al condenado: imágenes, monumentos, inscripciones, e incluso
se llegaba a la prohibición de usar su nombre". Una cosa (los retratos,
los triunfos, los honores) llevó a la otra (la deshonra pública). En este
sentido es muy interesante un artículo en "El País" de su press
ombudswoman o defensora del lector, Milagros Pérez Oliva, o que lo era al
menos cuando publicó "Condenados
a permanecer en la Red" en marzo. Y es que yo me pasé una vez (hace
unos 2 años y medio) mucho tiempo buscando el rastro de un ex-conseller de la
Generalitat de Catalunya que estuvo años en su puesto y que luego desapareció
sin dejar ni una sola señal en la red. Antoni Comas. Creo que fue cesado e
incluso se le llegó a imputar un delito de apropiación indebida. Así es que
cuando se quiere bien que se puede limpiar la red de toda traza poco honorable.
¿Se acuerdan de "To viemma tou Odyssea"/"La mirada de Ulises" (Theodoros Angelopoulos, 1995)? ¿Harvey Keitel buscando la mirada inocente? ¿Se acuerdan entonces de la enorme estatua de Lenin destrozada deslizándose en una barcaza por el Danubio? ¿Se acuerdan al menos de la magnífica música de Eleni Karaindrou? Claro está que esa estatua, no la de la película, sino la mayoría de las estatuas de Lenin, tenían escaso valor escultórico.
Me acuerdo cuando nació mi sobrino. Teníamos su retrato sobre todos los televisores. Como si fuera un dictador. Y de alguna manera lo fue, pero por poco tiempo. Apenas 3 años.
(c)SafeCreative 2212162881351
8/2/10
El caso del clavicordio
Hace unos días el Crítico Constante
dedicó un
post al ocio y al tiempo libre que me recordó lo mucho que puede dar de sí
la jornada laboral de algunos
empleados públicos o asimilados que todos conocemos. En mi propia
experiencia la palma se la lleva (hasta ahora) el caso de unos “compañeros” que
fueron amonestados y expedientados por ser pillados haciendo el amor mientras
hacían horas extraordinarias o cuando hacían horas
extraordinarias mientras hacían el amor. Mi competencia en español y en el
régimen estatutario por el cual se reglamentan nuestros derechos
y deberes es insuficiente para determinar el orden correcto del
planteamiento. Lo que si puedo afirmar es que hacían horas extraordinarias,
etcétera, y que no se trataba de un hecho excepcional e impremeditado.
Al lado de este caso queda eclipsado el del subalterno que
dormía las monas en una camilla de urgencias o una falta muy común como la de
ir al comedor del personal vestidos con la ropa del quirófano. El hurto y el
robo de pequeño material fungible y hasta inventariable o la dedicación del
tiempo de la jornada para gran variedad de quehaceres incluso lucrativos que
nada tienen que ver con la función propiamente dicha que tiene asignada cada
cual, eso queda totalmente integrado como algo incluso natural. Y como un signo
de veteranía. Otro valor mal llevado de las organizaciones
decadentes y degeneradas. El hecho de que los compañeros funcionarios utilicen
sin ningún género de rubor sus móviles durante el curso de la jornada y para
cuestiones a todas luces nimias y de una pésima organización doméstica, no
impide que se siga utilizando la línea fija -incluso simultáneamente- para
ocuparla con cuestiones relativas a la comunidad de propietarios, la reserva de
un hotelito rural o cualquier otra labor que se podría compatibilizar
con la vida privada por cuanto el horario lo facilita, más si
como les digo lo normal es que la parte de la plantilla que hace
gestiones durante su horario de trabajo suele llegar tarde, tiene por costumbre
irse antes de su hora y emplea media hora para un café antes de ponerse a
trabajar y una hora entera o más para el desayuno o la merienda a mitad de la
etapa. Cada falta por sí misma y aisladamente, sin que adquiriera la cadencia
del hábito contumaz, podría pasar por ser irrelevante y hasta higiénica, pero
no es así. Quien hace una hace ciento. Para el que desconozca estas
usanzas habrá que aclararle además que por un efecto mucho más sólido que el de
las alas de mariposa, los que se dejan
arrastrar por el cumplimiento del horario se verán inexorablemente abocados a
atender funciones que no le corresponden y a estar más expuestos a todas las
dificultades que puede acarrear el trato con el público y no tendrán más
remedio que asumirlas a no ser que tengan por la mano retraerse poniendo
todo lo que tienen de inteligencia en hacerse el tonto. También
habrá que explicarles, a los que no saben donde pisamos, que en nuestra
administración pública se fortalece una conducta muy característica que es la
del que ni trabaja ni deja trabajar y lo
poquito que hace lo vocea y lo infla tanto que casi preferiríamos que no
hiciera nada. Hablo de la corrupción en pequeña escala y no digo nada de los comisionistas,
los tarugos, etcétera, que eso ya son temas
mayores.
