24/3/22

Reduflaciones

"Había tenido que promover 32 guerras, y violar todos sus pactos con la muerte y revolcarse como un cerdo en el muladar de la gloria, para descubrir con casi cuarenta años de retraso los privilegios de la simplicidad"

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad



l coronel Aureliano Buendía descubrió los privilegios de la simplicidad al volver a la platería familiar. Claro que ese género de descubrimientos se produce con melancolía, por ser demasiado tarde o por darse cada cual cuenta de que la vida pasa en un suspiro. 
Estos días me regalaron un libro de Mario Satz, Pequeños paraísos: el espíritu de los jardines, que es un buen ejemplo del eufuísmo que heredó el mismísimo William Shakespeare y que acabó también él mismo abandonando:
"PRINCESA - Querido señor Boyet, mi hermosura, sea cual fuere, no necesita los floreos afectados de vuestras alabanzas. La hermosura se aquilata por el juicio de los ojos, no se manifiesta por el anuncio vil de un traficante de mercado. Me enorgullece menos oíros ensalzar los méritos que a vos pasar por inteligente derrochando vuestro ingenio en el elogio del mío." (Trabajos de amor perdidos)
El pequeño libro de Satz darían ganas de reescribirlo, no solo por el ejercicio de aligerarlo y hacerlo más legible y ligero, sino para aprovecharlo como documentación y seguir sus aspiraciones líricas, historicistas, y la inspiración borgiana. Al libro de Satz lo antecedió la Jardinosofía de Santiago Berueta, un libro diez veces más voluminoso, más ordenado, muy fundamentado y sobre todo claro. Aunque los Pequeños paraísos de Satz llegan a rozar pasajes deliciosos, se detiene en los símbolos, y los símbolos encasquillan la lectura. Yo diría que ya no hay tantos lanzamientos de coffee table books (como si lo hubo hace unos 25 años) pero que ahora salen libros de encargo a zaga de las modas temáticas, que tienen que ver con el entretenimiento, las aficiones y un historicismo de perfil bajo y la espiritualidad de consumo. Los coffee table books tenían un cierta calidad y eran costosos; estos otros libros antológicos son más baratos  pero muy pretenciosos.
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El año pasado pude participar en un curso de catalán C2 que impartía Montserrat Fullola Pericot y aprendí mucho sobre cómo escribir con claridad, luego me temo que un poco he vuelto a las andadas, pero al menos ya sé que es mucho más atractivo escribir llanamente. María Pilar Manero Sorolla, cuando impartía también en la Universidad de Barcelona un curso sobre Siglos de Oro, nos prevenía de los textos eufuístas, profusos y poco inteligibles.


La simplicidad no es fácil, de manera comparable a que ser ambiciosos no es lo mismo que ser pretenciosos. En tiempos de reduflación habría que hablar también de la tontería que nos asiste. Hace años que tomo una taza de café al levantarme y que lo preparo con la típica cafetera Oroley, que en realidad deberíamos llamar Bialetti, porque fue Alfonso Bialettiquien la inventóen Italia elaño1930. Elmodelo de Bialetti prácticamente no se ha alterado. Bien mirado es un artefacto muy curioso, con materiales ─aluminio y baquelita─ que pregonan una funcionalidad sincera. El diseño dicen que es Art déco y no digo que no, pero creo que añade elementos del futurismo italiano. Es una preciosidad, como lo fueron los melones cuadrados de Marino Benejam o el procedimiento para descargar mercancías con jirafa, de los inventos del TBO.

