20/9/11

Ojo agua Mas





teinberg otra vez. Se dirá que como dibujante no era impactante, pero tiene mucha gracia. En los dos sentidos de la palabra gracia. La lámina de hoy me ha recordado que el apelativo “salami“, más allá del embutido, remite que yo sepa al menos a dos acepciones: una, al delito informático por el cual alguien que va sisando pequeñas cantidades al redondeo las ingresa imperceptiblemente en una cuenta propia que se engrosa; otra, la del autor de publicaciones científicas que de un artículo hace cuatro, de manera que consigue un currículum o productividad más extensa desde una sola investigación inflando un supuesto hallazgo u observación para poder aparecer más en las bases de datos bibliográficas.

Aquí tengo claro lo de la LPU o mínima unidad de publicación y no se me escapa que los tres últimos posts esencialmente tocaban el mismo tema aunque lo acometían desde puntos diferentes, como si este álbum fuera un lugar de merodeo, que lo es. Y de emboscamiento, que también lo es. Sin quererlo o de la manera más ingenua, y con las debidas distancias y las más odiosas comparaciones, llegué en mi merodeo a lo que llegó Eisenstein, el cineasta, en el montaje de “El acorazado Potemkim” (1925):

Al parecer la escena de la escalera de la matanza de Odessa, es técnicamente hablando del tipo de montaje llamado rítmico (por oposición al montaje métrico, basado en la longitud de los fragmentos, y al montaje tonal, basado en tensiones cromáticas). Es decir, para el montaje de las tomas Eisenstein (*) hizo que el ritmo de los pies de los soldados al descender la escalera fuera a un ritmo diferente del de los cortes, y parece por eso engranado en el del cochecito del bebé que se precipita trágicamente peldaños abajo. Leemos en la Wikipedia que Eisenstein derivó “sus teorías sobre el montaje del estudio de los ideogramas japoneses, en los que dos nociones yuxtapuestas conforman una tercera, como por ejemplo: ojo + agua = llanto; puerta + oreja = escuchar; boca + perro = ladrar”. Para Eisenstein, como para mí en mi pobre blog, el montaje es: «Una idea que surge de la colisión dialéctica entre otras dos, independientes la una de la otra».

(*) Se diría que el propio Eisenstein aparece en la película “interpretando” la mujer cuyo hijo es herido, pero no estoy totalmente segura. Josefina Darriba me dice que sí. Una de los homenajes de la escalera de Eisenstein se encuentra en una escena [enlace roto] de “Los intocables de Eliott Ness” (Brian de Palma, 1987) (“Uno y uno son tres”)

Además, esta especie de colisión dialéctica -llamésmole así por llamarlo de alguna manera- me gusta porque pretendo inmunizarme contra el pensamiento basado en argumentos antitéticos: ojo o agua, o puerta o oreja.

Dibujo de Saul Steinberg

 

“Colisión dialéctica” para mí más bien es la de ayer de Artur Mas, nuestro presidente con aspecto de madelman, el indesinflable honorable Mas. No hace ni veinte días que estaba diciendo que Cataluña no solo iba a salir pronto del déficit en que la había hundido el Tripartit sino que además estaría  tan boyante como para estar en condiciones de comprar deuda. Ayer ya estaba ofreciendo más bonos patrióticos para salvar la propia. Vaya.

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14/9/11

El sitio azul

“En referencia al túnel con una luz cegadora al final, la explicación que da el grupo de neurocientíficos de la Universidad de Cambridge es que el flujo sanguíneo y de oxígeno se agota en el ojo, algo que podría producirse ante una situación extrema cercana a la muerte [...] El posible culpable de la experiencia más común, la de revivir los momentos más importantes de la vida, podría ser el locus coeruleus, una región anatómica del tallo cerebral que libera noradrenalina, la hormona del estrés que se segrega a niveles más altos durante un trauma. Esta región del cerebro está muy conectada con otras regiones destinadas a controlar las emociones y la memoria, como la amígdala cerebral y el hipotálamo. ” (Un grupo de neurocientíficos explica el por qué de las experiencias cercanas a la muerte, “La Vanguardia” del 14 de septiembre de 2011)

El tallo cerebral no es cualquier cosa y será por eso por lo que está en la parte más interior de la cabeza, al resguardo de pelotazos y testarazos en general. Sé un poco lo que es el tallo cerebral y hasta el hipotálamo pero nunca había oído hablar del locus coeruleus o sitio azul, donde parece ser que se fragua en instantes la película rápida de nuestra propia vida cuando sentimos el peligro y la determinación de la muerte. Otra cosa, como le leí ayer en un comentario de una tal Alma a los neurocientíficos, es que “explicar como funciona un coche no significa entender hacia donde va…” A su vez un comentario firmado por un alias Lmussol le repuso a Alma: “al desgüace” [sic]. Esa diéresis espúrea propia de la inmersión lingüística y la convivencia del español y el catalán no es importante y ahí hasta queda bien, ante el desangelamiento que podría inspirarnos la respuesta. 

