a trajimos al álbum alguna vez algún retazo que le quitamos a Pilar Álvarez-Castellanos de su muro y que serían muy del gusto de dos de mis escritores preferidos del Nuevo Mundo, Jorge Amado y José Lezama. Pilar las más de las veces scrabbleliza el teclado y deja palabras que me cuesta reconocer unos instantes. El otro día me llamó "Martas", por ejemplo, pero el texto sobre su punto del caldo lo escribiría con menos precipitación, aunque sin parsimonia ni mucho menos afectación. Ahí queda como muestra de lo que dan de sí en el mejor de los casos los rincones de Facebook.
Ayer, mientras escuchaba esos programas radiofónicos que no me interesan, para relajarme, oí una escritora que acababa de presentar un libro en Siruela. Un día por cierto vi al conde de Siruela, su fundador, en la Rambla de Cataluña. No sé si saben que es Jacobo Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo, esto es uno de los hijos de la actual duquesa de Alba. Se metió en el hotel Murmuri, cuyo rótulo recuerda el enunciado de la declinación de la palabra ratón en latín (Mus -muris) más que la palabra "murmullo" en catalán. Ya la editorial me trae esa retahíla de nociones de sofisticación rebuscada como para que la autora del libro presentado se pusiera a defender las virtudes de su novela negra, escrita a cuatro manos con otra escritora alemana. Por si tenían alguna duda se trata de un thriller filológico. Sí, "filológico", no "psicológico". Estos digamos experimentos no me atraen tanto como aquel un tanto mefistofélico de los "cadáveres exquisitos" o cadavres exquis surrealistas, que Lorca y Neruda llamaron "poemas al alimón".
Si algo
bueno tiene lo de escribir es que no se molesta a casi nadie, es una labor
solitaria y de escaso gasto. No me tienta trasladar el caso a la música, donde
los solistas pueden disfrutar al tocar con otros instrumentistas o al hacer un
coro o un cuarteto o ni que sea una rondalla de cuerdas. Los músicos, a
excepción de los compositores, suelen interpretar, no crear (sobre todo si no
entramos en otros inventos, que también los hay). Diría que lo de escribir a
cuatro manos entraría en la esfera de los happenings, los flashmobs y
-como diría Rose Velz [cuenta suspendida]- de las chocolatadas. Así que aparte de los cadáveres
exquisitos y mi coleccionismo de frases que cojo al vuelo en
la calle, las citas y algunas frases de Pilar, este blog es personal y
particular, como en un principio lo fueron todos. Luego han habido no ya blogs
institucionales sino incluso de pago, esto es a sueldo.
Pero mi
tema de hoy no es el de las sinergías, sino que va por donde iba el
caldo de Pilar, que por cierto no he catado. Apunta que no lo vigila porque al
"final no distingues matices" y muchas más cuestiones que son -si
quieren- una buena lección de como estar en este mundo. La forma de estar en la
cocina es digna de notar, porque allí se aprovecha todo el tiempo pero sin
apurarse y se hacen incluso varias cosas a la vez, aunque sea vigilar el fuego
y fregar los cazos o cambiarle el agua al canario. Yo alguna vez he
hecho de pinche de gente que sabe cocinar y he actuado con la mayor invisibilidad
e intangibilidad posible, simplemente obedeciendo lo que se me indicaba.
Obedecer, cuando se tiene quien sabe dar bien las órdenes, no es mala cosa y
permite dejar la voluntad a un nivel de latencia que tiene su gusto. "Dios,
qué buen vasallo, si hubiera buen señor".
Intuyo que
Pilar se mueve en la cocina con escasa artillería de aparatos y andróminas y
que usa lo que tiene a mano, cuestión que también es para mí uno de los grandes
atractivos de la cocina (para la que estoy más que negada). Me gusta el
quehacer de aprovechar lo que se tiene y saber darle un buen fin a las cosas.
La idea de que en una cocina entre una checklist o una ficha
con una receta me desagrada por eso, porque la comida se hace
con comida, básicamente.
Guardo en
mi casa una gran variedad de tuercas, diferentes tipos de papel, pedacitos de
telas, muestras de cuero, lápices sinfín, arandelas, al objeto de tenerlos ahí
para algún día darles uso. A veces me hago una carpeta y tengo el cartón de la
base, el papel para forrarla, pero no encuentro las vetas que quisiera ponerle
para liarla. Entonces guardo el material y espero que aparezcan las vetas. Así
hago con todo, aunque hay materiales e ideas que tengo guardadas desde ya hace
tanto tiempo que no veo el día que podré usarlas.
Hace tiempo
también disfrutaba mucho con la opción contraria, la de encontrar lo que no
sabía que existiera. Iba al Servicio Estación, en la calle Aragón
cerca del Paseo de Gracia, y algunas veces encontraba algo que se correspondía
de alguna manera con lo que ya había necesitado o imaginado. No quieran saber
qué alegría. Y pienso que con esto de los tornillos y los cartones pasa como
con los amigos o los amores, que a veces hay que dejarlos estar y otras se
encuentran.

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(*) “Un
hueso de ballena grabado, una caja de cigalas momificadas, un amuleto egipcio,
una máscara Tatanua, un erizo de mar fosilizado, una pintura de Joan Miró, una
muñeca maya, los cantos rodados de un río, un cuadro de Francis Picabia, una
máscara iroquesa, una caja de mariposas… El conjunto, compuesto en función de
un extraño capricho, de un orden paradójico, que entrelaza los recuerdos
personales y el respeto debido a las potencias ocultas, a las leyes del
magnetismo, a las sorpresas del azar. El “muro” de André Breton, como un
desafío lanzado al museo de arte moderno, como el corazón, aún caliente de un
reactor de muy alta energía”.
