Mr. Magoo en
alguno de sus episodios de confusión saca a bailar a un hombre creyendo que es
una mujer y Rompetechos tiene también unos deslices muy cómicos, como el del
dibujo, en que pretende como barbero que es afeitarlo todo, hasta un nopal. Al
lado de los defectos sensoriales de Magoo y Rompetechos, la afección de Don
Quijote es más profunda y confunde un rebaño de ovejas con un ejército y
los molinos manchegos con gigantes:
“Y, diciendo
esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su
escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de
viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en
que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho ni echaba de ver,
aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes, iba diciendo en voces altas:
Non fuyades,
cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.”
Como el Quijote
tiene tantas lecturas como lectores, servidora encima añade a cada una
de sus lecturas de la novela la de enfocarse en un tema (el dinero, el amor, el
engaño, etc.) ¡Como si esos temas se pudieran separar! Pues sí, porque estamos
acostumbrados a hacerlo y hasta pasamos por el espejismo de estarlo haciendo
cuando en realidad no lo conseguimos casi nunca. De hecho, los grandes temas de
la novela, como género literario, son el dinero, el amor y el engaño, mientras
que los grandes temas de la poesía serían el amor y la muerte. Lo digo de
manera tentativa y tímidamente, sin pretensiones de sentar cátedra ni de
concluir.
Mi ejemplar del
Quijote es una edición de bolsillo con un cuidadoso aparato
crítico de Martín de Riquer, quien ahora tiene 94 primaveras. Alguna vez
lo veía subiendo las escaleras al departamento de Filología Románica de la
Universidad de Barcelona y fue así como supe que era manco como Cervantes.
Pero por entonces yo ya había leído el Quijote siguiendo las valiosas
instrucciones de nuestro profesor de literatura de bachillerato, que se llamaba
Escudero de apellido y era chileno. Según Escudero era suficiente con que nos
leyéramos para empezar los capítulos 1, 6, 8, 10, 14, 27, 32, 35, 47, 48 y 52.
Siempre que me encuentro con alguien que dice que no tiene tiempo para
leerse el Quijote, le paso esta ruta de atajo y nadie queda descontento. De
todas maneras, aunque calle como una puerta, me parece que una persona que no
tenga tiempo de leer el Quijote es digna de lástima. Y no lo digo por el
Quijote en sí, sino por su situación también en sí.
Lo curioso de
todo es que los delirios del Quijote se funden con las trapazas de otros
personajes, por ejemplo el duque, y con la obcecación que tiene Sancho con ser
gobernador de la ínsula Barataria que, como el nombre indica, además era
de poco valor. Todo está muy bien trabado. Y fui plenamente consciente el lunes
de vuelta a casa, en el autobús. Un individuo pintoresco que estaba en el fondo
del mamotreto se fue hacia el conductor y le desafió con una frase como “Eso,
no me lo vuelves a decir” o algo así. Yo acababa de entrar, así que no sé si me
había perdido algo o si sabía lo mismo que el conductor: nada. El conductor,
musculoso, rapado, de contundentes cejas, le espetó: “¿Qué es
lo-que-no-te-vuelvo-a-decir?”. Excuso la escena que se organizó en unos
segundos, con el conductor retorciéndole el brazo al individuo y reduciéndole y
hasta ya envalentonado diciéndole “No te muevas, que te arranco la
cabeza”. Un señor con aspecto de médico ayudaba a que la cosa no fuera a más y
le hizo una pregunta al que estaba debajo y a mis pies que me dio a entender
que sí que era un médico, y que había comprendido como yo que había un problema
mental. Una enfermedad mental. Un brote, nada de drogas o alcohol.
Lamentablemente parece que el chofer del autobús no se daba cuenta. Mientras
tanto un compañero suyo llamaba por radio a la policía y yo me escurrí por la
puerta central como si hubiera una alfombra roja y la prensa gráfica al
pleno.
No sé cómo
acabó la historia, pero la semana anterior había habido en otra línea de ruta
parecida una pelea entre pasajeros y estuvimos media hora parados y parando el
tráfico y la verdad para mí carece ya de todo interés cómo acaban estas
pendencias entre locos, enloquecidos, alocados, caballeros de ardientes espadas
y tontos del bote. Alguien tiene que mantener la calma, jolín.
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