27/2/10

Perdedores y buscadores




a caja de pastillas de regaliz, aumentada en la foto, seguro que significa bien poco para la mayoría de la gente. Yo, que no sé si soy una perdedora pero de lo que sí estoy segura es de soy una buscadora, la encontré el mes pasado en un establecimiento de chucherías y golosinas. He probado sino todas casi todas las marcas de regaliz que estuvieron a mi alcance, lo mismo que las galletas. Como Saila no he probado nunca nada que se le parezca. Lo de extravergine es rigurosamente cierto. Claro está que a quien no le guste la regaliz y en general no le gusten los sabores fuertes, las pastillas Saila no le gustarán.
Tampoco está de más recordar que no hay que abusar de la regaliz porque puede provocar pseudohiperaldosteronismo y además está contraindicada en los hipertensos. Nosotros los hipotensos siempre llevamos regaliz a mano a falta de una petaca de güisqui, y la verdad es que son mano de santo. El polen también va muy bien los jamacucos equinocciales de la presión arterial baja pero ese tema ya será tratado en el momento oportuno. 

Se dirá que tratar estos días de este tema tan marginal es poco menos que una impertinencia y una inmoralidad o amoralidad. Pero a la vista de que una de las pocas cosas que consiguieron movilizar a este país últimamente, además del fútbol, ha sido por ejemplo la edad de jubilación, ¿a qué andarse con remilgos? Ando preocupadísima porque a pesar de que estoy dosificando mi consusmo de cilindritos Saila a uno en días alternos, veo que se me está acabando mi "contingente" y no veo cómo voy a poder reponerlo. Todo lo más que he conseguido, además de patear media Barcelona como alma en pena, y darme cuenta de lo poco diversificada que está la oferta (tema que también será tratado en el momento oportuno), es descubrir en internet tres grupos de fans en Facebook y gente desesperada por encontrar Saila en ciudades como Nueva York. También he descubierto que Leaf compró la empresa propietaria de Saila enl año 2006, y que Leaf ha potenciado más las pastillas de menta Saila que los tradicionales cilindritos a los que todo el rato me voy refiriendo. Excuso decir que he escrito a Licorice International y que una tal Elizabeth me correspondió en pocas horas para decirme que no me podía ayudar. Sí distribuyen o tienen en nómina los productos de Amarelli, una liquirizia que se encuentra por doquier en Italia y que está omnipresente en los tabaccai. Las latitas de Amarelli no están mal. Bien cuidadas. Muy primorosas y como modernistas, pero servidora prefiere el art déco (aún no me he recuperado de la visión del edificio Chrystler en N.Y.) y aquel momento de entregeuerra en que la buena tipografía se divorció definitivamente de lo que ahora conocemos como "diseño gráfico" y que es la rotulación de toda la vida. Principios verdaderamente gloriosos fueron los del diseño gráfico. Si una tuviera días de 48 horas estudiaría un instrumento musical y tipografía. Por un decir. La lata de la foto no sé si está en el tipo Futura Script o si está emparentada con la Bauhaus o el futurismo, o si es una reprodución de la lata original o qué, pero me vuelve tarumba. Oh. Y en el interior hay un papel que se desdobla delicadamente como antes los de las cajas de bombones o de las corbatas de los altos ejecutivos.  ¿Hará falta decir que si alguien me consigue alguna cajita de Saila, aunque no sea de latón, aunque no sea conmemorativa, le pagaré los portes y que se la pagaré mejor que bien?


Me acuerdo de la película que comentamos días atras, "A serious man" o "Un tipo serio"". Los hermanos Coen. Magnífica. De momento lo mejor de este año. Cuando el hijo del protagonista le llama por teléfono al trabajo en un momento difícil y hasta delicado para decirle que no puede sintonizar su programa de TV favorito, "F troop". Como en el bloque de pisos en el que vivo hubo una crisis verdaderamente insalvable entre los vecinos, el año 2007, a causa de que se había cambiado la antena por no sé qué zarandajas de la TDT y se dejó de ver Telecinco durante un fin de semana, me creo cualquier cosa. Yo era entonces la presidenta de la escalera y me acuerdo perfectamente porque me llamaron al celular con mi padre de cuerpo presente, cuando nos quedamos solos, a eso de las nueve de la noche del sábado que nos dejó y dio el alma a quien se la dio. Por eso, a pesar de todo lo que está cayendo, no miraré ni un solo programa de Telecinco en toda la vida, y enterarme de la logística de Leaf entra dentro de mis prioridades. Lo prometo por Snoopy.

