En este blog ya me he referido alguna vez a las sombras de las redes sociales: la conducta alegal de algunos usuarios, el terciarismo (noticias de noticias de noticias de noticias que circulan como autoreplicantes vampíricamente por los cuellos de los incautos), las faltas de netiqueta, la banalidad, su fácil propagación y el empacho que causa todo ello. No cabe duda de que Facebook nació como algo muy útil y que venía a resolver la distancia, la sincronicidad, la inclusión de contenidos dispares, su integración. La “ingeniería” de su estanqueidad lleva horas como para que luego por un resquicio alguien de anchas miras nos asalte la intimidad y la privacidad sin apenas darse cuenta de lo que hace ni para qué. Twitter, que tiene un halo más geek, más respetable y “como” más profesional (?) también acaba por decepcionar a no ser que con el tiempo la gente se de cuenta de que tiene que descargar de retweets el escritorio y no poner más de un número razonable de tweets al día y eso con tiento y ofreciendo un contenido que vaya más allá del tedium vitae y de decir “estoy en la parada del autobús” o “me he comido una pizza”.
A pesar de que Twitter se acostumbra a asociar a Facebook es más bien una herramienta de micromensajería. Los clientes de Twitter escriben mensajes de 140 caracteres. Y no porque haya una tarifa plana que restrinja el uso a ese formato, no, es porque se habrá estudiado que esa es la longitud conveniente para poner a prueba el ingenio o la lectura rápida. Como el resto de las redes sociales no cuesta ni un duro tener una cuenta en Twitter, a no ser -digo yo- que alguien justifique su jornada laboral poniendo tweets o “tuits”, que también podría ser, sobre todo a costa de las cacareadas imágenes corporativas, los community managers de la última (?) hornada y cualquier modernez o moda por el estilo. Como es natural si la gente tuviera que pagar por leer según que tweets, el invento duraría un par de telediarios.
A pesar de que el retweet antedicho es un indicador del interés
que ha despertado un tweet o su emisor, abundan en demasía y son más
pesados que un elefante o dos en brazos. La particularidad de Twitter son sin
duda las etiquetas o hashtags, que en un momento dado nos permeten congregar
una reunión virtual en tiempo real entorno a un tema. También sin duda es
interesante la función de poder automatizar la publicación de tweets mediante
los agregadores RSS. Es de esta manera como muchas instituciones generan
contenidos automáticamente y a veces masivamente. Permítanme que les diga
además que he observado que algunos acortadores de URL atraen phishing o gérmenes ensidiosos parasitarios que nos
redireccionaran mal nuestros favoritos cuando los usemos, y en vez de entrar en
este blog igual entramos en una página china, donde lo de menos es que esté en
chino.
Tal vez porque las redes sociales se han convertido en el refugio de los
ratos muertos o de la ansiedad, o porque son un recurso gratuito donde
cualquiera puede levantar un imperio a su medida o porque no hay que hacer un
particular esfuerzo para incorporar contenidos, es prácticamente imposible
combatir su ahora incuestionada popularidad. Y sin embargo yo diría que tiene
el tiempo contado y que ya parece el Twitter más viejo que el hilo negro. Toda
la escoria informativa no deja de ser a su manera basura. Ya les dije aquí que
le había oído afirmar a Iñaki Gabilondo que los programas de televisión más
baratos son las tertulias, la telebasura, por mucho caché que tengan o
adquieran los participantes. Un programa que incluya una entrevista es
carísimo, y un programa informativo de verdad (sobre todo de información local)
ni digamos.

