14/8/11

Parecidos odiosos, comparaciones razonables

“El serrallo era para las mujeres como un desafío a vida
o muerte; trono o sepulcro, consagración o silencio, porque
la clausura podía convertirlas también en halcones, igual
que el hachís y el desamor las enviciaban y, entre
joyas y sedas, se transformaban en niñas caprichosas
o en muñecas crueles, vacías o rellenas de ambición y celos…
Un convento de clausura inquietante, porque también los sultanes
se volvían palomas entre sus manos perfumadas”.

Mauricio Wiesenthal, El esnobismo de las golondrinas




o crean o no en donde yo trabajo, donde hay o hubo en plantilla creo que cosa de 6000 personas, hay un hombre que guarda un parecido asombroso con el
Salieri de “Amadeus” (Miloš Forman, 1984). Lo que yo no sé es si vive atormentado por la envidia, ese vicio que dicen que corroía al compositor verdadero ante el genio y la picardía de Mozart. Pero son como dos gotas de agua. 

Pero, empezando por los parecidos razonables, las intrigas entre las concubinas del sultán y la organización del serrallo de Topkapi, desde la validé o favorita, pasando por los eunucos y las odaliscas y acabando por las niñas esclavas, no se pueden comprender en dos tardes. En dos tardes como las que empleó Jordi Sevilla en explicar a Rodríguez Zapatero lo preciso en Economía. La comparación de Wiesenthal entre un serrallo y un convento se aleja del tópico sacrílego para desarrollar la idea esencial del aislamiento.

Precisamente un año justo después de estar en Topkapi estuve en Salamanca. Fue el día de Navidad, sin turistas en Estambul y sin estudiantes en la capital charra. A pesar de que pasaron no menos de 15 años aún es muy vívida la fuerza del impacto entre el enorme parecido que sorprendí entre el patio que conduce al convento de las Dueñas o dominicas y el del serrallo de Topkapi.  Tal vez fue solo una impresión, tal vez el parecido podría razonarse con pruebas materiales, fotos. La cuestión ahora es solo plantear como se asemejan mundos ajenos.

Por un mismo factor de conversión, se da una cuenta de que en un grupo con un determinado número de personas que coinciden durante unos días en un curso de verano o en un circuito turístico se darán a conocer con singular parecido a la profundidad mera de los personajes que mostraba Agatha Christie para presentar un caso de asesinato. Es decir que solo veremos las relaciones más reconocibles entre nuestros personajes (madre-hijo, marido-mujer, etc.) y se diría que unos rasgos que nos sitúan muy someramente sobre unos temores y unos intereses obvios. Todo igualito, si quieren, que en una novela de Christie pero sin asesinato ni muerto. Hitschcock, el maestro del suspense, acortó los planos. Y su fascinación por el subconsciente le llevó al psicoanálisis y aún a los sueños. Sin embargo, en los cursos de verano, en los tours y en las novelas de Christie predomina el plano de 3 a 5 metros e incluso un radio mayor. En los tres casos esa distancia la marca la necesidad de que un grupo de personas desconocidas coincidan en un momento dado en un lugar, sea para rentabilizar una clase, para compartir gastos en un viaje en grupo o fortuitamente para enredar la trama y levantar sospechas ante lectores aficionados a las novelas policíacas.

Es en los 3 metros o menos cuando más he experimentado la sensación inexplicable de resultarme familiar un completo desconocido. ¿Por qué extraña razón esa sensación me ha sobrevenido tantas veces en los trayectos de media y larga distancia en tren? Aunque he leído que el déjà-vu se asocia a la esquizofrenia, no dejan de sorprenderme esos momentos tan desconcertantes como inservibles. Otro caso es el de aquellas personas que nos despiertan una sensación de déjà-vu y de peligro al mismo tiempo. Esa sensación no es inservible y yo al menos he experimentado que son verdaderamente fundamentadas todas cuantas veces la he sentido. Lo que no sé es si se pueden justificar en la esquizofrenia aquella o en el cenizo o en la aplicación de un formidable sinnúmero de multivariables  y factores de conversión empíricos de nuestro lastre vital.

Soy consciente de que hay personas que no son muy proclives a advertir las semejanzas entre sus semejantes o entre cosas aparentemente diferentes. O tal vez no están interesadas. Eso no les priva de llevar una vida normal, de la misma manera que se puede vivir muy bien sin saber el punto de la salsa bechamel, si se me permite decirlo a través de un nuevo símil.

