19/12/08

Los recolectores y la recolectora. Sabatina


os alimentos más comunes eran los vegetales (recolección) y la carne (caza o carroñeo). En un principio eran los únicos pueblos que existían y hoy existen todavía, a duras penas, pequeños grupos nómadas que viven de la caza de animales, de la pesca, de la recolección de frutos, semillas y setas (extracción de raíces y tubérculos), y de la recogida de miel, actividades que rara vez aportan más del 50% de su dieta alimenticia. Los grupos más conocidos son los aborígenes de Australia, los esquimales de Groenlandia, Canadá, Alaska y la zona de Siberia que linda con el estrecho de Béring y diversas etnias de la selva amazónica. Los san de Botsuana, Namibia y sur de Angola han perdido la mayor parte de sus territorios y hoy muchos viven como jornaleros. Algunos pigmeos continúan siendo cazadores activos. Existen grupos menos conocidos en Somalia, Etiopía, Kenia, Tanzania, Ruanda y Burundi; en Canadá, Estados Unidos, Brasil, Venezuela, Colombia y Chile, o en Rusia, India, Tailandia, Malasia, Indonesia y Filipinas.” (Wikipedia)

El artículo de la Wikipedia empieza así: “Se conoce como caza-recolección al sistema económico del Paleolítico y Mesolítico, practicado aún por algunos pueblos en el Amazonas y otras regiones”. A mí me parece que llamarle “sistema económico” a la forma de vida de nuestros ancestros es un pelín pedante. Dicho sea de paso, nunca deberíamos aceptar la insidiosa costumbre de que el lenguaje tecnocrático, universitario y mba-desco se imponga a la realidad y a lo que está pasando. Al final una tiene la impresión, de que pasa con estos terciaristas del saber lo que denunciaba John Allen Paulos en Pienso, luego río (I think, therefore I laugh), que primero disparan el dardo y luego dibujan la diana. Y me permito tal excurso porque precisamente la entrada de hoy trata de los recolectores y no de los terciaristas.

En la escritura, como en los “sistemas económicos” los hay que son cazadores, los hay que somos recolectores y los hay agricultores. Seguramente luego habría que añadir a los ladrones, los saqueadores, los timadores, los políticos, etc., pero no nos vamos a referir al mundo del crimen ni al de los premios otra vez más. Me doy cuenta que al excluirlos les doy una importancia que no tienen, pero me atengo al dicho castellano por el cual no hay mejor desprecio como el de no hacer aprecio. Volviendo al “sistema económico” general, seguramente si mis conocimientos de antropología fueran más allá de un poquillo de primatología y alguna cosilla de Marvin Harris y algún otro estadounidense, podría establecer una distinción más clara y profunda entre la naturaleza de los cazadores, la de los recolectores y la de los agricultores. Me vienen a la mente la Historia social de la literatura y el arte de Arnold Hauser (1892-1978) -un libro que ahora se encuentra en casi todas las librerías de ocasión pero que hace 25 años todo el mundo lo leía en el metro-, y más aún Art i societat, de Alexandre Cirici (1914-1983), un libro mucho más difícil de encontrar, creo, y que sin embargo sigue siendo vigente. Sé por lo tanto que mi propuesta no es nueva ni original y que también en esto soy una recolectora. En cualquier caso, antes de seguir adelante habría que decir que entre los recolectores podríamos clasificar provisoriamente a los carroñeros, pero que no son exactamente la misma cosa.

Uno de mis documentales preferidos es Los espigadores y la espigadora, o Les glaneurs et la glaneuse (Agnès Varda, 2000). La primera parte del documental da buena idea de las otras partes. Además nuestro ejemplar en Youtube está subtitulado en español para quien no pueda seguir las explicaciones y los diálogos en francés. Es más, para quien no disponga más que de 10 minutos para esta entrada, lo mejor que puede hacer es irse derechito al vídeo. Vi este documental cuando se estrenó en Barcelona, en el cine Verdi, y lo vi entonces dos veces. Me encantó, no sólo por el tema sino porque la forma daba fe de lo que se estaba exponiendo. El documental trata de los espigadores que recogen lo que otros desechan. Primero se refiere a las mujeres espigadoras que retrató François Millet, que repasaban los campos después de la cosecha para recoger lo que no habían cogido los agricultores. Ahora, explican Agnès Varda y sus personajes, las máquinas lo apuran todo, pero se puede hablar de una reaparición de los espigadores con las patatas. Muchas patatas son descartadas porque el tractor no las alcanza y se quedan ahí en la tierra; otras porque no dan el calibre, por defecto o por exceso, y otras finalmente porque tienen algún corte o imperfección. Los “espigadores” de patatas han de ir rápidos, como los que revuelven en la basura buscando productos caducados desechados por los supermercados. Las patatas pronto verdean y se convierten en un alimento tóxico y putrefacto.

Normalmente la faena de las espigadoras era cosa de las mujeres y en concreto de las mujeres de clase baja, aunque también podía haber niñas y niños. Agnès Vara nos hace ver como los actuales recolectores de basura urbanos van solos, mientras que las espigadoras iban en grupos. Este dato a mí me resulta muy importante, no es una anécdota.

Recolectores siempre fueron los viejos, se dice porque una vez que dejan de ser productivos para justificar su existencia en el grupo al que pertenecen -indefectiblemente- se dedican a consumir muy poco y a recolectar todo lo que pueden. Esto explicaría el síndrome de Diógenes, que es la exacerbación máxima del recolectador. Me interesa más este grupo que el de los coleccionistas, y ya no digamos el de los coleccionistas inversores y el de los fetichistas. Recolectores siempre fueron los niños, aunque de una manera diferente a la de los viejos. Recuerdo que en mi niñez jugábamos a los cromos de picar. En algunos ponía el nombre de su propietario, en otros ponía el nombre de su propietario tachado y el del segundo o tercer propietario, y es que quien ganaba se los iba quedando. Mi nombre no estaba en ningún cromo, no sólo porque yo no tenía para comprar cromos sino porque era torpe para picarlos. Lo mío no era picar cromos, pero en correr y en saltar a las gomas sólo me ganaba ¡a veces! María José Bagüeste, a la que le llamábamos así y a veces le añadíamos (si estaba suficientemente lejos), “que el culo te hace peste” y echábamos a correr. Un día alguien que tenía demasiados cromos, desde su ventana los echó todos cuando estaba la calle a rebosar de niños jugando. Era antes de comer y cayó como maná que giraba como las hojas verdiblancas de los chopos, bajo aquel cielo tan azul que, vamos, ni la Capilla Sixtina. Ahí fue la mía, ahí cogí por lo menos veinte cromillos de troquel. Luego los perdí, pero tuve mi momento de gloria.

En la casa donde me intentaron criar vivían en los bajos unos extremeños que la Nochebuena la celebraban como Dios manda y hasta las tantas de la madrugada. Venga zambombas y venga villancicos, nada de televisión. Estoy segura de que en aquella casa se cabía porque nunca estaban todos, porque siempre había alguien en la cárcel. En pocos años se murieron todos, unos a disgustos, otros de sida, otros de la droga, otro del alcohol. Pero cantaban como los ángeles. A mí me subía a eso de las tres de la mañana un olor a gambas que aún me parece estar oliéndolo, y proustianamente, ese olor siempre me ha conectado desde entonces con lo improbable y con algo que creo que nos viene del sur, ese saber vivir a pesar de todo lo que te venga encima. Que el señor en su perfecta sabiduría bendiga la de nuestros hermanos del sur y los colme no de arte, que ya lo tienen por demás, sino de salud.

