19/5/09

El chico de las cigüeñas y Luisa Cuerda

 

Quiero hacer constar en primer lugar que no me importa pero que nada la vida privada de la gente y que no estoy deslizando ni la mínima sospecha sobre algo que pueda haber entre un chico, cualquiera, y Luisa Cuerda, de la misma manera que cuando nos refiramos a la pura lana virgen –a la que aún no nos hemos referido, por cierto- tampoco haremos ostentación de ninguna cualidad (sea virtud o vicio) de la vida privada de las ovejas. Simplemente me voy a referir por “el chico de las cigüeñas” a El chico de las cigüeñas, así en cursiva, que es como me enseñaron que hay que citar los títulos de los libros. Como no sé poner la cursiva en el título la entrada parece de escándalo o amarillista, pero no.

 
El pasado viernes 15 de mayo le pregunté a Luisa que si le parecía bien en vez de hacer un bobo-comment de su nueva novela en mi pobre blog que le hiciera una entrevista, cosa que yo ya preveía que me daría más trabajo, pero que adonde no pudiera yo llegar con mis preguntas que bien podía ella llegar con sus respuestas. En cuanto le envíe el mensaje, así, hala, casi sin pensarlo, me di cuenta de que sí que me iba a dar mucho trabajo y de que además yo nunca había hecho una entrevista y, encima, de que este blog tampoco es como para recibir a alguien tan valioso como lo es Luisa Cuerda. Y sin embargo, mi parte Sagitario, sobre todo la parte equina que manda en mí, me ha traído a uña de caballo hasta aquí. Y de mí, a quien el otro día en un comentario alguien me llamó “cobarde” y “ruín” [sic], se podrá decir de todo menos que sea “cobarde”. Y “ruín” tampoco, al menos con acento en la “i”. Además, suelo cumplir con la palabra dada. La verdad es que hay comentaristas que me van a matar a disgustos, pero esos disgustos se ven plenamente compensados por otras cosas que pasan en *ALFB.

En el más puro estilo de solapa al que nos tienen acostumbrados las editoriales, he leído en otras dos de sus novelas anteriores: “Luisa Cuerda nació en Madrid en 1958. Es licenciada en Derecho por la Universidad Complutense y en Piano por el Conservatorio de Madrid. Ha ejercido como profesora de piano y de Historia de la Música en Madrid y de abogada en Salamanca, pero desde hace unos años vive en un pequeño pueblo dedicada exclusivamente a la escritura.” La novela que ahora nos ocupa aún no me ha llegado en su forma impresa y editada, por Ediciones del Viento, que es ligeramente más extensa a la forma en que Luisa me la facilitó el otoño pasado o así, pero estoy casi segura de que ya no tendrá en la solapa por lo menos la frase “vive en un pequeño pueblo dedicada exclusivamente a la escritura”. O tal vez sí. ¿Pero qué más dará? Alguna cosa tienen que poner, ¿no? De hecho, cuantos más datos tuviéramos, que los hay, no harían más que despistarnos de lo que verdaderamente importa.

Ya nos vamos acostumbrando a encontrar en las facultades de Ingeniería a médicos e incluso ya falta poco para que sea normal encontrar economistas que estudian violonchelo. Normalmente las dobles y triples titulaciones nos hablan de ambición o de frustración, pero en el caso de Luisa Cuerda su extensa y variada formación, que nunca da por concluida, no nos habla de una mente prospectiva que se adelanta calculadoramente a la demanda del mercado laboral terciarista. Tampoco nos habla de una trayectoria errática o malograda que se refugia o naufraga en un pequeño pueblecito donde eremíticamente y herméticamente purga y se depura de los males del mundo. No.

Hace unos años una de las lectoras de este blog, la única que lo lee en un locutorio de unos paquistaníes, cosa que me divierte lo inenarrable, me pidió que colaborara con una revista catalana para entrevistar a una escritora. A lo mejor mi amiga no se acuerda. Fue en el año 1999. En aquel entonces rechacé la invitación para entrevistar a Maria Mercè Marçal por no considerarme preparada y ahora sigo pensando lo mismo (que no estoy preparada), pero sé que tenía que haberlo hecho y que sólo hay algo peor que arrepentirse de lo que uno ha hecho (¿?), o que a una la malinterpreten o tergiversen deliberadamente, y es arrepentirse de no haber hecho algo. Mi amiga tampoco recordará que cuando me presentó a Maria Mercè Marçal, en la presentación de La passió segons Renée Vivien en la librería Còmplices, la poeta me preguntó cuando le extendí mi ejemplar: “L’has llegit?” (“¿Lo has leído?”). Su hija Heura, que nos miraba un poco atrasada, le dijo: “Mira, el punt”. Y es que ya iba yo por la mitad y por la mitad de la mitad. Me explico: ya lo había empezado a releer por el gusto de leer y releer, cosa que hago muy pocas veces, y por lo tanto había marcas en el texto a dos colores, cosa que creo que podía resultar un poco estrafalaria o revelar alguna manía temible. Pronto se añadió al corro otra mujer que dijo: “Aquest llibre s’ha de llegir amb tranquil·litat” (“Este libro se ha de leer con tranquilidad”). A lo que yo repuse: “Doncs jo crec que precisament aquesta novel·la no s’ha de llegir amb tranquil·litat” (“Pues yo creo que precisamente esta novela no se tiene que leer con tranquilidad”). Y la dedicatoria de Maria Mercè Marçal giró en torno a esta afirmación mía. Nos habíamos entendido en lo esencial.