Más allá del diseño, del que soy incapaz de abstraerme, pienso en el café moka. Lo suelo comprar en una cafetería Caracas de mi barrio. Tienen el producto básico, que es una mezcla y después ofrecen varios cafes (de Burundi, Kenia, Brasil, Papua Nueva Guinea, Colombia, Costa Rica, etcétera). Todos los diferentes tipos de café están en grano y ya tostado. Te los muelen al momento según el tipo de cafetera que se usa y creo que incluso es posible comprar esas cápsulas horrendas que se popularizaron (inexplicablemente) en los últimos años. Por siete euros más o menos se puede tener un paquete de café de 250 grs. de Costa Rica. Es decir, que sinentrara calcular céntimoa céntimo,yo diría que sale mucho más barato un café moka de sibarita que las cápsulas dichosas. Quien prueba una taza de café recién molido de Costa Rica o de Honduras, nada ácido pero muy sabroso, es dificil que admita compararlo con el que se ofrece en cápsula. Es cierto que el café de cápsula que a mí me han servido muchas veces tiene mucho olor y mucho sabor, pero es algo que resulta si se me permite decirlo así adulterado. El olor del café recién molido o de las avellanas acabadas de tostar y hechas en su punto, no tiene competencia.

¿En qué momento tanta gente se dejo seducir por esas andróminas de aluminio o plástico? ¿Qué las hizo interesantes? Me figuro que detrás de su lanzamiento la multinacional Nestlé hizo todo un análisis mercadotécnico y que el producto es imparable. Pero a mis ojos, o debería decir que a mi gusto y a mi olfato, resulta lejos de la comprensión. La única explicación que le veo es que se pueden usar en el trabajo a cambio del a veces espantoso café que nos ofrecen en algunas cadenas.

Diseño de la cafetera de Alfonso Bialetti (1930)



10/3/22

La revolución de las especies


l sábado pasado emitieron en Betevé Le bonheur (Agnès Varda, 1965), que fue la tercera película de la directora y su primera película en color. Seguro queelcolor noes el factor más importante de los muchos que intervienen en Le bonheur, pero sí que es el que primero nos sorprende cuando empieza la película. Empieza la trama con una escena campestre, dominical, idílica, adanista y de verano. Los colores suaves y vaporosos de la hierba agostada contrastan con los colores vivos de los vestidos de dos niños que junto con su padre y su madre componen una escena de felicidad. Al principio de la película abundan los colores primarios y brillantes (rojo, azul, amarillo), que impactan visualmente y que a lo largo de la película irán perdiendo estridencia o tonalidad para incorporar tonos más suaves e indefinidos. En una escena familiar luctuosa predominan los vestidos negros y poco a poco entramos en el otoño y se establece otro giro cromático donde al final prevalece el color anaranjado en otra escena campestre.

La evolución del verano al otoño y de los colores más frescos e infantiles hasta llegar al color naranja, que tiene una vibración más atenuada que la del rojo, se ve acompañado además de por la propia trama, por dos piezas de W. A. Mozart, el Quinteto para clarinete en La M (KV 581) o Quinteto Stadler, tan alegre y lírico, y el Adagio y fuga en Dom (KV546), tan implorante e hiriente. El Quinteto Stadler coincide con la primera parte de la película y la composición en tono menor coincide con la segunda parte. El lenguaje cinematográfico es pues claro, aunque por ejemplo hay señales cruzadas entre la primera parte y la segunda. Por ejemplo, en el entierro de Thèrese vemos en primer plano el montículo de tierra y ramos de gerberas de color naranja o amarillo azafrán. Como las flores son un elemento presente en las escenas domésticas, no es por tanto un detalle intrascendente ni casual.

Varda incorpora a la película, en esa forma femenina "inclusiva" reciclante que llegó a su máxima expresión teórica en Les glaneurs et la glaneuse (2000), otros elementos que remiten a la pintura impresionista, a la publicidad, al cine de Jean Renoir o incluso a Marc Chagall y GeorgesBraque. Las escenas campestres y de reuniones familiares en torno a la comida nos recuerdan a muchas pinturas famosas del impresionismo. Pero también hay escenas de estilo publicitario o que incluyen publicidad, cosa que incorpora mensajes tremendamente explícitos. Por ejemplo en el apartamento de Émilie hay enganchadas unas fotos con estrellas de cine que son clichés de las mujeres como objetos de consumo. En el taller de carpintería donde trabaja François, también hay enganchadas unas fotos de mujeres, costumbre que nosé de donde proviene pero que se va perdiendo. El primer calendario Pirelli se publicó el año 1964, por cierto.