En mi educación musical estaban pues los villancicos que cantaban la señora Rosalía y el señor José de Dios, y también los discos que ponían todos los domingos, de Juanito Valderrama, Perlita de Huelva y la Niña de los Peines. Los domingos en casa se oía además Adamo, Raphael y Engelbert Humperdinck (si estaba al cargo del tocadiscos mi tía pequeña), Frank Sinatra, Julio Iglesias y Los tres sudamericanos (si estaba mi madre) y Carlos Gardel (si estaba mi padre). Mi padre se pondría cada domingo “El día que me quieras”. El pintor que nos pintaba de vez en cuando la casa o las ventanas, cantaba “Por el camino verde”. Después de muchos años de perderle la pista, vino el señor Antonio a pintar mi piso, antes de venirme a vivir, y seguía cantando “Por el camino verde”. No la cantaba como José Feliciano, sino que se tomaba sus pausas para perfilar la moldura de la puerta o el gozne de una ventana. Lo mismo le ocurría a la señora Isabel, la señora que estaba en el primer piso de la otra escalera, pero con quien compartíamos la galería. Cantaba tunas y jotas y hasta boleros que los bordaba mientras lavaba la ropa a mano. Cuando le daba a conciencia a una mancha o a las mangas, ahí hacía un vibrato o un sostenido y luego recuperaba el ritmo como si nada. Tenía una voz argentina y la galería se templaba y se llenaba y enarbolaba toda ella como de flores. Hace poco la encontré por la calle y está del corazón, pero la acompañaba una sudamericana de las mejores. No sabría decir quien ha tenido más suerte, si la señora Isabel o la sudamericana.

Mi educación musical, digo, como la de toda mi generación, procedía de esos hallazgos, de esos encuentros. No buscábamos las canciones, como hago yo ahora a veces en Goear, sino que la música estaba presente en los juegos, en los patios, en las verbenas. Cuando iba al pueblo allí me esperaban más canciones. Como el surfer busca la ola, yo buscaba una canción más, una poesía más, porque las poesías deben ser ante todo canciones. La Pimpana, cuyo nombre oficial ahora no me viene a la cabeza, tenía un colmado y siempre tenía una pota de caldo por la salvación de su madre a punto para cualquier forasteiro o para algún pobre que no tuviera qué comer. En el hórreo, que sigue en pie cuando hace años que ella murió, asaba mazorcas de maíz o sardinas y siempre me daba. Un día me cantó “Adiós con el corazón que con el alma no puedo” y fue la primera vez que alguien me cantó una canción expresamente para mí. Y ahora, cómo son las cosas, yo soy incapaz de cantar la canción a derechas sin romper a llorar. Y es que las cosas del corazón no funcionan como el lenguaje que a veces sale al paso en la Wikipedia

Yo sospecho que cuando la señora Isabel lavaba, a veces lo hacía sólo por el gusto de cantar. Y que, como en los cantos de labranza, los cantos de los boyeros y los cantos de trabajo de los negros, la canción ganaba con las pausas y cuanto más renqueaba o se quedaba como suspendida. También sospecho que sabía que yo no solo la oía sino que además la escuchaba. Eso ya es oro fino y me recuerda uno de los pasajes más hermosos de la Biblia, el de Rut la espigadora:

“A la hora de la comida, Booz le dijo: “Acércate aquí, puedes comer y untar tu pan en el vinagre.” Ella se sentó junto a los segadores, y él le ofreció grano tostado. Comió ella hasta saciarse y aun le sobró. Cuando se levantó ella para seguir espigando, Booz ordenó a sus criados: “Dejadla espigar también entre las gavillas y no la molestéis. Podéis sacar incluso algunas espigas de las gavillas y las dejáis caer para que ella las recoja y no la riñáis”. (Rut 2, 14-16).

Litografía "La llegada de la novia" (Cantar de los Cantares) (Theo Tobiasse)

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15/11/08

Perdidos en el espacio

 No como el mítico gigante griego de bronce,
De miembros conquistadores a horcajadas de tierra a tierra;
Aquí en nuestras puertas del ocaso bañadas por el mar se erguirá.
Una poderosa mujer con una antorcha cuya llama
Es el relámpago aprisionado, y su nombre.
Madre de los Desterrados. Desde el faro de su mano
Brilla la bienvenida para todo el mundo; sus templados ojos dominan
Las ciudades gemelas que enmarcan el puerto de aéreos puentes
"¡Guardaos, tierras antiguas, vuestra pompa legendaria!" grita ella.
"¡Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres
Vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad
El desamparado desecho de vuestras rebosantes playas
Enviadme a estos, los desamparados, sacudidos por las tempestades a mí
¡Yo elevo mi faro detrás de la puerta dorada!"

Emma Lazarus, El nuevo coloso (al pie de la Estatua de la Libertad)



n esta vida nuestra es difícil que andemos acertados en el momento adecuado y que además por ende seamos oportunos. La mayor parte del tiempo por lo tanto estamos en manos de la rutina y de nuestros deberes o compromisos, y el resto del tiempo lo confiamos al ocio o a nuestros anhelos, pero no sé si vivir es eso. Ni tampoco a estar subidos en la oxitocina, esa hormona que procura unos colocones emocionales que ríanse ustedes de los 8 loopings del Dragon Khan del Park Aventura, en Salou (Tarragona). Por algo que no llegamos a saber bien cómo ocurre, a veces nos pasan cosas y a veces no. Y ni siquiera digo que sean cosas que nos resulten ventajosas o que nos resulten desfavorables. Simplemente, a veces parece que no se mueve ni el aire, y otras parece que todo se pone en marcha y hasta lo hace armoniosamente. Por armoniosamente me referiría tanto a la escena de sexo de Delicatessen como a cuando se escucha verdaderamente con la debida atención a Bach o a Beethoven –por un decir- y descubrimos que un haz de luz arrojada sobre la llave de un cajón, los gorriones, todo, imita y celebra algo que va más allá de la melodía. Un orden.

Nuestra vida deja muy poco espacio a la peripecia, al avatar, a la aventura. Hay el sucedáneo del turismo y el voluntariado, que a su manera es como un sucedáneo de la solidaridad y que tampoco no sé si es vivir. Si alguna cosa yo hice alguna vez acertadamente en el momento adecuado y oportuno estoy segura de que fue leer las novelas que se suelen catalogar como novelas juveniles. Tuve la suerte de que el marido de mi madrina nos pasó a mi hermano y a mí la prodigiosa colección que él había tenido de niño. Como tanto J.Mª como yo leíamos como maníacos, pronto nos habíamos leído todos los libros no una sino varias veces. Como tuve un par de accidentes, uno a los 9 años y otro a los 12, casi todos mis compañeros del colegio, de la calle y del grupo de boyscouts (sí) me regalaron libros. Por lo tanto reuní una colección creo que desproporcionada con respecto a lo que eran mis propios recursos económicos, y además sin duplicados. Los libros que más me gustaban eran la vida de Genoveva de Brabante, la Odisea, los Viajes de Gulliver, las 20.000 leguas del viaje submarino, Viaje al fondo de la tierra, Viaje a la luna y Robinson Crusoe. Leí la Odisea a los 13 años (por eso para mí sigue siendo sobre todo una novela juvenil de aventuras). Y su lectura me llevó a los 15 a las Metamorfosis y eso me arruinó el gusto, puesto que ya no fui capaz de leer según qué, de la misma manera que después de un buen vino o de una buena conversación ya no es fácil pasar por cualquier cosa inferior ni correosa. Después he leído hagiografías y, lo que es lo mismo, autobiografías. Lo bueno de las autobiografías es que con leer el primer párrafo sin salir de una librería es fácil darse cuenta de si lo que mueve al autor es una cuestión de vanidad y autocomplacencia o publicidad, o exhibicionismo, o si hay verdaderamente un trabajo de superación, de generosidad, de indagación o de meditación.
Como en la época juvenil, que al parecer los psicólogos suelen situar entre los 12 y los 17 años, tenía tiempo para todo, también disfrutaba de las series televisivas de aventuras. Tengo un recuerdo muy vivo de "Flipper", "Maya", "Daktari" y, en menor grado, de "Bonanza", aunque admito que estaba muy bien explicada y perfilada. Pero las dos series a las que, como se dice ahora, estaba “enganchada” fueron sin duda "Perdidos en el espacio" (Lost in the space) y "Viaje al fondo del mar". Prefiero definitivamente "Kungfu" a "Hechizada" o "Embrujada". Luego hubieron muchos héroes que se movían sobre ruedas y no me refiero a Ironside y a su maravillosa furgoneta adaptada, sino al Ford Torino rojo de Starsky y Hutch (el “tomate”) y el Peugeot 403 de "Colombo". También recuerdo vagamente "Espacio 1999" y "La mujer policía", pero nada me llegó a cautivar tanto como "Viaje al fondo del mar" y "Perdidos en el espacio":

"Serie producida en 1965 por CBS y emitida hasta 1968. Creada por el mago de la ciencia ficción Irwin Allen. Inspirada en la novela "Los Robinsones Suizos" de J.R. Wyss, la acción se desarrolla en el "futuro", y cuenta el proyecto del gobierno americano en el que se propone por vez primera, enviar al espacio a una familia con el propósito de colonizar nuevos planetas, ante la sobrepoblación de la tierra. La familia estaba encabezada por el profesor John Robinson (Guy Williams), su esposa Maureen, (June Lockhart), y sus hijos, Judy, Penny y Will (protagonizados por Marta Kristen, Angela Cartwright, y Billy Mumy), por último, el comandante Donald West (Mark Goddard), era el piloto de la nave espacial "Jupiter II". Su destino, un planeta habitable que gira alrededor de una de las estrellas del sistema de Alpha Centauri, a unos 4,5 años luz de la Tierra.

