“El hombre del sombrero hongo tiene tics. Por ejemplo: relamerse los labios. De joven, al intentar dominarlo, se sometía a una feroz autocensura: apretaba los dientes como una barrera infranqueable e inflaba los carrillos para que la lengua, sin nada a qué asirse, quedara pataleando en el interior de su boca. Dejó de luchar porque el tic, que tenía sus recursos, al sentirse reprimido convocaba otros automatismos como revancha: subía el hombro, silbaba suave, guiñaba un ojo…”
Liliana
Costa Staksrud, Infinitas formas de cosas tan delgadas
i le dieran la fotografía de Andreas Feininger a una
empresa como Lynce, esa que cuenta la afluencia en las manifestaciones y
escanea las muchedumbres hasta dar con cifras demoscópicas
precisas, sabríamos cuantas personas había en Coney Island. Y sin embargo, la
playa está en algunas zonas más abarrotada y en otras, la que quedaría más cerca
del visor por ejemplo, está más libre no sabemos por qué. Seguro que alguna
razón habrá o, mejor dicho, había.
Yendo a lo nuestro: anduve estos días buscando los
gingkos de Barcelona. No todo iban a ser melocotoneros. Hay uno
en el jardín de la Universidad de Barcelona y luego encontré otro
en los Jardines Verdaguer, en Montjuïc (Núm. de catàleg:
0139-03-98). El de Montjuïc me costó encontrarlo. No sabía
donde estaba exactamente y fui un día de mucha lluvia en que sólo había por
allí algún japonés que iba o venía de la Fundació Miró y poco más. Al final,
cuando casi habíamos desistido de distinguir el gingko, mientras barríamos con
la mirada un claro del parque, descubrimos a nuestros pies sus hojas. El árbol
estaba totalmente desnudo, pero a sus pies estaban las características
hojas en forma de abanico. El gingko biloba es único en su especie.
El viernes, cuando regresaba de la piscina, vi una hoja de gingko biloba en mi
camino. Miré a mi alrededor y no distinguí ningún árbol. Bueno, sí, había
árboles (un granado, un albaricoquero, un palosanto, una higuera) pero
ninguno era el propio. Volví al día siguiente para recorrer toda la zona, que
está formada por unas cuantas casas con huerto, que proceden de la época en que
aquí se hacía la colada de la burguesía
de Barcelona. Aún quedan los lavaderos y los pozos y es fácil imaginar la ropa
blanca a clareo. He de volver otro día con la
hoja en ristre, por ver si encuentro a algún vecino y le pregunto. De todas
maneras, dado que la hoja estaba donde la encontré más sola que la una, también
he de contemplar la posibilidad de que llegara allí por alguna de
las ventoleras que a veces recorren esta ciudad arruinando el
trabajo de los peluqueros. Les coiffeurs. O también podría
haber llegado hasta allí a patadas, desde vaya usted a saber donde. Y es que en
Barcelona, no así en el País Vasco, los niños pueden dar patadas a las cosas y
llevarlas de una parte a otra de la ciudad con una diligencia pasmosa. En una
versión romanticona de mis pesquisas podría incluirse la posibilidad de que la
hoja estuviera como punto de libro de una adolescente que lee el sempiterno Árbol
de las lecturas obligatorias de la secundaria.
Y por lo tanto el árbol verdadero podría estar por donde el Patronato
(orfanato u orfelinato) Ribas -hoy I.E.S. Vall d’Hebron-, uno de los
edificios del arquitecto Enric Sagnier i Villavecchia.
Según el catálogo
de árboles de interés local del Ayuntamiento [enlace roto] los dos gingkos que hay en
Barcelona son los que he visto. Y sin embargo Divina Aparicio
ha colgado una
foto de otro tomada en el Parque de la Ciutadella [enlace roto], y por el aspecto del
espécimen, podría tener unos 30 años o quizás más. De jacarandas sí que andamos
más que mal. Por lo tanto, a mí que no se me diga que no hay más temas que
tratar aparte de si Marilyn Monroe leyó o no leyó Ulysses.
