Una vez, ante una gran cadena de desgracias en otra casa le pregunté a
mi tía-memoria RAM si creía que había una justicia divina y me dijo de una
manera tan convincente que ya no me he vuelto a plantear nunca más ni una sola
pregunta que se le acerque: "Dios no se mete en esas cosas". Y
pienso que es así, que las intervenciones divinas tienen sus razones y que
intoxicarlas con las nuestras es algo que solo demuestra una vez más nuestra
ruindad. Mi amiga de Facebook apela a la naturaleza, la cual ya sabemos
que es indiferente a nuestros sinvivires. Dios por lo menos hace algún milagro,
la naturaleza no interviene. Siempre sugiero a quien me explica un problema o
un disgusto grande que se acerque al mar o a una montaña, como si allí nuestros
pesares adquirieran la proporción real y la naturaleza fuera capaz de responder
a esas preguntas que se nos ocurren y de hacerlo personalmente. A falta de un
buen paisaje se puede recurrir al cielo, pero solo por mirar sus colores, las
nubes, la obra del sol. Mi amiga es una persona de buen corazón, incapaz de
hacerle daño a nadie. Por eso es por lo que recojo su frase, aunque sé que esa
misma frase con toda su literalidad punto por punto sería un asco en manos de
una persona con otro fondo, o en manos de la selección española femenina de
waterpolo.
Los malos, si se
me permite una palabra tan ingenua, incluso en plena desgracia son capaces de
sacar un gran rendimiento y hacerla valer a su favor y sacarle partido. El
cáncer más terrible los hace "mejores" (otra palabra ingenua donde
las haya), una cadena de muertes familiares tan inesperadas como trágicas la
convierten en una experiencia de la que salen más redimidos que la leche y
justificados para impartir dictámenes sobre el bien y el mal. Ya que hablamos de
la desgracia, del bien y del mal, hay que recordar que con muchos años de
¿ventaja? nuestra poeta existencialista avant-la-léttre, Rosalía
de Castro, ya lo dijo: O mal do inferno é fillo: o ben, do ceo; / a disgracia,
¿de quén?». Rosalía de Castro podía hablar con propiedad porque conocía unas
cuantas desgracias.
La justicia divina no existe, por lo menos a nuestra medida y comprensión, pero existe la justicia humana, falible y siempre cuestionada por el lodo y las maniobras de los psicofantes (falsas delaciones). Pensemos ahora en las protestas por el indulto de Mohamed VI de Marruecos de 48 presos españoles, y en especial por el de Manuel Galván, pederasta condenado hasta por apelación y casación. De hecho, la diferencia entre amnistía e indulto tengo entendido que estriba en que se amnistía a quien no ha sido todavía juzgado y solo puede indultarse a quien ha sido ya condenado. El indulto que Mohamed VI hizo coincidir con la visita de Juan Carlos I a Marruecos no es algo excepcional. Cuando nació su hijo el príncipe Mulay Hasán el año 2003 concedió el indulto a 47.988 presos y cuando nació el año 2007 su hija Lala Jadiya concedió el indulto a 33.054 presos. El indulto real tiene que ver con prerrogativas del soberano alauí, su clemencia. Por lo tanto podríamos creer que esas cifras corresponden bien a un cálculo fractal de su magnanimidad que responde a fórmulas arcanas y de una gran complejidad metafísica. O que simplemente responden a un corte arbitrario de la bolsa de penados. Parece que lo de Manuel Galván, condenado a 30 años de reclusión, fue un error, su indulto, y que el resto de indultados lo fueron por tráfico de hachís. De manera que dejamos ahí esbozado el tema de que la justicia se equivoca cuando castiga y a veces también cuando perdona.