También viaja con ellos el maquiavélico Dr Zachary Smith (Jonathan Harris), contratado por una potencia extranjera para sabotear el viaje. Aunque finalmente sus planes son descubiertos, su ataque hará que la nave se salga de su trayectoria y comience a vagar sin control por el cosmos, quedando sus tripulantes perdidos en el espacio. A partir de ese momento, los Robinson tendrán que enfrentarse a numerosos peligros desconocidos, y siempre con el Dr Smith al acecho.La mascota del viaje era el inteligente robot 1a1998, programado en principio por el malvado Dr para matar a la familia, y controlado finalmente por el pequeño Will.”

(Viejas series de TV)

Reconozco de corazón que la nave Júpiter II de "Perdidos en el espacio" ahora parece una fiambrera, pero era maravillosa. Es verdad, sin embargo, que el no menos maravilloso sónar de "Viaje al fondo del mar" o el periscopio transportaban mi imaginación a las profundidades pelágicas de un océano más misterioso y cortocircuitante que el mismísimo firmamento. Y los perdidos en el espacio me sugerían todo lo que puede dar de sí un viaje. Las sirenas de Ulises hacen reír al lado de los huevos que descubre la capitana Ripleu de "Alien, el octavo pasajero" (1979). Y no obstante, cuando la computadora Madre de Alien despierta de su letargo artificial a los tripulantes del Nostromo, servidora no puede menos que acordarse de la isla de los lotófagos del principio de la Odisea, cuando al comer loto se desmemorian y no piensan en regresar a Ítaca. El letargo artificial de Alien ya estaba en cierta manera en "El planeta de los simios" (1968), ya que al principio de la película los astronautas están hibernados. No es casualidad que el coronel George Taylor (Charlton Heston) en la versión del libro en que está inspirado el guión (La planète des singes, Pierre Boulle) se llame Ulysse Mérou, de la misma manera que no es casualidad que el héroe principal de "Perdidos en el espacio" se llame John Robinson. Está claro que "2001 odisea del espacio"(1968) también retoma la historia del periplo de Odiseo-Ulises.

La idea de periplo no tanto como “recorrido o trayectoria espiritual de una persona” como de “viaje o recorrido, por lo común con regreso al punto de partida” alcanzó su versión más tremenda en "El planeta de los simios", cuando El coronel Taylor y Nova se encuentran con la Estatua de la Libertad semienterrada. La imagen de la pareja en la playa con el caballo ya es de por sí muy poderosa, pero el descubrimiento de Taylor de que están en la Tierra y no en Orión, es un fotograma definitivo en la historia del cine. Curiosamente, muy cerca del emplazamiento de la Estatua está la isla de Ellis, donde estuvo la principal aduana de Nueva York, donde entre 1892 y 1954 entraron 12 millones de pasajeros. Entre ellos habían multitudes de emigrantes europeos y entre esos emigrantes europeos, mi abuelo, que estuvo 25 años en la ciudad.

Me acordé de “Perdidos en el espacio” después de visitar a un amigo mío en una clínica de enfermos crónicos y terminales. Su mujer, también amiga mía, está con él todo el tiempo posible, porque en realidad eso es todo lo que se puede hacer por él. Después de un derrame cerebral masivo fue operado y aunque estuvo en coma inducido unos días, fue despertado y contra todo pronóstico sobrevivió. Vive, si es que eso es vivir, con una traqueostomía. Además lleva una gastrostomía para comer de unas bolsitas de nutrición enteral. Entiende pero no puede articular palabra y su estado no le permite caminar ni leer. Se hace entender con las manos y recibe todo el antidepresivo que se puede administrar a una persona. Pepe y María están perdidos en el espacio, están ahí a la vez varados y a la deriva. Muchos de los enfermos están enajenados, algunos están abandonados por sus familias y apenas reciben visitas. Unos pocos de los que están medio bien como para estar en las salas comunes o en la terraza de la azotea, se pelean entre ellos. Un día, uno de ellos se interpuso desafiante con su silla de ruedas (le faltan las dos piernas) en la entrada del ascensor y no dejaba entrar a nadie. No sé si hace falta decir que estos centros no son como el crucero del amor de "Vacaciones en el mar" (ya que hablamos de películas).

"Lost in space" (1965)

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7/11/08

Las señoras de la piscina

 "Triste é o cantar que cantamos,
máis ¿qué facer si outro mellor non hai?
Muita luz deslumbra os ollos,
causa inquietude o muito desexar.
Cando unha peste arrebata
home tras home non hai máis
que enterrar depresa os mortos,
baixa-la frente, esperar
que pasen as correntes apestadas...
¡Que pasen..., que outras virán!"
Rosalía de Castro

“¡Yo, que de un estropajo hago cuatro!”
Corona Senra



acía tiempo que en este blog no comentábamos una frase al vuelo, pero últimamente he oído dos sin desperdicio. Una la oí en la calle: “Yo mi sofá, mi mando, mi tabaco y, si quiero, un cortadito”. La otra la pronunció mi madre, cargada de razón: “¡Yo, que de un estropajo hago cuatro!”. Y es que verdaderamente los estropajos que usa, los de rejilla de plástico duro recogidos en forma de flor con un bodoque en el centro, son demasiado e innecesariamente grandes mientras están nuevos. Esta frase al vuelo, aunque está en un entorno sobre el que voy a escribir a continuación, tiene la propiedad de todas las frases al vuelo de tener por sí misma un significado poderoso y una sonoridad característica. Le pasa como muchas frases del Paradiso del poeta José Lezama que tienen una resonancia especial y que sugieren muchos sentidos. Por ejemplo aquella de “La caca del huérfano hiede más”.

La presión que estoy soportando es inhumana. Me explico: el día que las madres de España (esos seres de la mitología prerromana, esos pilares biológicos) se pongan todas de acuerdo y a la observación totalmente inofensiva de que “después de tamaño desayuno me vendría bien un cafelito” respondan “Pues te vas al bar”, ese día –digo- esto se hundirá irreversiblemente. La mía está en pie de guerra desde que sin quererlo ni beberlo le quitaron la tarjeta rosa que le daba derecho a usar los transportes públicos del área metropolitana de Barcelona gratis. Ahora, mejor dicho, su tarjeta rosa sólo le da derecho a adquirir la T4, que es la tarifa mínima. La cuestión es que le retiraron su tarjeta rosa, la buena, cuando fue al consejo del distrito a devolver la de mi padre, cuando murió en enero de 2006. El Ayuntamiento les había enviado la tarjeta rosa automáticamente a los dos cuando cumplieron 65 años. Alegaron que la administrada tenía dinero. Probablemente, pero la pensión que percibe no llega a 600 € y es menor que la percibían los dos dividida por dos. Cualquiera sabe que los gastos de agua, teléfono, electricidad, comunidad de vecinos, gas, etc. de dos personas vienen siendo iguales que los de una sola persona.