En general, hay escritores para quienes la “cultura” o el “conocimiento” (uf) no son precisamente algo donde refugiarse con las zapatillas de franela a cuadros o la más aposentada bata de cachemira. Aunque bien es cierto que el conocimiento requiere de un cierto distanciamiento, hay que mojarse. Decía Flaubert, “habría que vivir como un burgués y escribir como un loco”. Servidora diría que Lucha Cuerda ni vive como una burguesa ni vive como una loca, pero que escribe hasta perder “la tranquilidad” famosa y recobrarla.

*
Aa - En la última novela aún inédita que te leí había mucha peripecia o embrollo y abundaban las escenas que los de las tesis gustan de llamar “corales”. Por el contrario esta nueva novela me resultó a la primera lectura muy sobria y muy “castellana” y con unas frases de tanta desnudez como gravedad.

L.C. - En realidad yo creo que decir “sobrio” y decir “castellano” no es necesariamente lo mismo por más que eso les guste mucho a los castellanos, porque con la palabra “sobriedad” disfrazan a veces mezquindades o apatías. En el caso de la novela, la sobriedad viene dada por la historia que se cuenta, al tratarse de una relación entre dos hombres de cuarenta y setenta y ocho años que hacen una revisión introspectiva de lo que ha sido su vida hasta ese momento. En la siguiente novela sucede todo lo contrario, es una obra con mucho movimiento y lógicamente cambia el tono. Y así en cada obra que he escrito. Yo no creo que el tono de un escritor haya de ser el mismo, todo lo contrario. El tono ha de estar al servicio de lo que se cuenta. Otra cosa es el estilo. Pero el estilo, si lo hay, trasciende los tonos. Y si no lo hay, no hay nada que hacer aunque uno se plagie a sí mismo ad nauseam. Uno no puede “cultivar” un estilo como no puede “cultivar” la elegancia. Son cosas que o se tienen o no se tienen. Se puede imitarlas, pero no cuela.

*
Aa - Estoy admirada de ver cómo a través de El chico de las cigüeñas tocas el quid de la cuestión y el il n’a pas de quoi, y el quid pro quo, y el e qui le qua y el that’s the question de la función de la literatura. Y claro, no lo haces desde una magnífica torre ebúrnea, ni desde la modestia siquiera. No es que contigo no se sepa qué fue primero, si la gallina o el huevo, es que dejas a la gallina y al huevo ahí a su bola y ellos se aclaran. Me explico: cuando parece que Ventura Vázquez no se va a dejar ayudar por Santiago Bernabé (los dos personajes principales), atacas el tema desde todos los puntos posibles sin apalancarte en el redentorismo buenista ni en el tremendismo fatalista. ¿Es la Geometría básica [enlace roto], a la que te referías el 2007 en “Conciencia sin fronteras”?

L.C. - No quisiera parecer “estupenda” con lo que voy a decir, pero no tengo nada que ver en las relaciones entre Santiago y Ventura. Yo iba escribiendo lo que me iba sonando dentro, como al dictado. Mi labor de escritora fue la de pulir, revisar y presentar luego esos diálogos. Y mi labor de autora fue la de convertirme en un canal para que ellos pudieran transmitir su existencia sin ninguna contaminación de mi ego. No siempre se consigue esto, pero cuando se logra uno sabe que, independientemente del reconocimiento o del éxito que su trabajo pueda tener, está haciendo algo grande. Posiblemente fue por todas las cosas que aprendí de esos dos hombres que se instalaron en mi interior durante año y medio (y que de vez en cuando asoman, como tantos otros personajes) por lo que, años más tarde escribí el artículo de “Geometría básica”.
*
Aa - De hecho la geometría básica se plasma en esa portada de la novela en que, tal y como me pudiste decir, "la foto es de la Calle de Alcalá, pero tomada viniendo de Sol (no yendo hacia Sol, como suele ser habitual)". En todo caso, tu visión del conflicto, como gran tema, ¿crees que la has “agotado” en esta novela?

