“The real story of the "Crocodile" dates back to 1926. René Lacoste liked to talk about how his nickname became a world famous symbol. “The American press nicknamed me “The Crocodile" after a bet that I made with the Captain of the French Davis Cup team. He had promised me a crocodile-skin suitcase if I won a match that was important for our team. The American public stuck to this nickname, which highlighted my tenacity on the tennis courts, never giving up my prey! So my friend Robert George drew me a crocodile which was embroidered on the blazer that I wore on the courts.” (René Lacoste) (*)
l origen de la marca Lacoste tiene una cierta gracia. Sobre todo para mí, ya que los cocodrilos me resultan simpáticos. Es un animal carnívoro y eso de que coma piedras para moler lo que ha digerido es un signo inequívoco de sus procaces hábitos gastronómicos. Luego está lo del tercer párpado, un excedente que lo hace particularmente raro. Es curioso (al menos para mí), porque la membrana nictitante está también en los pollos, y esos animalitos también ingieren gravilla para facilitar su digestión en la molleja. El cocodrilo que le bordaron a René Lacoste, tan visible, luego fue minimizado. Otra variación es la de las imitaciones falsas y las imitaciones auténticas, que de las dos clases hay, puesto que a veces se ve al cocodrilo mirando hacia el lado opuesto. La distinción entre imitaciones falsas e imitaciones auténticas la leí una vez en una Sabatina intempestiva de Gregorio Morán para “La Vanguardia”, pero eso es canela fina.
El tamaño del cocodrilo, el tamaño de las cosas en general, es algo con
lo que se encontró Alicia cuando estuvo en el País de las Maravillas, y
con lo que me encontraba yo de niña cuando iba y venía de G-alicia. Las tijeras
de mi abuela eran más pequeñas que las de casa, pero la palangana era más
grande. Eso por no decir que usaban el alisador de pelo de mi tía-abuela Avelina
para darle la vuelta al pescado en la sartén. Eran y son unas pinzas planas de
yerro que ni pintadas. Y aquellas diferencias de tamaño las acusaba mi tierna
mirada y mi desconocimiento del mundo. Para mí Zaragoza, Morón de la
Frontera y Kentucky estaban en un mismo espacio difuso al que yo no alcanzaba
ni con la imaginación. Encima, mi hermano, que me llevaba una ventaja de 2 años
en todo, excepto en Dibujo técnico y artístico y en fregotear, me llevaba a la
confusión y a la maravilla cuando me explicaba cosas como que habían pedos
“zaragoza” y pedos “calatayud”. Y me ponía ejemplos onomatopéyicos. Mi hermano,
además de hacer chasquidos con los dedos pulgar e índice de los pies, puede
echar ventosidades a voluntad. Esa extraña habilidad también la tenía mi
abuelo materno. Cuando iba “á chouba” (sardina que se pescaba a media noche),
también llamada “parrocha”, le pasaba a buscar otro marinero por la casa. Desde
abajo le saludaba con una ventosidad y mi abuelo le contestaba desde el primer
piso de la casa con otra. Quiero hacer constar que aparte de eso, no le conozco
ninguna otra excentricidad ni ordinariez por el estilo. De hecho era de los
pocos del pueblo que usaba servilleta y pañuelo de bolsillo. Si mi
abuela le zurcía la rodilla de un pantalón, le tenía que zurcir también la del
otro lado simétricamente para que no se viera diferente. Pero aparte de eso era
un hombre corriente y de muy buen trato.
El otro factor importantísimo en la niñez, además de situarse en los tamaños y
en el espacio en el que vivimos, es el de nuestra relación con respecto a los
demás. A nuestros “iguales”, a nuestros “superiores”, y a los demás en general
como grupo. Estos días me acordaba de un campamento que tuve por Semana Santa o
en verano en Vidrà, en Gerona. Yo tenía unos 11 o 12 años y fuimos cosa
de 25 niñas (yo era de las mayores) además de 3 adultos. Pues, llegado un momento,
allí todo el mundo estaba con gastroenteritis. Estábamos en un refugio
de madera, cercano a una fuente por donde cada tarde pasaban unas vacas que
llevaban a pastar. Todo el mundo fue cogiendo gastroenteritis, menos yo. Yo fui
la única que estaba bien, si descontamos mi malestar porque me hinché a lavar
pijamas y a hervir arroz y zanahoria. Fue mucho. Demasiado. Llegado un
momento, me pregunté “¿Por qué yo no?”. Esa pregunta es la pregunta opuesta a
la que se hacen algunos enfermos graves cuando se preguntan “¿Por qué yo?.
Tampoco es que me sintiera como Bruce Willis en “Unbreakable” o “El
protegido” (M. Night Shyamalan, 2001), pero es como para mosquearse. Luego la
vida me ha puesto en situaciones diversas, pero nunca me he sentido parte de
ninguna masa. Me ha gustado mucho trabajar en equipo y como equipo,
cantar en un grupo, pero nunca me he sentido parte de una masa. Qué raro.
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(*) La verdadera historia del cocodrilo se remonta a 1926. A René Lacoste le
gustaba explicar cómo su mote se convirtió en un símbolo mundialmente famoso.
“La prensa americana me puso el alias de “El cococrilo”, después de una apuesta
que le hice al capitán del equipo francés de la Copa Davis. Me había prometido
un maletín de piel de cocodrilo si ganaba el partido que fue más importante
para nuestro equipo. El público americano mantuvo este mote, que remarcaba mi
tenacidad en las pistas de tenis, el hecho de no abandonar jamás mi presa. Así
que mi amigo Robert George dibujó para mí un cocodrilo, y luego fue bordado en
la chaqueta que yo vestía en las pistas. (René
Lacoste)
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