No se ha dicho gran cosa de que el
“Gran Torino” podría considerarse un coche fetiche para Eastwood, ya que es el
coche del asesino en serie de otra película suya, “Harry el sucio” (1971). De
tal manera podría decirse que “Gran Torino” es el final de un ciclo que empezó
con “Harry el sucio”, de la misma manera que “Gran Torino” empieza con una misa
in
corpore presente y acaba poco más o menos con otra misa in
corpore presente. Ese Ford, perfectamente encerado, pero en el que
no se recrea la cámara en ningún momento, es un poco como la rápida imagen en
la que nos da tiempo de distinguir apenas una foto en blanco y
negro de pareja en la cartera de Kowalski cuando la abre en un
momento dado.
Cuál no sería mi sorpresa ayer, al
volver de ver la película en el cine Boliche, y leer una pequeña reseña de
Salvador Llopart que apareció el 18 de marzo en “La Vanguardia”. Leo: “Y
también [es] una historia de redención personal, la propio [sic] Kowalski,
dispuesto a pagar por sus pecados. Tiene, además,
un aspecto evidente de exaltación patriótica
con la renovada fe en las esencias democráticas yanquis. Ese Kowalski
avinagrado y triste reconoce que hizo cosas inconfesables en Corea, como
Estados Unidos las ha hecho en Vietnam y otras guerras. Pero es capaz de
rectificar y, en la medida de lo posible, de enmendar sus errores. Y si es
necesario, de expiarlos”.
Cuando releí este comentario me dio la
sensación que hacía tiempo que no tenía de que el crítico no había visto la
película. Si es que Salvador Llopart ha visto “Gran Torino” no puedo creer que
haya captado el mensaje de la película, que es esencialmente que la violencia
no sirve para nada. Kowalski, en vez de dejarse llevar por los deseos de venganza,
hace un sacrificio para que la violencia sea de alguna manera útil, porque él
sabe bien que no lo es. Pero no hay expiación de los pecados como pretende el
señor Salvador Llopart. Cualquiera que vea la película puede verificarlo. No
hay un análisis moral de las peleas de las bandas y de la manera de integrar a
sus miembros a través de la violencia. El planteamiento es un poco como el de “My
beatiful laundrette” o “Mi hermosa lavandería” (Stephen Frears,
1985). La violencia genera violencia y todo va de mal en peor. Por lo que
respecta a lo de la “exaltación patriótica” también refleja un análisis muy
ingenuo. Pero ese es otro tema.
Al tema al que nos dirigimos, por poco
que lo parezca, es a la manía de analizar desde la moralidad
(no hace falta decir cual, cualquiera) todo cuanto de nuevo nos va surgiendo en
este mundo que no sabemos bien bien hacia adonde va. Por ejemplo, si abordamos
el disparate de Nadya Suleman, la "octomom"
que después de haberse practicado una operación de cirugía plástica para
parecerse a Angelina Jolie pasó por unas sesiones de inseminación artificial para
darles ocho hermanos a sus sextillizos previos, es mejor que nos
circunscribamos al asunto desde el punto de vista de su viabilidad.
Cuando le preguntan cómo piensa mantenerlos contesta que "con
exclusivas".
Vamos por partes: Angelina
Jolie adoptó un niño camboyano, una niña etíope y tuvo
naturalmente aunque por cesárea una niña a la que le dio ciudadanía namibia. El
gusto por las familias multiétnicas –como un
anuncio de Benetton- por los scuppies (Socially Conscious Upwardly-Mobile Person) es un subtema consolidado. Nadya Suleman (la “octomom”) se sometió a una
cirugía plástica para parecerse a Angelina
Jolie, quien a su vez se ha retocado para parecerse a algo que está entre
Vivien Leigh, una cheer girl y una
mujer de foto de parada de autobús. La Jolie tiene recursos económicos para
mantener a sus niños y además ha conseguido la manera de blanquear o reinvertir
lo que saca de las exclusivas de sus criaturas en fundaciones “sin ánimo de
lucro” (*). Los hijos de Angelina Jolie y Brad Pitt son los
niños más fotografiados del mundo. La Suleman también ha
encontrado la manera de recobrar lo que se ha gastado en cirugía plástica y en
inseminación artificial: las exclusivas. Obviamente esta señora no tenía acceso
ni posibilidad alguna con la adopción. Yo no me quiero imaginar las
dificultades no sólo económicas de criar una camada de sixtillizos con otra de
octillizos. Ya no entramos en la falta de una figura paterna (¿?),
cuando tampoco es que se pueda hablar de una figura materna
(¿?). ¿Se puede hablar de familia uniparental? ¿De familia? Por
esos derroteros nos perderíamos sin quererlo en apreciaciones de índole moral.
A lo que yo voy es que tanto desde mis
creencias, como desde el puro determinismo darwiniano, el
pilar de la sociedad y de la evolución se van al carajo. Si la selección
natural no funciona y puede procrear cualquiera por poco dotado que esté por su
naturaleza, nuestra especie se va al fin. Que conste que tampoco se pierde
nada, creo. Que conste también que no es que me despreocupe del tema del aborto,
que lo tengo muy presente y que se ha tratado en blogs amigos. Lo que me
preocupa hoy es que se traigan al mundo niños cuyo entorno familiar parece un videojuego
o una tertulia de Telecinco. Eso por decir algo benigno.
Ab imo corde espero y deseo que estos 14 hermanitos se salgan con bien
de tamaño berenjenal. Y si puede ser que haya alguno lo suficientemente listo
para exigirle a su madre su parte de lo ganado con las exclusivas. Pero no será
así.