Yo puedo afirmar que nunca he roto un plato.
Copas sí, decenas, sobre todo de cristal. De ahí esa ostentación que hago de
una magnífica pieza de porcelana de Coalport que encontré en internet. Cuando
trabajaba en el Hospital de B. substraje dos cosas:
1) una percha de sonda vesical
(de alambre) que le pedí a la supervisora de una planta, y
2) uno de los ejemplares del diccionario
Collins, que me llevé de la Biblioteca cuando se la traspasaron
a la Universidad de Barcelona.
La percha no debía valer ni 50 pesetas y no es posible
comprarla por ahí en los circuitos comerciales. Por lo menos a los que yo tengo
acceso. El Collins me lo había hecho mío y lo tenía como si dijéramos “tuneado”
con chuletas, anotaciones y post-its varios. Aparte de
eso no se me puede imputar ninguna otra falta como las que he apuntado. He
llegado tarde al trabajo unas 4 veces en más de 25 años de servicio. He salido
más tarde de mi hora otras tantas, tal vez 10, siempre porque me habían puesto
un ordenador nuevo que había que ajustar, o por recuperar el tiempo perdido en
el dentista, etcétera. Me parece tan deshonesto irse pronto como irse tarde,
hacer de menos como de más. Si bien es cierto que alguna vez he atendido
mensajes de correo electrónico estrictamente privados, también puedo decir que
con ello no he perjudicado mi rendimiento ni el de las personas que compartían
el mismo espacio que yo ocupaba.
Pero un día hice una tontería que fue lo suficientemente
estúpida como para que se desprendiera de su propia estupidez mi
inocencia o mi ingenuidad. Le llamo el caso del clavicordio.
Había una vez… una mesa. Una mesa como la de la
foto que enlazo, un poco más aparatosa y con las patas originales,
que las de la foto son postizas, creo. La habíamos retirado de la
Biblioteca porque nos habían traído otros muebles y no cabía. Estaba fuera en
la entrada y no acababan de venir a retirarla los de Conserjería. Para no
dar pistas diremos que en la Conserjería había gente buena y gente mala (o
vamos a suponer que todos eran lo mismo, para no señalar, que está feo, y
luego, como se suele decir, Dios ya distinguirá quienes son los suyos). Pues la
gente mala eran como sátiros que me
insinuaban que la retirada de la mesa, que ya llevaba unos 9 meses en su
rincón) dependía de lo complaciente que yo pudiera llegar a ser a mi vez.
“Amor con amor se paga”. Excuso decir que a la tercera insinuación abandoné la
idea a la espera de encontrar alguna solución de las que siempre surgen si una
está atenta a las ocasiones. La mesa estaba allí como un mamotreto o catafalco.
Por entonces yo conocí un estudiante de Medicina que en realidad estudiaba más
música que Medicina, pero que era bastante listo y se lo sacaba todo sin
esfuerzo. El estudiante, estudiaba clavicordio y canto.