L.C. - Espero que no, francamente, porque todavía me gustaría seguir escribiendo unos años más. Normalmente el conflicto acompaña a la vida, tanto si lo reconocemos como si lo ocultamos. Convenientemente enfocado nos hace crecer. Y es imprescindible para la narrativa. Espero que, a medida que yo misma vaya evolucionando, pueda ir transmitiendo nuevos puntos de vista sobre este tema inagotable.

*
Aa - Dejando el tema de los cronopios y las famas, a pesar de ser el año Cortázar, nos vamos del tema de los cronopios al de los cronotopos. Leo en otra enciclopedia: “El cronotopo es la unidad espacio-tiempo, indisoluble y de carácter formal expresivo. Es un discurrir del tiempo -cuarta dimensión-, densificado en el espacio y de éste en aquel donde ambos se interceptan y vuelven visibles al espectador y apreciables desde el punto de vista estético”. Yo no estoy segura de haber entendido bien la definición de “cronotopo”, pero me parece que es otra de las características o fortalezas de tu estilo. Es decir, a mí como lectora y como escritora de una enciclopedia, me maravilla lo bien definidas, sugestivas, efectivas, y sin embargo sencillas, que son tus “escenas”: sea “el corazón más podrido del viejo Madrid”, el cuarto de la pensión de Ventura, el espacio del coche de Santiago mientras conduce y suena “Time after time”, sea el beso del sillón de Santiago y Susana, la cena de Navidad en el pueblo soriano, el patio de la higuera con gato y grillo incluidos, sea la bienintencionada charanga del centro cívico. ¿Tus cronotopos, o lo que creo que son tus “cronotopos”, son producto de una técnica de escritura?

L.C. – Es difícil contestar esta pregunta cuando aún no me he repuesto del concepto “cronotopo” (totalmente desconocido para mí hasta ahora). Pero me imagino que no, porque yo no tengo técnica, tengo (voy teniendo) oficio, que no es lo mismo. La técnica se aprende y el oficio se adquiere. Por lo que la técnica puede imitarse y el oficio es personal, intransferible, siempre en evolución y bastante impredecible. Todo lo cual no lo hace cómodo, pero sí bastante simpático.

*

Aa – También Cela hablaba de "oficio" más que de "profesión", cuando se refería a su labor como escritor. En la misma enciclopedia, leemos: “A menudo se ha reprochado a Baroja su descuido en la forma de escribir. Eso se debe a su tendencia antirretórica, pues rechazaba los largos y laberínticos periodos de los prolijos narradores del Realismo, actitud que compartió con otros contemporáneos suyos, así como el afán de crear lo que denomina una «retórica de tono menor», caracterizada por: Empleo del período corto. Sencillez y economía expresiva: «El escritor que con menos palabras da una sensación es el mejor». Impresionismo descriptivo: selección de rasgos significativos más que reproducción fotográfica al detalle característica de los minuciosos y documentados narradores del Realismo. Tono agrio, selección de un léxico que degrada la realidad a tono con la actitud pesimista del autor. Breves ensayos e intensos intermedios líricos. Tempo narrativo rápido, cronotopo dilatado. Diálogos respetuosos con la oralidad y la naturalidad. Deseo de exactitud y precisión, rasgos estilísticos que confieren la amenidad, el dinamismo y la sensación de naturalidad y vida que el escritor pretendía para sus novelas”. Mi pregunta es: ¿subscribirías la mayor parte de este “programa” barojiano (a excepción del “tono agrio”, claro está)? ¿A qué tradición, corriente o autores te sientes más cercana?

L.C. – Yo es que creo que don Pío daba excusas de mal pagador. Él era capaz de escribir muy bien, pero a veces no le daba la gana y entonces es cuando, con toda razón, se le reprochaba su descuido. Porque lo tenía, qué caramba. Aparte de eso, estoy totalmente de acuerdo con eso de “el escritor que con menos palabras da una sensación es el mejor”. Cuando digo que reescribo, después de la primera redacción de un trabajo, en realidad lo que hago es quitar y quitar y quitar hasta que surge la verdadera historia. Por eso, para mí los mejores narradores del mundo son los autores de las coplas, ya sean anónimos o conocidos. El que dijo: “Tu calle ya no es tu calle, que es una calle cualquiera camino de cualquier parte” ha dicho todo lo que se puede decir del tema. A partir de ahí, cada uno hace lo que puede o lo que sabe. A mí me gusta muchísimo cómo escribe Truman Capote. Y Luis Landero. Pero no me parezco a ninguno de los dos.