Me detengo especialmente en las referencias a Jean Renoir, tanto indirectas como indirectas. Es decir, advertiremos que hay escenas que recuerdan en gran manera otras escenas de Renoir en que reúne elementos que forman un encuadre complejo al juntarse una ventana, una pantalla, un cuadro, una foto, etcétera. Son un poco como hijos de Las Meninas puesto que de una forma un tanto irónica nos hacen dudar si el foco de atención es una televisión o bien el retrato que está sobre el televisor o la escena en la que se encuentran el retrato y la televisión.

Precisamente la imagen que incluyo hoy en el álbum Témporas como homenaje a Renoir por parte de Varda, es de la película Le déjeuner sur l'herbe (Jean Renoir, 1959), que a su vez remite a Édouard Manet y a Claude Monet. En la película de Jean Renoir también hay dos mujeres, pero no son como las dos mujeres de Le bonheur, diferentes en sus roles por lo menos en los iniciales, pero que son fundamentalmente muy parecidas en su aspecto exterior. Le dejeuner sur l'herbe trata sobre la fecundación artificial, por lo que Renoir hizo valer todo su arsenal de argumentos por la joie de vivre. Así que el fotograma que pongo en primer lugar nos muestra una escena de la película de Renoir, un retrato arquetípico sobre el televisor que nos relata una boda convencional de acuerdo con la iconografía al uso, y a François en una posición de desenfado que lo define muy bien.

La crítica ha señalado que probablemente es a través de los ojos de François como "vemos" la película, es su visión. Durante la película no hay nunca un reproche ni una situación que podría ser incómoda o áspera, todo discurre sin problemas porque su visión es lúdica, despreocupada. François no ve problema alguno en tener su vida con su familia y en tener una amante, que como hemos dicho es muy parecida a su mujer. Creo recordar incluso que hay una escena de cama en la que su espalda tapa el rostro de una mujer que podría ser una como podría ser la otra. Cuando Thèrese muere, Émilie asume su papel (no sabemos si enteramente) en el cuidado de los niños y no como una intrusa.

La única diferencia, no menor, entre Thèrese y Émilie, es que Thèrese se ocupa de las cosas de la casa, no así François, a quien todo lo más vemos afeitándose. Esas labores aparecen en el acto aislado, no vemos a Thérese, vemos sus manos que planchan, que cosen, que se ocupan de los dos niños pequeños, que cocinan, que amasan, que arreglan la cama. Tal vez dan la idea de la despersonalización. Thèrese hace vestidos, pero trabaja en casa, mientras que Émilie trabaja en la Poste (correos) como empleada, y lleva uniforme y tiene un horario.

La desaparición de Thèrese es trágica pero no adquiere tintes dramáticos porque lo que seguramente pretendía mostrarnos Varda es el papel femenino como objeto y no solo como objeto sexual, lo "natural" y sencillo que le resulta a François que ocupe el lugar de Thèrese la otra mujer.

La escena de Le déjeuner sur l'herbe que se incluye en Le bonheur es una escena campestre en que el biólogo que aboga por la fecundación artificial se encuentra con la campesina. Ella le pide que le hable, de lo que sea, porque le gusta oírle, y le propone que hable de "la revolución de las especies" en vez de sobre "la evolución de las especies". Me extraña que no haya sido un éxito esa variante.


Fotograma de Le bonheur (Agnes Varde) con Le déjeuner sur l'herbe (Jean Renoir)

Fotograma de Le bonheur (Agnes Varde)

Fotograma de Le bonheur (Agnes Varde)
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