Tenía voz de barítono e incluso un día en el bar me cantó su parte en “Là ci
darem la mano” (Don Giovanni). El muchacho tenía un aspecto
verdaderamente donjuanesco. A mí me interesaba más lo del clavicordio, un
instrumento que también tiene su qué mefistofélico, si nos ponemos a decir. Una
cosa llevó a la otra y accedí a que él y otro amigo se llevaran la mesa para el
clavicordio. Vinieron en un Renault
4 de color beig o gris claro a eso de las 5 de la tarde, que es cuando yo
cerraba y quedaba todo desierto. Ataron la mesa patas arriba en la vaca con
unas cuerdecillas de cáñamo y tomamos lo que ahora me parece es la autopista
del litoral. Llena de camiones. Yo iba en el asiento del
copiloto y en un momento dado se me ocurrió mirar por el retrovisor la carga.
Se tambaleaba ostensiblemente, así que no volví a mirar aunque todo me empezó a
dar como vueltas. Me apeé en la Diagonal, por los jardines de Pedralbes, y
ellos dos siguieron con la mesa hacia su destino. Al cabo de una semana me vino
a ver el Jefe de Seguridad del Hospital, con quien me llevaba muy bien, y ahora
a toro pasado me doy cuenta del tacto que tuvo para preguntarme si me había
vuelto loca y si no sabía que aquello era robar. Le expliqué lo de Don
Giovanni, los sátiros de Conserjería, y nada le vino de nuevo. Gran persona.
Sin embargo me tuve que comprometer a devolver la mesa, para lo cual mi amigo
tuvo que alquilar una furgoneta. Más tonta y no nazco.
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5/2/10
Niña comiendo una manzana
Dejo de lado el Kopi Luwak o café de civeta,
el más caro del mundo, que Jack Nicholson en “Ahora o nunca” toma con verdadera
delectación y que no es más que la infusión de los granos de café
parcialmente digeridos, tras una leve fermentación, por la civeta palmera
asiática (Paradoxorus hermaphroditus).
En Catalunya, tenemos una gran tradición gastronómica con los caracoles y se
preparan de infinidad de maneras, hasta tal punto que en el Restaurant
Diagonal (Can Soteras), una vez al año nos deleitan con la Setmana
del Cargol y la carta es muy variada y suculenta.
Pero a pesar de que los pobres animalitos son convenientemente purgados en un
proceso sólo un poco menos cruel que el de la industria de los
abrigos de Astrakan, no hay que olvidarse de advertir a los no
iniciados sobre la necesidad de que al extraer el molusco de su concha hay que
hacer una leve maniobra como distraída por la cual pellizcamos el final del
tracto digestivo del caracol con el objeto de desechar el contenido final del
proceso alimentario del animal que a nuestra vez nos vamos a comer. Con el
pulgar de una mano pellizcamos el final del tubo del gasterópodo y con la
otra mano -y con ayuda de un mondadientes o un pincho o un palillo- nos
llevamos rápidamente el resto del molusco al interior de la boca. Siempre siguiendo
la Wikipedia, podemos añadir
a estos datos que el caracol es un manjar lo mismo en Francia que en Portugal.
O tal vez lo es más en Francia, donde incluso tienen una especie de pinzas
para manipularlos con una cierta distinción.
Todo esto y mucho más venía pensando yo en uno de mis paseos
por la sierra que rodea Barcelona, a la vista de la cantidad de yerbas que han
brotado este año gracias a las lluvias que hemos tenido y gracias a que han
sido provechosas y mansas, nada torrenciales. A veces veo gente coger brotes de
hinojo, dicen que para sus conejos. ¿Qué
conejos? Los conejos que tendrán en sus casas, me figuro. Más no sé. También
más adelante en el año hay quien recoge espárragos. Y hasta crespillos.
Hay unas ciertas verduras silvestres que podríamos tal vez comer pero que ya no
conocemos la mayoría de la gente. En el parque del Nord hay laurel,
pero yo no lo cogería nunca, y no sólo porque está prohibida su recolección en
un parque público, sino porque ya les diré en otra ocasión qué es lo que hacen
los perros con los laureles. De todas maneras empiezo a desarrollar un cierto
interés por la maleza y también por las verduras silvestres (las
borrajas, las endivias, las tagarminas) y los hongos y las setas,
donde antes sólo lo tenía por las florecillas y las plantas aromáticas.
