Primero trataré del segundo caso, el de la eliminación alevosa de
un ejemplar. Es muy poco habitual, tanto que yo solo me he encontrado con
uno de ellos en toda mi vida laboral, que arranca el año 1982. Fue a finales de
esa década precisamente. El autor sobre un artículo de Bioquímica que se
acababa de publicar en una revista norteamericana me hizo ver que habían
arrancado las páginas correspondientes en nuestro único ejemplar. Le
tranquilicé diciéndole que conseguiría de otra biblioteca una fotocopia y que
restauraríamos el ejemplar restituyendo el artículo en cuestión. El cuento es que
el artículo había sido arrancado de todas las bibliotecas a las que me dirigí,
primero en Barcelona y después en el resto de Cataluña. A instancias del autor
(Xavier Fuentes-Arderiu) no seguí con las bibliotecas del resto de España, pero
fue porque él me consiguió un reprint, que es como ahora les llaman a las
separatas de toda la vida. Pero estaba claro para su autor y también para
mí que alguien había querido destruír el artículo, cosa que ya entonces era
bastante difícil (por no decir imposible) y que ahora directamente no está al
alcance más que de algún hacker que sea capaz de vencer todas las
barreras informáticas y legales que hay que superar para asaltar una plataforma
de publicaciones ciéntificas.
Es bastante seguro que la persona que así se había ensañado con un
artículo de una revista podía estar trabajando entre nosotros, como tantos
otros criminales y gente de mal vivir con quienes hay que convivir, pero ni yo
le pregunté al autor principal si tenía alguna sospecha ni él me lo dijo, cosa
que aún le agradezco.
El primer caso es el de la cita inventada o falsificada, esto
es citar una publicación que no existe. De este jaez me he encontrado con 4
casos en toda mi vida profesional, cosa que no sé si tiene valor estadístico.
Hubo un tiempo en que me dio por las bibliografías y alguna hice. Les aseguro
por la gloria de mi canario que me he llegado a desplazar no ya a Gerona sino
incluso a Madrid para comprobar la existencia de un libro y citarlo de primera
fuente. De lo cual siempre obtuve prueba fotográfica, aunque para ello tuviera
que pedir permisos, etcétera. Así que cuando hoy día algún médico o enfermero
jovencito me pregunta -no por malicia, sino por candor- si se puede citar una
publicación que no se ha visto les digo que no y que no, que no solo no se
puede sino que no se debe. Entramos en el terreno de la duda cuando nuestra
información procede de una base de datos acreditada, como Pubmed o Scopus
o Web of Knowledge, donde tenemos la referencia rigurosamente citada y
muchas veces un resumen, el que lleva el propio artículo por costumbre. Pero no
hay tal duda si pensamos que verdaderamente no hemos visto el trabajo sino su
cita.
Estos días estuve persiguiendo el artículo que se considera el primero
donde se describió la innovación de una técnica quirúrgica cuyo nombre voy a
obviar para no dar pistas. Después de perder un buen rato descubrí que el
artículo era citado de dos maneras por la pléyade de autores que lo han ido
citado, con la variante en las páginas y en el título de la revista, que ya de
por sí revelaba una cierta extravagancia como título, habida cuenta de que los
nombres de las publicaciones periódicas científicas no dan mucho lugar a las
fantasías ni a las excentricidades. Fui a buscar cómo citaba el autor su propio
artículo y hay llegué a la hipótesis de que él mismo, un prestigioso
cirujano que murió el año 2005 dejando un copioso conjunto bibliográfico de
su quehacer, había falsificado la cita. Como la primera cita que él mismo dio
del artículo que supuse falso es en una revista muy prestigiosa, donde tal vez
también lo notaron, hay una vaga referencia a que la técnica se había
presentado por primera vez en un congreso en Orlando, Estados Unidos. Siempre
va por detrás o por delante, como una obsesión, la fecha de 1994, que el notable
cirujano se empeñó en marcar como la de su innovación. De manera que,
conversando con la médica que en la actualidad estaba revisando el tema,
llegamos a la conclusión de que tal vez hubo algún conflicto o descuido y
nuestro antecesor solo podía demostrar su contribución inventándola. Así como
lo leen. La prestigiosa revista que hizo la vista gorda ante una referencia que
es inverificable añadió lo del congreso, pero yo me he mirado todos los
resúmenes de las comunicaciones que se presentaron en el congreso y no está la
de nuestro cirujano. Le podemos conceder el beneficio de la duda y decir que
tal vez comentó la técnica fuera del programa, pero en cualquier caso decidimos
disculpar su error. Lo que no tiene perdón es toda la recua de médicos que ha ido
citando ese primer artículo apócrifo como si lo hubieran visto.
De la misma manera que en el caso del artículo destruído hemos
señalado que cada vez es más difícil perpetrar una vulneración del género,
también podemos decir que cada vez es más difícil colar citas espúrias, porque
los redactores y peer reviewers o revisores pares,
verifican las referencias bibliográficas cuando no lo hace el propio sistema
donde se hacen grabar los mecanoscritos, conectados a las bases de datos
mencionadas. Que la prestigiosa revista dichosa le pasara por alto al notable
cirujano su fraude es cosa precisamente de los "pares" o peer
reviewers, sus semejantes. Descubrir a un mentiroso nos parece una afrenta.
Sé que ninguno de los dos casos pueden ser tildados de delitos, a no ser que coadyuvara algún agravante. Por ejemplo que algo así decidiera injustamente o no un concurso de méritos para acceder a una plaza de profesor en la Universidad. En realidad cuando hablamos de "crímenes" o delitos bibliográficos se suele pensar en los que se hacen contra la propiedad intelectual. Y sin embargo recuerdo de un caso en Estados Unidos, donde hay tantos abogados, en el que se querellaron porque se había caído una pared a consecuencia del error en un libro de bricolage, y porque alguien había resultado herido con lesiones menores. Desconozco la sentencia, porque el caso simplemente se solía exponer en un manual de ética como ejemplo de que el bibliotecario debe prevenir a los lectores de que no se hace responsable del contenido de los libros.

