l Ford Thunderbird azul nácar con el que Thelma y Louise se estrellan en la película homónima (“Thelma and Louise”, Ridley Scott, 1991) está en el elenco de los coches de las series de TV y películas que reúne la BBC desde el año 2003. Está el Ford Gran Torino de Starsky y Hutch (Starsky and Hutch 537-ONN 1976 Ford Gran Torino 460-V8 Dave Starsky) y no está el de Clint Eastwood (“Gran Torino”, Clint Eastwood, 2008). El Ford Thunderbird de 1966 FRS 635 de la fotografía por lo tanto podría ser el de Thelma y Louise con el que se despeñan en Utah en la famosa escena final, puesto que es idéntico.
Por cierto, hablando de finales, qué lástima que “El
secreto de sus ojos” (J. J. Campanella, 2009) tenga un
desenlace tan desacertado. Veo que casi toda la crítica coincide en este punto,
sobre todo después de estar de acuerdo en que parece bastante natural que un
asesino se “rehabilite” como guardaespaldas matón peronista. Yo además añadiría
que el final de la historia entre Ricardo Darín/Benjamín Expósito y Soledad
Villamil/Irene Menéndez Hastings tampoco es verosímil, pero está claro que los
que hacen las películas les dan el final que les gusta y ya está. No me
extiendo más en este punto, puesto que no les quisiera revelar y chafar
el final de “El secreto de sus ojos” a quienes no la
hayan visto aún y que no deben dejar de ver aunque nada más sea por los
diálogos y por el personaje interpretado por Guillermo Francella (“Pablo
Sandoval”, un asistente del agente federal de justicia).
No es que una sea mucho de coches, que no lo es, más bien
todo lo contrario y mucho más allá aún que Agustín García
Calvo y el más pintado. Y sin embargo, me pasa como con los
perros y con los niños, cuando algunos de ellos tratados particularmente son
capaces de despertar en mí hasta cariño. Y es que todo es defendible a la que
nos bajamos a la anécdota y vamos a lo concreto. Y sé que mucha gente cuando se
sienta al volante se transforma.
Los únicos referentes literarios que tengo ahora en mente acerca
de los asientos y las sillas son:
1) el poema “Les
assis”, de Arthur Rimbaud, claro, no iba a ser del Marqués de Santillana;
y,
2) una referencia de Chesterton en su Autobiografía:
“El objetivo de la vida artística y espiritual era excavar hasta encontrar
aquel enterrado amanecer de asombro; de esa forma, un
hombre sentado en una silla podía de repente ser consciente de
que estaba vivo y ser feliz”.
Y sin embargo, ahora que pienso, servidora cuando más
escribe, mentalmente, está claro, es cuando camina. Si consiguiera escribir en
la piscina nadaría más, pero en cuanto llevo unas
cuantas vueltas sin que pase nada… No ya un barco o un buzo, por supuesto;
algo. Algo de lo que ocurre incluso si camino por un páramo o un no-sitio,
cualquier cosa. En la piscina no pasa nada o si pasa
algo es que te das un cabezazo contra el final o que pasa otro nadador nada
grácil. Un cachalote amamelucado. Así que se tiene uno que entretener con el
sonido borboteante de la propia respiración, recreándose en esa intimidad
amniótica, con pensamientos repetitivos o con los dibujillos monótonos que
forma la luz con los reflejos acuáticos en el fondo del suelo. A veces, si tengo
que decir la verdad y toda la verdad, me imagino que me hundí con el Titanic o
el Poseidón y así la cosa tiene más emoción. El último trago. Dejará
el amor de ser un tema literario, tal y como lo conocemos, la
muerte nunca.
Como yo no conduzco no tengo la menor idea de qué es lo
que les pasa por la cabeza a los conductores, pero sé que hay
algo especial y que tiene que ver con el deslizamiento, un trance, la libertad
(que no la independencia), no sé. Les veo que entornan a veces los ojos
como derviches giróvagos, aunque sólo sea para
culminar la higiene de la nariz que no hicieron en las abluciones
matutinas. La sensación del conductor de asiento de utilitario no tiene nada
que ver con la sensación de estar en una silla de esas en que ponen a los niños
para comer, la trona. Una silla como
de linier de tenis o socorrista de playa del
Pacífico. La palabra se las trae. Lo que pasa es que ya estamos acostumbrados y
no nos hace ni la mitad de efecto que nos tendría que hacer. “Trona”.