*

Aa - Una buena copla, un buen libro. Gracias, Lucha, y felicidades.

L.C. - Muchísimas gracias, Marta.

*

Elijo algunas de las frases de El chico de las cigüeñas, fuera de contexto, pero que son una muestra diáfana de lo que yo pretendía hacer llegar de Cuerda a este blog:

“«Tenía puestas en ti muchas esperanzas», me dijo entonces mi madre. Y yo escupí más que hablé: “No, eso tú. Él lo que tenía era confianza en mí.”


“En realidad, tendría que ser ella la que se fotografiase y la que contestase en las entrevistas a cuestiones tan peregrinas como si considero que mi generación está compuesta por individuos aislados o hay, pese a todo, una cierta cohesión en nuestra manera de mirar. “Mirar a dónde”, clamo yo para mí. Y me parece que a quien habría que hacerle la entrevista es a quien es capaz de elaborar tan estupendas preguntas. “Sólo soy un pobre escritor”, dije una vez, a punto de rendirme. Y ese fue el titular de la entrevista, en una revista literaria, y los demás escritores se rieron de mí en el siguiente número. Sin embargo Susana, además de que es más guapa que yo, sabe hablar con los periodistas de una forma maravillosa. “¿Cómo lo haces?”, le pregunté un día. “Porque no me lo creo. Ellos te preguntan cosas de las que no les interesa la respuesta. Preguntan para lucirse. Son poetas de la interrogación. Cualquier cosa que contestes vale, siempre que no pretendas ser coherente.” Pero yo no consigo ser suficientemente incoherente. En el pueblo, a la gente así le decíamos que le faltaba un tornillo. Cuando yo pensaba en ser escritor no me imaginaba posando en la piscina con cara de idiota. Me veía en un busto, como Don Miguel de Unamuno.”


“-Treinta años más viejo.

-No. Treinta años más triste.”


“ -Dicen que hay que estar loco para escribir bien”

*
“Es mejor el dolor que te llega a través de las sensaciones que el que te proporciona el cerebro. El primero es un dolor que se disuelve en lágrimas. El otro no, el otro se queda ahí agarrado, royendo como un perro rabioso los pobres huesos de tus justificaciones.”

“A los tres cuartos de hora comienzan a aparecer los “zombies”, como él los llama: unos ancianos que se le parecen bastante a no ser en el aire de mansedumbre que ellos arrastran, junto con sus piernas, camino del resto de los bancos de la plaza, o a la mesa de ajedrez que nadie usa. A veces pienso que Madrid es la ciudad de los hombres abandonados.”

“Pero a ver, ¿a qué vienes tú a verme, vamos a ver, a hacer trabajo social? ¿Eres de esos que consideran que han de hacer algo por los demás porque la vida les ha tratado tan bien que se sienten obligados? ¡Menudos gilipollas! La vanidad elevada al cubo. Toda la vida los privilegiados han sido egocéntricos, insolidarios y crueles y así han dejado a los desgraciados la oportunidad de sentirse moralmente superiores. Pero ahora, tampoco. Sois más buenos que nadie. Ni eso nos dejáis.”


“Cuando uno pide ayuda no debería pedirla insultando”.


“Todo el mundo es alérgico a algo hoy en día. Y lo de menos es a qué. Es la cualidad de alérgico lo que importa, una hermandad de seres especiales que están haciendo de la excepción la regla como pasa con todo últimamente: divorciados, alérgicos, maricones, extranjeros y niños disfrazados de maleantes.”


“«Ventura fue un cobarde, y eso es todo; y tu madre, una mujer que, como pasa tantas veces, se obsesionó con un hombre que valía cien veces menos que ella. » También Susana pierde los modales, o más bien los modos, esa ecuanimidad, esa dulzura con la que pastoreó desde siempre mis toscos sentimientos -morir de amor, corazón partido, te di mi vida entera, si tú me dices ven lo dejo todo-, mis toscos sentimientos de bolero.

Amor civilizado el nuestro, amor perfecto sin nada vergonzoso que ocultar. Diría que inhumano si no fuera porque ella es absolutamente humana, que la educación no desmiente la humanidad sino que la potencia; eso dicen y, además, eso es.

