La imagen que hoy incorporo al álbum no se encuentra superficialmente en
el buscador de imágenes de Google, hay que hacer algo de minería aunque no de
pico y pala. Y eso porque ya en su momento levantó olas de indignación y
reprobación ver a la Virgen del Pilar con un gran bigote, como
patrona que es de la Guardia Civil, no solo en los escenarios sino
incluso en la televisión. No se recuerda tanto la imagen del guardia civil con
mantilla o la de la propia virgen tocando la pandereta, pero cualquiera de las
dos fue tan impactante y tan celtíbera que me costará creer que encontremos
tanta carga simbólica ni histórica en lo que nos queda de fiesta. Aunque Eduardo
Haro Tecglen no fue santo de mi devoción, como sí lo es San José, pero
que hay que reconocer que escribía muy bien, hizo una crítica razonada en “El
País” por aquellas fechas:
“Los virtuosos de Fontainebleau comienza con una leve ironía, y termina en una zarabanda bufa de superrealismo ibérico. Se remeda en la obra un acto cultural: la Generalitat se ha traído un grupo de músicos de cámara franceses para irnos incorporando a Europa, y la pequeña torpeza del funcionario que lo presenta y la pedantería de los músicos abren la caricatura. Casi sin exagerar algunos rasgos bastante reales” (“De la ironía a la fiesta“)
Ni les cuento la que se “armó” en España con esta producción de Albert Boadella, que por cierto aún estaba empadronado en Cataluña. Hubo rezo de rosarios de desagravio en Zaragoza ante las puertas del teatro donde se representó. El asunto se fue a mezclar con lo de “OTAN de entrada no” y el atlantista Felipe González fue recibido con uno de nuestros más estruendosos e hispánicos abucheos y salves a su madre. El grupo tiene en su página web un recuento de las reacciones [enlace roto]. Y es que el teatro de verdad, cuando es un espectáculo de arte total con buenos actores, repito, “con buenos actores“, que cada día introduce sus morcillas y se actualiza según vaya lo de afuera y no lo de “después”, el teatro sí que da miedo. De hecho es lo primero que se prohíbe cuando van mal dadas, lo último que se levanta cuando se pretende dar un respiro, lo primero que se somete a subvenciones y a todo tipo de censuras y presiones.
Siento no estar totalmente de acuerdo con otra escritora difunta,
Montserrat Roig, cuya crítica decía:
“La justicia se va al teatro” [enlace roto]
Aunque es verdad que ha habido ataques soeces y verdaderamente blasfemos, Los virtuosos de Fontainebleau era una delicia incluso para los que somos fervientes marianos. Por ejemplo, ya me referí aquí a la basura onanista de J.A.M. Montoya, su caca de “Sanctorum” de 1997, con unas imágenes que más que nada insultan el buen gusto y a la inteligencia. Esos escogorcios repugnantes pertenecen a lo que yo me atrevo a llamar “blasfemia erotizante”, que no tienen nada que ver con el genio del idioma y nuestra auténtica celtiberia hecha polvo, con aquella vieja que en León explicó Llamazares que defendió las campanas de Fuencebadón en la Maragatería:
“María recibió a la expedición (integrada por dos curas, seis obreros y cuatro guardias civiles) armada con un palo y subida en el tejado de la iglesia, decidida a defender las campanas con su vida. En vano intentaron convencerla para que se bajara y les dejara llevarse unas campanas que, al fin y al cabo, legalmente no son suyas. Mientras les arrojaba piedras, María decía que las necesitaba, entre otras cosas, para avisar a la gente de los pueblos cercanos si un día se declaraba un incendio en el suyo, puesto que ni teléfono tiene para sustituirlas. Y cuando un cura le dijo que para eso no le servían, puesto que las campanas no tienen ya badajo, la enrabietada María le contestó que, si hacía falta, lo tocaba con el suyo (el del cura).”
Como decimos en Fisterra (A Coruña), “Ai qué textos!”.
Yo comprendo que haya gente que se erotice con las imágenes sagradas y hasta condenando la pederastia (por alambicado que parezca), de la misma manera que hay gente a quien le ponen las escenas lésbicas o la mera mención a la palabra “margarina” les inspira ideas lúbricas. Otra cosa es convertir eso en un modus vivendi y en algo que resista la más mínima comparación con una obra de arte total y no totalitaria, Los virtuosos de Fontainebleau. Por eso me alegré un montón cuando el Centro Jurídico Tomás Moro le ganó al infeliz Javier Krahe el juicio que le interpuso por la basura de vídeo ”Cómo cocinar un cristo”. En realidad esa bromita era de 1978, pero se emitió en Canal+ el año 2004, cosa que ya indica por lo menos que estamos ante un autor de escasísimas ideas y éstas además a su vez magras. La denuncia se planteó como ofensa a los sentimientos religiosos y, como les digo, se ganó limpiamente. El cantautor tuvo que pagar una fianza de 192.000 neuros y la productora 144.000. Me parece que desde que se hizo pública la sentencia poco más han hecho Krahe y el Plus. Els Joglars sigue en las tablas y Dios quiera que siga muchos años.