Y todo esto es para llegar a una comparación que es odiosa de verdad. Se ha escrito muchísimo sobre los campos de concentración y de exterminio, sobre todo los de los nazis. Aunque se han hecho varias películas en que aparecen kapos, yo desconocía su naturaleza. Los nazis uniformaban a sus prisioneros y les marcaban la ropa con un número y unos triángulos invertidos cuyo color indicaba tácitamente a qué clase de persona iba asociado cada hombre y cada mujer o los niños. A grandes rasgos, y de acuerdo con el cuadro que ilustra el Álbum hoy, el color rojo señalaba a los comunistas, los espías, los desertores y los prisioneros de guerra. El color azul señalaba a los emigrantes. El verde a los criminales. El rosa a los hombres homosexuales, pederastas y violadores. El lila a los Testigos de Jehová y los pacifistas. Los gitanos primero fueron señalados con un triángulo negro, pero posteriormente se les identificó al triángulo marrón, mientras que el negro quedó reservado para los enfermos mentales, las lesbianas, los alcohólicos, los mendigos, las prostitutas y los adictos a las drogas. En los judíos otro triángulo bajo la base del primero, hasta formar la estrella de David, indicaba a los descendientes del pueblo elegido.

La cuestión es que en el terrorífico e inhumano entramado de un campo de trabajo o de exterminio, tenía un enorme peso el miedo, la humillación, la crueldad y el sufrimiento físico (hambre, frío, hacinamiento). Todo ello quien más quien menos todos lo sabemos o lo hemos ido pudiendo saber. Los kapos eran los directos encargados de cada barracón. En el campo de concentración de Sachsenhausen, cerca de Berlín, se muestra en el barracón 38 el camastro del kapo, segregado de la sala donde dormían hacinados de 3 en 3 sus prisioneros, que creo que eran gitanos. Los kapos eran también prisioneros y ostentaban el triángulo verde, que era -como he dicho- el que se asignaba a los que antes de la locura del nacional-socialismo se habían dedicado profesionalmente al crimen.

Los kapos serían pues personas de pocos escrúpulos, o “amorales” simplemente. Podían hacer a la perfección el trabajo sucio que se les requería a cambio de algunas ventajitas y de la embriagadora y altamente adictiva sensación de poderío de que tanto gustan los cobardes. Como los nazis les supondrían crueles, astutos, arrastrados y amigos de lo ajeno (envidiosos por tanto), daban el perfil justo y necesario para la función de mantener los pabellones aterrorizados, bajo control y especialmente humillados.  A su vez los kapos también pasaban miedo, pero era diferente miedo.

Estar bajo la voluntad de una persona indecente que seguía las órdenes de unos locos es de lo peor que yo soy capaz de imaginar.  Los kapos, más o menos tal y como los he descrito con trazos gruesísimos, siguen existiendo. No hace falta que tengan un historial delictivo o antecedentes penales. No hace falta que obedezcan enteramente al retrato robot, pero haberlos haylos. Y locos también. De hecho, me estoy acordando además de aquella magnífica película argentina, “El secreto de sus ojos” (Juan José Campanella, 2009), donde si no recuerdo mal el asesino acaba condenado pero tras una breve pena de prisión pasa a ser sicario predilecto del Partido Peronista. Y eso porque no quiero decir nada de lo que yo conozco  tan de cerca.


F. Murray Abraham en el papel de Antonio Salieri en la película de Miloš Forman


Grüneburgpark

¿Conoces el país donde florece el limonero,
centellean las naranjas doradas entre el follaje oscuro,
una suave brisa sopla bajo el cielo azul,
y hallar se puede al silencioso mirto y al alto laurel?
J. W. Goethe, “Kennst du das Land, wo die Zitronen blühn”


lguna vez ya he dicho por aquí que los jardines y los parques cuanto más viejos son más me gustan. Este mes de julio tuve ocasión de visitar el Grüneburgpark de Fráncfort o Frankfurt, con 29 hectáreas (290.000 metros cuadrados), y de ver como -a diferencia de parques como el nuestro en Barcelona de la Ciudadela o el del Laberinto- reinaba el silencio. Seguramente el jardín japonés del no menos grande Planten un Blomen de Hamburgo, diseñado por Yoshikuni Araki, es más artístico. El parque de Hamburgo, por decirlo de una manera simple, es más bonito, más alegre. Y alcanza las 47 hectáreas. Pero más grande aún es el Volkspark Friedrichshain berlinés, con 52 hectáreas, y el máximo es el Tiergarten, con más de 210, que sin embargo es más pequeño que el Central Park de Nueva York.

