Tuve la suerte de poder conocer el Fauchon de los años 80, que no tiene nada que ver con el de los años 90 y ya no digamos con el actual. El Fauchon que yo conocí aún tenía productos frescos y dejaba imaginar sin esfuerzo el que escasamente hacía el magnate Niarchos para hacerse llevar sus productos por helicóptero pienso que a Zurich, que es donde vivía o moría, según se mire.
Recuerdo que el negocio ocupaba una de las esquinas de la Place de la Madeleine y que solo entrar se veían apiladas en perfecto orden unas manzanas y unas judías verdes y unas naranjas además de otras verduras, frutas y hortalizas. Ahora todo son tés, foiegrasses, champagnes, vinos y chocolates, todo envasado como si fueran perfumes. Aunque era un colmadito selecto -las judías verdes eran por ejemplo de lo mejor de Tanzania-, aunque los productos estaban expuestos como si fueran diamantes, emanaban la belleza, la frescura y hasta algo del olor de los productos naturales. Para mí fue una alegría comprobar que las naranjas expuestas eran españolas y verlas allí todas alineadas y enceradas con parafina, abrillantadas, me hizo sucumbir a aquel júbilo cordial y nostálgico en el que caen el emigrante, el exiliado y hasta el turista cuando encuentra algo familiar. Para muchos de nosotros, los que no creemos o no sentimos las glorias deportivas, el orgullo resiste ahí y en los momentos en que la dignidad está socavada, poco más.
El actual
Fauchon ya no recuerda en nada el colmado que fue sino que parece cualquier
cosa, desde una tienda de moda para anoréxicas y pasadas de maquillaje hasta un
plató de algún programa inclasificable. En De Luca es posible encontrar alguna sensación relacionada con los
sentidos, en Fauchon es tan indirecta, tan mediatizada por etiqueta, tarros y
decorados, que es imposible recordar el origen de los alimentos y solo queda
una vaga noción no ya de la lluvia y la tierra sino del canto de una nube
neozelandesa de un meme. Y en el caso del hígado de pato se agradece, claro
está.
En mi
tercer viaje a París aún pude comprar una manzana, que me comí en Versailles, y
es la mejor manzana que me he comido en mi vida por el momento. No estoy segura
de que fuera una Granny Smith, pero era verde y ácida. La mejor
naranja la he comido en Valencia, aunque no dudo de que se coman las
mejores naranjas valencianas en Londres por decir algún sitio.
Está ahora
la vida comercial plagada de franquicias, y sus establecimientos no tienen
ningún interés para mí precisamente porque están como si dijéramos desalmados.
Todos son iguales, aquí o en Turín unas tiendas de la misma firma son más
parecidas entre sí que a ellas mismas. Aunque la via Condotti siempre
tendrá su aquel romano y la rue Royale también siempre tendrá una horlogérie Milliaud
Ludovic auténticamente antigua y no afectadamente avejentada por sus
escaparatistas, todas las tiendas de lujo se parecen tanto, que no se pueden
parecer más.

Balthasar
van der Ast (1620)
Los bazares de los chinos también guardan mucha semejanza entre ellos, como si fueran oficinas bancarias de la misma entidad. Se dirá que responden a una fórmula sobre la que pocos cambios se pueden introducir, y a base de unos productos que no se dejan más que ser mostrados como lo son, en formación de anaquel y todos juntos, por colores, bajo algunas nociones de feng shui de toda la vida, el que se adquiere casi sin darse cuenta.
Me acuerdo
cuando se retiraron las tiendas de animales de compañía de las Ramblas,
aunque hay que hacer la salvedad de que el concepto era amplio porque se habían
visto camaleones y aquellos pájaros exóticos que son insoportables. El Ayuntamiento
de Barcelona, que estaba tan enamorado de su "marca" y de los
mobiliarios urbanos y de las señales -que es imposible hacer una sola foto de
la ciudad evitando las papeleras, los postes o cualquier elemento del verjurado
urbano omnipresente- veló para que a cambio de los puestos de canarios,
periquitos y ranas, no hubieran gitanas, banderillas y sombreros de
mariachi, camisetas de Superman y demás souvenirs. Así que
ahora tenemos unos puestos, todos iguales, que ofrecen más o menos todos los
mismos productos y con un personal que claramente está asalariado. Se dirá que
es mejor el olor de caramelo, ese que le echan a los crêpes y a los
gofres, que el de las
tortugas y que las tazas inspiradas en motivos del trencadís modernista
es mejor que los abrelatas con faralaes, pero al final todo acaba siendo lo
mismo.
Estos días
fue noticia el escrache que le hicieron a Esteban
González Pons, término que yo encuentro totalmente acertado porque la
procedencia de la práctica es argentina. Aquí somos más dados al linchamiento,
el abucheo y la damnatio memoriae o hasta el ninguneo. Los
activistas que se mueven en la celebración de cumbres y demás están
mundializando incluso la antiglobalización. Ya al amparo del 15M pudimos ver
formas de protesta que no se habían visto antes por aquí. De hecho estos días
salió una chipriota con una pancarta en español, que preguntada por un
periodista, adujo que era porque la próxima bancarrota sería en España. Nadie
que tenga dos dedos de frentes se tragará que una ciudadana normal y corriente
se acuerde de España ni de Italia en sus protestas, con la que está cayendo. No
perdamos nunca de vista que solo lo que aparece en la TV o en internet parece
tener eco, por lo que los que buscan tener impacto lo buscan ahí y al precio
que sea.