Yo ya tenía “uso de razón” –frase tan
habitual a mis nueve años como lo es ahora “efecto bifidus” o “presunto asesino”-, y también era de lo más normal
que una mujer no podía comprar una motocicleta. Por poner un ejemplo. Y no
porque no la pudiera conducir o no fuera capaz de juntar o ganar el dinero para
comprarla. Simplemente, una mujer en España en los años 60-70 no podía ser
propietaria de una moto a no ser que estuviera “más sola que la
una” (otra frase habitual acuñada en género femenino) y no hubiera un padre, un
marido, un hermano o un hijo que la representaran. Esto recuerda un poco el Derecho
romano y aquella ley por la cual un hombre podía convertirse en
el pater
familias de un hijo póstumo (aunque
el niño naciera diez meses después de su muerte) mientras que una madre no lo
era hasta que se demostraba lo contrario. Las mujeres fuimos consideradas mucho
tiempo como algo inferior a una persona pero algo un poco superior a un animal
doméstico.
Ahora se podría abortar sin permiso
paterno a los 16 años, cuando sin embargo el derecho al voto o la
mayoría de edad empieza legalmente a los 18 años. Si las
sufragistas más moderadas levantaran la cabeza no sé cual sería
su conclusión, su parecer ni su análisis. Es algo a lo que mi imaginación se
resiste dentro de sus limitaciones.
El futuro, ya lo hemos dicho en alguna entradita de *ALFB
recientemente, es algo que no tiene gran interés para mí. Y eso que, recientemente
también, le he aconsejado a mi venerable anciana madre que en vez de apuntarse
al Casal en un Cursillo de Memoria, que más le valía apuntarse a uno de Imaginación,
a ver si nos íbamos poniendo un poquitín
al día. Y es que su tatarabuela estaba más à la page
que ella. Y sin embargo afirmo o sostengo que la imaginación tiene tan poco que
ver con el futuro como la memoria con el pasado.
A servidora lo que más le importa o
interesa (y eso esforzándome mucho) es el presente, aunque no sea en su forma pluscuamperfecta. Eso no significa que me deje
seducir o vencer por la perentoriedad y que le conceda más valor a una llamada
telefónica inoportuna que a una carta que recibí hace un año. Intervienen otros
factores, como el sentido común.
El sentido común creo que se le llama
común por estar asexuado a diferencia de
la intuición, que a veces parece que se le va acabando por llamar la “intuiciona” a fuerza de ser un don o una
potencia que es todo lo más que se le reconocía a una mujer cuando era capaz de
hacer algo difícil y no se quería admitir sencillamente que lo que le pasaba
era que era inteligente, hábil, o que lo tenía todo “controlado”.
Tanto el principio de Gertrud (K.T. Dreyer,
1964), como el principio de Eyes
wide shut
(Stanley Kubrick,
1999) nos muestran la típica escena del atardecer, de una pareja que se arregla
para salir a una cena formal. El motivo común
es el espejo y Bendt
Rothe y Tom
Cruise pidiendo respectivamente a Nina Pens
Rode y a Nicole
Kidman la billetera o una cartera. Un
señor que está a punto de ser ministro y otro señor que siempre se está referiendo a sí mismo como al Dr. William
Harford (un médico), incluso al
presentarse enmascarado a una ceremonia secreta masónica, son incapaces de
saber donde tienen ¡sus propias carteras! En las dos obras maestras las
antagonistas femeninas, sin apartar la vista de sendos espejos, les dirán distraídamente, con exactitud, el lugar donde
la habían dejado. Esta habilidad suele como mucho reconocerse como “intuición”.
Intuiciona.
