e
encontrado en un blog (Vsyachina) una
pequeña colección de cuadros con geranios. Aunque en otras condiciones eligiría
el cuadro de Fantin-Latour o el de Renoir, en esta ocasión elijo el de Odilon Redon, porque me
recuerda el modelo natural que seguí hace unos días para llegar a un resultado bien distinto. El color de mi flor era fucsia o rosa mejicano o
magenta, no soy capaz de determinar siquiera el tono. Es más, desde que empecé
con el tiesto hasta que lo di por terminado le salieron tres flores
nuevas. Renoir es siempre tan voluptuosamente alegre, tan
gentil, que a su lado los geranios en agua de Fantin-Latour parecen
el triste bouquet de un cementerio, pero todo tiene su aquel.
Leí una vez
que lo de los tiestos se lo inventaron los romanos, para ponerlos en los
alféizares los que vivían en aquellos pisos que siempre eran pasto de incendios
y sobresaltos varios. Tal vez entonces nuestra Córdoba más romana y sus patios
con las macetas adornando las paredes encaladas proceden de Roma. Pero yo lo
dejaría en cuarentena y vería si no es aún más antiguo el invento. Las
persianas, como la palabra indica, son persas. Nos resulta en España de lo más
extraño ver un geranio en agua, creo yo, precisamente porque la tenemos en las
macetas. Y eso a pesar del gusano africano. Pero, claro, el tema de hoy no es
ni el gusano africano ni las persianas ni las macetas, aunque bien pudiera
serlo porque cualquiera de esos tres temas es muy interesante. El tema de hoy
es la vanidad. O no, habría que decir que es la modestia. Planteemos
la cuestión desde donde nos importa verla.
Aunque
dijo Cohélet que toda la obra del hombre proviene de su
vanidad y que todo proviene de la rivalidad de unos contra otros (Eclesiastés
4:4), y yo no soy quien para desdecir un sabio bíblico, me atrevo a proponer
que es imposible hacer verdaderamente algo real sin modestia. Sin modestia es
imposible aprender; sin reconocer que no se sabe es poco probable que se pueda
adquirir alguna habilidad, un conocimiento nuevo. Pero antes de instalarnos en
la paradoja, a pesar de que uno de los libros sapicienciales del budismo (el
Dhammapada) está estructurado en los llamados "versos gemelos", en
parejas de contrarios que van oponiendo por ejemplo la conducta arrogante y la
sencilla (que no es sencilla porque sea fácil sino porque busca la
pureza); antes de instalarnos en la paradoja -digo- avancemos un paso y
situémonos de repente en darnos cuenta de que los envidiosos y odiadores
siempre buscarán la alabanza o el desdén. En el fondo, el odior y la envidia y
la vanidad son maneras de impedir que los demás se realicen. Por lo tanto son
puro miedo.
Hace años
que tengo una guerra particular (particular porque la hago yo sola y porque ya
verán que es bien peculiar): me resisto ante todo lo que no es original. No
quiero que me envíen Powerpoints, prefiero un mensaje de un amigo que me diga
buenamente lo que quiera decir. Youtube lo justo. Reenviados los precisos o,
mejor, ninguno. Además de que no tengo tiempo.
Rimpoché y
Santa Teresita de Lisieux coincidirán en que no hay que exponerse ni al agua de
los elogios ni al rocío del desprecio. Los bárbaros del norte nos han impuesto
su gusto en la idea del éxito y unos modelos de belleza que cada vez me
resultan más insostenibles, irrisorios, penosos (según el día). Me perdonarán
que pase por ello también por encima, como sobre áscuas, aunque estos días me
pregunto si la globalización es reversible y eso en lo que nos
hemos convertido, un mercado, un electorado, nada, tiene vuelta de hoja.
Curioso que los soberanistas se parezcan tanto entre ellos, aunque basen su...
¿lucha? en la diferencia. Nada hay más parecido a un independentista catalán
que un independentista gallego. Son iguales, son más que parecidos. Curioso
también es que los calvinistas sostengan que su idioma es más idóneo para los
negocios y la especulación o que su religión del éxito prescinde de nuestro
fatalismo endémico y que el afán de superación es poco menos que sagrado. Caiga
quien caiga. Curioso por último que ahora todas las bellas y los bellos, todos
los listos y las listas se parezcan tanto entre sí. Especialmente después de
haber pasado por las clínicas liposuccionadoras, por el bótox, por los
gimnasios, por las universidades, por las redes sociales.
La
naturaleza y el arte son en principio indiferentes a todo esto de ser superior,
inferior o igual. La naturaleza, se dirá, sacrificará al más débil. Y el arte
al que es más igual. La vanagloria y la arrogancia que me salen tantas veces al
paso, seguramente porque yo soy también vana y arrogante, me recuerda el adagio
árabe por el cual "Allah es sabio" o "Solo Allah es
sabio". Lo malo es cuando se toma como una disculpa o bien una excusa
indolente para no acabar de hacer bien las labores o dejarlas imperfectas. Pero
cuando la frase refleja nuestra infinita ignorancia y pequeñez ante la obra
divina o el misterio de la creación, es cuando adopta su pleno sentido.
Tomo la
expresión "escritura automática" del surrealismo, que la usaba para
designar un texto o un mensaje producido a vuelapluma, sin pensar, al hilo de lo
que afloraba del subconsciente. Seguramente hoy día un nativo informático
reinterpretaría la frase como una respuesta automática, la dada por
ejemplo por una cuenta de correos cada vez que recibe un mensaje.
Si los
terciaristas, los consumidores de lo que hacen los demás, sus reprobadores o
aprobadores, alguna vez se dieran el gusto de hacer algo, aunque sea un
cromillo como el que yo hice con un pobre geranio, se darían cuenta de que el
disfrute no está en la aprobación de los demás, aunque gusta compartir. El
placer no es lo opuesto al dolor, es lo opuesto al rencor.