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Tan dulce como su boca


Tres días hai que non como
se non unha laranxiña
para te-la bouca dulce
para che falar meniña
Trad. gallega ("Canto de Monzo", Berrogüetto)

Las orejas de Augusto

Qué más se puede añadir a la fotografía del camafeo de Augusto, si no es el sello que incluyo después? Poco o casi nada. El artista anónimo hizo un trabajo que apenas tiene que ver con las cabezas de perro tomadas en gran angular, o con el cartel de las elecciones de Obama. Por decir algo. Ni con el brain storming de las campañas mediáticas. Principalmente porque el camafeo es el trabajo fruto de una tradición de un oficio, aunque se trate de una labor personal y se añade algún factor de estilo, que es lo que al parecer distingue la técnica del arte. El diseño gráfico también está por la labor de convencernos de las propiedades de lo que nos muestra (publicidad), pero cualquiera que pase por aquí estará de acuerdo conmigo (si quiere) en que el camafeo de Augusto a la que se reprodujera perdería mucho de su valor y de su gracia. Que conste que estoy al caso de la disputa por los derechos de autor del afiche de Barak Obama, puesto que la imagen de Shepard Fairey en realidad procede de una fotografía que tomó Jim Young o Mannie Garcia (así, sin acento en la i). Un rollo macabeo, lo de la propiedad intelectual y todo eso. Porque el camafeo de sardónice (así, con e) sí que es un maravilla y una delicia para los sentidos. Aunque sea así, aquí, "reproducido" de otra manera.
Camafeo de Augusto con la Gorgona, año 14 (12,8 x 9,3 cm). British Museum.

Se suele menospreciar la escultura romana y se suele recalcar en todo caso que los escultores de la época republicana eran todos griegos. Y sin embargo el retrato romano me parece una aportación importantísima. No superior a la tortilla de patata española pero tampoco inferior a la perspectiva o a las caligrafías china o árabe. Los 7000 guerreros y caballos de terracota del mausuleo del emperador Qin tienen rasgos individuales, pero no sé si están inspirados en modelos reales. Los guerreros de Qin (del año 210 a. J.C.) estaban policromados, pero al ser descubiertos y al contacto con el oxígeno pierden la pigmentación. También era polícroma la escultura de Augusto thoracatus, como general victorioso inspirado en el Doríforo de Policleto, más conocido como el Augusto de Prima Porta. El hecho de que Augusto siempre aparezca con las orejas un poco prominentes, como Obama, incluso en la estatua como Augusto thoracatus, en pleno revival helenista y por lo tanto la estilización y menor realismo (yes, we can), me hace creer que "efectivamente" (como está de moda decir ahora) tenía unas buenas orejas.

Ya que sacamos a relucir el par de orejas de Augusto, no estará de más que incluya lo sugerentes que siempre me resultaron las Guerras Cántabras (29-19 a. J.C.), a las cuales se dice que tuvo que venir el emperador Augusto en persona para ver de acabar la romanización de Hispania. Teniendo en cuenta que Cádiz, la ciudad más antigua de Europa, era civitas faederata desde el siglo III a. J.C. y la matanza del monte Medulio fue en el 22 a. de J.C., los pueblos galaicos, astures y cántabros no podían ser más que un estorbo, un incordio de insurrectos irredentos y lo que fueron, unos suicidas redomados.