Hoy le eché un vistazo al libro del Deuteronomio
famoso. No sólo para ver en qué paraba el fragmento propuesto por Rodríguez
Zapatero en la plegaria de Obama, el que empieza “No explotarás al jornalero
humilde” y acaba “Así no clamará contra ti a Yahvé, y no te cargarás con un
pecado” (DGT 24, 14-15). Es que el Viejo Testamento, quitando los libros sapienciales
y los de los profetas, no me interesa tanto como el Nuevo. No me lo conozco
tanto. Y unos versículos más adelante del versículo leído por el último
presidente del Gobierno de España, leo:
“Cuando siegues la mies en tu campo, si
dejas olvidada una gavilla en el campo, no volverás a buscarla. Será para el
forastero, el huérfano y la viuda, a fin de que Yahvé tu Dios te bendiga en
todas tus empresas“.
El Deuteronomio es a la ley como el Levítico a un tratado de
higiene, algo incipiente y perteneciente al mundo antiguo.
Y sin embargo estaría bien basado en la ley “natural” o consuetudinaria, puesto
que en Rut (libro que ahora mismo ignoro si es
posterior, como creo), la viuda homónima recoge lo que los primeros
cosechadores han dejado. De la belleza de esta imagen ya reparé en un
post que dediqué a la película de Agnès Varda, “Les
glaneurs et la glaneuse“, cuya primera parte se estrenó el año
2000, y que se tradujo al español como “Los espigadores y la espigadora”.
Ahora apenas hay espigadores porque las máquinas lo dejan todo pelado, pero hoy
en día hay quienes revuelven en la basura de los supermercados buscando
productos en teoría caducados o con la fecha de caducidad muy
próxima. Las escasas palomas que quedan en Barcelona comen lo que se les cae a
los niños cuando van apresuradamente al colegio y cuando vuelven no menos
apresuradamente. Muchos ancianos también revuelven en la basura. Y no tan ancianos.
El hermoso cuadro de Schalken (“Niña
comiendo una manzana”), con ese enunciado característicamente pictórico o de
pie de foto, pero no de “El País”, me recuerda la manzana que acabó comiendo Pinocho
hasta no dejar ni el rabo, cuando se da cuenta de que no hay nada más. Pero el
gesto de la mano derecha de la niña, el cesto a rebosar, a mí al menos, no me
dejan lugar a dudas sobre la abundancia en la que vive. Todo lo más podríamos
admitir la hipótesis de que se trata de una criada que a media noche va a la
cocina de la casa a comer una manzana a hurtadillas.
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2/2/10
Post 383: Fe
A las bromas más o menos ingeniosas y a los chascarrillos
sobre el catolicismo han contribuido no poco sus propios “fieles” y algunas
manifestaciones populares de corte prerromano. Me estoy ahora acordando de
aquellos magnates de la Castilla del otoño de la Edad Media,
que viajaban con los pertrechos y el “personal” para ser bautizados in
extremis, puesto que había la creencia de que el bautismo los
dejaba limpios como patenas, limpios de todos los pecados. Por lo tanto
retardaban el bautizo hasta la hora de su muerte. He sabido que Muammar al-Gaddafi
suele hacer todos sus desplazamientos con una UVI en su
séquito, cosa que se me asemejó bastante a estotro de los
nobles y burgueses castellanos con el agua bendita y los santos óleos
mistagógicos a cuestas. Sólo que parece que lo del bautismo
in extremis, como otras
costumbres, yo diría que es algo que roza la superstición y tiene que ver con
la salvación del alma, mientras que lo del líder libio tiene que ver con la
medicina de urgencia y la salvación del cuerpo en caso de un atentado, un
accidente o cualquier otra indisposición.
De la misma manera que mis escasos conocimientos sobre notación
musical y sobre la historia de la música no me impiden disfrutar de las sonatas
de Mozart, yo he podido disfrutar sentimentalmente de mi
fe sin necesidad de meterme en teologías. Hasta el sábado, en que finalmente me
decidí por un libro de Joseph Ratzinger, Benedicto
XVI, titulado Introducción al cristianismo. Para mi sorpresa,
por lo menos las primeras páginas no tratan sobre dogmas.
