El artículo de la Wikipedia empieza
así: “Se conoce como caza-recolección al sistema económico del Paleolítico
y Mesolítico,
practicado aún por algunos pueblos en el Amazonas
y otras regiones”. A mí me parece que llamarle “sistema
económico” a la forma de vida de nuestros ancestros es un pelín
pedante. Dicho sea de paso, nunca deberíamos aceptar la insidiosa costumbre de
que el lenguaje tecnocrático, universitario y mba-desco
se imponga a la realidad y a lo que está pasando. Al final una tiene la
impresión, de que pasa con estos terciaristas del saber lo que denunciaba John
Allen Paulos en Pienso, luego río (I think,
therefore I laugh), que primero disparan el dardo y luego dibujan
la diana. Y me permito tal excurso porque precisamente la entrada de hoy trata
de los recolectores y no de los terciaristas.
En la escritura, como en los “sistemas
económicos” los hay que son cazadores, los hay que somos
recolectores y los hay agricultores. Seguramente luego habría
que añadir a los ladrones, los saqueadores, los timadores, los políticos, etc.,
pero no nos vamos a referir al mundo del crimen ni al
de los premios otra vez más. Me doy cuenta que al excluirlos les doy una
importancia que no tienen, pero me atengo al dicho castellano por el cual no
hay mejor desprecio como el de no hacer aprecio. Volviendo al “sistema económico”
general, seguramente si mis conocimientos de antropología fueran más allá de un
poquillo de primatología y alguna cosilla de Marvin Harris y algún otro
estadounidense, podría establecer una distinción más clara y profunda entre la
naturaleza de los cazadores, la de los recolectores y la de los agricultores.
Me vienen a la mente la Historia social de la literatura y el
arte de Arnold Hauser
(1892-1978) -un libro que ahora se encuentra en casi todas las librerías
de ocasión pero que hace 25 años todo el mundo lo leía en el
metro-, y más aún Art i societat, de Alexandre
Cirici (1914-1983), un libro mucho más difícil de encontrar,
creo, y que sin embargo sigue siendo vigente. Sé por lo tanto que mi propuesta
no es nueva ni original y que también en esto soy una recolectora. En cualquier
caso, antes de seguir adelante habría que decir que entre los recolectores
podríamos clasificar provisoriamente a los carroñeros, pero
que no son exactamente la misma cosa.
Uno de mis documentales preferidos es Los
espigadores y la espigadora, o Les glaneurs et
la glaneuse (Agnès Varda, 2000). La primera parte del
documental da buena idea de las otras partes. Además nuestro ejemplar en
Youtube está subtitulado en español para quien no pueda seguir las
explicaciones y los diálogos en francés. Es más, para quien no disponga más que
de 10 minutos para esta entrada, lo mejor que puede hacer es irse derechito al
vídeo. Vi este documental cuando se estrenó en Barcelona, en el cine
Verdi, y lo vi entonces dos veces. Me encantó, no sólo por el
tema sino porque la forma daba fe de lo que se estaba exponiendo. El documental
trata de los espigadores que recogen lo que otros desechan. Primero se refiere
a las mujeres espigadoras que retrató François
Millet, que repasaban los campos después de la cosecha para
recoger lo que no habían cogido los agricultores. Ahora, explican Agnès
Varda y sus personajes, las máquinas lo apuran todo, pero se
puede hablar de una reaparición de los espigadores con las
patatas. Muchas patatas son descartadas porque el tractor no
las alcanza y se quedan ahí en la tierra; otras porque no dan el calibre, por
defecto o por exceso, y otras finalmente porque tienen algún corte o
imperfección. Los “espigadores” de patatas han de ir rápidos, como los que
revuelven en la basura buscando productos caducados
desechados por los supermercados. Las patatas pronto verdean y se convierten en
un alimento tóxico y putrefacto.
Normalmente la faena de las espigadoras
era cosa de las mujeres y en concreto de las
mujeres de clase baja, aunque también podía haber niñas
y niños. Agnès Vara nos hace ver como los actuales recolectores
de basura urbanos van solos, mientras que las espigadoras iban
en grupos. Este dato a mí me resulta muy importante, no es una anécdota.
Recolectores siempre fueron los
viejos, se dice porque una vez que dejan de ser productivos
para justificar su existencia en el grupo al que pertenecen -indefectiblemente-
se dedican a consumir muy poco y a recolectar todo lo que pueden. Esto
explicaría el síndrome de Diógenes,
que es la exacerbación máxima del recolectador. Me interesa más este grupo que
el de los coleccionistas, y ya no digamos el de los coleccionistas
inversores y el de los fetichistas. Recolectores siempre fueron
los niños, aunque de una manera diferente a la de los viejos. Recuerdo que en
mi niñez jugábamos a los cromos de picar. En
algunos ponía el nombre de su propietario, en otros ponía el nombre de su
propietario tachado y el del segundo o tercer propietario, y es que quien
ganaba se los iba quedando. Mi nombre no estaba en ningún cromo, no sólo porque
yo no tenía para comprar cromos sino porque era torpe para picarlos. Lo mío no
era picar cromos, pero en correr y en saltar a las gomas sólo me ganaba ¡a
veces! María José Bagüeste, a la que le llamábamos
así y a veces le añadíamos (si estaba suficientemente lejos), “que el culo te
hace peste” y echábamos a correr. Un día alguien que tenía demasiados cromos,
desde su ventana los echó todos cuando estaba la calle a rebosar de niños
jugando. Era antes de comer y cayó como maná que giraba como
las hojas verdiblancas de los chopos, bajo aquel cielo tan azul que, vamos, ni la
Capilla Sixtina. Ahí fue la mía, ahí cogí por lo menos veinte
cromillos de troquel. Luego los perdí, pero tuve mi momento
de gloria.