Para ir recapitulando y centrando el tema: las orejas de Augusto o las de Barak Obama también de alguna manera thoracatus no son un tema menor. ¿Qué diría la escultora Louise Bourgeois sobre las orejas del emperador y por qué fueron reducidas en el camafeo? Pensemos en la famosa fota de la escultora admirando una oreja esculpida, fotografía que le hizo Inge Morath (1991). O en la escultua que hizo la misma Louise Bourgeois de una oreja derecha (2002). Algo sabría de orejas. 

El peinado de Julia Domna

Sello de berilo de Julia Domna. Año 205-210 (2,4 cm). The Metropolitan Museum of Art

Los retratos romanos siempre eran de hombres y además de la clase patricia, aunque se conservan algunos retratos en efigie de mujeres patricias. Retratos excepcionales. Hay muchos de Julia Domna (Iulia pia felix Augusta mater nostri et castrorum et senatus et patriae), con su particular peinado:

"En el 193, año en que Septimio Severo es proclamado emperador por las tropas de Panonia, Julia Domna obtiene asimismo el título de augusta, llegando incluso a acuñarse monedas con su efigie. [...] Entre el 202 y el 205, el papel ocupado por la emperatriz motivará las envidias del prefecto del pretorio, Cayo Fulvio Plautiano, consejero muy influyente en el emperador, y que le convenció de que Julia había sido adúltera, con el consiguiente proceso y la retirada de ella de la vida pública. Este alejamiento de la corte le permite dedicarse intensamente al estudio de la filosofía y la religión, formándose alrededor suyo un círculo de figuras intelectuales importantes, entre los cuales se encontraban el filósofo Filóstrato y el médico Galeno." (Wikipedia)

La verdad es que aparte de que el peinado es muy patricio y preciosista, yo sospecho que las orejas no las tendría la emperatriz Julia Domna nada agraciadas.

 

Damnatio memoriae

En la Wikipedia también, por cierto, encontramos una lista de emperadores condenados, sujetos a la damnatio memoriae. Cuando el Senado decretaba la damnatio memoriae, se procedía a eliminar todo cuanto recordara al condenado: imágenes, monumentos, inscripciones, e incluso se llegaba a la prohibición de usar su nombre". Una cosa (los retratos, los triunfos, los honores) llevó a la otra (la deshonra pública). En este sentido es muy interesante un artículo en "El País" de su press ombudswoman o defensora del lector, Milagros Pérez Oliva, o que lo era al menos cuando publicó "Condenados a permanecer en la Red" en marzo. Y es que yo me pasé una vez (hace unos 2 años y medio) mucho tiempo buscando el rastro de un ex-conseller de la Generalitat de Catalunya que estuvo años en su puesto y que luego desapareció sin dejar ni una sola señal en la red. Antoni Comas. Creo que fue cesado e incluso se le llegó a imputar un delito de apropiación indebida. Así es que cuando se quiere bien que se puede limpiar la red de toda traza poco honorable.

¿Se acuerdan de "To viemma tou Odyssea"/"La mirada de Ulises" (Theodoros Angelopoulos, 1995)? ¿Harvey Keitel buscando la mirada inocente? ¿Se acuerdan entonces de la enorme estatua de Lenin destrozada deslizándose en una barcaza por el Danubio? ¿Se acuerdan al menos de la magnífica música de Eleni Karaindrou? Claro está que esa estatua, no la de la película, sino la mayoría de las estatuas de Lenin, tenían escaso valor escultórico.

Me acuerdo cuando nació mi sobrino. Teníamos su retrato sobre todos los televisores. Como si fuera un dictador. Y de alguna manera lo fue, pero por poco tiempo. Apenas 3 años.

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8/2/10

El caso del clavicordio

 
Plato Coalport-Simpson

Hace unos días el Crítico Constante dedicó un post al ocio y al tiempo libre que me recordó lo mucho que puede dar de sí la jornada laboral de algunos empleados públicos o asimilados que todos conocemos. En mi propia experiencia la palma se la lleva (hasta ahora) el caso de unos “compañeros” que fueron amonestados y expedientados por ser pillados haciendo el amor mientras hacían horas extraordinarias o cuando hacían horas extraordinarias mientras hacían el amor. Mi competencia en español y en el régimen estatutario por el cual se reglamentan nuestros derechos y deberes es insuficiente para determinar el orden correcto del planteamiento. Lo que si puedo afirmar es que hacían horas extraordinarias, etcétera, y que no se trataba de un hecho excepcional e impremeditado.