La silla
eléctrica sin embargo no suena ni la mitad de mal de lo que suena la
silla de tortura o la silla del ginecólogo,
la de parir, la del dentista, o aquellas sillas con palangana ajustable de
los enfermos que no se valen, o las que se usan para las exploraciones e
intervenciones qirúrgicas rectales en postura
prona genupectoral. De hecho, en nuestro país si vemos en “Segunda mano”
una silla eléctrica, es seguro que se trata de una silla para tetraplégico o
discapacitado. Hay que ver lo que va de una sillería
de coro catedralicio a una sillita de cocina tapizada con escay
blanco, del coro al caño y del caño al coro. Ya sabemos que las
sillas de las salas de espera y especialmente las de
algunos aeropuertos, como las del JFK de una
de las terminales de la película de Tom Hanks (“The terminal”, Steven
Spielberg, 2004) son muchas veces incomportables. Vamos a decir
“incomportables” para tener la fiesta en paz.
A pesar de los esfuerzos que se han hecho para dignificar las
sillas agrupadas y hasta las apilables
(por ejemplo con el modelo famoso de Arne Jacobsen),
las de los cursillos de formación continuada o las de las cafeterías sin
pretensiones, hay sillas en las que es imposible descansar o mantener una
postura más o menos estable. Hay algunas sillas de diseño
ergonómico ante las cuales incluso es posible que no sepamos ver de qué
lado está el asiento. Una silla que antes se veía en muchas antesalas de
edificios oficiales era la Wassily, o B3 chair de Marcel Breuer aunque
lleve el nombre de Kandinsky. Para “espacios diáfanos”, ideal (?). Y dentro del
movimiento Bauhaus también es muy recurrente el modelo Barcelona MR90 con su
otomana. La otomana es lo contrario de un reclinatorio. El mundo del
rattan, el bambú y el mimbre nos dejó la
famosa carátula del disco de Julio Iglesias, imposible de olvidar. Y es que
el mobiliario de jardín, con
aquellas incomodísimas sillas de hierro donde retorcerse de dolor y no
poder leer ni una necrológica, ha pasado de los resabios rococós
en aluminio imitando forja o fundición a la teka que extermina las reservas de
Indonesia y que da un toque progresista scuppy
étnico al balconcito. Me extraña que la última vez que estuve en París aún se
vieran las típicas sillas
cannées drucker. ¿No se les pudrirán? Al parecer, de entre todas las
sillas “bistrot”, la más vendida es la Thonet 214 o Kaffeehausstuhl Nr. 14,
cuyo modelo cumplió 150 años el 2009. No acabaríamos nunca, porque las sillas
Tiffany y la Versailles, nos llevarían a los tresillos
isabelinos, las sillas Luis XIII, Luis XIV, Luis XV y Luis XVI. Luis
XVII no ha habido. Yo no sé si nuestra típica silla
de enea es exclusiva de nuestro país, o si es común a todo el
Mediterráneo.
A todo le llamamos silla, a la Ovalia como de Space 1999 y a la Fabergé
Imperial, que tiene hasta como un cajón. Como diría Lope de Vega, “burla
burlando van los tres delante”, y nos hemos quedado en las sillas y no hemos
visto los sillines de prevención de prostatismos.No vimos ni las
poltronas orejeras, ni los escaños, ni las cátedras, ni las
sesiones de fotos previas a las recepciones diplomáticas, ni a las sillitas de
los traductores simultáneos. Ni sofases ni bisteses ni casi nada hemos visto.
¿Y los confidentes
o sillones “tú y yo”?, ¿las chaise longues y los faladoiros?
Es el cuento de nunca acabar. Lo que no me puedo estar de decir es que lo que
sí que no me gusta pero que nada son esos sofás donde
parece que puedes encontrar de todo (desde un bolígrafo hasta
una palomita de maíz), como si fuera un camping.
Post scriptum (10/12/2024): Tal vez este post es uno de los 5-10 que se visitaron más en su alojamiento en el Álbum del tiempo y nunca averigüé si era porque estaba enlazado en alguna página de mucho tráfico o si los accesos eran directos a través del famoso coche de Thelma y Louise.635