La primera reacción de mi madre fue la de dejar de reciclar. Es decir, la de tirar todo directamente en la basura sin separar los tetrabricks de la leche y las botellas de Fairy de los diarios gratuitos y la publicidad, las mondas de naranja y el marro del café. Nótese que la especificación de los desechos de mi madre es todo lo intencionada que parece, puesto que es una basura que refleja una actividad absolutamente impecable y de una persona que de un estropajo haría cuatro. La segunda reacción de mi madre, C.S.M., fue la de sacar el tema diariamente por lo menos una vez. Por ejemplo, si salía el alcalde de Barcelona, Jordi Hereu, por la tele, decía: “Ése, que cobra 178.000 € cada año, ¡más que ningún alcalde!, y le quita la tarjeta rosa a las viudas”. Habría que llamarlo "Jordi Eureu".

Como C.S.M. es lenta pero implacable, ahora está en el proceso de ir a reclamar hasta donde se pueda reclamar. Le sugerí –yo, que soy rápida pero inconsistente- que había una ley muy importante por la cual claramente lo que le habían hecho era ilegal o alegal o lo que sea que es. Me refiero al artículo 113.3 de la Ley 30/92, de 26 de noviembre Ley de régimen jurídico de las administraciones públicas y del procedimiento administrativo común:

“El órgano que resuelva el recurso decidirá cuantas cuestiones, tanto de forma como de fondo, plantee el procedimiento, hayan sido o no alegadas por los interesados. En este último caso se les oirá previamente. No obstante, la resolución será congruente con las peticiones formuladas por el recurrente, sin que en ningún caso pueda agravarse su situación inicial”.

En cualquier caso, siendo ella lenta y yo rápida, ella implacable y yo inconsistente, lo que tenemos en común es que somos de protestar y no de quejarnos ("ay ay ay ñi ñi ñi").

Como el tema le lleva a mal traer anda opaca y ensimismada, no explica mucho, pero le pregunté qué iba a hacer. Me dijo que ya se había informado y que tenía que ir a una oficina donde los Ferrocarriles Catalanes. Le pregunté que quien le había informado y me respondió “Las señoras de la piscina”, a lo que yo no me atreví a rechistar nada, puesto que la debilidad del argumento inspira una indefensión elocuente.

Lleva una mala temporada, sí. En el taller de memoria les pidieron que escribieran una historia que recordasen y la escribió de un tirón:
“C[…] S[…] M[…]. Nací en Finisterre el 20 de mayo de 1934. + Hija de marinero. A los 8-10 años que estábamos en plena postguerra hacía mucho frío y muy poca pesca. Es más, a veces salía a pescar y volvía de vacío. Recuerdo que mi padre llegaba con los ojos llenos de legañas y los puños rozados de la ropa de agua de remar y había hasta galernas. No teníamos para comer y menos para juguetes, que nosotros confeccionábamos […] Pero llegaba la fiesta de Reyes y los niños que sus padres tenían dinero les traían juguetes y a los pobres no nos dejaban nada. Teníamos en la parroquia un cura que se llamaba Don Juan Bueno y Bueno […] Llegó al punto de solucionarlo, supongo que le costó mucho tomar la decisión de decirnos que nosotros éramos buenos pero que nuestros padres no tenían dinero. Yo era pequeña pero me acuerdo que no sentó bien a todo el pueblo, pero yo pienso que no estuvo mal. El sentimiento que yo tengo es por mis padres lo que debieron sufrir […]” 

Nunca había visto un texto tan largo de mi madre, que sólo hace cuentas o listas de la compra y se apunta palabras que oye en la radio cuyo significado ignora, poco más. Pues entendió mal y el profesor pasó totalmente por alto el ejercicio. Yo sé que lo escribió en la mesa de la cocina porque había algunos trazos del mismo bolígrafo en el hule. Bueno, un chasco lo tiene cualquiera.

Esta anécdota ya me la había explicado a mí, que la recogí en este blog: “Me he acordado del P. Juan Bueno Bueno. Además de dos veces bueno fue breve, como si lo dijera Gracián, porque vivió poco. O, mejor dicho, vivió pocos años. Me sabe hasta mal hacer un chiste tan a huevo, pero es que es así tal cual lo digo. Era bueno. Fue párroco en el pueblo de mi madre después de la Guerra Civil, la guerra fraticida, ¿cuál no lo es? Un día, en un oficio de Adviento, le dijo a los niños: "Niños, los Reyes son los padres". Y es que al Padre Bueno le dolía ver que unos niños tenían muchos regalos y otros nada. Y le dolía ver que los niños pobres y los niños ricos encontraran en esa distribución de la riqueza o de la pobreza, respectivamente, alguna razón o alguna justicia (fuera humana o divina).” (El día más corto del año)

A C.S.M. no le va a gustar lo que estoy haciendo. No me refiero a este pequeño homenaje al Padre Bueno, sino a colgar un texto suyo en internet, un lugar que en general le parece una tontería y una pérdida de tiempo. Además no le gusta figurar en ningún sitio.

En la trayectoria de su vida el siguiente día remarcable fue cuando se comió un bizcocho entero en la casa del diputado para el que trabajaba en La Coruña. Si nos saltamos la boda y todo lo demás, ya nos vamos a otro hecho insólito, que fue cuando devolvió 500 pesetas a la RENFE al darse cuenta al llegar a casa –después de comprar un quilométrico- de que le habían dado el cambio mal. Nos estamos refiriendo a 500 pesetas del año 1965, que serían unos 125 euros de hoy. Pues le enviaron una carta y todo, anunciándole que su gesto de honradez había tenido eco en la revista "Vía libre", una publicación corporativa de la Red Nacional de Ferrocarriles Españolas. Ahora, según y como la RENFE se llama ADIF, sobre todo si se trata de atender a los del AVE, esos canallas insolidarios que se han quedado con gran parte de la Estación de Sants en Barcelona en detrimento del populacho inmundo que usa la líneas de largo recorrido habituales que me resisto a criticar. Éste tema sera tratado en otro momento, como creo recordar que se decía a menudo en La conjura de los necios.

Si pasamos por alto lo de la aluminosis en el Turó de la Peira en los noventa, y como le practicaron 70 catas al piso de mis padres, haciendo unos agujeros de unos 40 cm en el techo (cada cual a un metro cuadrado del otro), si pasamos por alto que estuvimos recogiendo polvo una semana y que tuvimos la suerte de no tener que apuntalar el piso, esa inmensa suerte fue desmentida por el entonces presidente de la Generalitat de Catalunya, cuando dijo: "Home, és que la gent hi posa pianos a les cases". Que yo sepa en el barrio sólo había alguna guitarra, o armónicas, zambombas o flautas, pero ¡¿pianos?! Eso donde vivía él, en la Ronda de Dalt.

El siguiente trance en la vida y milagros de C.S.M. se produjo durante los 6 años de la enfermedad de mi padre y después ya nos vamos directamente a la viudedad y a lo de la tarjeta rosa. Ah, y cada cierto tiempo, mi madre -con quien comparto la titularidad de mi cuenta corriente- tiene que presentarse en la oficina bancaria para dar fe de vida. Esto ocurre cuando el cajero automático de "la Caixa" me indica desalmadamente: "Retire su dinero. Por favor, el titular de la pensión o el seguro debería pasar por cualquier oficina para comprobación de datos."

Por todo esto, por una vez me he decidido a hablar de un tema personal. Por favor, digo yo, un respeto por las señoras de la piscina. Vale ya.

Beatrix Potter

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16/10/08

Dragones y mazmorras


reo que entre los miopes más famosos, además de Johan Sebastian Bach y Marilyn Monroe, están sin duda Mr. Magoo y su versión española, Rompetechos. En “Los Simpsons”, Hans Moleman o Hans Topo es un personaje definido por su escasa agudeza visual y las innumerables veces en que está en peligro de muerte. Debo admitir que algunos episodios de "Los Simpsons" tienen su gracia, aunque en general es una serie que no me gusta por culpa de Homer Simpson. Curiosamente en nuestro país es doblado por un nieto de Pepe Isbert, Carlos Ysbert. El apellido con “y” igual no es evolución sino recesión cromosómica. Pero volvamos al tema que nos ocupa, centrémonos.