Al lado de este caso queda eclipsado el del subalterno que dormía las monas en una camilla de urgencias o una falta muy común como la de ir al comedor del personal vestidos con la ropa del quirófano. El hurto y el robo de pequeño material fungible y hasta inventariable o la dedicación del tiempo de la jornada para gran variedad de quehaceres incluso lucrativos que nada tienen que ver con la función propiamente dicha que tiene asignada cada cual, eso queda totalmente integrado como algo incluso natural. Y como un signo de  veteranía. Otro valor mal llevado de las organizaciones decadentes y degeneradas. El hecho de que los compañeros funcionarios utilicen sin ningún género de rubor sus móviles durante el curso de la jornada y para cuestiones a todas luces nimias y de una pésima organización doméstica, no impide que se siga utilizando la línea fija -incluso simultáneamente- para ocuparla con cuestiones relativas a la comunidad de propietarios, la reserva de un hotelito rural o cualquier otra labor que se podría compatibilizar con la vida privada por cuanto el horario lo facilita, más si como les digo lo normal  es que la parte de la plantilla que hace gestiones durante su horario de trabajo suele llegar tarde, tiene por costumbre irse antes de su hora y emplea media hora para un café antes de ponerse a trabajar y una hora entera o más para el desayuno o la merienda a mitad de la etapa. Cada falta por sí misma y aisladamente, sin que adquiriera la cadencia del hábito contumaz, podría pasar por ser irrelevante y hasta higiénica, pero no es así.  Quien hace una hace ciento. Para el que desconozca estas usanzas habrá que aclararle además que por un efecto mucho más sólido que el de las alas de mariposa, los que se dejan arrastrar por el cumplimiento del horario se verán inexorablemente abocados a atender funciones que no le corresponden y a estar más expuestos a todas las dificultades que puede acarrear el trato con el público y no tendrán más remedio que asumirlas a no ser que tengan por la mano retraerse poniendo  todo lo que tienen de inteligencia en hacerse el tonto. También habrá que explicarles, a los que no saben  donde pisamos, que en nuestra administración pública se fortalece una conducta muy característica que es la del que ni trabaja ni deja trabajar y  lo poquito que hace lo vocea y lo infla tanto que casi preferiríamos que no hiciera nada. Hablo de la corrupción en pequeña escala y no digo nada de los comisionistas, los tarugos, etcétera, que eso ya son temas mayores.

Yo puedo afirmar que nunca he roto un plato. Copas sí, decenas, sobre todo de cristal. De ahí esa ostentación que hago de una magnífica pieza de porcelana de Coalport que encontré en internet. Cuando trabajaba en  el Hospital de B. substraje dos cosas:

1) una percha de sonda vesical (de alambre) que le pedí a la supervisora de una planta, y

2) uno de los ejemplares del diccionario Collins, que me llevé de la Biblioteca cuando se la traspasaron a la Universidad de Barcelona.

La percha no debía valer ni 50 pesetas y no es posible comprarla por ahí en los circuitos comerciales. Por lo menos a los que yo tengo acceso. El Collins me lo había hecho mío y lo tenía como si dijéramos “tuneado” con chuletas, anotaciones y post-its varios. Aparte de eso no se me puede imputar ninguna otra falta como las que he apuntado. He llegado tarde al trabajo unas 4 veces en más de 25 años de servicio. He salido más tarde de mi hora otras tantas, tal vez 10, siempre porque me habían puesto un ordenador nuevo que había que ajustar, o por recuperar el tiempo perdido en el dentista, etcétera. Me parece tan deshonesto irse pronto como irse tarde, hacer de menos como de más. Si bien es cierto que alguna vez he atendido mensajes de correo electrónico estrictamente privados, también puedo decir que con ello no he perjudicado mi rendimiento ni el de las personas que compartían el mismo espacio que yo ocupaba.