Inhumano, tal vez, el otro amor: el cobarde, el estéril, el que no proporciona felicidad sino desdicha, el que se enquista en el corazón y desde allí emite sus distorsiones como una vieja radio abandonada en un antiguo campo de batalla de una guerra que se perdió para siempre. Pero fascina siempre la imagen de esa radio enterrada en el desierto, empeñada en cumplir su destino de radio, de vocera tozuda sin esperanza, ajena a la marcha del mundo y de la vida más allá de la duna donde la abandonaron. Fascina... me fascina: a ella le inquieta.”


“Creí que era una simple beatona y resulta que es una fanática paranoica.

-¿Lo ve como no hay que juzgar a la ligera?

-Y una sádica. Está preparando las fiestas de Navidad con verdadera saña.”


(c)SafeCreative 2212162881351

11/5/09

Pequeño pájaro perdido

El pie de foto de la Wikipedia para la imagen que presento es: “Portrait of General L. W. Colby of Nebraska State Troops Holding Baby Girl, Zintkala Nuni (Little Lost Bird), Found On Wounded Knee Battlefield, South Dakota, 1890 n.d.” [Retrato del General L. W. Colby de las tropas del Estado de Nebraska y la niña Zintkala Nuni (Pequeño pájaro perdido), encontrada en el campo de batalla de Wounded Knee].

Wounded Knee es para la mayoría de la gente de mi generación y de mi país un gran éxito de Redbone, el mismo grupo del cual también fue muy sonada su “Reina bruja de Nueva Orleans”. En realidad o en verdad “Wounded Knee” es el lugar donde se produjo una masacre de indios lakota, que iban a ser llevados a una reserva, por un malentendido que se produjo durante la movilización:

“The commander of the 7th [Cavalry] had been ordered to disarm the Lakota before proceeding. During the process of disarmament, a deaf tribesman named Black Coyote could not hear the order to give up his rifle. [2] This set off a chain reaction of events that led to a scene of sheer chaos and mayhem with fighting between both sides in all directions” (Wikipedia)

[Se había ordenado al comandante del Séptimo de Caballería que desarmara a los lakota antes de proceder. Durante el proceso de desarme, un indio sordo llamado Coyote Negro no oyó la orden de que dejara su rifle. Eso desencadenó una reacción de hechos que llevó al caos el tumulto más absoluto y a la lucha entre ambas partes en todas las direcciones].

No tengo la absoluta certeza de que la historia del malentendido sea cierta del todo, pero parece cierta y muchos de nosotros hemos pasado por malentendidos que sin acabar como lo de Wounded Knee podrían haber acabado por lo menos como el rosario de la aurora. Lo que sí sabemos que es absolutamente cierto es que el 29 de diciembre de 1890 hubo una masacre en Wounded Knee y que hacía mucho frío. Corre por internet la imagen del jefe llamado “Big Foot” (Ste Si Tanka), otro minneconjou lakota como Coyote Negro, muerto. Además del rigor mortis de los que murieron en Wounded Knee a tiro de escopeta, también había la rigidez de la hipotermia en los que no se murieron. Así que entre la balacera de la jornada y el frío, es un milagro que Zintkala Nuni sobreviviera. El 29 de diciembre es precisamente el día internacional de la diversidad biológica y el de 1978 es el del día en que entró en vigor la Constitución Española actual por la cual principalmente todos los españoles somos iguales ante la ley. Esto hay que irlo recordando de vez en cuando (lo de la diversidad biológica y lo de la igualdad o igual-da) porque son compatibles y para no perderlo de vista. Lo de Zintkala Nuni o “Pequeño pájaro perdido” es un caso de tantos por los que alguien pasa con bien de un peligro. Luego otra cosa es que uno se salga de Guatemala (con perdón) y se meta en Gautepeor. Pero eso es otro tema. Zintkala acabó mal y murió con apenas 30 años.

Estos días me quería leer El millón, título con el que se conocen los viajes narrados por Marco Polo. El libro se llamó originariamente Libro de las maravillas, como el de Ramon Llull, pero como Polo se refería de continuo a millones de pájaros y de personas y de todo, pronto se ganó el sobrenombre de Il Milione. La Biblioteca Colombina, en Sevilla, conserva un ejemplar de 1485 profusamente anotado por Cristóbal Colón. Con Cristobal Colón, Marco Polo comparte la confusión en torno a su verdadero origen. Lo mismo que se habla de un probable origen ibicenco de Colón, también se cuenta que los Polo procedían no de Venecia sino de Croacia. También es curiosa la coincidencia del bizantinismo de nuestra Sevilla y el de Venecia, que se quedó con los cuatro leones dorados de Constantinopla.