Mr. Magoo en alguno de sus episodios de confusión saca a bailar a un hombre creyendo que es una mujer y Rompetechos tiene también unos deslices muy cómicos, como el del dibujo, en que pretende como barbero que es afeitarlo todo, hasta un nopal. Al lado de los defectos sensoriales de Magoo y Rompetechos, la afección de Don Quijote es más profunda y confunde un rebaño de ovejas con un ejército y los molinos manchegos con gigantes:

“Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes, iba diciendo en voces altas:

Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.”

Como el Quijote tiene tantas lecturas como lectores, servidora encima añade a cada una de sus lecturas de la novela la de enfocarse en un tema (el dinero, el amor, el engaño, etc.) ¡Como si esos temas se pudieran separar! Pues sí, porque estamos acostumbrados a hacerlo y hasta pasamos por el espejismo de estarlo haciendo cuando en realidad no lo conseguimos casi nunca. De hecho, los grandes temas de la novela, como género literario, son el dinero, el amor y el engaño, mientras que los grandes temas de la poesía serían el amor y la muerte. Lo digo de manera tentativa y tímidamente, sin pretensiones de sentar cátedra ni de concluir.

Mi ejemplar del Quijote es una edición de bolsillo con un cuidadoso aparato crítico de Martín de Riquer, quien ahora tiene 94 primaveras. Alguna vez lo veía subiendo las escaleras al departamento de Filología Románica de la Universidad de Barcelona y fue así como supe que era manco como Cervantes. Pero por entonces yo ya había leído el Quijote siguiendo las valiosas instrucciones de nuestro profesor de literatura de bachillerato, que se llamaba Escudero de apellido y era chileno. Según Escudero era suficiente con que nos leyéramos para empezar los capítulos 1, 6, 8, 10, 14, 27, 32, 35, 47, 48 y 52. Siempre que me encuentro con alguien que dice que no tiene tiempo para leerse el Quijote, le paso esta ruta de atajo y nadie queda descontento. De todas maneras, aunque calle como una puerta, me parece que una persona que no tenga tiempo de leer el Quijote es digna de lástima. Y no lo digo por el Quijote en sí, sino por su situación también en sí.

Lo curioso de todo es que los delirios del Quijote se funden con las trapazas de otros personajes, por ejemplo el duque, y con la obcecación que tiene Sancho con ser gobernador de la ínsula Barataria que, como el nombre indica, además era de poco valor. Todo está muy bien trabado. Y fui plenamente consciente el lunes de vuelta a casa, en el autobús. Un individuo pintoresco que estaba en el fondo del mamotreto se fue hacia el conductor y le desafió con una frase como “Eso, no me lo vuelves a decir” o algo así. Yo acababa de entrar, así que no sé si me había perdido algo o si sabía lo mismo que el conductor: nada. El conductor, musculoso, rapado, de contundentes cejas, le espetó: “¿Qué es lo-que-no-te-vuelvo-a-decir?”. Excuso la escena que se organizó en unos segundos, con el conductor retorciéndole el brazo al individuo y reduciéndole y hasta ya envalentonado diciéndole “No te muevas, que te arranco la cabeza”. Un señor con aspecto de médico ayudaba a que la cosa no fuera a más y le hizo una pregunta al que estaba debajo y a mis pies que me dio a entender que sí que era un médico, y que había comprendido como yo que había un problema mental. Una enfermedad mental. Un brote, nada de drogas o alcohol. Lamentablemente parece que el chofer del autobús no se daba cuenta. Mientras tanto un compañero suyo llamaba por radio a la policía y yo me escurrí por la puerta central como si hubiera una alfombra roja y la prensa gráfica al pleno.

No sé cómo acabó la historia, pero la semana anterior había habido en otra línea de ruta parecida una pelea entre pasajeros y estuvimos media hora parados y parando el tráfico y la verdad para mí carece ya de todo interés cómo acaban estas pendencias entre locos, enloquecidos, alocados, caballeros de ardientes espadas y tontos del bote. Alguien tiene que mantener la calma, jolín.

Rompetechos, de Francisco Ibáñez

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12/10/08

Quienes somos, de dónde venimos


l Pazo de Meirás -por su lista de inquilinos- no tiene nada que envidiarle al Castillo de Bran, más conocido como el Castillo de Drácula en Transilvania. Además, Emilia Pardo Bazán era condesa como conde era Vlad IV el Empalador. No estoy al día de cómo ha quedado la venta del castillo de Bran ni cómo está la titularidad de la propiedad del pazo que perteneció a la condesa bigotuda y después acabó siendo morada vitalicia estival del General Franco. Bromas aparte, me leí Los pazos de Ulloa cuando yo leía novelas y me pareció muy buena. Creo que fue Curros Enríquez quien le dedicó un asiento del tren en que recreó la Divina Commedia en cachondeo (O divino sainete, 1888). Si no recuerdo mal la situó en el vagón de la gula (por su obesidad). Lo que no soy capaz de traer a la memoria es si equivalía a Virgilio en su paseo con Dante, ni si habían en otros vagones-pecados más escritores. Curros Enríquez era muy de la broma.

La “princesa galaica” fue descartada de mi escueta lista de preferencias el día que supe que al ser preguntada su opinión sobre una poesía de Rosalía de Castro, contestó “Muy bonita” con una especie de mohín de condescencia, displicencia y superioridad. Ésta anécdota la cuenta el profesor Basilio Losada con tal maestría que hasta echa para atrás toda la fila de vértebras cervicales y reproduce el gesto con la boca cerrada como un piñón y ladeada, y con la nariz fruncida. Ya se sabe en España que el talento literario es raro y no siempre va unido a otras prendas. Otro detalle de la condesa que me inspiró más que reticencias era su costumbre de llamar “dulce vidiña” a Benito Pérez Galdós, en su correspondencia extramatrimonial.

Hay una determinada época de la vida en que los aficionados a la lectura leemos desaforadamente cualquier cosa con letras y sólo despacio se va forjando un criterio y nos vamos haciendo más selectivos y más afinados. Hay dos temas que me han intrigado siempre: uno, la supervivencia de determinadas obras a través de la historia y los desastres; y, dos, la extracción social de los escritores. Por una parte me ha interesado saber qué obras antiguas han resistido guerras, censuras, purgas, etc., y porqué. ¿Qué maravillas no se habrán perdido para siempre en el camino de la humanidad? Por otra parte, digo, sin que tenga nada que ver (al menos en mi enfoque), me ha interesado saber la procedencia de los escritores. No me refiero tanto a su origen geográfico como a la posición de su familia, recursos y todos los demás condicionantes de clase.

Aunque el estructuralismo volvió el interés al texto y a analizar de la misma manera textos de diferentes épocas, hay un lastre por el cual cada época literaria se ve encajonada por sus propios estudiosos y su manera de estudiarla. Esta impresión ahora mismo sólo se me ocurre demostrarla –o mostrarla, mejor dicho- con un ejemplo. Precisamente en lo que se refiere a si se indica o no la extracción social de los escritores en las biografías. Si miramos las biografías de los autores de la Edad Medieval veremos que Íñigo López de Mendoza era marqués de Santillana, que el padre de Jorge Manrique era maestre de la orden de Santiago y conde de Paredes de Nava, de una de las más antiguas familias nobles de España. Pero López de Ayala también pertenecía a “una familia noble”, Diego de San Pedro sabemos que era oidor del Rey. Garcilaso de la Vega descendía del mencionado marqués de Santillana, Juan Boscán sirvió en la corte de los Reyes Católicos y después en la de Carlos I. En el Renacimiento, los escritores españoles parece que “vinieron a menos”. La mismísima Sor Juana, aunque nacida en el virreinato de Méjico, era la hija ilegítima de un militar español. El padre de Lope de Vega era bordador, de un valle cántabro. El padre de Cervantes era de ascendencia cordobosa con antepasados gallegos (tal vez exiliados); el padre era cirujano y se sospecha que converso. La madre de Quevedo era camarera de Ana de Austria, la cuarta esposa de Felipe II. Góngora, su enemigo, era hijo del juez de bienes confiscados por el Santo Oficio de Córdoba. En la Ilustración vuelve a las biografías de escritores el cliché de “familia noble” (tanto para Gaspar Melchor de Jovellanos como para José Cadalso, Samaniego y Tomás de Iriarte). En el Romanticismo leemos en las biografías de las otras enciclopedias cosas como “familia acomodada pero progresista” (Carolina Coronado) o simplemente “familia acomodada” (Martínez de la Rosa), “influyente familia madrileña” (Mesonero Romanos), pero en general la cosa de la extracción social tiende a diluirse en referencias como las que suelen hacerse sobre el padre de Larra (un cirujano militar afrancesado) o las “estrecheces económicas” de Bretón de los Herreros. Ya no digamos nada de lo que despistan las biografías sumarias de Bécquer (que “pasó penurias”), Rosalía de Castro (“baja nobleza gallega”) y Campoamor.

