no de los
pocos dibujillos que conservo de mi infancia es una cuartilla con una mona cuyo
pie izquierdo lo hice primero en dirección a la izquierda. Tal vez me pareció
que el modelo del que había tomado el dibujo, con un pie mirando a Cuenca y
otro a Guadalajara, quedaba mal. Así que antes de colorear lo que hice fue
girar el pie a la derecha (para que quedaran los dos como en las estatuas
egipcias, para entendernos) y lo demás lo convertí en hierba. A simple vista no
se aprecia, pero allí está el pie así. Tal vez el dibujo, que está en
Finisterre, en casa de mi tía, me lo mandó hacer mi madre para enviárselo por
correo. Y podría ser que fueron los de casa quienes me hicieron ver lo
inapropiado de poner los pies como si la mona estuviera a punto de saltar. El
caso es que a lo mejor si no lo hubiera tocado habría quedado mejor. Y lo que
siempre he sabido es que pocas veces me he arrepentido de nada en mi vida, a no
ser de lo que no he hecho.
No es que mi
conducta sea impecable ni mucho menos. He cometido muchos errores, he perdido
mucho tiempo, lo compenso otras veces trabajando demasiado y no sé si con
provecho. A veces me lamento de mi mal genio, pero casi siempre acabo pensando
que con más de una persona tendría que haberlo sacado antes y que solo así me
hubiera evitado más de un disgusto o chasco. Así que soy de quienes asumen sus
errores y horrores, de quienes cuando tiran una piedra no esconden la mano y
hasta ahora no sé si me ha ido bien ni mal, pero estoy la mar de tranquila. No
tengo lo que se dicen remordimientos. Porque parece que los
remordimientos ocurren por lo que se hace no por lo que no se hace, a
no ser que lo que se deje de hacer sea una omisión grave.
Mi pentimento, que es como se le llamaría al
cambio de plan de mi dibujo si fuera arte, tiene con los años su cierta gracia,
porque muestra la voluntad de no hacer trampa. Hubiera podido poner una piedra,
como esas piedras redondas y lisas de color gris marengo que aparecen en los
dibujos de Walt Disney, pero la hierba no invalidaba tanto el plan inicial y
admitía pero solo hasta cierto punto algo la complicidad. Pienso en esos
remiendos que buscan la trama de la tela o el estampado pero que no pretenden
falsificar nada. La moderna restauración no pretende mejorar el original sino
solo impedir que se deteriore e incluso es preceptivo que se distinga
claramente lo que es original de lo que no lo es.
La imagen de
hoy es de una obra de arte que se subastó hace unos años con el título de "Portrait of a Young
Fiancée" pero que también se conoce
como "La bella princepessa". Con el tiempo, en parte gracias a
los pentimenti que tiene el dibujo, que pueden ser
escudriñados con rayos infrarrojos, se ha identificado el autor como Leonardo
da Vinci y también se ha comprobado que la obra, en pergamino, procede
de un libro que se conserva en Varsovia, en la Biblioteca Zaluski. Es la
princesa Bianca Sforza, que llegó a ser reina consorte y que murió
al parecer a causa de un embarazo ectópico, esto es desarrollado fuera del
útero.
Parece que en
equivocarse también hay un cierto arte, siempre que -como voy diciendo- no se
caiga en la trampa. Y cuando digo caer en la trampa no me refiero a sucumbir
ante las que nos extiendan otros sino la de rebajarse uno mismo a tal engaño.
También en el mundo de la cultura y el arte y demás hay mucha trampa. Es
que se aprende tanto con los errores que parece imposible que se
pueda aprender más con otros métodos. Me acuerdo que tras acabar C.O.U. ayudé a
una profesora a corregir centenares de exámenes de catalán que (cosas de la
vida) yo diría que eran de unas clases que impartía en Òmnium Cultural.
Jesús, Jesús. Para mí era fácil porque algo sabía y lo que no sabía a fuerza de
leer y corregir tantos ejercicios se me quedó más que grabado para siempre
jamás. Otra cuestión es que cuando un error está muy generalizado es casi
imposible convencer a nadie de que lo es, por mucho que se repita.
Pero en ese apartado, largo, calmo
camino donde dibujamos o escribimos, tenemos la goma de borrar, la tecla de
retroceso y supr y los pentimenti varios. Hay una anécdota adorable que contó
Paco Umbral sobre Alfonso Sánchez, aquel crítico de cine algo gangoso que todos los que nacimos hace
unos 50 años conocimos. Contaba Paco Umbral que un día le preguntaron que sobre
qué estaba escribiendo mientras lo vieron escribir su columna, y Alfonso
Sánchez contestó: "Estoy deseando terminar para saberlo".