Pero un día hice una tontería que fue lo suficientemente estúpida como para que se desprendiera de su propia estupidez mi inocencia o mi ingenuidad. Le llamo el caso del clavicordio. Había una vez… una mesa. Una mesa como la de la foto que enlazo, un poco más aparatosa y con las patas originales, que  las de la foto son postizas, creo. La habíamos retirado de la Biblioteca porque nos habían traído otros muebles y no cabía. Estaba fuera en la entrada y no acababan de venir a retirarla los de Conserjería.  Para no dar pistas diremos que en la Conserjería había gente buena y gente mala (o vamos a suponer que todos eran lo mismo, para no señalar, que está feo, y luego, como se suele decir, Dios ya distinguirá quienes son los suyos). Pues la gente mala eran como sátiros que me insinuaban que la retirada de la mesa, que ya llevaba unos 9 meses en su rincón) dependía de lo complaciente que yo pudiera llegar a ser a mi vez.  “Amor con amor se paga”. Excuso decir que a la tercera insinuación abandoné la idea a la espera de encontrar alguna solución de las que siempre surgen si una está atenta a las ocasiones. La mesa estaba allí como un mamotreto o catafalco. Por entonces yo conocí un estudiante de Medicina que en realidad estudiaba más música que Medicina, pero que era bastante listo y se lo sacaba todo sin esfuerzo.  El estudiante, estudiaba clavicordio y canto. Tenía voz de barítono e incluso un día en el bar me cantó su parte en “Là ci darem la mano” (Don Giovanni). El muchacho tenía un aspecto verdaderamente donjuanesco. A mí me interesaba más lo del clavicordio, un instrumento que también tiene su qué mefistofélico, si nos ponemos a decir. Una cosa llevó a la otra y accedí a que él y otro amigo se llevaran la mesa para el clavicordio. Vinieron en un Renault 4 de color beig o gris claro a eso de las 5 de la tarde, que es cuando yo cerraba y quedaba todo desierto. Ataron la mesa patas arriba en la vaca con unas cuerdecillas  de cáñamo y tomamos lo que ahora me parece es la autopista del litoral. Llena de camiones. Yo iba en el asiento del copiloto y en un momento dado se me ocurrió mirar por el retrovisor la carga. Se tambaleaba ostensiblemente, así que no volví a mirar aunque todo me empezó a dar como vueltas. Me apeé en la Diagonal, por los jardines de Pedralbes, y ellos dos siguieron con la mesa hacia su destino. Al cabo de una semana me vino a ver el Jefe de Seguridad del Hospital, con quien me llevaba muy bien, y ahora a toro pasado me doy cuenta del tacto que tuvo para preguntarme si me había vuelto loca y si no sabía que aquello era robar. Le expliqué lo de Don Giovanni, los sátiros de Conserjería, y nada le vino de nuevo. Gran persona. Sin embargo me tuve que comprometer a devolver la mesa, para lo cual mi amigo tuvo que alquilar una furgoneta. Más tonta y no nazco.

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5/2/10

Niña comiendo una manzana


stos días atrás me hablaron “de segunda mano” de los chinchulines argentinos y pude saber que el intestino delgado vacuno con el que están elaborados conserva su contenido genuino. Al ir a informarme ahora ni que fuera en la Wikipedia, me he dado cuenta de que a diferencia de nuestro botillo o (en gallego) butelo o androlla, también llamado chosco, en que la tripa se utiliza para embutir algún preparado cárnico, el chinchulín conserva los bolos protoexcrementicios. Así que el chinchulín  no es exactamente como la salchicha (intestino delgado) o el chorizo cular (intestino grueso), no es un embutido. El chinchulín (del quechua ch’unchul, “intestino”) es de carne vacuna, como digo, y se da en Argentina, Uruguay, Chile, Perú, Venezuela y México. El botillo es de tripa porcina y se da en nuestro noroeste, en zonas de León, Galicia y Asturias. Hasta donde yo sé.

