Hacía tiempo que no nos encontrábamos con vidas paralelas y hoy he sabido que Simone Weil (1909-1943) y Simone de Beauvoir (1908-1986) llegaron a coincidir o en el liceo o porque accedieron al parecer juntas a la Escuela Normal Superior como las dos mejores alumnas. Simone Weil murió durante la guerra a consecuencia de la tuberculosis. Extraigo la primera frase que abre el post de un documental que hizo Julia Hasslet ("An encounter with Simone Weil", 2010) pero añado otra que nos la sitúa más en la personalidad de la filósofa.
Releo estos días L'enracinement, uno de sus libros póstumos, que cuya edición textual debemos en parte a Albert Camus, quien le tuvo gran afecto y admiración. Aunque Simone Weil hizo muchas cosas en su corta vida, como por ejemplo trabajar en la Renault como obrera, empezó por dar clases. Por alguna razón que se me escapa, en mi entorno hay o hubo muchas personas que se dedican a la enseñanza en diferentes frentes: niños discapacitados, primaria, secundaria, formación profesional, universidad, educación musical, voluntariado, adultos, distancia. Sin embargo, las únicas apreciaciones que han dejado en el Facebook sobre la ley Wert entran dentro de lo que yo considero "irracional", es decir que apelan a la condena no razonada, a la descalificación y sino a la bronca. Cuando he pedido que dada su condición nos participaran una especie de análisis de los puntos fuertes y débiles de la ley he obtenido el silencio por respuesta, cosa que yo evocaba ayer noche cuando oía los petardos. Petardos que sonaban como portazos desabridos entre silencios no menos estruendosos.
Aunque conozco un poquito
mejor la obra de Simone de Beauvoir que la de Simone Weil, de ésta me atrae la
condición en cierta manera intemporal o atemporal de sus textos, la frescura.
Las observaciones de la Beauvoir tienen una honestidad intelectual que yo no
pongo en duda pero pienso que Simone Weil aún estuvo más lejos de modas y
tendencias, dicho sea esbozadamente y sin ninguna consecuencia.
Por su interés transcribo
unos párrafos de la primera parte de Echar raíces:
"El segundo factor de desarraigo es la instrucción tal y como se la concibe hoy. El Renacimiento provocó en todas partes una escisión entre las gentes cultivadas y la masa; pero, aunque separó cultura y tradición nacional, al menos sumergió a la cultura en la tradición griega. Más tarde, sin haberse renovado los lazos con las respectivas tradiciones nacionales, también Grecia fue olvidada. De ello resultó una cultura desarrollada en un ámbito muy restringido, separado del mundo, en una atmósfera cerrada; una cultura considerablemente orientada a la técnica e influida por ella, muy teñida de pragmatismo, extremadamente fragmentada por la especialización y del todo privada de contacto con este universo de aquí abajo y de apertura al otro mundo.
En nuestros días un hombre puede pertenecer a los medios llamados cultivados sin tener, por un lado, idea alguna relativa al destino humano, y sin saber, por otro, por ejemplo, que no todas las constelaciones pueden verse en cualquier estación. Se suele creer que un pequeño campesino de hoy, alumno de la escuela primaria, sabe más que Pitágoras porque recita dócilmente que la tierra gira alrededor del sol. Pero, de hecho, ya no contempla las estrellas. El sol del que se le habla en clase no tiene para él ninguna relación con el que ve. Se le arranca del universo que le circunda de la misma forma que se arranca a los pequeños polinesios de su pasado obligándoles a repetir: "Nuestros antepasados los galos tenían el cabello rubio".
Lo que hoy llamamos instrucción de masas consiste en tomar esta cultura moderna elaborada en un ámbito así de cerrado, de viciado, de indiferente a la verdad, quitarle cuanto aún pueda contener de oro puro, operación denominada vulgarización, y hornear el residuo tal cual en la memoria de los desgraciados que desean aprender, a la manera que se da alpiste a los pájaros.
De otro lado, el deseo de aprender por aprender se ha vuelto muy raro. El prestigio de la cultura se ha vuelto casi exclusivamente social, tanto en el campesino que sueña con tener un hijo maestro o el maestro un hijo universitario cuanto en las gentes adineradas que adulan a los científicos y a los escritores famosos.
Los exámenes ejercen sobre los jóvenes estudiantes el mismo poder obsesivo que el dinero sobre los obreros que trabajan a destajo. Un sistema social está profundamente enfermo cuando un campesino trabaja la tierra con la idea de que es campesino porque no es lo bastante inteligente para llegar a ser maestro".
Huelga añadir nada a lo
que dejó dicho ahí Simone Weil. Pero sin embargo, con tal de retomar sus
palabras ("Dios mío que solos se quedan los muertos") y sin pretender
actualizarlas demostrar su actualidad, sí que creo que vale la pena volver a
ellas, comentarlas. Lo primero que se me ocurre pensar es que seguramente las
Ciencias y las llamadas Humanidades siguen estando en sendas torres de marfil
como ajenas al polvo de los caminos y ya no digamos al barro de las togas. Y
sin embargo el saber está confiado a gente que tiene casi exclusivamente una
formación universitaria y ese saber está endogámicamente afianzado y con una
clara determinación a perpetuarse. Alguna vez ya he señalado mi sorpresa y
desconcierto ante la supuesta infalibilidad del método científico, cuando
cualquiera de sus antropólogos estaría dispuesto a admitir y argumentar que el
saber -como todo- está pasteleado por los intereses de los grupos dominantes.
