Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas, XL
stos días estoy pintando el par de manzanas que capté con la cámara del móvil. Es una composición sencilla, con dos volúmenes
mucho más simples que por ejemplo la hoja de un geranio, que se riza, se
repliega y es serícea y bicolor. Mi modelo hace días que se amustió, por lo que
ahora ya solo sigo la fotografía. Los colores, las sombras y los reflejos son
mi objeto de estudio pero también lo es algo que yo doy en llamar "la
presencia", que es aquello que es verdaderamente lo que hace que las
manzanas ocupen un lugar y lo hagan no ya recordándonos la ley
de gravedad o la caducidad sino la forma en que se apoyan y mínimamente
permanecen.
Ayer cuando salía de trabajar, en una noche muy lluviosa y de un
viento impetuoso e inclemente, se me cruzaron tres coches en un semáforo con el
disco en verde a mi favor. Estaba claro que me habían visto. Y por la hora
luego consideré que solo podían ser los coches de Artur Mas, que está yendo al
Hospital Vall d'Hebron a ver a su hermana, que está ingresada. Es una hora en
la que solo he visto circular de entrada por el recinto sanitario algún long
vehicle que llevaba material delicado o de difícil manipulación y
algún taxi. Nunca tres coches. La costumbre de los coches
"oficiales" de saltarse las normas, sea por razones de
seguridad, sea porque el tiempo que les ocupa tiene muchísimo más valor que el
de cualquiera de nosotros, es algo que perdura, que es políticamente
transversal, igual para cualquier partido de cualquier signo, y que a mi
entender solo demuestra su prepotencia (*). En nuestro caso la
prepotencia o las razones de seguridad están además rodeadas o mal apoyadas
-seguimos hablando de presencias- en el hecho de que no pagamos (la Generalitat
no paga) a nuestros proveedores y de que a los empleados se les (nos) han
retirado percepciones y días de permiso con los que se compensaba por no pagar
un sueldo base digno.
La presencia personal de Artur Mas, sorprendentemente
o no, para mí guarda un cierto parecido con la primera aparición que hizo Iñaki
Urdangarín en los juzgados de Mallorca, rígido, envarado, tenso, la mirada
dura, sin lágrima. En los años en que era el eterno candidato de CIU para la
presidencia de la Generalitat su presencia se comparaba a la de un madelman,
por ese desequilibrio postural que adoptan los bajitos y los
narcisos, de avanzar y elevar el tórax. Luego tenemos muchos hombres que son
todo lo contrario, fofos y como pastosos. En los últimos años prolifera el
subgrupo de los hombres que se sientan como contorsionados, con los brazos y
las piernas entrelazados o rodeando la extremidad opuesta o sentados sobre los riñones y con la cabeza cayendo como caen las corolas
de los pensamientos (viola tricolor) o las cabezas de los ahorcados. Luego hay
cabezas ensilladas, con el cogote que quiere juntarse a los hombros. Los
pulmones de los señores doblados tienen en sus bronquiolos residuos podridos
del aire que respiraron hace ocho años y la boca les huele a güisqui vomitado
mezclado con ácido clorhídrico y café amoniacal.
Estos días corre por las redes sociales una vídeo que apareció en
"El País", La extrema belleza del cuerpo humano
(Guillaume Côté), donde es fácil apreciar los principales grupos musculares del
bailarín. Y sin embargo les digo que me resulta demasiado sofisticado y
tirante, que lo que más me gusta de la serie de movimientos es un instante
(0:50) en el que se desprende talco de sus pies y forma una leve nube que tan
pronto como la apreciamos se funde en ese azul oscuro que domina el fondo.
Para belleza clásica canónica, el Hermes sentado y psicopompo de Lisipo. Los demás parecen de
anuncio de calzoncillos, futbolistas.
Qué poco me extraña que a Goethe le gustase G. F. Kersting, del cual
hoy traemos una pintura, no la más famosa, que sería la de la bordadora, sentada como el hombre del escritorio de 1811,
pero que nos deja ver su cara a través de un espejo. Es bien curiosa la
posición del cuerpo del que escribe, que transcribe a su vez toda una época de
Sturm und Drang pero preconiza el estilo algo humorístico del Biedermeier (Carl
Spitzweg).
Encabeza el post una rima de Bécquer que la primera vez que la leí me
dio como tortícolis pero que habla de lo incómodas e insostenibles que pueden
llegar a ser algunas posturas, además de "favorecedoras" o "poco
favorecedoras", expresión que ha sido vencida a favor de la
"fotogenia" primero y últimamente ha sido relevada por la del
"enamoramiento de la cámara" (¿?).
(*) No hará falta decir que la frase introduce la licencia poética de
dar vida a los coches, cuando ya sé que los coches son llevados por chóferes.
Es que hay que decirlo todo.