Creo sinceramente que neurocientíficos, Alma y Lmussol, todos, tienen razón. Si acaso les diría a los neurocientíficos que fueran más modestos en sus afirmaciones. Me atrevo a deslizar aquella frase que al final no sabemos si pronunció José Letamendi o Gregorio Marañón sobre que “el que solo sabe de medicina ni de medicina sabe” y es que me temo que -salvo algunas excepciones- los autodenominados científicos (en realidad “investigadores”) se pasan la vida estudiando lo suyo y un campo muy preciso que por su vertiginosa estrechez nos parecería inconcebible a los mortales más comunes. Yo he podido conocer algunos de ellos que se han pasado toda su vida hasta la treintena o más sin establecer contactos humanos fuera de su campo de estudio y el ámbito propiamente familiar inmediato. Aunque hoy día la Pijociencia más estupendísima habla mucho de la transversalidad de las disciplinas, diremos un tanto burdamente que desprecian cuanto ignoran. A servidora, como creo que a Alma, no me sobra saber que es en el sitio azul donde en condiciones de un trastorno neurohormonal crítico reproducimos los “momentos estelares” de nuestra historia, frase que tomo prestada de Zweig. Pero eso no responde mis preguntas ni las de casi nadie, y no por una especie de obcecación en los planos esotéricos, que son un fastidio, sino porque yo ya me estoy devanando los sesos pensando qué tono tiene ese azul del sitio donde se produce el montaje de nuestra travesía por la vida. ¿Será un azul prusiano? ¿Cadmio? ¿Noche africana?

La frase que sí que podemos atribuir a Marañón es una que a mí me convence: “La ciencia, a pesar de sus progresos increíbles, no puede ni podrá nunca explicarlo todo. Cada vez ganará nuevas zonas a lo que hoy parece inexplicable. Pero las rayas fronterizas del saber, por muy lejos que se eleven, tendrán siempre delante un infinito mundo de misterio”.

Daniel Paz

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13/9/11

Somos agua, somos sed

Era Montaigne una de los autores preferidos de Josep Pla, si mal no recuerdo. Lo que yo más recuerdo de Montaigne es lo que abundan en sus Ensayos las citas clásicas sea en latín o en griego. Y en algún momento, tal vez en su ensayo sobre la mentira, se refiere a que el engaño era en la Grecia clásica algo que tenia hasta prestigio y demostraba un ingenio encomiable, mientras que en Roma era una deshonra. En nuestra España clásica, que también podemos decir que la hubo, el engaño tuvo su edad de oro en las formas de la ostentación, la triquiñuela y el timo.

Creo ya haber escrito antes que lo contrario de una condición no es solo su opuesta sino también otra que se sitúe equidistante. Por ejemplo, lo clásico (en Grecia, Roma y España) es que lo contrario de la mentira es la verdad, aunque bien podríamos defender que la verdad es una cuestión de precisión y de adoptar una actitud abiertamente honesta ante la realidad, mientras que la mentira es una alteración o hasta negación de la verdad por pulsión patológica o por fines interesados y obcecación. Y sin embargo aunque todo eso está admitido no nos lleva muy lejos y acaba siendo una entelequia. En el Álbum, donde no vamos a ninguna parte ni buscamos una conclusión, más bien nos inclinamos por pensar que lo contrario de la autenticidad es el escándalo, entendiendo por escándalo el afán por sacar la intimidad al espacio público. Me repugna profundamente que haya personas que ventilen sus miserias fuera del espacio íntimo. De la misma manera que en nuestro país se tiende a confundir la vida pública y la vida privada, cosa que es corrupción o escándalo, también se produce esa especie de telecinquización de la vida personal, que además no sé si es interesante.