Es conocido el brocardo o máxima jurídica del
Derecho romano, "Dura lex sed lex" (la ley es dura pero es la
ley). Por tiempo que pase me sigue resultando incomprensible que este axioma
llegara a inspirar el nombre de la marca registrada de Duralex (R), un
vidrio que es muy resistente pero que -por cierto- cuando se rompe un plato en
la cocina puedes estar recogiendo pedacitos de cristal siglos enteros. El
verre trempé Duralex asume tal vez el significado metafórico de la
fuerza de la ley. Aunque a veces nos quejamos de los privilegios de los
parlamentarios, cuyas causas si no me equivoco son juzgadas por el Tribunal
Supremo y que gozan de inmunidad diplomática y de otras ventajas. Pero esta
condición de ser aforado por estar en las Cortes, que en algunos casos ya se ve
que constituye un abuso (pensamos en Silvio Berlusconi pero en nuestro país
tenemos unos cuantos ejemplos), es estrictamente necesaria para contrarrestar
otros abusos. Y es que si la condición de los parlamentarios fuera la normal de
cualquier ciudadano tendríamos un día sí otro también entorpecidas las sesiones
parlamentarias en su actividad legislativa y otras. Se les envolvería en
querellas de querulantes, en falsas acusaciones con tal de entorpecer las
votaciones en el Congreso y así impedir el normal desarrollo de las leyes.
También los querulantes fomentan la calumnia, que es la forma más degradante de
la venganza y/o del juego sucio.
Ya comenté en su momento mi desagrado ante técnicas
de acoso y linchamiento como el escrache. El escrache entraría dentro de
lo que sería tomarse la justicia por la mano e incluso -mucho peor- al
servicio de terceros, con forma superhipermegaguai de guerrilla lúdica. Y estos
días me acordaba del escrache porque repasé el caso de "La vampiresa
del carrer Ponent" (1912), hoy calle Joaquín Costa, nº 29. La vampira de la calle
Joaquín Costa,
proxeneta y asesina de niños muy pequeños, que a principios de siglo pasado
murió linchada en la cárcel y no llegó a ser juzgada. Pero hay quien sospecha
que no interesaba que fuera juzgada porque había gente de la alta burguesía que
había solicitado sus servicios, fuera para usar sus ungüentos hechos con huesos
y demás, sea porque usaban a sus niños secuestrados (de entre 3 y 14 años) como
objetos sexuales. Enriqueta Martí era un monstruo. Cabe sospechar que el
linchamiento fue hostigado por esos individuos de clase alta que veían
amenazado su monstruoso bienestar social y familiar ante la posibilidad de ser
acusados por haber disfrutado de los monstruosos servicios de Enriqueta y sus
niños. Hubiera sido mejor un juicio. Siempre es mejor un juicio y no un juicio
bufo o kangaroo.
Me estoy acordando también de "M, el asesino de Düsseldorf"
(Fritz Lang, 1931), basada en una historia real de un asesino de niñas, que es
capturado por la perfecta organización del hampa de la ciudad alemana, que por
razones que a ninguno se nos escapará cuenta con sus propios recursos de
investigación y orden. Consiguen adelantarse como es natural a los de la
policía e incluso celebran un "juicio" inmediatamente después de la
"detención" del monstruo de Düsseldorf (1:33:58). Ese
juicio, además de que creo que es el primero de la larga historia de películas
con un juicio reúne todos los temas que nos preocupan. El asesino, un Peter
Lorre en una magnífica interpretación expresionista, les recuerda a los que
le van a juzgar que ellos son unos criminales. El "abogado" del
psicópata, que parece que es un jugador aficionado a la bebida o un bebedor
aficionado al juego, defiende que no puede ser condenado un hombre que no
controla sus propios actos. Que tiene que ser confiado a la Medicina. Verdaderamente
M se excita cada vez que oye el fragmento de Peer Gynt (En la gruta del rey
de la montaña) de Edvard Grieg, o cuando se excita silba Peer Gynt, que por
cierto es la melodía que anuncia las apariciones de Gargamel y Asrael (los malos)
en "Los pitufos". Una mujerzuela, que ha perdido a algún hijo no
sabemos cómo, grita fuera de sí que le pregunten a las madres qué hay que
hacer. Y en el juicio de verdad, el juicio legal, una de las madres cuya hija
fue asesinada por M dirá la última frase de la película, que nadie les
devolverá a sus hijas.
A veces ha estado de mi mano la revancha y nunca la
he aprovechado porque nada podrá restituir lo que se ha perdido. Ni siquiera en
condiciones normales me ha producido nunca el menor placer "ganar".
Por otra parte, la venganza no proporciona placer alguno. La justicia sí, pero
no porque es un derecho sino cuando se ejerce como un deber, por desagradable
que sea. Y seguramente la mejor lección que podemos obtener todos es un poco de
nuestra "Medicina", los más malos y los menos malos.