En la casa donde me intentaron criar
vivían en los bajos unos extremeños que la Nochebuena
la celebraban como Dios manda y hasta las tantas de la madrugada. Venga zambombas
y venga villancicos, nada de televisión. Estoy
segura de que en aquella casa se cabía porque nunca estaban todos, porque
siempre había alguien en la cárcel. En pocos años se murieron todos, unos a
disgustos, otros de sida, otros de la droga, otro del alcohol. Pero cantaban
como los ángeles. A mí me subía a eso de las tres de la mañana
un olor a gambas que aún me parece estar
oliéndolo, y proustianamente, ese olor siempre me ha conectado desde entonces
con lo improbable y con algo que creo que nos viene del sur, ese saber vivir a
pesar de todo lo que te venga encima. Que el señor en su perfecta sabiduría
bendiga la de nuestros hermanos del sur y los colme no de arte, que ya lo
tienen por demás, sino de salud.
En mi educación
musical estaban pues los villancicos que cantaban la señora
Rosalía y el señor José de Dios, y también los discos que ponían todos los
domingos, de Juanito Valderrama,
Perlita de Huelva y la Niña de los Peines. Los domingos en casa se oía además
Adamo, Raphael y Engelbert Humperdinck
(si estaba al cargo del tocadiscos mi tía pequeña), Frank Sinatra, Julio
Iglesias y Los tres sudamericanos (si estaba mi madre) y Carlos Gardel (si
estaba mi padre). Mi padre se pondría cada domingo “El día que me quieras”. El
pintor que nos pintaba de vez en cuando la casa o las ventanas, cantaba “Por
el camino verde”. Después de muchos años de perderle la pista,
vino el señor Antonio a pintar mi piso, antes de venirme a vivir, y seguía
cantando “Por el camino verde”. No la cantaba como José Feliciano, sino que
se tomaba sus pausas para perfilar la moldura de la puerta o el gozne de una
ventana. Lo mismo le ocurría a la señora Isabel, la
señora que estaba en el primer piso de la otra escalera, pero con quien
compartíamos la galería. Cantaba tunas y jotas y hasta boleros que los bordaba
mientras lavaba la ropa a mano. Cuando le daba a
conciencia a una mancha o a las mangas, ahí hacía un vibrato o un sostenido y
luego recuperaba el ritmo como si nada. Tenía una voz argentina y la
galería se templaba y se llenaba y enarbolaba toda ella como
de flores. Hace poco la encontré por la calle y está del
corazón, pero la acompañaba una sudamericana de las mejores. No sabría decir
quien ha tenido más suerte, si la señora Isabel o la sudamericana.
Mi educación musical, digo, como la de
toda mi generación, procedía de esos hallazgos, de esos encuentros. No
buscábamos las canciones, como hago yo ahora a veces en Goear,
sino que la música estaba presente en los juegos, en los patios, en las
verbenas. Cuando iba al pueblo allí me esperaban más canciones. Como el surfer
busca la ola, yo buscaba una canción más, una poesía más, porque las poesías
deben ser ante todo canciones. La Pimpana, cuyo nombre
oficial ahora no me viene a la cabeza, tenía un colmado y siempre tenía una pota
de caldo por la salvación de su madre a punto para cualquier forasteiro o para
algún pobre que no tuviera qué comer. En el hórreo, que sigue en pie cuando
hace años que ella murió, asaba mazorcas de maíz o sardinas
y siempre me daba. Un día me cantó “Adiós con el corazón que con
el alma no puedo” y fue la primera vez que alguien me cantó una canción
expresamente para mí. Y ahora, cómo son las cosas, yo soy incapaz de cantar la
canción a derechas sin romper a llorar. Y es que las cosas del corazón no
funcionan como el lenguaje que a veces sale al paso en la Wikipedia
Yo sospecho que cuando la señora Isabel
lavaba, a veces lo hacía sólo por el gusto de cantar. Y
que, como en los cantos de labranza, los
cantos de los boyeros y los cantos de trabajo de los negros, la canción ganaba
con las pausas y cuanto más renqueaba o se quedaba como suspendida. También
sospecho que sabía que yo no solo la oía sino que además la escuchaba. Eso ya
es oro fino y me recuerda uno de los pasajes más hermosos de la Biblia, el de
Rut la espigadora:
“A la hora de la comida, Booz le dijo: “Acércate aquí, puedes comer y untar tu
pan en el vinagre.” Ella se sentó junto a los segadores, y él le ofreció grano
tostado. Comió ella hasta saciarse y aun le sobró. Cuando se levantó ella para
seguir espigando, Booz ordenó a sus criados: “Dejadla espigar también entre las
gavillas y no la molestéis. Podéis sacar incluso algunas espigas de las
gavillas y las dejáis caer para que ella las recoja y no la riñáis”. (Rut 2,
14-16).














