í, ya sé, la frase es "Por sus frutos los conoceréis" (Mateo 7, 20) o "Por sus obras los conoceréis", un versículo que hace referencia a los falsos profetas vestidos de oveja pero que son lobos. Pero ayer pensaba en una variante posible de la frase, "por sus móviles les conoceréis". Me refiero a los teléfonos portátiles, no a la motivación para cometer un crimen, aunque entraría dentro de la lógica.
Para encontrar alguna pista sobre el tema en este blog habría que remontarse a 2008. No les tengo mucha simpatía. Simplemente uso el mío muy sobriamente y padezco el resto del tiempo la megafonía móvil y otros percances. Los tonos ya han abandonado aquella época en que parecía aquello de a ver quien la dice más gorda, cuyo momento de máximo esplendor fue el remake de "Paquito el chocolatero". Luego hasta se podría comentar el problema de que hay demasiados teléfonos con la melodía de Nokia (el Gran Vals de Tárrega, el compás que más o menos está entre 0:17 y 0:22). De hecho se puede saber qué marca de móvil suena por la melodía. Y qué gustos tiene el propietario, también.
Al principio
de la popularización del invento la gente solía dejar los telefonillos sobre
las mesas, en los bares y en los restaurantes. Y no solo los dejaban sobre la
mesa sino que además los usaban. He observado últimamente que incluso se usa
-para echar un vistazo al WhatsApp me imagino- en situaciones
que son incompatibles con la atención debida a la persona con la que se está
hablando. Debo ser muy anticuada pero a mí me parece una falta de consideración
estar con alguien e ir consultando sin disimulo alguno constantemente la
pantalla del móvil propio. Esto da más pena que otra cosa porque al menos a mí
me indica el carácter compulsivo de ese endiablado mecanismo de comunicación y
a veces de incomunicación.
Supongo que
los móviles abandonaron las sobremesas el día en que aparecieron los smartphones y
ya no digamos los I-Phones, por los hurtos. Y ese mismo día empezó la costumbre
de repasar las pantallas fregándolas con el puño, contra la pernera o sobre la
solapa para retirar las huellas de las manos y las orejas sobre el cristal.
Hay gente que
no da el número de su móvil más que a sus íntimos, y otros que no reparan en darlo
a cualquiera. Hay personas que solo lo usan cuando les apetece y para llamar,
pero que no atienden las llamadas que reciben porque tienen un umbral de
atención muy bajo o son directamente egoístas y se protegen de las turbaciones
que les pueden llegar por tan infernal andrómina. Hay gente para todo.
Servidora no atiende ninguna llamada desconocida y cuando estoy en mi horario
laboral me desprendo del móvil (sobre todo desde que sé que abunda la gente
egoísta a la que me refería). Solo lo uso cuando tengo que hacer una llamada
ineludible relacionada con mi vida particular. No me gusta el WhatsApp más que
si se usa lo justo y necesario, ya que me cuesta mucho leer la pantalla
(presbicia) y más escribir (síndrome del canal carpiano). En un momento dado, por
ejemplo en estos días en que operaron a mi madre, un mensaje corto de WhatsApp
puede ser muy efectivo y afectivo.
Ayer vi Memorias de África (Sydney Pollack, 1985) por segunda vez (y por
segunda vez no la vi entera) y me di cuenta de algo que aparece en tantas
películas con colonos europeos: que se llevaban sus muebles y sus
vajillas y cristalerías, cuadros, cortinas, alfombras hasta África, India,
Indonesia y hasta donde hiciera falta. En la película aparecen muchos kikuyus y
algún masái, pero son como personajes de otra naturaleza, como un fondo borroso
donde resalta como un semidiós Robert Redford. El kikuyu cocinero (o
cocinero kikuyu) de Karen Blixen (Meryl Streep), la protagonista, cuando ésta
deja Kenia, se ofrece a seguirla. Solo lleva un pequeño hatillo (2:27:26).
El
telefonillo viene a ser una especie de caja negra, de centro de operaciones, de
guardapelo, de baúl de la Piquer, de transistor, de portarretratos, de agenda,
y hasta de cápsula del tiempo. También, en manos de gente muy
perdida, puede ser un arma acosadora. Tiene, como sabemos, más funciones que
una navaja suiza Victorinox pero (hasta donde yo sé) para
cortar queso no sirve.
Fotograbado de 1941 de un señor kikuyu (*)
(*) EN ÁFRICA LOS HOMBRES SON LOS QUE LLEVAN LAS GALAS. Joven hombre kikuyu con un tocado de plumas de avestruz, capa de caracul y joyería. Mientras los hombres se acicalan y danzan las mujeres suelen permanecer en la casa y hacer todo el trabajo. Yo diría que el dismorfismo sexual en las aves, etc, hace que los hombres sean los que resaltan más, quizás por su función en la "seducción".