Otra cuestión que ha sentado polémica es la de la veracidad de las historias de Il Milione, puesto que aunque se sobrentiende que Marco Polo estuvo en China, no nos habla ni de la escritura, ni de comer con palillos, ni del té ni de la Gran Muralla o el vendado de pies, cosas que incluso ahora constituyen las cuatro generalidades (o cinco) de nuestro conocimiento sobre el gigante asiático. Cuando haya leído el librito tal vez podré llegar a alguna conclusión, pero está claro que la orientación de Marco Polo era la de hacer una guía rudimentaria para comerciantes y que no entraba en sus planes trasmitir todas las particularidades y las costumbres que observó con la minuciosidad de un herbario dieciochesco o hacer una Lonely Planet de mochilero o turista low cost.

Lo que me resulta fascinante es intentar figurarme la impresión que tendrían los mercaderes al recorrer la antigua ruta de la seda y ver las principales ciudades de China y, por decirlo rápido, el lujo asiático. No olvidemos que la Serenissima República se tenía por lo mejor de lo mejor. Siglos después de aquella Venecia del siglo XIII, Lord Byron aún podía decir aquello de que estaba en el país más bonito del viejo continente, y en la ciudad más bella de Italia, y en el café Florián, el más antiguo de Europa, en la sin igual Plaza de San Marcos. Curiosamente, ahora me doy cuenta de que el Florián se inauguró el 29 de diciembre de 1720, el día de la biodiversidad.

Dejo este post con un párrafo de la maravilla de libro de historia que es el que acabó hacia 1924 Eileen Power, Gente de la Edad Media:

“En el año de gracia de 1268, la vida era algo bello y espléndido para esos príncipes mercaderes que “tenían el magnífico Oriente en calidad de feudo”. Aquel año, en grandes casas de cambio, construidas con piedra y lamidas por el agua de los canales, los mercaderes, con el inventario en la mano, verificaban sus sacos de especias, macis y nuez moscada, canela y jengibre de las Indias, piezas de ajedrez de ébano procedentes de Indochina, ámbar gris de Madagascar y almizcle de Tibet; ese año los traficantes en joyas tasaban diamantes de Golconda, rubíes y lapislázuli de Badakhsan y perlas de las pesquerías de Ceilán, y los mercaderes almanenaban fardos de seda, muselina y brocado de Bagdad, Yezd, Malabar y China. Ese año, los donceles de Rialto (galanes perfumados, pero, cada uno, al igual que el Antonio de Shakespeare, propietario de un barco que, en algún lugar del Levante, trataba de llegar a puerto) se codeaban con hombres de todas nacionalidades, escuchaban relatos narrados por viajeros de todos los países y al amanecer se deslizaban por los canales en góndolas (que no eran negras en ese entonces, pues estaban pintadas de colores y adornadas con colgaduras de seda) saludando a la mañana con canciones; y las damas pelirrojas de Venecia –a quienes siglos más tarde, el Ticiano tanto se complacía en reproducir- ascendían y descendían los peldaños de mármol de sus palacios llevando todos los brocados de Persia en sus espaldas y las manos pequeñitas suavizadas por todos los perfumes de Arabia. Fue ese año cuando Martino da Canale, escribiente de la aduana, comenzó a preocuparse -igual que Chaucer tiempo después- no tanto por sus transacciones como por escribir una crónica de Venecia en la agradable lengua francesa”.


General L. W. Colby y Zintkala Nuni

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4/5/09

Bocetos

 

Boceto de las vacaciones de Navidad (Dibujo: Marta Domínguez Senra)

Tengo un cuadernito donde apoyo mi memoria o mis propósitos y anoto lo que tengo que hacer. En diciembre dibujé el salón de la casa de mi madre. Ahí se nos ve viendo la TV, después de comer, con Trini en su jaula, haciendo vida familiar. Pensé en "pasarlo a limpio" pero creo que así es inmejorable y que es cierto que a veces "lo mejor es enemigo de lo bueno". También es cierto que cada vez gasto menos papel. Es de mi libreta de mano, se ajusta al hueco de la mano como si fuera el cuadernito de Sherlock Holmes.

Esta imagen también sirve para la colección que inicié en el post 1.836.500 personas, de listas de la compra, puesto que se pueden distinguir tachada las palabras "Camôes", "Farmacia", "Reme", "Paseos por Roma" y otra palabra que soy incapaz de identificar o recordar. Cada vez me gusta más la basura, lo indemostrable y lo efímero.