He ido dando tumbos por las biografías wébicas de Juan Valera, Blasco Ibáñez, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Pío Baroja, Miguel de Unamuno, “Azorín”, Eugeni d’Ors, Gómez de la Serna, Rosa Chacel, los autores del 27, los posteriores a la Guerra Civil, etc. Me he dado cuenta de que toda la información que se proporciona para situar a los autores es un muy irregular. Gil-Albert o Gil de Biedma siempre aparecen ligados a la alta burguesía y Miguel Hernández siempre aparece como pastor de cabras, pero aparte de casos así “emblemáticos” no hay una sistemática en el dato. Me llama la atención y por eso lo transcribo el inicio humorístico del artículo de la Wikipedia para Eduardo Mendoza:

"Nació debajo del puente en Barcelona en 1943, hijo de un fiscal y un ama de casa." (Wikipedia)

En los escritores contemporáneos me llama también la atención la constante referencia a sus estudios universitarios, al lado de la insistencia en el autodidactismo de Francisco Umbral o José Saramago. De manera que en Luis Antonio de Villena, Miguel Delibes, Ignacio Martínez Pisón, Vicente Molina Foix y en todos los autores vivos nos encontramos en la solapa con el título universitario por toda presentación.

Intencionadamente no he manejado biografías noveladas o recreadas ni he ido a biografías de investigación y análisis. He buscado lo más común y consabido, simplemente con el objeto de ver qué clase social predominaba entre las plumas ilustres. Mi tesis era que había muchos profesores de universidad entre los escritores actuales y me parece que no me equivoco. Hay algo que siempre siempre me ha sorprendido y es que la literatura estuviera en manos de un franja social muy determinada. Y ya no digamos que además está copada por los hombres, aunque bien es cierto que cada vez hay más escritoras entre las mujeres o más mujeres entre las escritoras (que no es lo mismo). Lo que ya es la leche es que el principal público lector de las novelas escritas por hombres sean las mujeres. No sé si eso es bueno, la verdad. Debo aclarar además que hay muchos escritores y escritoras no publicadores y muchos publicadores no escritores, a las que les cuesta Dios y ayuda poner una frase tras otra, pero que están deseosos de publicar a toda costa. Pero ese es otro tema.

El tema de ahora es cómo puede ser que los mileuristas lean tanto los escritores de la aristocracia sin percibir que efectivamente pertenecen a otra clase social (la de las Coplas por la muerte de su padre, por un decir), o que los profesores de la universidades se dediquen a escribir unas novelas que en su mayoría son reflejo de un onanismo inveterado y una justificación de su aburrimiento y su estrechez vital. El conocimiento del mundo de un profesor de universidad acostumbra a ser muy predecible y prometo que para mí tiene más interés un documental sobre la vida sexual del pulpo. No se espera de ellos que hayan vivido una vida como la del capitán Contreras o que hayan pasado por el vértigo existencial de una viuda joven con hijos para llegar a final de mes, pero se les exige que por lo menos sean útiles, ardientes o dignos (alguna de las tres cosas).

Princesa Ileana de Rumanía

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27/9/08

Una casa con certeza, una certeza sin casa y una casa sin certeza

 Teño unha casiña branca
na Mariña entros loureiros
Teño amores, teño barca
estou vivindo no ceo.
Adiós á miña casiña,
portelo do meu quinteiro,
auga da miña fontiña,
sombra do meu laranxeiro.

Trad. gallega (*)



os dos ejemplos más significativos del tópico del amor a la casa propia en los pueblos de Galicia y Portugal son, respectivamente, el “Alalá das Mariñas” y el fado lisboeta “Uma casa portuguesa” (**). El alalá es el canto considerado más antiguo, puro y característico de la música tradicional gallega, y está reservado para los temas serios. El nombre viene de que entre estrofa y estrofa se tararea o lalalea un aialelo ailalaaaaaalo, etc. Además de la versión instrumental de Milladoiro, están la purista de Amancio Prada, la jazzística de Alberto Conde Trío y la emotivista de Uxía Senlle. No estoy segura de si Berrogüetto hizo su propia versión. “Uma casa portuguesa” la gravó el año 1953 Amália Rodrigues, y hay una versión de Roberto Leal que tiene una guitarra o un bajo que suena enigmáticamente parecida a la de Obladi oblada (The Beatles).

El amor a la propia casa se desmandó en Galicia mucho antes del ladrillazo y de la devaluación del suelo agrario y pecuniario, y no puede justificarse simplemente en el contrabando del tabaco o en el blanqueo del contrabando del tabaco (el tráfico de droga). Mucho antes del negreo del contrabando de Winston ya se dedicaban los ahorros de la emigración a levantar casas imposibles llenas de lareiras (chimeneas) y buhardillas, piso de roble y castaño, tejados de pizarra al estilo de los chalets suizos, y galerías quilométricas. Muchas de esas casas son la inversión de andar los hombres embarcados en la marina mercante transportando gas, o de pasar meses en las plataformas petrolíferas que están en el medio del mar. Llegué a oír en una ocasión que en los años setenta y ochenta, el gallego emigrado a Suiza o Alemania, volvía en sus vacaciones en un Mercedes como signo de éxito. Curiosamente es una ostentación sui generis porque por una parte está fundamentada en el trabajo duro, en el ahorro y en los sacrificios y, por otra parte, no busca el aparentar lo que no se es ni el lujo. Otro factor que hay que tener en cuenta es que la familia gallega es más amplia que la familia catalana, por ejemplo. Va de abuelos a nietos y más. Por lo menos hasta ahora, pero empiezan a construirse también residencias para ancianos.

Lo bueno (¿o lo malo?) de los blogs es que lo mismo que digo que empiezan a construirse en Galicia residencias para ancianos, también me permito hacerme eco de que como una de las secuelas que empiezan a sentirse de la crisis económica, tenemos la contención en la separación de las parejas. Con la crisis la gente se separa menos y es por razones rigurosamente económicas. Y así, yendo de tema en tema, como en la peluquería o el taxi, podríamos pasar por la nostalgia de lo que en realidad nunca existió y por lo poco que hacen falta las secadoras o los machacadores de ajos. Por la misma razón por la que los arquitectos no

tienen en cuenta la barbaridad de horas de sol que tenemos y las casas no están bien aisladas, por esa misma razón no construyen los pisos y las casas teniendo en cuenta las parejas separadas que conviven juntas. Y ya, decir por decir, si las casas estuvieran concebidas como escenarios o lofts, no sería tan acusado el síndrome del nido vacío. La versatilidad nos permitiría no solo “redecorar nuestras vidas”, sino desmontar una cena de Nochebuena tradicional para montar un espacio al estilo del de los salones del “Hola” de los modistos italianos y los actores filantrópicos budistas o cienciólogos de Hollywood.

Lo de las “cuatro paredes encaladas y un olorcillo a romero” tuvo su apoteosis cuando se puso de moda lo de las “segundas residencias”, en donde si había ocho cucharas era porque cada una era hija de su madre.

El título de este post es un tributo a la poesía de Mª Mercè Marçal "El meu amor sense casa", puesto que igual que hay casas sin amor hay amores sin casa.

_____________

(*) Tengo una casita blanca,
en la Mariña entre laureles.
Tengo amores, tengo barca,
estoy viviendo en el cielo.
Adiós a mi casita,
cancela de mi terreno,
agua de mi fuente,
sombra de mi naranjo.

