"El popular
sobrenombre fue acuñado por Ángel Rodríguez López, un ferroviario
monfortino de Ribas Altas. Según contó Ángel, se encontraba en su puesto de
trabajo en la caseta de circulación de entre vías en la estación de Vilanova de
Barcelona. A las 20.55 horas de un lunes de 1950 levantó el teléfono y anunció
a la siguiente estación la salida de Barcelona del tren 4025, "el
Shanghái", con destino a Vigo y A Coruña. Los jefes de circulación de
todas las estaciones del recorrido, que escalonadamente fueron recibiendo el
singular aviso, aceptaron de buen grado la broma del monfortino y así nació el
nombre oficioso de uno de los tren más populares.
Lo de Shanghái se debe a
que en esa época era muy famosa la película Shanghai Express,
protagonizada por la célebre Marlene Dietrich, sobre un tren que sufría en su
largo recorrido infinidad de contratiempos. Si a esto le añadimos los
habituales retrasos del tren español, el nombrecito no pudo ser más ocurrente.
Las llamadas telefónicas entre estaciones eran preceptivas en la época en que
el control de trenes se hacía por el sistema de bloqueo telefónico. Es decir,
la estación de origen anunciaba por teléfono la salida al jefe de la estación
siguiente, y éste no permitía más circulaciones en sentido contrario hasta la
llegada del convoy anunciado."
(El mítico 'Shanghái', que enlaza a
Galicia con Cataluña, se despide [enlace roto])
Ya por lo general tiene una muchas cosas en la mollera, aunque por pura costumbre sé dejar de lado las que no tienen remedio, las que no importan y las que tienen que esperar, y la operación se acaba convirtiendo no diré que en un reflejo pero casi. Ahora mismo estoy pensando, además de en el poso de café que les presentaré a continuación, en que tengo que pintar la habitación en que me encuentro. Eso me lo recuerda constantemente el hecho de que ayer la estuve preparando con cinta de papel para enmascarar marcos, interruptores y zócalos. Y eso me recuerda en parte a Raymond Dufayel, el pintor con osteogénesis imperfecta de Amélie (2001), con toda la casa protegida contra posibles fracturas. Y que un cuadro que copia, de Renoir (!) les sirve para hablar de ellos como no podrían hacerlo de otra manera. Es "Le déjeuner des canotiers" (1881) y en él una joven, que está en el centro y entre mucha gente, parece estar como ausente, pensando tal vez en algún muchacho. Que eso también nos pasa, que nuestro pensamiento y nuestras ensoñaciones se conservan libres de la mirada y los oídos ajenos. Y que a veces a través de un objeto, ya no digamos de una obra de arte, es cuando podemos o nos atrevemos a decir indirectamente algo que no puede ser expresado directamente por lo que sea.
Tal vez es por todo lo
que llevo dicho y por todo lo que que aún me queda por decir pero no sé si
llegaré a decir por lo que el test de Rorschach, el de la mancha de
tinta, siempre me resultó aceptable, sobre todo al lado del arsenal de test
psicológicos y parapsicológicos que hay en el mundo, o cuestionarios como el Proust, cuyo
único interés para mí es el de que podemos contrastar resultados de diferentes
personas. Pero admitamos que ha rodado tanto que me temo que es imposible
obtener ya respuestas espontáneas a las preguntas, a no ser demostraciones de
ingenio, de originalidad y tuiterías. Supe de la adivinación por el
poso de café en Estambul, donde el café, como es de pote, dejaba unos posos en
los que era posible ver hasta "Lo que el viento se llevó" con todo
detalle. Es un café con mucho marro y creo que los cafeománticos hacen
una maniobra con el vasito donde se sirve para que no quede todo al fondo del
recipiente. La foto que yo tomé del poso de mi café es el producto de la
típica cafetera italiana o de moka, por lo que los restos son
mínimos. El resultado es todo lo más una pequeña escena casi siempre
incomprensible. Podría ser como esas escenas pastoriles que hay en algunas
lozas antiguas, con una pareja descansando en un cercado bajo un roble, ella
con corpiño y él con zapatos de hebilla, ovejas, perros y algún matojo.