Dejo de lado el Kopi Luwak o café de civeta, el más caro del mundo, que Jack Nicholson en “Ahora o nunca” toma con verdadera delectación y que no es más que la infusión de los granos de café  parcialmente digeridos, tras una leve fermentación, por la civeta palmera asiática (Paradoxorus hermaphroditus). En Catalunya, tenemos una gran tradición gastronómica con los caracoles y se preparan de infinidad de maneras, hasta tal punto que en el Restaurant Diagonal (Can Soteras), una vez al año nos deleitan con la Setmana del Cargol y la carta es muy variada y suculenta.  Pero a pesar de que los pobres animalitos son convenientemente purgados en un proceso sólo un poco menos cruel que el de la industria de los abrigos de Astrakan, no hay que olvidarse de advertir a los no iniciados sobre la necesidad de que al extraer el molusco de su concha hay que hacer una leve maniobra como distraída por la cual pellizcamos el final del tracto digestivo del caracol con el objeto de desechar el contenido final del proceso alimentario del animal que a nuestra vez nos vamos a comer. Con el pulgar de una mano pellizcamos el final del tubo del gasterópodo  y con la otra mano -y con ayuda de un mondadientes o un pincho o un palillo- nos llevamos rápidamente el resto del molusco al interior de la boca. Siempre siguiendo la Wikipedia, podemos añadir a estos datos que el caracol es un manjar lo mismo en Francia que en Portugal. O tal vez lo es más en Francia, donde incluso tienen una especie de pinzas para manipularlos con una cierta distinción.

Todo esto y mucho más venía pensando yo en uno de mis paseos por la sierra que rodea Barcelona, a la vista de la cantidad de yerbas que han brotado este año gracias a las lluvias que hemos tenido y gracias a que han sido provechosas y mansas, nada torrenciales. A veces veo gente coger brotes de hinojo, dicen que para sus conejos. ¿Qué conejos? Los conejos que tendrán en sus casas, me figuro. Más no sé. También más adelante en el año hay quien recoge espárragos. Y hasta crespillos. Hay unas ciertas verduras silvestres que podríamos tal vez comer pero que ya no conocemos la mayoría de la gente. En el parque del Nord hay laurel, pero yo no lo cogería nunca, y no sólo porque está prohibida su recolección en un parque público, sino porque ya les diré en otra ocasión qué es lo que hacen los perros con los laureles. De todas maneras empiezo a desarrollar un cierto interés por la maleza y también por las verduras silvestres (las borrajas, las endivias, las tagarminas) y los hongos y las setas, donde antes sólo lo tenía por las florecillas y las plantas aromáticas.

Hoy le eché un vistazo al libro del Deuteronomio famoso. No sólo para ver en qué paraba el fragmento propuesto por Rodríguez Zapatero en la plegaria de Obama, el que empieza “No explotarás al jornalero humilde” y acaba “Así no clamará contra ti a Yahvé, y no te cargarás con un pecado” (DGT 24, 14-15). Es que el Viejo Testamento, quitando los libros sapienciales y los de los profetas, no me interesa tanto como el Nuevo. No me lo conozco tanto. Y unos versículos más adelante del versículo leído por el último presidente del Gobierno de España, leo:

Cuando siegues la mies en tu campo, si dejas olvidada una gavilla en el campo, no volverás a buscarla. Será para el forastero, el huérfano y la viuda, a fin de que Yahvé tu Dios te bendiga en todas tus empresas“.

El Deuteronomio es a la ley como el Levítico a un tratado de higiene, algo incipiente y perteneciente al mundo antiguo. Y sin embargo estaría bien basado en la ley “natural” o consuetudinaria, puesto que en Rut (libro que ahora mismo ignoro si es posterior, como creo), la viuda homónima recoge lo que los primeros cosechadores han dejado. De la belleza de esta imagen ya reparé en un post que dediqué a la película de Agnès Varda, “Les glaneurs et la glaneuse“, cuya primera parte se estrenó el año 2000, y que se tradujo al español como “Los espigadores y la espigadora”.  Ahora apenas hay espigadores porque las máquinas lo dejan todo pelado, pero hoy en día hay quienes revuelven en la basura de los supermercados buscando productos en teoría caducados o con la fecha de caducidad muy próxima. Las escasas palomas que quedan en Barcelona comen lo que se les cae a los niños cuando van apresuradamente al colegio y cuando vuelven no menos apresuradamente. Muchos ancianos también revuelven en la basura. Y no tan ancianos.

