"Alguien dijo que la primera película que se rodó fue una película política, la de la salida de los obreros de la fábrica de la familia Lumière en Lyon; pero voy a estar convencido de que ésa es más bien una película poética, lo verdaderamente político hubiera sido filmar a los obreros cuando entraban a la fábrica."
Javier Pérez
Andújar. Los príncipes
valientes.
(Citas de Esta
no es mi vida)
l escritor barcelonés Javier Pérez Andújar no lo he leído todavía. Lo conozco del “Saló de lectura”, un programa de la televisión municipal (BTV), en el que participaba asiduamente siempre aportando su prodigiosa memoria y una vasta cultura libresca, y no tan libresca, bien digerida. Lo he visto alguna vez también en el metropolitano, en la línea roja. Desde que no trabajo en el Hospital de Bellvitge y abandoné mis clases de guitarra apenas cojo el metro, por lo que me estoy perdiendo un montón de experiencias. Lo sé. En el metro hay cosas que no pasan en ningún otro sitio, de la misma manera que hay cosas que sólo pueden pasar y pasan de noche.
Como cuando yo trabajaba en L’Hospitalet de Llobregat
(desde el año 1985 hasta el año 2005) tenía un trayecto bastante largo, lo
aprovechaba estudiando inglés, haciendo meditación trascendental o leyendo.
Sobre todo a la ida. A la vuelta ya iba una un poco más zarandeada por la
realidad y acelerada por la jornada. Mis idas y mis vueltas no sé si coinciden
con las que tan bien define Pérez Andújar con respecto a los orígenes del cine,
pero eran bien diferentes. Por decirlo de una vez, yo a la vuelta –si es que
iba sola- me dedicaba a escuchar. No es que no
escuchara cuando iba acompañada. Me refiero a que si iba acompañada, focalizaba la atención en mi acompañante, pero
no en lo que se hablaba en los asientos de delante o de los lados ¡Se enteraba
una de cada cosa! ¿Qué es lo que le hacía pensar al personal del Hospital de Bellvitge que no me conocía (porque eran
nuevos) que podían hablar de terceras personas como si allí en el vagón no
pudiera haber alguien más que las conociera?
La verdad es que estas locuciones nunca
me violentaron, más bien corroboraban lo que yo ya sabía. Pero una vez, en la Horchatería
Valenciana de Aribau oí
una conversación que fue definitiva en mi trayectoria profesional y laboral. Yo
estaba allí en la barra, hambrienta, tomando un chocolate
deshecho con “fartons”
que me metí encima de una botella de Biomanán
de fresa con efecto saciante que me
había engullido tras una abundante comida. Cuando tengo apetito, tengo apetito.
Pues en los asientos de al lado, en la barra, había dos altos cargos de la
Universidad de Barcelona (UB), cuyo
decanato tenía su sede en el edificio próximo. Se sentaron a mi lado y
empezaron a hablar de lo que iba a pasar en los próximos años en mi Hospital.
Tal caudal de información
privilegiada (*) no dejó de recordarme una anécdota de las
crónicas de América. Los supervivientes del intento de una escabechina de mayas
o aztecas, no recuerdo, pudieron explicar para la posteridad el
ridículo que hizo un conquistador español en concreto. Quiso el pobre hombre
impresionar a uno de estos dos pueblos, no recuerdo cual, con el pronóstico
de un eclipse que se había de producir aquella misma noche.
Mientras los lugareños, poniéndose en su lugar (o en el del conquistador) lo
torturaron con los métodos propios de su refinadísima
civilización, un astrólogo le recitó a él y a otros como a él la
relación exacta de los eclipses que se iban a producir en los próximos
quinientos años. Todo ello con una precisión que nada ha
desmentido.