Era lo que yo esperaba, tal vez en otro de mis errores. Las primeras páginas
tratan sobre la incredulidad:
“[...] el creyente sólo puede realizar su fe en el océano de la nada, de la tentación y de lo problemático [*]; el océano de la inseguridad es el único lugar que se le ha asignado para vivir su fe; pero no pensemos por eso que el no-creyente es el que, sin problema alguno, carece simplemente de fe“.
Sólo con esta frase del principio del libro ya tengo yo para
rato. Lo que no sé, porque me he detenido ahí, es si la Introducción
al cristianismo es un desarrollo de esa idea, en sus variaciones o
ampliado, o bien si es una idea a partir de la cual Ratzinger expone otras. La
cuestión para mí ahora es que ese espacio de incredulidad que al parecer
comparten los creyentes y los no-creyentes es algo, valga la redundancia, en lo
que yo siempre había creído. O la incredulidad de los no-creyentes es algo
sobre lo que yo muchas veces he dudado. No dudo que una croata que traté unos
años, cuya educación comunista bajo la dictadura de Tito
proscribía el teísmo, tiene dificultades para concebir algunas nociones que en
realidad me temo que no son fundamentales. Aparte de eso es incapaz de
interpretar más de la mitad de la producción artística de Occidente, porque
desconoce la historia sagrada y sus símbolos. Pero esa es otra cuestión que nos
devuelve al ejemplo de Mozart y a la que no hay que darle muchas vueltas.
Así es que, como me temía, la incredulidad está en los
no-creyentes y los creyentes. Yo creía, si se me permite afirmarlo así, que los
no-creyentes que constantemente están metiéndose con los creyentes eran como
los perros, que necesitan un sitio al que arrimarse para mear. O como los
señores heterosexuales que se excitan con escenas lésbicas. Ya sé que la
comparación no es muy caritativa ni para los perros ni para los no-creyentes,
ya sé que el cine porno no es un modelo de conocimiento adecuado para el caso.
O sí. No sé, digo. Yo no soy Paul Claudel,
está claro. También podría haber dicho, el ateo pendenciero es como esa gente
que habla mal indistintamente del matrimonio y de los que no están casados, en
una especie de esquizofrenia que no por repetida deja de sorprenderme. Ni
viven ni dejan vivir. O son como parásitos. Es decir, para afirmarse
necesitan negar a los otros.
La elocuencia de Ratzinger, de la cual ya había tenido
noticia, va más allá por supuesto de mis desvaríos. Los creyentes sabemos de la
existencia de esos elementos de la “parábola” de Claudel: el madero, el océano,
el naufragio. En mi propia experiencia vital, he pasado por momentos en
los cuales no es que haya decrecido mi fe y hasta la
fuerza moral -algo tenía que tener quien no tiene paciencia
alguna-, sino que a veces el trato (si se me permite) con Dios es
placentero y otras veces no. Las palabras de Ratzinger para mí tienen
pues el valor añadido de darle un cierto sentido a las injusticias y los
disgustos de este mundo.
*
[*] Ratzinger nos remite a El zapato de
raso de Paul Claudel, en donde se describe el trance de un náufrago
misionero jesuita, que ya en el océano agarrado a un madero dirá: “Señor, os
agradezco que me hayáis atado así. A veces he encontrado penosos vuestros
mandamientos. Mi voluntad, en presencia de vuestra regla, perpleja, reacia.
Pero hoy no hay manera de estar más apretado con vos que lo estoy y por más que
examine cada uno de mis miembros, no hay ni uno solo que de vos sea capaz de
separarse. Verdad es que estoy atado a la cruz, pero la cruz no está atada a
soporte alguno. Flota en el mar.”
Detalle
de “La buenaventura” de Georges de La Tour, ¿1633?
Post scriptum: al poco de publicar este post con el recorte del detalle de la pintura de de La Tour, Taschen sacó un coffee table book con igual o casi igual portada.
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