El hermoso cuadro de Schalken (“Niña comiendo una manzana”), con ese enunciado característicamente pictórico o de pie de foto, pero no de “El País”, me recuerda la manzana que acabó comiendo Pinocho hasta no dejar ni el rabo, cuando se da cuenta de que no hay nada más. Pero el gesto de la mano derecha de la niña, el cesto a rebosar, a mí al menos, no me dejan lugar a dudas sobre la abundancia en la que vive. Todo lo más podríamos admitir la hipótesis de que se trata de una criada que a media noche va a la cocina de la casa a comer una manzana a hurtadillas.

“Niña comiendo una manzana” (Goldfried Schalken, 1675-1680)

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2/2/10

Post 383: Fe


veces he oído o leído por ahí afirmaciones y negaciones sobre el cristianismo que me han creado la necesidad de conocer más mi fe en sus fundamentos teóricos. Una de las afirmaciones que se suelen hacer sobre el cristianismo es por ejemplo que el perdón redime de todos los pecados y por lo tanto se puede obrar “alegremente” y cometer todo tipo de desmanes o desmadres y errores, puesto que en un momento dado si nos arrepentimos de todo corazón quedamos limpios hasta casi que del pecado original. Otro lugar común es la afirmación de que el cristianismo y en general el catolicismo afirman que tenemos lo que nos merecemos. Ese tópico lució en un post de Alejandro González en el centro de una broma sobre las religiones e incluso alguna filosofía y alguna secta. Y así indefinidamente. Yo misma, que soy católica practicante, supe hace bien poco que en los protestantes también existe la idea de la Gracia. Y yo pensaba que no, que era propia del catolicismo.  Con todo esto lo que pretendo decir es que ha sido paulatinamente y de un tiempo a esta parte cuando me he visto en la necesidad de encontrar un cierto sustento teórico a una fe que en mi caso hasta hoy no ha flaqueado pero que sólo se aguanta en los conocimientos que me han trasmitido mis padres y en lo que he sabido por la lectura de los libros sagrados y algunos libros piadosos (lo mismo San Agustín o Santa Teresa como Simone Weil). Me había desentendido de la teología y por lo tanto no tenía base para refutar o apoyar ideas o ideologías como las que he puesto por ejemplo de una cierta indolencia teórica o simplemente de chascarrillos tabernarios del tipo “caca, pedo, culo”.

A las bromas más o menos ingeniosas y a los chascarrillos sobre el catolicismo han contribuido no poco sus propios “fieles” y algunas manifestaciones populares de corte prerromano. Me estoy ahora acordando de aquellos magnates de la Castilla del otoño de la Edad Media, que viajaban con los pertrechos y el “personal” para ser bautizados in extremis, puesto que había la creencia de que el bautismo los dejaba limpios como patenas, limpios de todos los pecados. Por lo tanto retardaban el bautizo hasta la hora de su muerte. He sabido que Muammar al-Gaddafi suele hacer todos sus desplazamientos con una UVI en su séquito, cosa que se  me asemejó bastante a estotro de los nobles y burgueses castellanos con el agua bendita y los santos óleos mistagógicos a cuestas. Sólo que parece que lo del bautismo in extremis, como otras costumbres, yo diría que es algo que roza la superstición y tiene que ver con la salvación del alma, mientras que lo del líder libio tiene que ver con la medicina de urgencia y la salvación del cuerpo en caso de un atentado, un accidente o cualquier otra indisposición.

