Aunque
cuando yo era niña, a eso del Pleistoceno Inferior, alternaban las formas
México y Méjico -como Texas y Tejas- sin ningún problema. Por último predominó
la primera, y tengo la osadía de adivinar que es un mero rasgo nacionalista. Si
ustedes vieran la portada del primer Quijote yo me ahorraría y les
ahorraría toda una explicación del jaleo que teníamos con la articulación de
las fricativas y su escritura y eso porque la lengua estaba evolucionando muy
rápido y la escritura no. Con solo mirar la portada nos situamos de golpe en un
corte en el tiempo, el que se considera de máximo esplendor del español, por
cierto.
La
h de hijo me recuerda que el étimo es del latín filium, y hasta se
mantiene en filial o en afiliación. Luego tenemos algunas haches
que nos vienen del griego, idioma que por una vez hoy aquí admitiré que dejé de
estudiar porque mi mala letra en griego es horrenda, pero que amo con todo mi
corazón. Es decir, que la hache se ha enmudecido, pero hasta eso tiene su
valor.
Las
peonías de hoy son de un cuadro de la dinastía Song, cuando por aquí estábamos
en los siglos oscuros, que en realidad no lo fueron tanto. No es la tela
de un biombo de los felices 20, donde las chinoiséries tuvieron su moda y modo.
Es una tela auténtica. En los hornos de la dinastía Song se cocían unos vasos
que son talmente como los que hizo el más importante ceramista catalán, Josep
Llorens Artigas. Eran monocromos o apenas decorados. En La Pedrera se
pueden ver hasta el 2 de septiembre cosa de 150 piezas de Artigas. La
exposición en mi modesta opinión no le saca todo el partido visual que se le
podía sacar a las piezas. La iluminación realza las formas y los colores pero que
yo recuerde no hay sombras y las noté a faltar. Es decir, mejor dicho, las
sombras que hay son las que el propio objeto recibe, pero no las que puede
proyectar. No debe de ser nada fácil, concluyo. Al final del recorrido se
invita al visitante a tocar unas muestras de cerámica que hay sobre una
mesa, al final de diversos procesos, y que por supuesto no tienen gran
valor. Y eso también es lo que siempre nos falta en las exposiciones de
escultura y de otras artes plásticas, poder tocar las obras. Pero, claro, no es
posible. Por lo mismo por lo que nos gustaría tocar la cerámica de Artigas, nos
gusta recordar la hache, para tenerla presente.
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