oy supe que aquella parábola de los talentos de Mateo (Mt 25:14-30) no se refería a las monedas -como yo pensaba- sino que se refería a los talentos como dones que cada cual debe cultivar. He vivido en tantos errores como este y hasta peores que solo se explica que esté viva de milagro o porque en lo esencial se ve que me he podido desenvolver y sobrevivir. No sé si me ha parecido nunca tan horrendo que la gente no desarrolle los dones que le han sido concedidos providencial o genéticamente como la monstruosidad complementaria, que se le coarte o impida. Como ya vimos en otra ocasión, de los tres tipos de mediocres es el tercero y más sañudo el que dedica su energía a sabotear la creatividad de quienes la tienen. El mediocre del tipo uno no sufre ni padece, vive en su aurea mediocritas o no tan dorada, tal vez marrón, despreocupándose del que dirán y de ir más allá de lo que le no se puede excusar. El mediocre tipo dos es el copión y también es envidiosillo, pero no tanto como lo es el tercer tipo que -en estado puro- incluso se apropiará del trabajo de los demás.
Tal
vez habrá que aclarar que eso de los talentos, una vez desambigüado y dicho que
no son monedas, tampoco son aquellas condiciones que necesariamente permiten a
ciertas personas salir en el Libro Guinness de los Récords. Estuve
navegando ahora por su portal,
o uno de los portales, puesto que no me acabo de aclarar, y he visto prodigios
que no dejan de tener su gracia, como el de aquel récord de ponerse más de 80
camisetas en una hora, o el de haber realizado la pelota de film transparente
más grande del mundo. Aunque Jyoty Amge, de Naypur (India) (62,8 cm)
disputa a Brigitte Jordan (69) el primer lugar del palmarés de las
mujeres más pequeñas del mundo, en realidad quien ostentaría el puesto
indiscutible hasta la fecha es la holandesa Pauline Musters (1876-1895)
que midió todo lo más 58 cm. De ella quedan numerosas fotografías aunque -les
prometo que no es por hacer broma- todas son pequeñas y las que ilustran hoy el
Álbum no es la más representativa. A mí me regaló mi padre de pequeña una
Muñeca Merceditas que no era mayor que Pauline Musters, pero me causó un
horror supino que a los 3 años se disimula mal como ustedes sabrán comprender.
A mi manera yo sabía que aquella muñeca era grande por demás, como así era.
Pero más que tomármela como grande me la tomé como anormal y por suerte, fuera
porque mi familia me supo comprender, fuera porque me supo respetar, la muñeca
no estuvo mucho tiempo en casa. Luego me compraron un Pinito, que me acompañó prácticamente hasta la pubertad
puesto que no quise ningún muñeco más.
Supongo que con esta historia se pretende subrayar algo de lo que hablamos ayer con Pilar en mi muro del Facebook, que las peonías tienen un aire de laissez-faire y pachorra decadentona que no tienen las rosas, que son más estiradas y que como dijo Ramón Gómez de la Serna en vez de morirse se suicidan. Las peonías se mueren simplemente pero eso sí con un cierto dramatismo exento de cursilería y de toda afectación escocida. Dijo Pilar: "incluso el olor de la peonía es empolvado, menos agresivo" y concluímos que las rosas cuando tienen un desgarrón o la marquita de una apretura se vuelven feas como esas mujeres que con una raya en la media parecen putas. Las peonías lo aguantan todo: un desgarrón, una raya, el rocío, el calor, una mala tarde y un mal día. Hasta pareciera que les sienta bien. Yo no sabría decir qué peonías me gustan más, si las de P. A. Renoir, las de Claude Monet o las de Henri Fantin-Latour. En lo demás, que cada cual se conforme con lo que tiene, que no es poco.
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