Está claro que no todo es cuestión de tamaño y, como digo, para mí tiene mucho peso la antigüedad de los lugares. Y basta decir que no me impresiona tanto que Goethe paseó por el Grüneburgpark de Fráncfort como que podamos admirar árboles singulares de su época. Me estoy acordando de un olmo más que centenario que había en un llano tocando la entrada, llano que estaba cubierto de césped y bordeado por un sencillo sendero sin marca alguna, como el que también se puede apreciar en la foto de hoy del Álbum.

Supongo que jaleos etílicos como los que se organizan en Lloret de Mar o en otros pueblos de las costas españolas más soleadas son la contrapartida al silencio que es tan fácil encontrar en las ciudades de Alemania. También es verdad, como  lo fue para mí en Nueva York, que esos parques tan grandes están descompensados por unos espacios urbanos donde es difícil por no decir imposible encontrar donde sentarse, como si con  la ausencia de bancos se pretendiera evitar la concentración de “vagos y maleantes” o los encuentros amorosos, o como si más bien fueran inverosímiles bajo climas más inclementes que el nuestro.

Los bancos son en Barcelona un lugar concurrido por los pensionistas y algunas parejas más bien jóvenes. La gente se pasa horas hablando en las calles, cuando va y viene de donde sea, cuando se encuentran fortuitamente. Pero hablamos de pie, aunque a veces pasa un cuarto de hora entre la primera vez que nos despedimos y la última.

Grüneburgpark de Fráncfort. Fotografía de Marta Domínguez Senra

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11/8/11

La mirada decisiva


ace casi un año me referí en “Paseos por Barcelona" a una escena de “Play time” (Jacques Tati, 1967) en la que una mujer toma una fotografía de una florista en plena ciudad y rodeada de tráfico. Antes de disparar le pide a unos jóvenes que se alejen del encuadre para no alterar el plano con su imagen rockabilly. La llamada “mirada selectiva” de la fotografía siempre me ha hecho pensar y de hecho es de lo que más me interesa. Al lado de los retratos de feria, en que hasta yo podría aparecer tras un vestido de gitana montada a caballo, no es menos ingenuo el intento de algunos fotógrafos de mostrarnos lo que les parece más bonito o que demuestra aquello en lo que creen. De esto me acordé hoy al visitar la exposición sobre las fotografías de Francesc Català-Roca en La Pedrera. Leo en el programa de mano: “Francesc Català-Roca se anticipó intuitivamente a los postulados teóricos de Cartier-Bresson sobre el instante decisivo”; “Al hacer una fotografía tenemos tantas posibilidades, puntos de vista y situaciones, que el mero hecho de escoger ya es una creación”.

A la vista de la colección que nos muestran en La Pedrera, también habría que decir que se atiene a una mirada más selectiva que antológica, a pesar del gran número de fotografías expuestas.  Por resumir diría que en Català-Roca pesa más la mirada selectiva que el instante decisivo. O si lo prefieren podríamos hablar de una mirada decisiva y de un instante selectivo. La famosa foto de Robert Doisneau, “Le baiser de l’Hôtel Ville” posee todo el vértigo de la captura fotográfica y tiene la magia de la espontaneidad, pero en Català-Roca hay algo de fake, de montaje, aunque es algo que no puedo demostrar. Ni sería deseable, claro. Si comparamos “El piropo” (Sevilla, 1959) de Català-Roca y “El piropo” de Xavier Miserachs (situado en la Via Layetana de Barcelona el año 1960), el primero hasta podría parecernos preparado, organizado en torno al contraste entre el requiebro y las autoridades militar y religiosa. Ese contraste aparece tanto en las instantáneas de los años 50 que ya no nos queda candor para pensar que en algún caso fue un descubrimiento, un sencillo hallazgo. 

Esto de los instantes selectivos es como lo de la anécdota de John Allen Paulos en Pienso, luego río, cuando nos recuerda lo fácil que es dar en el blanco cuando primero disparamos y luego dibujamos la diana. Es decir, si quiero hacer una foto de un sij con un  semidesnudo de Scarlett Johansson de fondo o cualquier otro contraste expresivo asegurado y efectista, lo mejor que puedo hacer es pegarme a un sij y esperar a que se componga el encuadre previsible. Digo yo. Lo malo es que -si me permiten otra comparación arriesgada- esto es como la tele, al principio que Salvador Dalí se comiera una mosca atrapada en su bigote o que Uri Geller doblara una cubertería daba para hablar meses, ahora eso y mucho más se puede ver cada dos por tres.