3/5/09

"Dar mucho, pedir poco"




eo en el blog de Luisa Cuerda El día de la madre [enlace roto], donde nos recuerda aquella frase de la Medalla de la Madre, “dar mucho, pedir poco”, que era complementaria a la Medalla del Amor y su frase “Hoy más que ayer pero menos que mañana”, otro experimento comercial que luego se ha visto barrido por otras campañas comerciales de cruces coptas, malas budistas de sándalo o pedrería, cristales de cuarzo imperforados, ositos de Tous, llamadores de ángeles y otras zarandajas variadas.

La frase “dar mucho, pedir poco” se las trae. Son frases ante las cuales se nos puede suscitar –como ante el slogan de Obama “We can”- la pregunta “¿qué?”. “Dar mucho, pedir poco” es como firmar un contrato en blanco, mientras que “hoy más que ayer pero menos que mañana” es como un cheque en blanco. Sobre todo ahora que más bien se va hacia los contratos prematrimoniales. Y que conste además que no estoy haciendo broma con la negritud del presidente Obama, aunque yo no lo veo tan negro como lo es su propia esposa. Ante la declaración de principios del presidente de Estados Unidos no se puede decir nada desfavorable. Tampoco puede llevar a una polémica tal como la que hay sobre la verdadera naturaleza de nuestro presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, de si es tonto o si es malo, o si es las dos cosas o ninguna de las dos cosas, incógnita que ni siquiera Sarkozi ha conseguido despejar. De hecho no ha hecho más que afianzarla.

He querido colgar la foto de Eugene Smith de 1972 sobre los envenenamientos por mercurio en Minamata (Japón). De Eugene Smith *ALFB ya había incorporado la foto de 1946 de sus hijos al final de la guerra mundial. Lo verdaderamente impresionante de la foto de Smith es el amor, no tanto las deformidades congénitas de Tomoko, su hija. Si las personas humanas fuéramos capaces de amar absolutamente a todo el mundo con la misma calma, presencia de ánimo, atención y aceptación con la que la señora de la foto lava a su hija, este mundo sería la leche. Pero no es así. Si incluso lo que llamamos “amor” y lo que llena las bocas de tantas gentes empieza a darme hasta como miedo y abiertamente yuyu.

Espero que la fotografía no hiera la sensibilidad de nadie, puesto que no es mi intención ni mucho menos. De hecho, este tipo de imágenes pueden ser recibidas con mucha incomprensión o caer en malas manos. Recuerdo por ejemplo el premio Pulitzer de 1994. Es una foto con niña famélica y buitre de Kevin Carter cuya "verdadera historia" es relatada por J.M. Arenzana y L. Davilla (*). Kevin Carter, que era un sudafricano blanco, se suicidó meses después de recibir el premio y se creó la leyenda de que se había suicidado por sentirse culpable por no haber atendido a la niña. En realidad la niña estaba haciendo caca en el lugar donde en su poblado solían hacerlo y donde los buitres iban a intentar hacer un break o "tapita"; en realidad parece que Carter lo único que hizo fue esperar que el buitre entrara en el ángulo adecuado. Según Arenzana y Davilla, Carter ya estaba mal antes de hacer la famosa fotografía y era un toxicómano.

Éste caso ilustra una vez más mi teoría de que hay quien tiene la habilidad de volver peor lo que ya de por sí era malo. Otro ejemplo más cercano fue el del primer ministro italiano Berlusconi diciendo poco más o menos a las víctimas del terremoto de L’Aquila que se habían quedado sin sus casas que se lo tomaran como un fin de semana de acampada.

Ayer quise ver "El hijo de la novia" o “El novio de la novia” (Juan José Campanella, 2000) en mi nuevo lectorcito de DVD, pero me di cuenta enseguida de que no podía oírla bien. Tendré que verla en mi ordenador. Como no podía ver la película dediqué bastante tiempo a perderlo y a buscar en mis evangelios una frase que perdí hace tiempo, como si estuviera en un libro de arena, y que espero encontrar pronto. No la encontré ayer. A cambio encontré otras. Por ejemplo aquella del Evangelio de San Lucas, 6 que dice: “[32] Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los malos aman a quienes los aman. [33] Y si hacéis bien a quienes os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores obran así. [34] Y si prestáis algo a quienes os lo pueden devolver, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores para recibir de ellos igual trato. [35] Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio; entonces vuestra recompensa”, etcétera.

Quiero añadir simplemente que así como he conocido –como he dicho- gente que es capaz de empeorar lo que ya de por sí era malo, también he conocido animales, mujeres, hombres y niños capaces de mejorar la convivencia de los demás. He visto que lo hacen por su ejemplo, por su claridad, por su presencia, por sus palabras y hasta por su mero recuerdo. Las cosas como son.

