eo en un powerpoint una frase atribuída a Woody Allen: "La ventaja de ser inteligente es que se puede fingir ser imbécil, mientras que lo contrario es totalmente imposible". Como casi todas las frases que giran en torno a una paradoja, no me convence. Creo que fue en el año 2008 cuando para referirme a la romeromaquía que había escrito un amigo, yo dejé caer mi propia frase giratoria. Sí, aquí está: "Tengo la manía de que los escritores deben escribir como se habla. A cambio de eso creo que estamos en una sociedad en la que hay personas "a la violeta", como diría Cadalso, que hablan como se escribe". Esta frase esquematizada la encontré el otro día en Twitter: "Me gusta la gente que habla como si escribiera y la que escribe como si hablara". Y la frase fue correspondida por alguien que escribió poco más o menos que hablar como se habla y escribir como se escribe era vulgar.
Yo ya no sé
qué es ser imbécil ni inteligente, vulgar, escribir o hablar, pero lo que sí sé
es que en casi todas las época ha habido un gusto indesmayable por la paremiología y
ya no digamos por las frases célebres y las citas textuales,
que entran más en el terreno de lo culto. Cuando fui totalmente consciente de
esta afición fue cuando yo más me aficioné a los autores cuyos textos
apenas se dejan citar, por la misma razón por la que el agua no se
aguanta mucho tiempo entre las manos. Algunas citas hay en estos escritores, y
muy buenas, pero no van precedidas por ningún aviso ni las sigue aquel silencio
pomposo que espera nuestra aprobación y aplauso, como cuando los niños saltan
desde un punto muy alto y reclaman nuestra atención. La primera vez que tuve
esta sensación fue con Ramón Gómez de la Serna.
De la misma
manera que todo refrán tiene su complementario u opuesto, toda cita puede no
superar la prueba elemental de ser contrastada a su opuesta o a cualquier
complementaria, aunque tuviera menos pretensiones. Es decir, me temo que
conmigo no funciona una cita que busca serlo. Aparte de que la
poesía siempre es mucho mejor, claro está. Y más personal.
Antes se
solían vender muy bien para Sant Jordi los diccionarios de
citas, el Kamasutra y cualquier obra sobre el Barça. Luego destacaron
Buenafuente, supongo que el muchacho aquel del pelo azul que viaja gratis
(Albert Casals), la india adoptada que escribió un libro de memorias y los
libros de cocina. Es posible que ustedes vayan a una librería grande donde no
tengan ni una sola versión de los sonetos de Shakespeare, pero con toda certeza
encontrarán un diccionario de citas.
Se dirá que
tal vez los lectores de los diccionario de citas y de twitters llegarán así
a Los hermanos Karamazov. Yo no lo creo y además pienso que no hace
falta. Allá cada cual con lo suyo que disfrute lo que bien pueda quien quiera.
La
inteligencia se puede fingir tanto como la estupidez. Lo que no se puede fingir
es dibujar bien, tocar la guitarra, hablar islandés, hacer un estofado bueno.
Pero ser inteligente, sí se puede fingir. Cosa que nos llevaría a plantearnos
si Woody Allen se cree inteligente o estúpido o si cree estúpidos a los que le
creen inteligente, o inteligentes.
Creo que uno
de los días más importantes de mi vida fue cuando descubrí ante un texto
de Tito Livio, que se suele traducir en el primer curso de
Filología Clásica y con esto les vengo a decir que no se considera de
mucha dificultad (porque Ovidio no se puede ver hasta el último año), que era
muy difícil de traducir en todo su valor. Sí, se entendía hasta sin necesidad
de traducirlo a una de nuestras lenguas modernas. La sintaxis recordaba el
tallado de un diamante, prístina, regular. Sabía palabra por palabra su
equivalente al español o al catalán y sin embargo en cuanto le quería dar la
forma final parecía que todo se desmoronaba o escurría, que no vertía ni la
mitad de la mitad de la mitad de una pequeña parte del vigor gramatical y la
sinestesia neuronal de la frase latina. Solo los poetas y muy pocos escritores
han conseguido llevar las lenguas romances a un pálido rigor y vigor de lo que
dio de sí el latín y creo que otra lengua para mí desconocida, el chino. No
creo que sea por la condición de cada lengua, sino por que los hablantes hacen
un uso pobre y hasta apatochado.
En la época
áurea e incluso antes había anagramas y todo cuanto ahora colocaríamos en
el cajón del verbivorismo y los jueguecitos de palabras, y me temo que eso es
lo único que nos ha quedado, lo peor.
Elliott Erwitt (Nueva York, 1989)
.jpg)