Cosa que nos llevaría a condenar no ya la falta de compromiso real de la mayor
parte de los universitarios más influyentes con la sobreexplotación del medio
natural y sus especies, sino incluso su participación proactiva. Yo no me
quedo indiferente ante proyectos tan deleznables como el de las Glowing
plants o vegetales bioluminiscentes de ADN alterado, a manos de un
aburrido y aburriente matemático, que pretende así substituir el no menos
lucrativo negocio de las farolas. Se pueden comprar semillas en Etsy,
que es una especie de tienda virtual donde lo mismo puedes comprar pulseras de
jade que marcos de foto hechos con cuerno de antílope que papel de arroz que
cualquier cosa que en teoría (según la mía propia) no tendrá problemas en
Aduanas como si las tendrán muchas cosas que se pueden adquirir en E-bay. Lo
que yo no comprendo es si esa luz que emiten algunos de los árboles de Glowing
plants -ya que ni siquiera se garantiza que funcionen todos- puede ser manejada
a voluntad. Es decir, si en un momento dado podemos apagar esas luces, no tanto
porque temamos un bombardeo (sabemos que la falta de luz no es un freno para
las armas de destrucción masiva) sino porque a veces hay que participar
en una de esas campañas de apagón contra el cambio climático. La Arabidopsis
thaliana tiene la buena suerte o la mala suerte de haber sido la
primera especie vegetal cuyo genoma ha sido secuenciado y
eso la ha convertido en objeto de infinidad de experimentos, entre ellos el de
la bioluminoscencia. Al parecer se eligió esta planta por su simplicidad
vegetal, especialmente si la comparamos con la de un ser humano, y porque se la
tiene por una "mala hierba".
Cuando Simone Weil se
refiere al hecho de que a los niños polinesios se les enseñaba que sus
antepasados franceses tenían el cabello rubio nos encontramos ante una de
aquellas aberraciones del sistema educativo o de los sistemas educativos a los
que a veces recurrimos. Lo comentábamos en abril, con
un artículo de Xavier Pericay sobre los absurdos pedagógicos. Alguien en
Facebook aseveraba que los niños de Barcelona son tan listos que lo mismo te
hablan urdu que nauhátl que catalán que español que todo y todo muy bien. Pero
quien defendía esa idea lo que defiende es implícitamente -no lo declara- que
no se sostengan los derechos reconocidos por la ley para que los niños
hispanohablantes reciban una enseñanza de su lengua propia. Se basa en la
falacia de que el español ya se aprende por todas partes. La otra falacia, esta
mendaz y malintencionada, es la de repetir hasta la saciedad que los niños
catalanes tienen una competencia en castellano mejor y mayor que la de nadie
más. No hace mucho aún le pude oír esta afirmación a la vicepresidenta Joana
Ortega. Y en realidad, tal y como ha denunciado pormenorizadamente [enlace roto], con
los exámenes en la mano, Convivencia Cívica Catalana el pasado 21 de junio, los
exámenes de español o de castellano a que son sometidos los escolares en
Cataluña son de un nivel más bien bajo y exigen una competencia inferior a los
exámenes equivalentes para el catalán. El tema de la inmersión o sumersión
lingüística y demás está tan infectado por los intereses políticos y económicos
que prácticamente es intocable y es imposible evitar los resortes irracionales.
A los ojos de Simone Weil, el hecho de negarles a unos niños el enraizamiento
con la tradición de donde provienen sería un factor de desarraigo y por lo
tanto es su degradación personal y atenta (no de "atención", de
"atentar") contra derechos elementales no materiales pero necesarios
para vivir y para la dignidad de las personas. No olvidemos además que el hecho
de que los padres no puedan ser trasmisores de una cultura los coloca a su vez
en una situación de correspondiente desarraigo y desasimiento con un panorama
de humillados y/o ofendidos. Estoy
pensando en mis padres, que recibieron su educación familiar pero que no
pudieron transferirla. Pero mis padres fueron emigrantes de Galicia,
ya humillados y ofendidos por sus respectivos sistemas educativos.
Cuando hace uns días la
BBC ensalzaba el sistema educativo más efectivo y eficiente de Europa, el
finlandés, señalaba que su puntal estaba no en la cantidad de deberes que se
les mandaba a los escolares -que era menor- ni en los recursos que éstos
contaban en las escuelas, sino en que los profesores eran los mejores
preparados de todo nuestro viejo continente. Y a mí me parece muy bien que la
gente que se dedique a la enseñanza sea la mejor y no la que no sirva para otra
cosa, por decir algo, pero eso -en nuestras latitudes de intervencionismo y
socialdemocracia mal entendida- puede ser una vía para negarle a las familias
su papel. Está claro que el crecimiento de los niños culmina con lo que los
freudianos llaman "la muerte del padre", pero también lo es que la
madurez supone una comprensión del padre.
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