Curiosamente, uno de los trastornos más frecuentes del
lenguaje que podemos observar hoy en día aquí y en Coney Island es
-además del de meterse con Marilyn Monroe y otros temas calados
socorridísimos- la megafonía o telefonía móvil, que es esa especie de
manía o tic de hablar en voz alta con el celular de manera que es
imposible que se les deje de oír a algunas personas a 30 metros a
la redonda. Sin embargo, atendiendo a la parábola del espléndido cuento de
Liliana Costa sobre los “Tics modernos”, una nunca sabe si no será peor
la represión de un tic que el tic mismo. En otras palabras, si
para evitar un tic simple como el de relamerse los labios, vamos a
provocar un tic complejo con espasmo de hombro, resoplido, guiño facial,
etcétera, casi es mejor dejarlo estar.
De todos los trastornos lingüísticos que conozco el que más
me llama la atención no es la coprolalia
o lenguaje soez (debido al síndrome Gilles de la Tourette,
que dicen que ha padecido gente tan provechosa como Mozart), ni tampoco es la
megafonía móvil o la verborrea en general, no, el que más me llama la atención
es la ecolalia. No tengo los conocimientos
precisos para distinguir entre la ecolalia y la palilalia, así que me referiré
a la ecolalia como lo hace la Wikipedia, como a “una perturbación
del lenguaje en la que el sujeto repite involuntariamente una palabra o frase
que acaba de pronunciar otra persona en su presencia, a modo de eco”. Yo
a lo largo de mi vida he conocido dos casos, en dos mujeres los dos, que creo
que no están diagnosticados y en donde yo no voy a tomar ninguna iniciativa.
Por supuesto. Lo curioso de los dos casos es que no se trata de la ecolalia
típica que practican los niños para sacarnos de quicio (o no) o la del célebre
mito de Eco y Narciso, por el cual la ninfa podía repetir a su favor todo
cuanto el chico decía:
“Un día, cuando Narciso tenía 16 años (exactamente igual que
mi Carmona buxiforme enana, pedazo de bonsai
adolescente), un día, fue visto por la ninfa Eco. Mientras él perseguía
ciervos. Hago notar lo de los ciervos para que nos demos una idea fugaz del
entorno, de un lugar en donde no sólo había ciervos sino que además podían
correr. Eco vio a Narciso y no podía decirle nada. Solamente podía repetir las
últimas palabras que pronunciase alguien. Y eso era debido a un castigo de Juno
a causa de que Eco la había entretenido con su charla para despistarla y hacer
que la diosa no sorprendiera a Júpiter persiguiendo ninfas. Narciso, alejado
del grupo de jóvenes que lo seguían siempre, notó la presencia de Eco y
preguntó: “¿Hay alguien?”. De esta manera, sin proponérselo, dio pie a que Eco
pudiera repetir: “Alguien”. Después de una especie de diálogo posible porque
Narciso estaba intrigado y Eco enamorada, la ninfa fue desdeñada. Se escondió y
fue a vivir a las grutas llena de vergüenza. Su cuerpo insomne se disipó y sólo
pervivió su voz. Dice Ovidio: “Omnibus auditur”. Todos la oyen. Bueno, yo diría
que no todo el mundo la oye, pero eso ahora no interesa y no tiene nada que ver
con el mito” (Omnibus auditur)
¿Por dónde íbamos? Ah, sí, que no, que la ecolalia que yo
conozco no es como la de la ninfa de las Metamorfosis. Más bien una
tiene la impresión de que la persona no repite lo que oye, sino que parece
adelantarse o superponerse como si estuviéramos diciendo algo absolutamente
predecible. Pero no es así, claro. Es un efecto mental, como
si el oído fuera más rápido que la voz de la misma manera que
una emisión nos llega antes por la TV que por la radio (¿o era al revés?).
Experimentar la ecolalia es algo que soy incapaz de transcribir pero que aún me
maravillo de presenciar a pesar de la de años que hace que conozco a estas dos
mujeres. No sé qué podría pasar si hablaran entre ellas, puesto que además, en
el fondo cuando las oyes también te das cuenta de que hay algo inasible que las
atenaza, una cierta rigidez. La atención, la disociación entre lo que es ser y
no ser, hacer y hablar, lo que sea. Otra utilidad a la ecolalia no le veo. Se
me dirá, claro, tampoco tiene utilidad la hepatitis. Pues no sé. En fin, si
acaso, el darse cuenta de que si nuestras disociaciones fueran tan
hermosas como la dicotómica y lánguida hoja del gingko biloba,
sería una maravilla. Entonces, la tensión que hay entre lo que queremos pensar
y lo que queremos decir, o entre lo que pensamos y lo que decimos, o entre lo
que hacemos y lo que pensamos, lo que sentimos, sería una obra de arte.