A finales de los años 80 quise conocer
la bruixa de la comarca del pueblo
de mis abuelos maternos. Por entonces, tradicionalmente había una bruja por
comarca, de la misma manera que hay un juzgado por demarcación o una farmacia o
un estanco por no sé qué regla de tres, una parroquia, una diputación o un
buzón. Se entiende bien: una bruja por comarca iba que chutaba y además se evitaban conflictos de competencias, de
intereses, etc. Eso además explica porque la existencia de una bruja no era
incompatible con la de una curandera o un componedor de huesos. La bruja
de nuestra comarca vivía en Baíñas,
en las afueras, por lo que me tuvo que acercar en coche particular una amiga.
Me presenté ante María Domínguez sin
previo aviso y me recibió en una habitación del primer piso en la que había
infinidad de paquetes envueltos con papel de regalo. Era agosto de 1988 si mal
no recuerdo. Me hizo sentar ante ella en torno a una mesa camilla en la que
había un teléfono, un libro encuadernado en pergamino que sería del siglo XVII o XVIII,
y desde donde se podía ver un establo y como el sol se iba poniendo en las
tierras de la Soneira.
Una amiga de la familia me había
advertido de que no la mintiera. Hice el deje de darme levemente por ofendida y
ella me explicó que María de Baíñas en
cuanto te veía entrar ya sabía lo que te pasaba. Yo le expliqué a la amiga de
mi familia lo mismo que le dije a María cuando me encontré ante ella, “sólo
quisiera conocerla”. Yo tenía la intuiciona
de que sería la última meiguiña
de la comarca (bisbarra). La madre de la de Baíñas había curado a un bisabuelo mío. En realidad
o en verdad, debo rectificarme, lo que
le dijo es que no tenía curación.
Mientras pasé con María cosa de dos
horas fue atendiendo llamadas de Madrid, de Buenos Aires, de Ciudad Real, de
Valencia, etc. Tomó su libro, me preguntó mi nombre y a través de un cálculo
cabalístico somero sobre la fecha de mi nacimiento, me leyó per sortes virgiliniae
un párrafo que para mí no tenía sentido alguno. Mejor dicho: gramaticalmente
era correcto, pero no conseguía fraguar ni una sola idea. Era como el discurso
de un político escurridizo o una evasiva de Isabel Preysler. Entonces la bruixa
se puso a “leer entre líneas” (no en el sentido
comercial, sino en el recto sentido). Siguió con su dedo índice cada renglón y
me fue descifrando mi pasado. Mi pasado. ¡Eso sí que es videncia, adivinar el pasado!
Como advertí que anochecía, me acordé de mi amiga en el coche,
y me despedí de María Domínguez. Lo que
me dijo de mi pasado no lo sabe nadie más que yo. Conversamos de varios temas
sin ninguna profundidad esotérica y hasta me enseñó las piernas e hizo unas
pocas flexiones para demostrarme lo bien que le habían ido para el reuma unos días en el balneario
de A Toxa. El caso es
que murió a los 20 días, más o menos, o en otoño. No mucho más. Eso y que unos
años antes también se había muerto Manuel López Garabal
a los pocos días de yo conocerlo, me han valido un cierto respeto entre mis
conocidos y mis desconocidos. Esas dos coincidencias o reincidencias y que
María no me cobró ni un duro. Mi amiga, la conductora, me aseguró que nunca
nunca había dejado de cobrar sus servicios, aunque fuera arbitrariamente.
Interpreto que vio que le decía yo la verdad, que “sólo quería conocerla”. O
eso o que yo, como Alicia después de ir al País de las
Maravillas, pasé a través del espejo.
Con los años también he sabido qué eran
aquellos misteriosos paquetes envueltos con papel de regalo, cosa de ochenta o
más. Eran los regalos para el ajuar de unos novios
que adivino que se casarían en septiembre, cuando las vírgenes encontradas.
Pero esa es otra tradición comarcal, la de los paquetes que no se abren hasta
que se acerca el día de la boda o himeneo, y creo que no se ha perdido aún. Lo
que no sé bien es a quien trasmitió María Domínguez,
la bruixa de Baíñas, sus poderes. Le pregunté por el futuro una sola vez, por
el futuro de su “negocio”, y me contestó por toda respuesta que el nieto iba
para médico.
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