(*) “Cuando Carter y Silva llegaron a Ayod, entre infectos pantanales, a unos mil kilómetros del lugar civilizado más cercano, el poblado funcionaba como feed-center, un centro de alimentación de la ONU. Unas 15.000 personas exhaustas que huían de los combates, con grave desnutrición y enfermedades como la malaria, el kala azar (leishmaniasis) o el gusano de Guinea, se concentraban allí y aquello era un verdadero festival de ayuda humanitaria. Silva y Carter, cada uno por su lado, hicieron fotos toda la mañana de aquel espanto. Cuando se reencontraron, Carter le describió la escena y se sentó a llorar: esperó 20 minutos a que el buitre entrase en plano, hizo la foto, espantó al bicho (o no, qué más da) y se marchó.

Durante el año siguiente, Carter se vio alanceado con dilemas y acusaciones obtusas, cuando no estúpidas, de quienes jamás han pisado un escenario semejante, incapaces de imaginarse una realidad tan atroz como la del sur de Sudán, pero que parecían hacerse cargo del vértigo terrible que expresaba su foto. Un insensato llegó a escribir: «El hombre que ha ajustado su lente para captar esa foto es otro predador, otro buitre en la escena». Y yo afirmo: difícil ser más imbécil.

Carter acudió a toda clase de foros para ofrecer su versión de lo sucedido, pero para entonces su vida era un completo desastre. Muchos años antes había intentado suicidarse, fumaba White Pipe, una mezcla de marihuana, mandrax y barbitúricos, tenía graves problemas familiares y una personalidad desordenada, perdía sus carretes de fotos en aviones y aeropuertos, arrastraba depresiones, llevaba una vida caótica y tenía acumuladas experiencias trágicas como para colapsar las consultas de varios psicoanalistas. Por si fuera poco, el 18 de abril de 1994, Carter dejó a su amigo Oosterbroek y demás bang-bang de guardia en un suburbio de Johanesburgo y se marchó a conceder una entrevista a un colega, pues seis días antes le habían comunicado la concesión del Pulitzer por la foto de la niña y el buitre. En la radio del coche escuchó que Oosterbroek y Marinovich habían sido heridos en una refriega nada más irse él. Voló hacia el hospital, pero Oosterbroek había fallecido. Las preguntas estúpidas siguieron. Y los imbéciles, como carroñeros, haciendo de las suyas.
En fin, ¿qué otra cosa pudo haber hecho Carter por la niña? ¿Espantar al buitre? Al parecer, lo hizo, aunque los buitres (los hay a montones) habrían vuelto de todos modos. ¿Llevarla consigo? Bien, ¿adónde?, porque parece que nuestra conciencia acomplejada pretende imaginar que esa criatura yace en un páramo hacia ninguna parte. No es cierto. Esa criatura, reventada por el hambre y por las diarreas, que a los niños allí les desvencija el ano y les hace colgar una tripa larga pierna abajo, está a unos 20 metros de la puerta del poblado, junto a la empalizada de paja que rodea el feed-center y rodeada de gente que deambula a su alrededor. Nadie la ha llevado hasta allí. Simplemente, esa niña se ha sentado a defecar. Sí, maldita sea, es el estercolero de la tribu, donde todos los suyos, de generación en generación, acuden a realizar sus deposiciones. Son gente educada, al fin y al cabo, con sus normas cívicas, que no permiten que uno haga de vientre en cualquier lado. ¿Será preciso decirlo en plata? ¡Esa niña ha ido allí a cagar! Y el buitre, esa bestia cobarde que parece tan atenta, no hace sino esperar a que la niña le regale su magra ración de carroña cotidiana, como también sucede con la criatura que retrató Davilla en idéntica actitud en ese lugar demoníaco y escatológico.

No, Carter no se suicidó por un remordimiento de esa clase. Se limitó a recortar un trozo de paisaje para servírnoslo a domicilio. La expresividad fue su gran logro, pues la foto ejerce de metáfora certera de una realidad trágica y atroz de una guerra olvidada. No es ningún montaje: sucedió así y Carter sólo nos troceó y nos regaló el significante; el significado lo pusimos nosotros, espectadores occidentales, atormentados por nuestra sucia conciencia y acosados por los problemas de obesidad extensiva desde la tierna infancia. Carter no era otro predador ni el ejecutor de la niña, no, sino su único redentor. La redimió y esparció la culpa al mundo, para que volviésemos los ojos por un segundo hacia la tragedia de Sudán y ayudásemos a esas criaturas a llevar su cruz olvidada. Carter no logró salvarla, pero es que eso ya (a unos más que a otros, desde luego) nos correspondería a todos.”

Tomoko atendida por su madre (Eugene Smith)

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