De la misma manera que mis escasos conocimientos sobre notación musical y sobre la historia de la música no me impiden disfrutar de las sonatas de Mozart, yo he podido disfrutar sentimentalmente de mi fe sin necesidad de meterme en teologías. Hasta el sábado, en que finalmente me decidí por un libro de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, titulado Introducción al cristianismo. Para mi sorpresa, por lo menos las primeras páginas no tratan sobre dogmas. Era lo que yo esperaba, tal vez en otro de mis errores. Las primeras páginas tratan sobre la incredulidad:

“[...] el creyente sólo puede realizar su fe en el océano de la nada, de la tentación y de lo problemático [*]; el océano de la inseguridad es el único lugar que se le ha asignado para vivir su fe; pero no pensemos por eso que el no-creyente es el que, sin problema alguno, carece simplemente de fe“.

Sólo con esta frase del principio del libro ya tengo yo para rato. Lo que no sé, porque me he detenido ahí, es si la Introducción al cristianismo es un desarrollo de esa idea, en sus variaciones o ampliado, o bien si es una idea a partir de la cual Ratzinger expone otras. La cuestión para mí ahora  es que ese espacio de incredulidad que al parecer comparten los creyentes y los no-creyentes es algo, valga la redundancia, en lo que yo siempre había creído. O la incredulidad de los no-creyentes es algo sobre lo que yo muchas veces he dudado. No dudo que una croata que traté unos años, cuya educación comunista bajo la dictadura de Tito proscribía el teísmo, tiene dificultades para concebir algunas nociones que en realidad me temo que no son fundamentales. Aparte de eso es incapaz de interpretar más de la mitad de la producción artística de Occidente, porque desconoce la historia sagrada y sus símbolos. Pero esa es otra cuestión que nos devuelve al ejemplo de Mozart y a la que no hay que darle muchas vueltas.

Así es que, como me temía, la incredulidad está en los no-creyentes y los creyentes. Yo creía, si se me permite afirmarlo así, que los no-creyentes que constantemente están metiéndose con los creyentes eran como los perros, que necesitan un sitio al que arrimarse para mear. O como los señores heterosexuales que se excitan con escenas lésbicas. Ya sé que la comparación no es muy caritativa ni para los perros ni para los no-creyentes, ya sé que el cine porno no es un modelo de conocimiento adecuado para el caso. O sí. No sé, digo. Yo no soy Paul Claudel, está claro. También podría haber dicho, el ateo pendenciero es como esa gente que habla mal indistintamente del matrimonio y de los que no están casados, en una especie de esquizofrenia que no por repetida deja de sorprenderme.  Ni viven ni dejan vivir. O son  como parásitos. Es decir, para afirmarse necesitan negar a los otros.

La elocuencia de Ratzinger, de la cual ya había tenido noticia, va más allá por supuesto de mis desvaríos. Los creyentes sabemos de la existencia de esos elementos de la “parábola” de Claudel: el madero, el océano, el naufragio.  En mi propia experiencia vital, he pasado por momentos en los cuales no es que haya decrecido mi fe y hasta la fuerza moral -algo tenía que tener quien no tiene paciencia alguna-, sino que a veces el trato (si se me permite) con Dios es placentero  y otras veces no. Las palabras de Ratzinger para mí tienen pues el  valor añadido de darle un cierto sentido a las injusticias y los disgustos de este mundo.

*

[*] Ratzinger nos remite a El zapato de raso de Paul Claudel, en donde se describe el trance de un náufrago misionero jesuita, que ya en el océano agarrado a un madero dirá: “Señor, os agradezco que me hayáis atado así. A veces he encontrado penosos vuestros mandamientos. Mi voluntad, en presencia de vuestra regla, perpleja, reacia. Pero hoy no hay manera de estar más apretado con vos que lo estoy y por más que examine cada uno de mis miembros, no hay ni uno solo que de vos sea capaz de separarse. Verdad es que estoy atado a la cruz, pero la cruz no está atada a soporte alguno. Flota en el mar.”

Detalle de “La buenaventura” de Georges de La Tour, ¿1633?

Post scriptum: al poco de publicar este post con el recorte del detalle de la pintura de de La Tour, Taschen sacó un coffee table book con igual o casi igual portada.

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