Técnicamente, más allá de la lectura de la imagen como composición y como testimonio, las fotos me parecieron impresionantes, y algunas de ellas incluso precursoras de las que luego hizo por España nuestra fotógrafa más representada en la agencia Magnum, si no me equivoco, Cristina García Rodero

En otro orden de cosas me ha resultado muy llamativo no encontrar fotografías de Català-Roca –nacido en Valls, Tarragona- sobre la Cataluña rural o marina, cuando tantas hizo en La Mancha, y en particular en Cuenca, por ejemplo, aunque fueran por encargo.

Dresdner Residenzschloss (Dresde, Alemania)

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6/8/11

Tontos, tantos y tanteos



a sabía que las subastas tienen algo triste. Más allá de su historia, que se remonta por supuesto a Babilonia y a las ofertas públicas de mujeres casaderas, tuvo un momento álgido en Roma cuando se confiscaban los bienes de patricios caídos en desgracia tras falsas delaciones varias. Parece ser que en las subastas mesopotámicas se mostraban en primer lugar las mujeres más valiosas o aquellas que la naturaleza había agraciado con mayores dotes. En el acto se iba descendiendo hasta las que estaban menos dotadas. El orden, tanto si es ascendente como si es descendente, siempre obedece a algún motivo y cuando este se desconoce o se ignora da desconcierto.

En la típica subasta a la inglesa las ofertas van pujando hasta que se escala a un precio máximo que nadie mejora. Es justo a la inversa de lo que ocurre en una subasta de pescado, donde el precio que se ofrece va bajando hasta que alguien acepta una cifra y por lo tanto detiene la ocasión de otro postor. Más aún de lo que va entre una subasta de la talla de un niño Jesús de Malinas del siglo XIV y una buena docena de jureles o de tiburones gatos melgachos, sorprende lo que puede ir de una subasta a la inglesa a una subasta a la baja. La cuestión es que los jureles boquean y morigeran bajo un panel trepidante de leds cuando las mercancías de segunda mano reviven ante la mirada indiscreta pero también displicente de los tanteatores

Pocas veces llegamos  conocer los avatares de una pieza, a no ser que el precio de salida sea considerable. Algunos catálogos se alejan del típico amontonamiento de los materiales comisados como en comisaría o del aire de los almacenes de las casas de empeño o de objetos perdidos. Optan por el detalle y realce de las naturalezas muertas porque intentan no recordarnos el verdín de los tesoros de la cueva de Aladino ni el pudor de un expolio.

El año 2001 Butterfly Auctioners, una compañía del gigante eBay, puso en subasta cinco fotos de la serie “Red velvet” que Tom Kelley hizo a Marilyn Monroe. El precio de partida fue de 700.000 dólares. Recientemente salieron a subasta con un precio de salida de 80.000 euros las cinco páginas de la partitura de “Recuerdos de la Alhambra”, escritas por Tárrega en Málaga. Nadie pujó y las hojas de música permanecen pues con el actual propietario, Fernando Alonso Mercader, el cual las adquirió a la viuda de Frederic Mompou por canje. A través de la prensa este extremo se entremezcla con referencias al legado de Miquel Llobet y con la rivalidad entre éste y su maestro, Tárrega. El caso es que la partitura manuscrita lleva una dedicatoria para Conchita Gómez de Jacoby, pero la partitura impresa la dedicó Tárrega a Alfred Cottin. Y es que la Jacoby pasó de ser alumna y mecenas del compositor, y tal vez algo más, se dice, a ser alumna y mecenas de Llobet. Tárrega tendría 47 años cuando escribió la famosa pieza y Llobet 24. La substitución de la dedicatoria en la copia impresa nos hablaría no tanto de despecho como de mutis por el foro o retirada. Tal vez Conchita Gómez de Jacoby regaló el manuscrito a Llobet, pero no está tan claro cómo acabó en manos de Mompou, aunque sí lo está que a su viuda le sirvió para cambiárselo a Fernando Alonso por las “Impresiones íntimas” del pianista. La partitura de “Impresiones íntimas” no la veo en el inventario provisional del fondo Mompou legado a la Biblioteca de Cataluña.

Todos estos manejos hablan no del tópico del famoso material con el que están hechos los sueños y las frases-consigna del 15M sino del memento mori de toda la vida y sus trasiegos, del polvo del tiempo. El tiempo aja el famoso vestido blanco que lució Marilyn Monroe y por muy elevado que sea su precio de salida en las subastas no dejará de parecer una mortaja acartonada como la muda desprendida y olvidada de una serpiente.

La canciller A. Merkel ante el busto de Nefertiti en el Neues Museum (Berlín, 2009). 
Fotografía: Reuter.

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