(**)
Numa casa portuguesa fica bem / En un casa portuguesa queda bien
pão e vinho sobre a mesa. / pan y vino sobre la mesa.
Quando à porta humildemente bate alguém, / Cuando alguien llama humildemente a la puerta
senta-se à mesa co'a gente. / se sienta a la mesa con la gente.
Fica bem essa franqueza, fica bem, /Está bien esa franqueza, está bien
que o povo nunca a desmente. / que el pueblo nunca desmiente.
A alegria da pobreza / La alegría de la pobreza
está nesta grande riqueza / está en la grande riqueza
de dar, e ficar contente. / de dar, y quedarse contento.
Quatro paredes caiadas, / Cuatro paredes encaladas,
um cheirinho á alecrim, / un aroma de romero,
um cacho de uvas doiradas, / un racimo de uvas doradas,
duas rosas num jardim, / dos rosas en el jardín,
um São José de azulejo / un San José de azulejo
sob um sol de primavera, / bajo un sol de primavera,
uma promessa de beijos / una promesa de besos
dois braços à minha espera.../ dos brazos que me esperan…
É uma casa portuguesa, com certeza! / Y una casa portuguesa, con certeza
É, com certeza, uma casa portuguesa! / Es con certeza, una casa portuguesa
No conforto pobrezinho do meu lar, / En el confort modesto de mi hogar,
há fartura de carinho. / no falta cariño.
A cortina da janela e o luar, / La cortina de la ventana y el claro de luna,
mais o sol que gosta dela... / más el sol que gusta de ella…
Basta pouco, poucozinho p'ra alegrar / Basta poco, poquito, para alegrar
uma existéncia singela... / una existencia sencilla…
É só amor, pão e vino / Y solo amor, pan y vino
e um caldo verde, verdinho / y un caldo verde, verde
a fumegar na tigela. / que humea en la cazuela.


23/9/08

Post 164: Evolución

 A los no nacidos

 

"Lo que uno descubre al cabo del tiempo es que si alguien contiene a alguien, es el niño al futuro adulto y no al revés; y al mirar las imágenes uno no puede por menos de pensar en la carga que eso supone, en cierto sentido. Pero también aquí está fuera de lugar la autocompasión: durante toda la historia los niños han sido proyectos de adultos, y si se ha cuidado la infancia ha sido por lo mucho que configura e influye en lo que vendrá más tarde, que es lo que importa. Hoy, por el contrario, la importancia se le da a la infancia en sí misma, como si el único y descabellado plan de la humanidad fuera el de formar y forjar niños eternos, peremnes. Y la verdad, menudo plan. Y así nos va".

Javier Marías, "Los pantalones tiroleses", Aquella mitad de mi tiempo.


a hermana de una amiga mía está en los trámites de adopción de un niño marroquí. Primero optaron por una niña china pero, como se puso el asunto difícil, tuvieron que renunciar (cosa que les llevó un año) y así poder volver a iniciar otra adopción más asequible y rápida. Obviamente, uno de los requisitos para la adopción es la conversión al Islam por parte de los padres adoptivos y, hasta donde yo sé, no ha bastado la intervención de uno de los imanes de Barcelona sino que se ha exigido también la de uno marroquí en Marruecos. Le dije a mi amiga, la futura tía, que ya rezaré para que todo vaya bien. Al fin y al cabo se trata de una religión monoteísta que admite a los ángeles, a la Virgen María, al arcángel Gabriel, los Evangelios, los Salmos, etc. Creo que el Dios católico, en su infinita e inextricable sabiduría no verá mal un ruego así. El niño se llamará Oriol (cat. “dorado”), que fue un santo barcelonés nacido el 1650. Mientras tanto se llama Ahmud o algo así.

Debo decir que con los niños me pasa como con los perros, que en principio no me gustan. Luego, con el trato, si no me golpean con un martillo la cabeza o me chuperretean, hago hasta buenas migas. Desde el momento en que el niño adoptado y los padres adoptivos tienen caras y ojos y unos nombres creo que el proceso no debería pararse. A no ser, claro está, que los padres fueran declaradamente incapaces para criarlo.

En mi clase de la promoción 1964-1974 todos los niños nacieron de un matrimonio indisoluble y heterosexual, y de una gestación según el método tradicional de los mamíferos más y menos evolucionados. Incluso me atrevería a asegurar que en la postura del misionero. La niña mulata era totalmente excepcional en la Barcelona del baby boom. La España de Franco era, podríamos decir, lo excepcional, porque las corrientes migratorias de todas las épocas se detuvieron o –mejor dicho- se limitaron solo a la emigración y el exilio. Más del noventa por ciento de los niños que salimos en la fotografía somos de familias procedentes de Andalucía, Extremadura, Galicia y, en menor grado, de Castilla. Esta circunstancia de mi niñez creo que fue uno de los factores más decisivos de mi formación. Después, el de que mi escuela no siguiera ninguna línea ideológica. Lo mismo nos hacían escuchar a Serrat las dos maestras de Reus que decían que eran primas, que nos hacían rezar el mes de María. Hasta el profesor de francés (Jiménez) nos pretendió dar educación sexual con las típicas láminas de los genitales internos y externos cortados en sección. Que conste que este mismo profesor luego nos impartió en B.U.P. griego, pero que en ningún caso nos inició en ninguna de las prácticas homónimas.

Hay quien se extraña de que recuerde los nombres (*) de los 62 que llegamos a ser al cabo del llamado Graduado Escolar y la E.G.B. entre los que empezamos juntos y hasta revueltos, los rezagados y los añadidos. Creo que lo difícil hubiera sido que me olvidase ya que cada día a las 9 y a las 3 pasaban lista de toda la clase. Como había algún Hernández repetido, de estos se decía hasta el segundo apellido. Cuando cada cual era nombrado se suponía que había que ponerse en pie y decir “¡Presente!” o “Sí”. Aunque esta rutina era una medida de orden y disciplina, la verdad es que para mí ha ganado con el tiempo otro significado, aparte del mnemotécnico. No sé qué hacen ahora con los escolares y no quiero saberlo; aún no me he recuperado del shock cuando hojeé un libro de Historia. Sin embargo, el hecho de que el profesor o la profesora de los sesenta y tantos pasara lista en desorden alfabético de los que estábamos o no en las casi dos filas de pupitres de niñas y en las dos filas y pico de niños, era como una especie de invocación e igualación.

Cuando recuerdo los nombres al repasar la foto, veo que la lección principal resiste. También me acuerdo de alguna otra retahíla, como “litio, sodio, potasio, rubidio y cesio”, “a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde…”, “Kiev, Jarkov, Bakú, Gorkí”, “Holanda, capital la Haya”, etc. Estoy recordando muy especialmente también al director, Laureà Vilalta Mata, a la señorita Mari Carmen y al señor Josep Català, nuestro temido profesor de Matemáticas. Sus clases me dieron una base muy sólida para las Matemáticas del bachillerato y me dieron el placer de pensar.

Sinceramente, lo que más me interesaría saber de mis compañeros (y en general de tutti quanti es si han evolucionado o no). Lo demás es paja.

(*) Juan Antonio Gaya García, Pedro Cuenca Serrat, Liliam Donoso Lorenzo, Rosa María Franco Juncal, Mª Rosa Rodríguez Barrio, María del Carmen Cabello Muñoz, María Teresa Hernández Seisdedos, Ángela Aparicio Aparicio, María Teresa Moyá, Juliana Valverde Ransanz, María Teresa Gilabert Tarramera, María del Carmen Solé Gusano, Montserrat Troncoso, Ruiz, María Teresa Sánchez, Marta Domínguez Senra, Nuria Romero Albarracín, Ana María Portal Pozo, Gemma Alabert García, Araceli Pombo Rodríguez, José Caamaño Labado, ¿Fernández?, Francisca Fuentes, Francisco José Alonso Cos, Mauricio Fernández Selva, Justo Cabrera, Ricardo Díaz Boiría, Jordi Pou Campos, Gallo, Francisco José Luque Díaz, Laura Freixas, Pedro Jerez Marín, Rosell, Alberto Gils Gimeno, Manuel Cuadra García, Juan José Ortega González, Sergio Fortón Baringo, Antonio Corraliza Montal, Domingo, Rebollo, Vicente Pascual Ramis, Cerón, Francisco Javier Ares Pérez.

