“Pobre barquilla mía”
En los últimos años es posible ver por aquí alguna cuereta,
esp. motacilla alba. Dicen que los gorriones
van despareciendo por su sensibilidad a los campos electromagnéticos de las
torres de telefonía móvil. Sin embargo, ver motacillas albas no es un triunfo
de nuestro medio ambiente ni de nuestro ambientazo, más bien es un signo de la
desintegración de la Sierra que nos rodea. La Sierra de Collserola. No he sido
capaz de fotografiar ninguna de las que a veces se posan en la baranda de mi
terraza. Además, empiezo a constatar una relación directa entre tener la cámara
o la grabadora a punto y que no venga ningún pajarito. Eso no deja de tener su
gracia y de estar bien. Precisamente ayer oí en no sé cual emisora de radio que
estaban pensado Ferran Adrià o gente
cercana en darle a la gastronomía un nivel científico y por lo tanto
incorporarla a los programas universitarios. Y servidora, sin considerar lo
beneficioso o no que puede ser para la gastronomía someterla a un plan docente,
piensa que ese empeño de “elevar” (¿o rebajar?) a ciencia las artes culinarias
es, como otros empeños de poner “orden” o dar “nivel”. Controlar. Estoy
pensando en esa vía universitaria o científica para la cocina y en aquellas
autopistas que permiten desplazamientos tan rápidos como eficientes
y seguros pero que destrozan el paisaje y los caminos. Y van de la nada a
ninguna parte, de oca a oca.
Chumy Chumez
Por lo demás, si sólo hubiera una forma de llegar a donde
estamos, en sentido figurado, tal vez muchos de nosotros no habríamos llegado.
Se dirá, “¿y qué?”.
Este año, que es año santo compostelano,
serán muchos los caminantes que irán hacia Santiago por cualquiera de los
caminos andados. Quien esto dice, hace bastantes años, hizo una parte del
camino, pero es una parte que no se corresponde con la ruta tradicional (ni la
franca, ni la de plata, ni nada), puesto que caminé el tramo que va desde Santiago a
Finisterre o Fisterra. Y encima no tardé mucho en desviarme y tomar la
dirección que me pedía el cuerpo (Serra de Outes), hacía la ría de Muros. Me
fui hacia el mar, donde también hay caminos, dicen. Y verdaderamente sé que si
no hubiera sabido al emprender el camino que me iba a poder desviar, es casi
seguro que no lo habría emprendido. Para eso me quedaba tomando una clarita en
la Plaza de la Quintana, precisamente encima de lo que fue el cementerio, la
Quintana dos mortos.
El silencio de Dios
Fun
glik fartribn bin ikh geblibn
On vayb. on kind ot do aleyn.
Di reder dreyen zikh
Di yorn geyen zikh,
Un eylent bin ikh vi a shteyn.
“Dem Milners Trern”
Desde que estrenaron “O’brother” (2000) no había ido a ver
ninguna película de los hermanos Coen.
Ayer fui a ver “Un tipo serio” (“A serious man”, Joel Coen y Ethan Coen, 2009).
En un radio de 4-6 butacas entorno a mí noté un cierto desencanto al final de
la proyección, y algún comentario que no llegaba a ser displicente, pero casi.
Y creo que todo esa atmósfera de decepción venía de que la película no concluye
nada de lo que empieza, de que no ofrece respuestas. Y de que
tampoco duda o niega nada, que es la otra opción manida actual. Por supuesto
que no negaba nada. Es de suponer que los hermanos Coen conocen ese momento que
se da en las salas, cuando se pasa de la casi total oscuridad a la no menos
casi total penumbra y la platea se remueve como una cámara de
gas.
De hecho, yo habré olvidado mucho de lo que vi en Estambul,
pero lo que no creo que olvide nunca fue una frase que oí en un
museo, a mi espalda, cuando dejé atrás una vitrina en la que se veía una
vinagrera opalina con rubíes y dorados propia de un sultán. Escuché: “Guarda,
è comme la mia oliera” (“Mira, es como mi aceitera”). Ya es
casualidad, oigan. Así es que lo que se puede oír en
las salas de los museos y de las galerías, en las plateas, en los palcos y
en otros lugares expuestos a los comentarios, es a
veces digno de ser señalado. Lo de ayer no.
Precisamente “A serious man” trata de mostrar el viejo tema
del silencio de Dios o de la falta total de sentido de esta vida nuestra. No es
que yo afirme que no habrá quien se lo sepa dar (yo que sé, por ejemplo a
través de las victorias del Barça o de su trayectoria profesional o de su
proyección social o lo que sea). Que un profesor universitario de Física capaz
de explicar el principio
de la incertidumbre de Heinsenberg recurra sucesivamente a tres
rabinos de su comunidad para intentar encontrar una salida a su situación,
no deja de ser un tributo a la lógica del tres que rige tantos cuentos de la
narrativa intemporal. Que como el Job bíblico pretenda que todo sea igual que
antes, hace temblar los pilares de la Física, la Química y hasta los del
sentido común. El desastre en que se está convirtiendo la vida de Larry Gopnik
no está narrado con tintes melancólicos y no se usa ni almíbar, ni chantilly
rosa, ni purpurina, ni atardeceres rojos , sino que se usa una paleta sesentera
de cielos prístinos. Se diría que lo único feo o sórdido que aparece, además
del quiste y el reno muerto, es el motel donde se acaba confinando con su
hermano. El motelucho. Y los sueños. Eso sí, cada vez que Larry escucha su
disco de Sidor Belarski y oye “Dem Milners Trern” (“Las lágrimas de
Miller”), cada vez, la situación familiar y la suya propia están peor. Qué
embriagadora puede ser la tristeza.
La película acaba con el bajo -un bajo álgido que nos
recuerda a Schubert- un tornado y la llamada
inquietante del médico que lo explora al principio de la película. ¿Qué más
finales podía haber? ¿Es que tenía arreglo la situación?
A serious man no sólo ilustra una de esas películas que
aún quedan, de autor, sino una de esas películas en la que los directores han
disfrutado haciéndola. Se nota. Ahora, a la vista del fotograma
que extraje del tráiler, me doy cuenta de que cuando Gopnik da clase y explica
el principio de Heinseberg en un encerado inmenso apabullante, se distingue una
cabeza que no puede ser otra que la del amante de su mujer. Se le reconoce
porque lleva una gorra azul, azul celeste como no podría haber otro en un
decorado de 1967. ¿Figurante o broma? Ni figurante ni broma: todo, cine y del
bueno. Ya cuesta más, pero también creo distinguir a su hijo y a su
mujer. Hablando de mujeres, hay que ver el género de mujeres que salen en
la película. Solo se salva la vecina flipada, con su disco de “Somebody to
love”. No el sinfónico de Queen, evidentemente, sino el de Jefferson Airplane.
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