Hablar de la claridad no indecorosa ni falseadora con que pienso que debemos intentar vivir es poco menos que imposible sin acudir al ejemplo y modelo del agua. Por eso hoy he elegido la alberca sevillana de Sorolla con ese agua que es espejo y es cristal, que es reflejo y es transparencia, que es  brillo pero de frescura y uno de los símbolos universales de la pureza. A veces creo que somos sed.

“La alberca” (Alcázar de Sevilla) de Joaquín Sorolla, 1910



Estos días, pensando en la sed, me acordé de la tortura de Manolo, después de la crucifixión con que Roma castigaba a los extranjeros, y me acordé de cuando los soldados le acercaron a los labios una caña con una esponja empapada en vinagre. Hay por ahí un vídeo [enlace roto] en donde se explica que ese tipo de esponjas son las que se solían emplear en los baños públicos a cambio del actual papel higiénico. Unos esclavos se acercaban a la fila de letrinas y con una especie de pértiga limpiaban el culo y demás de los sedentes con las esponjas susodichas. El vinagre servía para desinfectarlas entre un uso y el siguiente uso los susodichos y las susodichas de los sedentes. Por lo tanto se podría decir que acercar a los labios de Jesús de Nazaret una esponja empapada en vinagre tendría además de un cariz cruel, el de la burla y la ignonimia.

La sombra de la tapia se refleja en la alberca de color morado, un morado que recuerda la gota del Ribera de Duero Torremorón, un vino que completa todo su “discurso” en una sola copa y que al día siguiente si la dejáramos por lavar nos descubriría el poso inconfundible del tinto que no se ha hecho con moderneces químicas. Mejor que el Torremorón solo hay una cosa, el agua pura.

8/9/11

Post 688: el algarrobo de Jávea




la flor del berro, mi blog eliminado, fue un locus amoenus y ·Álbum del tiempo· más bien ronda el tópico del tempus fugit (el paso irremediable del tiempo) y del peregrinatio vitae. Si hay un próximo blog veo que ya será una meditación sobre omnia mors aequat (la muerte todo lo iguala) y el equivalente sic transit gloria mundi.

La imagen de hoy reproduce un cuadro de Sorolla que fue subastado en Sothebys en otoño de 2010 con un precio, que no valor, estimado entre 350.000 y 585.000 euros. Un crudo invierno de hará quince años se heló el algarrobo que hay en Collserola al pie de la carretera de las Roquetes que subé a Torre Baró. Nadie hubiera dado ni un euro por él, pero ahora está frondoso y da muy buena sombra, nunca habían brotado de él tantos frutos y su fragancia es extasiante. Ni un euro, hubiéramos dado. El cuadro de Sorolla es de un lugar de Jávea o Xàbia (Alicante) y verdaderamente recrea otro tópico, el Mediterráneo.

La danza de números en que vivimos habitualmente acabará siendo también un tópico. Ayer leí en “La Vanguardia” que en el Hospital de Sant Pau de Barcelona se había iniciado un expediente de regulación de empleo o ERO  (expedient de regulació d’ocupació) de 500 trabajadores en una plantilla de 300. Me acogí al derecho de rectificación que brinda el diario digital y les sugerí que lo más probable es que la plantilla del Hospital de Sant Pau fuera más bien de 3.000 trabajadores e incluso más. Según qué se considere plantilla, porque cada vez ha habido en nuestros hospitales más personal flotante que -si se me permite el humor negro- está tocado y hundido. Esas cifras al cabo de una noche no tienen ya casi ningún valor puesto que he leído en mi twitter que en el diario “Ara” se comenta que el ERE es de 900 trabajadores.

Plantilla del antiguo Hospital de la Santa Creu

Biblioteca Cambó (Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, aprox. 1981)


Perdonen que divague si les remito a otra imagen que fotografié en el nuevo Hospital de Sant Pau con ocasión de una exposición de su historia. Es sobre la plantilla del antiguo Hospital tardomedieval. En el post que escribí en “Varium” remitía a la Wikipedia, que a su vez recoge la historia del hospital, el cual se originó el año 1401:

“[...] por la fusión (“reducción”) de seis hospitales que por aquel entonces existían en Barcelona y que a raíz de la peste de 1348 y la crisis demográfica posterior entraron en una profunda crisis económica. El nombre de la nueva institución fue Hospital de la Santa Creu (Hospital de la Santa Cruz). La MIA (Muy Ilustre Administración) se componía de dos canónigos de la Catedral de Barcelona y dos miembros del Consejo de Ciento (órgano de gobierno de la ciudad de Barcelona). La gestión estaba a cargo de un Prior, que siempre era un sacerdote (en Valencia se llamaba clavario y en Zaragoza Mayordomo). Hasta 1904, fue la principal institución asistencial del principado de Cataluña y, con los hospitales de Gracia de Zaragoza y General de Valencia, las tres piezas clave del dispositivo de acción social de la Corona de Aragón. Situado en el Raval de Barcelona (actualmente el edificio es la sede de la Biblioteca de Catalunya) el crecimiento urbanístico de la ciudad durante el siglo XVIII le rodeó”.