Por más que he mirado y
mirado en mi mancha no he visto más que una especie de duende que va a saltar o
un elefante-serpiente (no como la serpiente que se comió un elefante en El
principito, sino con rasgos de ambos). Los pequeños puntos de cáscara
tostada de granos de café también me han excitado bastante la imaginación, pero
sin poder concretar nada. Al querer dar una idea de como la imagen se podía
transformar con diferentes miradas, me salió algo que no es lo que
quería pero que también sirve para ilustrar la cuestión de que aún en el caso
de que consiguiéramos interpretar bien la realidad, otra cosa es
que supiéramos expresarnos.
Todo esto lo pensaba estos días, a raíz del fatal accidente ferroviario en Angrois, a cuatro quilómetros de Santiago de Compostela, la noche de la verbena. Cada cual diciendo la suya y después cada cual aprovechando, como aprovechaban Amélie Poulain y Raymond Dufayel, para proyectar sus propias ideas sobre infraestructuras y seguridad, sobre política y sobre cosas peores. Nunca falta, sobre todo en la prensa, el baile de cifras y que alguien -con su forma especial o interesada de ver las cosas- empeore lo que parecía que no podía ser empeorado. Siempre hay quien lo consigue. Aunque he evitado la increíble cobertura informativa que se ha producido, singularmente en la Primera, pudo escuchar, creo que en Antena 3, las declaraciones de Isidoro, un señor que hace las funciones de alcalde en esa pequeña parroquia. Aparte de ser el autor de uno de los vídeos que se han ofrecido hasta la saciedad, miles de veces, estuvo ayudando toda aquella larga noche a retirar los cuerpos de los vagones siniestrados, de vivos y de muertos. Cuando lo entrevistaban eran las dos de la tarde y al final de la entrevista pidió que le permitieran añadir un par de observaciones. Dijo, la primera es que ha sido un milagro que el vagón que saltó el talud y cayó sobre la plaza que normalmente está llena de niños y abuelos, no enganchara a nadie. La segunda, algo así como que aquella vía estaba requeteinaugurada por José Blanco cuando había sido ministro de Fomento. He podido encontrar una parte de su entrevista, que enlazo [enlace roto] para dejar constancia de que Isidoro habla con toda la serenidad y que no es un patán ni nadie al servicio del BNG, el PP o el PSG. Tal vez, pienso, en el momento que habló, apenas unas 13-15 horas después del descarrilamento, ya se le estaban dando la culpa a los "recortes". El BNG es como ERC, para irnos entendiendo.
Parece que cobra cuerpo que las medidas de seguridad no eran las propias de la alta velocidad, aunque hay que añadir que se trataba de una línea híbrida, y que hubo imprudencia temeraria por parte del maquinista. En Galicia el tema fácilmente vira hacia el "nunca máis", siempre a punto para rescatarnos de la contaminación marina, como de las preferentes como de cualquier cosa que se mueva, desde una salmonelosis en un picnic hasta de las chapuzas de Fomento y obras públicas por el gobierno de turno. Los accidentes más deletéreos que han habido en España en los últimos 80 años han sido la mayoría en líneas que cubren tierras gallegas. Mi madre, que llegó en el llamado Shanghái a Barcelona hace casi 60 años, después de dos días de trayecto, me dijo ayer: "Con el Shanghái llegabas machacada pero llegabas". Después el Shanghái se llamó "Estrella de Galicia". Yo fui con 3 años en el trayecto inverso (Barcelona-La Coruña) y el viaje duraba más de 24 horas. Llegabas con las orejas negras de carbonilla. Por León se pasaba de noche y en pleno agosto veías gente con abrigo y con las bocas que humeaban claramente en la oscuridad. Siempre había alguna mujer que vendía Mantecadas de Astorga y alguna vendería. Después de Lugo, el tren se quedaba prácticamente vacío. En Orense bajaban muchos. En La Coruña prácticamente quedábamos nosotros y dos o tres más. Aún nos quedaba coger un autocar de línea y llegar a trancas y barrancas al pueblo por una carretera que cubría los 80 y tantos quilómetros en cosa de 3 horas y media. Ahora hay una autovía y algún incauto se jacta de ponerse en Finisterre en tres cuartos de hora. Zumbando.












