Daniel Fernández tiene un nombre como los que comentábamos el otro día, en la entrada del viernes. A ver si me encuentro con su madre, que saca a pasear a su perro en el barrio de la mía y le pregunto por el segundo apellido, porque yo no me acuerdo. Daniel tiene mi edad y es de mi barrio de origen, sólo que él era de los niños que no salían a jugar a la calle y tenían Scalextric. Nos encontramos cuando la selectividad en la Universitat Autònoma de Barcelona, en Bellaterra. Desde entonces, en cuanto nos aprobaron y nos matriculamos en Filología, se empeñó en acompañarme cada día en su Seat 850 hasta aquel secarral donde aún no llegaban los Ferrocarriles Catalanes. En realidad él se matriculó en Filología y en Derecho y podría haber hecho tres carreras o más simultáneamente porque tenía una rara inteligencia. Un Seat 850 viene siendo para mí como el Ford Gran Torino para Clint Eastwood, el coche fetiche de la película homónima y de “Dirty Harry”. Mi madrina tenía uno de color café con leche y un celador que estuvo trabajando conmigo algunos años tenía uno idéntico al de Daniel, celeste.
A Daniel me lo he encontrado contadas veces después de
aquellos años en que me hablaba de todo cuanto sabía sobre las ratas (por
ejemplo), que era mucho, o me invitaba a visitar la
piscina de cloroformo de Medicina, donde estaban los cuerpos
donados a la ciencia. La verdad es que su trato era más exquisito de lo que
dejan adivinar estas anécdotas. Y era de una rara inteligencia, pero era más
inteligente que raro, no como otras. Luego le perdí la pista, o él la mía.
Hasta que lo vi en la TV en un programa muy prestigioso, “Saló de lectura”. Me
llegué a comprar un libro que publicó bajo el pseudónimo de “Ángel Amable”,
sobre etiqueta. En realidad fácilmente se situó primero creo que en “L’Avenç”, una revista mensual de historia y
ahora no me sorprende nada su posición de director en la editorial
Edhasa. Tampoco no
es que lo haya seguido mucho, que digamos, aunque cuando encuentro a su madre
siempre me dice que Daniel le pregunta por mí. Espero que el Señor en su
perfecta sabiduría le haya concedido la posibilidad de corregir el único
defecto que tenía, la miopía. Ahora, con
el láser, creo que habrá podido perder unas cuantas dioptrías.
No conservo su simpático libro sobre la etiqueta. Trataba de
las normas para estar en la sociedad y no
cometer torpezas en la convivencia con los demás
o en los lugares públicos. Aunque podía resultar un libro anacrónico en el
final de los años 80, la verdad es que se publicaron varios y eso me hizo
pensar en que habría una razón mercadotécnica de peso para esa proliferación.
El último libro que conozco sobre el tema es uno de Bárbara de Senillosa (la
hija del también
inclasificable Antonio de Senillosa y Cros)
titulado El libro de la buena educación: una guía completa de cómo
comportarse en sociedad (Barcelona: El Aleph Editores, 2004). A
pesar de la cantidad de obras de referencia con las que contamos, las normas
elementales de educación encuentran a
veces poco espacio en nuestra sociedad. No me refiero a cuestiones como la
colocación de los cubiertos en la mesa o a asuntos de protocolo,
ni siquiera me refiero a cómo y cuándo hay que tomar asiento, sino a cuestiones
tan elementales como el uso del pañuelo para
sonarse o para lo que sea. Me sabe mal descender a niveles aborrecibles como el
de tener que decir que eso de extraerle los puntos negros de su
espalda a alguien en la playa, será muy oportuno y amoroso a juzgar por la
cantidad de luz y tiempo que hay o sobra, pero es repugnante y aborrecible para
los demás. Eso, que lo hagan los monos para quitarse los
piojos u otros parásitos, está bien, pero habiendo, como aquel
que dice, un salón de belleza en cada esquina, ¿hay que limpiarse los barros a
la vista de cientos de personas?
Yo escribiría un libro enterito sólo sobre esa asquerosa
costumbre prematrimonial y sobre
otras dos cuestiones:
1)
La fea manía de preguntar por ejemplo
por una calle a alguien y a continuación preguntar a la siguiente persona que
pasa sin esperar siquiera a que uno se haya alejado. Ese sería el planteamiento
general, digamos, como en mi ejemplar de El arte de la guerra de Sun
Tzu cuyos epígrafes iniciales dicen cosas tan mnemotécnicas como “renunciar a las
flores del melocotonero para conseguir la victoria”.
2)
Eso de ir a visitar a un enfermo y
explicarle cómo se murieron otras personas que conociste y hasta otras personas
que no conociste.
Respecto a la primera falta de educación y
hasta diría que de dignidad, seguro que los que lean esta entrada encontrarían
miles de ejemplos. ¿A quién no le han pedido por ejemplo la receta de la ratauille para que después de uno
haberse molestado en buscarla le digan que ya la han conseguido por otro lado?
De un tiempo a esta parte yo envío a todo el mundo al Google, que es como si le
enviara a freír espárragos. "Mira en el
Google." Ya se sabe que en el caso remoto de que nos pidan un consejo,
será desoído en el acto, pero al menos se cambian impresiones y a cada cual se
le mueven un poco los esquemas y los entresijos. Muy poco, pero algo. Pero, ¿la
receta de la ratatuille? Ni hablar.
¿Qué gana una? Pues que se vayan al Google.
Con respecto a lo de los enfermos, ya nos encontramos ante
un caso de juzgado de guardia. No hace falta haber estado enfermo para darse
cuenta de que si uno se encuentra mal seguramente apreciará una visita, pero
que ésta debe ser breve, cariñosa y leve.
Si puede ser no hay que oler a gambas o a fritanguita
o a almizcle, porque los pacientes están muy lábiles. Y nada de achuchones. Lo
que desde luego no conviene a ningún enfermo (y menos si está grave o es
anciano) es que le expliquen más historias de enfermos. Hay una subclase de plastas
impertinentes empedernidos que tienen el tema tan cogido por la
mano que son capaces de ir enlazando hasta diez defunciones
una detrás de otra, con todas las truculencias y complicaciones, sin apenas dar
un respiro al pobre convaleciente. Estar
ingresado en un hospital te expone a esos riesgos más que a las infecciones
nosocomiales o a los fallos iatrogénicos. Es terrible. Una vez leí, hace muchos
años, que una tradición árabe que casi se podría considerar una superstición,
obliga a quienes van a visitar a un enfermo a hablarle de lo
bien que está todo el mundo. En nuestro país nos quedaron
fórmulas de la larga dominación o convivencia
musulmana como “que Dios guarde a usted muchos años” y otras frases que se han
ido perdiendo, pero nunca nos llegó a penetrar la tradición de hablar a los
enfermos de lo bonita que es la vida. Hace falta ser
bárbaros y cenizos. Una cosa es ser inclasificable y otra es ser impresentable.