Yo estudié en el edificio gótico de 1401 (hoy Biblioteca de Catalunya), luego hice mis prácticas de bibliotecaria-documentalista en el edificio modernista de 1902 y cuando aún no había acabado los estudios obtuve una beca para trabajar en la Biblioteca Cambó, situada en el pabellón principal, que era bonita de verdad y que no sé qué habrá sido de ella. No en vano el edificio es patrimonio de la Humanidad desde 1997. Las nuevas dependencias, en vez de estar repartidas por pabellones, como sus dos anteriores versiones, son un edificio moderno con el típico vestíbulo descomunal y diáfano, muy fotogénico, y el resto de la instalación no es accesible a todo el mundo porque está dotada de un sistema de seguridad que permite a cada cual entrar donde se le supone sin más. De todas maneras lo que pude ver y saber me permitió lamentar que aunque las habitaciones de los pacientes son espaciosas, obligaban en general a cubrir distancias al personal enfermero y que el personal no disfruta de luz natural. Es decir hay un vestíbulo muy trendy, estupendo y fotogénico, de “cara a la galería”, con luz a raudales, aunque de matices metálicos, y sin embargo el personal -que a veces cumple guardias de 12 horas y más- trabaja bajo los palios de las luces crepusculares de la fluorescencia.

“El algarrobo” de Joaquin Sorolla (1898)

 

Las medidas de seguridad, con tarjetas que los trabajadores usan para acceder donde se les espera pero en ningún otro sitio, me recordaron que en el hospital donde yo trabajo, que es un edificio del Franquismo, encontraron por lo menos una vez un okupa que estuvo instalado  meses en una de esas zonas muertas que también deben de tener en el Hospital Clínico, cuyo núcleo creo que es del siglo XIX. Pero la historia nos enseña, como ya he dicho, que el primer Hospital de Sant Pau provenía de la fusión de los seis hospitales que tuvo Barcelona en la Baja Edad Media, ya que la crisis demográfica y la peste condujeron a la Iglesia a tomar esa medida.

Recuerdo que cuando trabajé en el Hospital de Bellvitge podía ver desde la Biblioteca del Hospital (que fue eliminada el año 1993) cada día hacia las cuatro de la tarde un rebaño de ovejas por donde luego construyeron un campo de béisbol y un geriátrico. Yo nunca estuve segura de que fuera un geriátrico puesto que por donde habían pastado las ovejas llegaba cada mediodía un inconfundible camión de la Damm. Hasta donde yo sé en los geriátricos no se consume cerveza (?). Y todas estas cuestiones y danzas de números, ovejas, cervezas y pestes bubónicas, me dan a pensar en la fragilidad de las instituciones y en su escasa versatilidad. Y la verdad es que cuando se les ocurre ser flexibles es para poderle sacar todo el jugo a la plantilla o para manejos con los administrados que son innombrables y que están al borde de la ley. 

Todo va muy rápido y ahora oigo en la radio, una hora después de haber leído el twitter, que el ERE de Sant Pau es de un millar de personas. La forma en que los números nos vapulean y esa manera a la que asistimos a las tertulias de los economistas, que hablan de la recesión como los metereólogos hablan de las tormentas y las bonanzas, como si no fueran con ellos, como algo ajeno, me descorazona y descarna. 

Ayer se descubrió una grieta activa en el salón de actos del hospital donde trabajo (Hospital Vall d’Hebron) que atraviesa el foso y tiene 9 cm de profundidad. Este salón de actos es el que está en la planta 10 del Hospital General, el cual sufre de aluminosis. Así que ayer desde mi puesto en la planta 11 me preguntaba si de caerse todo el bloque abajo como un castillo de arena zafaríamos no solo nuestro ERE sino que ayudaríamos a ir al cielo a cosa de 500 enfermos, que ahora más no habrá. Y también me pregunto qué habrá sido del algarrobo de Jávea.

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