Los que no salieron en esa foto: Juan Carlos Alemany García, Ana Andreu Guasch, Alberto Bertrán Curcó, "Chirri" (Toni), Eduardo de la Calle Chaparro, Ana Casals Trepat, María Victoria Crespo Safont, Jesús Díez Meléndez, Jorge Doménech Pelillo, Miguel Fernández Palenzuela "Botella", Jesús Fuentes Gea, Antonio García-Márquez, José Carlos González Anaya, Eugenia Hernández Macho, Alberto Hernández Macho, Juan Ramón Herrero Huertas, Ana María Isern Bella, Germán Lamarca Rodríguez, Odalí Lozano Noguerado, Patricia, Pedro Roca Munera, María Jesús Rodríguez Hospital, Esther Sáez Julve, Elena Santamaria Ortega, Maravillas Segura Solé, Jorge Soler Grabulosa, José Luis Torres Millán, Armando Vázquez Montoya, Emiliana Ventoso González, Jorge Vidal Vilarrubla, Manuel Villuendas Hernández, Miguel Lleixá Barberá, Montserrat Llorens Rovira, Xavier Marbá Rius, Francisco Martí Burguete, Silvino Martínez Grima, Pascual Martínez Rodríguez, Juan Agustín Mateo Celigueta, Vicente Mateo Salas, Alberto Merce Suiles, José Luis Molas Iglesias, Juan Antonio Núñez Serret, José Orrego Durán, Pablo Palos Ramírez, Juan Carlos Rizos de la Rosa, Vázquez.

Promoción de 1964-1974 de la Academia Virrei Amat. 5º curso. Fotografía digitalizada

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19/9/08

Rojo


a otra noche me hice una arroz con algas y el olor recordaba a un centollo hervido, cuando estaba en plena alucinación olfativa llamó a la puerta una proveedora y cuando le pregunté si le había ido bien el verano me dijo que el marido había empezado la quimioterapia y que tenía un cáncer de pulmón. La forma en que irremediablemente transcurren los hechos en nuestras vidas es implacable. De camino a la cocina esa noticia se mezcló con el olor de centollo falso y con que no sé por qué me acordé de que antes los pantalones vaqueros se tenían que lavar del revés si no se quería que salieran con rayas desteñidas. Todo lo cual demuestra que no sólo hacemos a veces dos cosas a la vez sino que además podemos pensar dos cosas a la vez incluso opuestas o sin ninguna relación aparente. Una de las nociones literarias que pretende enaltecer mi galería de poetas vivos, resucitados y muertos es precisamente la “cantidad hechizada” de José Lezama Lima, que duró de Ministro de Cultura en Cuba un par de “Grammas”.

Una vez situado el tema, paso a referirme a la prodigiosa trilogía del cineasta Krzysztof Kieslowski, Trois couleurs (Bleu, de 1993; Blanc, de 1994, y Rouge, de 1995). Es Rouge, su última película, mi preferida de Kieslowski. Y, en general, es una de mis películas preferidas. Esto es no sólo por el papel de juez que desempeña magistralmente Jean-Louis Trintignant, sino también por el tema que recorre (la fraternidad) y que se entreteje con Bleu (la libertad) y Blanc (la igualdad) a través de escenas comunes e incluso de sus personajes. Una de las escenas en que más o menos concurren las tres películas de la trilogía es la del anciano que trabajosamente echa la botella por la boca del contenedor de reciclar, demasiado alta. En Bleu, Juliette Binoche ve la escena y cierra los ojos como componiendo una melodía mentalmente. En Blanco el personaje del polaco Karol sonríe un poco maliciosamente mientras recuerda las palabras en Extranjería, en donde conoce su situación ilegal después de una matrimonio que no fue capaz de consumar. La única de la trilogía que ayudará a la anciana de la botella a introducir la botella vacía en el container será Valentine, la protagonista de Rouge. Los tres enlaces a los videos colgados en internet son además una recreación de la idea del punto de vista, que es precisamente lo que cuando se mueve nos da una indicación de cómo pueden ver las cosas los demás e incluso nosotros mismos.

Es muy habitual oír por estos pagos que Cataluña da mucho más al Estado de lo que recibe. Es una afirmación recurrente, que periclitó cuando el desastre de las infraestructuras del verano pasado y que se ha ido engordando y engordando. Probablemente tal afirmación es exacta. Hay acuerdo en afirmar que no es la comunidad autónoma que más contribuye y que hay otras comunidades como Madrid y Baleares (Mallorca) cuya participación es también abrumadoramente importante. La última vez que en mi presencia se sacó el tema, noté sin embargo que la exactitud iba rodeada de otro tanto de desinformación e indignación. De inmediato me dispuse a decir que yo misma doy más de lo que recibo. Y no fue necesario añadir mucho más (como a mí me gusta). Mis interlocutores tienen un hijo que percibe del Estado una pequeña ayuda económica para paliar sus circunstancias: una esquizofrenia grave que se le desencadenó por la ingestión de un psicofármaco en la libérrima capital de Holanda y que ya ha supuesto varios ingresos, brotes psicóticos, alucinaciones, etc. Además gozan de una baja por estrés y tienen los padres-suegros enfermísimos y son casi totalmente dependientes. Por eso no fue necesario que yo dijera otra cosa, después de decir que doy más de lo que recibo. Callaron como puertas y eso era tanto como admitir que estaban recibiendo más de lo que daban. Pero yo ya sé, porque tan tonta no soy, que este tipo de victorias dialécticas tienen poquísima estabilidad. Es como lo de los fumadores empedernidos que alegan la de impuestos que pagan, una discusión infinita y desagradable.


Seguramente, si en los hospitales de críticos y de crónicos se analizara despiadadamente el gasto que nos supone el abuso del alcohol o hasta de hábitos perniciosos como el sedentarismo (por no decir algo con connotaciones políticas, la promiscuidad), se llegaría a conclusiones penosas. Parece curioso que en nuestro país sea posible cambiarle el hígado a un alcohólico a costa del sistema público de salud y no sea posible, qué sé yo, una reconstrucción dental postraumática, si no es pagando del propio bolsillo. Es un tema complejo que no se puede saldar con una afirmación de esas que tanto les gustan y convienen a los políticos. Además hay diferencias territoriales. Por ejemplo, el SAS (Servicio Andaluz de Salud) tiene en su cartera de prestaciones la cirugía para cambiar de sexo. Por cierto, la cirugía para pasar de hombre a mujer es más cara que la inversa simplemente porque ocasiona dos intervenciones quirúrgicas (una amputación y otra de reconstrucción), no porque haya pues una descriminación de género. El Servei Català de la Salut no contempla estas prestaciones aunque sí proporciona los tratamientos hormonales previos. Lo que sí tenemos en Cataluña es el impuesto de sucesiones y se gasta un Potosí y medio en proteger el catalán aunque lo que se proteja sea también en muchas ocasiones de valía más que dudosa.

Me pregunto si se le pueden y deben poner límites a la solidaridad, como los que tiene la libertad. ¿Se puede decir “hasta aquí llega la solidaridad y hasta aquí no”, “hasta el Segura”, “hasta el diezmo”? Otra pregunta que me hago es si todas las formas de pensamiento en este país nuestro, incluso la mía que es errática y sin partido, tienen que someterse al mohín del aquilatador que parece escrutar con perspicacia y desdén si el que piensa –como si no fuera bastante desgracia pensar- se desvía a la izquierda o a la derecha. Como si diéramos por sentado y por perdido que hubiera otras posibilidades. Las del auténtico pensamiento.

Aunque la Historia me gusta, especialmente la de Roma y las de los siglos XV y XVIII, me gustaría que el pensamiento fuera –como se ha dicho- un repensar y al mismo tiempo que tuviera idealismo y vitalismo. Que estuviera, como la poesía, cargado de futuro. Incluso estaría menos indispuesta a aceptar los errores y los horrores de los nacionalismos si, de acuerdo con la distinción politológica clásica, en vez de justificarse en la historia o en la leyenda, se justificaran en un plan de futuro. ¿Hay alguien que no quiera para todos lo mejor?

Rouge (K. Kieslowski, 1994)

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